12.24.2019

El nuevo y adorable cuento navideño de Babel



            Las sonrisas de los niños
            By César Mallorquí

 
            Si quisiéramos precisar cuándo y dónde comenzaron los insólitos sucesos de la Navidad de 2019, deberíamos retroceder seis meses en el tiempo, al diez de junio de ese mismo año, y trasladarnos a la sala de juntas de la compañía Wonderful Toys Ltd, con sede en Nueva York.

            La reunión extraordinaria del consejo de administración de la empresa había sido fijada para las siete y media de la tarde, cuando todos los empleados se habían marchado ya y las oficinas estaban desiertas. En la sala de juntas había una larga mesa rectangular; la cabecera estaba ocupada por John Roberts Jr, presidente de la compañía, y a ambos lados, tres a tres, se sentaban los seis consejeros. En el otro extremo de la mesa había un sillón vacío. Tras un carraspeo, Roberts tomó la palabra:

            --Señoras, señores, acabamos de recibir el informe de resultados del último semestre. -Hizo una pausa y añadió-: Para resumirles la situación: estamos al borde de la ruina.

            Los consejeros se agitaron, nerviosos. Algunos murmuraron, otros carraspearon, o tosieron, o fingieron que les picaba algo; todos desviaron las miradas, como si no mirando pudieran pasar inadvertidos.

            --En fin, esto no debería extrañarnos –prosiguió Roberts-, porque la inmensa mayor parte de nuestras líneas de producto son deficitarias, cuando no un absoluto fracaso.

            Sobrevino un pesado silencio.

            --Es por los malditos videojuegos –dijo tímidamente Charles Harris, responsable de la línea de juegos de mesa-. Absorben más del cincuenta por ciento del mercado y no dejan de crecer. No se puede luchar contra eso.

            --Ah, los videojuegos, es verdad –asintió Roberts, inexpresivo-. Por eso hace años creamos una línea de videojuegos, que logró acumular más de cuatrocientos millones de pérdidas. La dirigía... ¿cómo se llamaba? Ah, sí, Louis White. Se sentaba aquí, en el consejo, ¿recuerdan? ¿No? Yo tampoco; hace tanto tiempo que lo echamos a la calle que me he olvidado de su cara, aunque no de las pérdidas. Pues bien, o tomamos medidas desesperadas o todos nosotros vamos a acabar igual que Louis White.

            Sus palabras quedaron flotando en el aire en medio de un fúnebre silencio.

            --Aún queda el Black Friday –intervino Emma Smith, directora de juguetes educativos-. Y la campaña de Navidad.

            Roberts se encogió de hombros.

            --¿Y qué, Emma? –respondió-. Obtendremos los mismos deprimentes resultados que el año pasado, y que el anterior, y el anterior... Hasta ahora, nuestro único producto líder en ventas ha sido Baby Besuquete.

            --Bendito Baby Besuquete –murmuró Dorothy Williams, responsable del área de muñecos.

            --No se alegre tanto, Dorothy, porque eso va a cambiar. Nuestra competencia, Mattel, va a lanzar este invierno un nuevo producto: Kid Besitos, otro muñeco que besa.

            --¿Y Kid Besitos besa mejor que Baby Besuquete? –preguntó Michael Bradshaw, responsable de modelismo y juegos de construcción.

            --Dónde va a parar –respondió Roberts poniendo los ojos en blanco-. Kid Besitos da besos de ventosa y con babas, parecen de verdad, mientras que Baby Besuquete lo único que hace es abrir y cerrar los labios. Más que besos parece que quiera morderte. Siempre me ha parecido repulsivo, la verdad.

            Williams le dirigió una dolorida mirada, como si se estuviera hablando de su propio hijo. Roberts sacudió la cabeza y concluyó:

            --El caso es que cuando Baby Besuquete se hunda, todos nos hundiremos con él Aunque con o sin él, nos hundiremos de todas formas. A menos, como he dicho antes, que tomemos medidas desesperadas.

            --¿En qué clase de medidas está pensando, John? –preguntó Kathy Moore, responsable del área de primera infancia.

            Roberts guardó un prolongado silencio antes de responder.

            --Estoy pensando en hacer un pacto –dijo.

            --¿Con otra empresa?

            --No.

            --¿Con quién entonces?

            Roberts demoró de nuevo la respuesta. Cuando habló lo hizo con gran seriedad, paseando la mirada por los rostros de los consejeros.

            --Lo que propongo –dijo lentamente- es que hagamos un pacto con el diablo.

            Un estupefacto silencio.

            --Es una metáfora, ¿no? –intervino Bradshaw-. Quiere decir que negociemos con un fondo de capital riesgo o algo así, ¿verdad?

            El presidente negó con la cabeza.

            --No es una metáfora, Michael; estoy siendo literal. Propongo que pactemos con el diablo.

            Otro silencio, aún más estupefacto que el anterior. Williams dejó escapar una risita nerviosa y preguntó:

            --¿Está hablando de pactar de verdad con el diablo? Es decir, con Belcebú, Satanás, Lucifer, Mefistófeles, en definitiva con el Maligno... ¿A ese diablo se refiere, John?

            --Exacto. A ese.

            --Pe-pero eso no es real... –protestó Smith.

            Roberts se levantó de la silla y comenzó a pasear de un lado a otro con las manos a la espalda.

            --Hace escasos diez días –dijo mientras caminaba-, un buen amigo (no mencionaré su nombre), al enterarse del ruinoso estado de esta empresa, se reunió conmigo y, con mucho secreto, me entregó un conjuro para invocar al diablo. Según me dijo, anteriormente lo habían utilizado para lanzar sus compañías Bill Gates, Mark Zuckerberg, Larry Page y Sergey Brin, o Steve Jobs, entre otros. –Se detuvo frente a la cabecera de la mesa y prosiguió-: Igual que usted, Emma, no le creí. El diablo no existe, ¿verdad? Pensé que mi amigo me estaba tomando el pelo y me olvidé del asunto. Pero no del todo; anteayer me dije: ¿qué puedo perder?, y llevé a cabo el conjuro en el garaje de mi casa...

            --¿Y? –preguntó Williams.

            Roberts se encogió de hombros.

            --Pues que apareció el diablo.

            Sobrevino otro silencio, esta vez teñido de incredulidad. Harris se echó a reír.

            --Ahora es usted, John, el que nos toma el pelo –dijo.

            --No, no, se apareció el diablo, en serio –insistió Roberts. Luego, señaló hacia delante, y añadió-: De hecho, está ahí.

            Todas las miradas, que hasta ese momento habían estado fijas en Roberts, se volvieron hacia el otro extremo de la mesa. Allí, donde antes sólo había un sillón vacío, ahora podía verse a un hombre sentado. De unos cuarenta años, con el pelo moreno peinado hacia atrás y fijado con gomina, las facciones afiladas y la mirada intensa; vestía un traje negro de Hugo Boss, camisa violeta de seda y gemelos de oro. En la muñeca izquierda lucía un Patek Philippe y frente a él, sobre la mesa, descansaba un ataché de cabritilla.

            Moore y Harris, los que estaban más cerca del recién aparecido, se levantaron bruscamente y retrocedieron unos asustados pasos; el resto de los consejeros ahogaron gritos, profirieron exclamaciones o se quedaron mudos. El diablo los contempló inexpresivo y dijo con hermosa voz de barítono:

            --Buenas tardes, damas y caballeros. Me llamo Adra Melech y soy Presidente del Alto Consejo Diabólico. Estoy aquí en representación de la firma para la que trabajo, Hell & Co, e invitado por el señor Roberts.

            Los consejeros permanecieron en silencio, contemplando estupefactos a Melech. Finalmente, Walker tartamudeó:

            --¿E-e-es usted el Di-di-diablo?

            --Si por “diablo” se refiere a Satán, el Señor de las Tinieblas, el Gran Adversario, no. Ese es mi jefe. Pero soy un demonio, en efecto, y ocupo una posición elevada en el staff de la firma. –Carraspeó-. Caballeros, damas, su tiempo, al igual que el mío, es oro, de modo que sugiero abordar inmediatamente la negociación.

            Obedeciendo a un gesto de Roberts, Moore y Harris volvieron a sentarse, pero procurando mantenerse a distancia de Melech, que tomó de nuevo la palabra:

            --El asunto es sencillo. Permítanme exponerlo con crudeza: Wonderful Toys está endeudada y arruinada. A comienzos del año que viene, se declarará en bancarrota y ustedes ingresarán en las filas del paro. –Hizo una pausa-. A menos, claro está, que hagamos algo al respecto. Mi firma les ofrece diseñar, fabricar y comercializar un producto tan exitoso que, durante la próxima campaña de Navidad, multiplicará por mil los beneficios de su empresa, salvándola de la quiebra.

            --¿Qué producto es ese? –preguntó Bradshaw.

            --Eso se lo revelaremos después de que firmen los contratos y a su debido momento –respondió Melech.

            --Pero estamos a mediados de año –intervino Williams-. No hay materialmente tiempo para diseñar y comercializar un producto es ese plazo.

            Melech le dedicó una fría sonrisa.

            --¿Puedo llamarla Dorothy? –dijo-. Verá, Dorothy; no está hablando con un proveedor cualquiera; debe tener presente que somos sobrenaturales. Como es lógico, si no cumpliéramos nuestra parte del trato, si no tuviéramos el producto distribuido en las fechas previstas, y si dicho producto no fuera un absoluto éxito, el contrato quedaría automáticamente anulado y les reembolsaríamos todos los gastos en que hubieran podido incurrir. –Su sonrisa se tiñó de suficiencia-. Pero eso no va a suceder. Ahora les ruego que examinen con atención la cláusulas del contrato.

            Melech abrió el ataché y sacó de su interior un fajo de folios, pero antes de distribuirlos advirtió:

            --Hay dos consideraciones que deben tener en cuenta: En primer lugar, que los términos del contrato no son negociables. O lo toman o lo dejan. En segundo lugar que, para que este pacto se lleve a cabo, deben firmar todos los consejeros, sin excepción Si alguien no firma, no hay trato.

            Dicho esto, repartió siete contratos y siete bolígrafos entre los miembros del consejo de administración, que se pusieron a leerlos con atención.

            --Aquí pone que no podremos intervenir ni en el diseño del producto ni en su comercialización –comentó Harris-. Vamos, que no podremos tomar ninguna decisión.

            --Exacto –dijo Melech-. Ustedes se quedarán totalmente al margen. Y si eso les parece injusto, permítanme recordarles que han sido sus decisiones lo que ha hundido a esta empresa.

            Avergonzados, los consejeros siguieron leyendo el contrato en medio de un silencio que se prolongó unos minutos después de que acabaran de examinarlo.

            --Según esto –observó Walker-, el precio que deberemos pagar es nuestra alma inmortal.

            --Es lo usual –asintió Melech.

            --Pero me parece un poco excesivo. Un éxito empresarial a cambio de la condenación eterna es... demasiado.

            Melech se encogió de hombros.

            --Entiendo su punto de vista –repuso-; pero lo único que nos interesa de ustedes son sus almas.

            --Claro, claro –dijo Walker en tono razonable-. Es usted un demonio y se comporta como tal. Pero, sintiéndolo mucho, yo no puedo firmar.

            Roberts se puso en pie.

            --No esperaba esto de usted, Arthur –dijo, señalándole con un acusador dedo-. ¿Sabe cuál es la diferencia entre colaborar e implicarse? En un plato de huevos fritos con bacón, la gallina colabora, pero el cerdo se implica. ¿Qué es usted, un cerdo o una gallina?

            --¡Una gallina! –respondió al instante Walker-. Por amor de Dios, John, nos está pidiendo que aceptemos una eternidad de torturas.

            El resto de los consejeros comenzaron a hablar a la vez, mostrando su acuerdo con Walker.

            --Disculpen –intervino Melech, acallando las voces con un ademán-. Creo que puedo arrojar luz sobre el debate. Eso de las almas es una mera formalidad del contrato, porque sus almas, amigos míos, ya están condenadas desde hace mucho. –Hizo una pausa y prosiguió-: Usted, Dorothy, encerró a su madre en un asilo de tercera clase y se gastó el dinero que ella tenía ahorrado para la vejez. Usted, Arthur, mintió para perjudicar a compañeros de trabajo y ascender en su carrera. Y algo muy similar hizo usted, Charles. En cuanto a usted, Kathy, atropelló a un ciclista y se dio a la fuga. Usted, Emma, engaña a su marido con frecuencia. Usted, Michael, no vaciló en despedir a un centenar de trabajadores de su anterior empresa sólo para conseguir un bono. Y respecto a usted, John...

            --Yo estoy dispuesto a firmar –le interrumpió el presidente-. No hace falta que saque a relucir mis trapos sucios.

            --En resumen –continuó Melech-, y disculpen mi franqueza, no son ustedes buenas personas. Sus almas ya nos pertenecen y sólo tenemos que esperar a que mueran para cosecharlas.

            Hubo un silencio cargado de consternación.

            --Entonces, no lo entiendo –dijo Bradshaw-. Si ya tienen nuestras almas, ¿qué ganan ustedes con este trato?

            --Como hombre de negocios –respondió Melech-, usted sabrá, Michael, que en ocasiones se hacen inversiones a fondo perdido sólo para ampliar el área de negocio. Este es el caso: al Infierno le interesa una empresa juguetera. Ahora, por favor, decídanse de una vez. ¿Firman o no?

            --Si todo sale bien –dijo Roberts-, y saldrá bien, habrá un generoso bono para todos.

            Los consejeros empuñaron los bolígrafos, pero no parecían decididos a emplearlos. Al cabo de unos segundos, Walker le preguntó a Melech:

            --¿Es cierto que Microsoft, Facebook, Google y Apple son clientes suyos?

            --Por supuesto –asintió el demonio-. De hecho, Steve Jobs ya es nuestro huésped. Un caballero muy agradable, es un placer tenerlo entre nosotros.

            Walker dejó escapar un suspiro. Lo que era bueno para Steve Jobs tenía que ser bueno para él, pensó. Y firmó el contrato. Al poco, el resto de los consejeros le imitaron. Melech recogió los documentos, los guardó en el ataché y se puso en pie.

            --Ha sido una reunión muy productiva –dijo-. Gracias por su colaboración. En breve volverán a tener noticias nuestras. Buenas noches.

            Acto seguido, se esfumó en el aire.


* * *


            Pero las noticias se demoraron tres meses, y cuando llegaron lo hicieron en forma de factura por los costes de fabricación del “producto”. Al verla, el presidente de Wonderful Toys palideció y convocó una reunión urgente del consejo de administración.

            --Es mucho dinero –dijo Bradshaw contemplando el montante de la factura-. ¿Cómo puede ser tanto dinero?

            --Están fabricando treinta millones de unidades del “producto” –respondió Roberts.

            Williams casi se atragantó con el café que estaba bebiendo.

            --¡Treinta millones! –exclamó, consternada-. Pero eso es una barbaridad...

            --Por lo visto, se están realizando ediciones para otros países, en español, francés, alemán, italiano, ruso y chino.

            --Y seguimos sin saber qué es el “producto”, ¿no? –intervino Walker.

            --En efecto –asintió Roberts-. Aún no nos lo han comunicado.

            --Pero tenemos que pagar, así, a ciegas...

            --Es lo que estipula el contrato.

            --¿Y podemos pagar?

            Roberts suspiró con resignación.

            --De momento sólo tenemos que abonar un tercio de la factura –respondió-. Nuestra línea de crédito lo soportará.

            Hubo un apesadumbrado silencio.

            --Y no sabemos lo que vamos a vender –murmuró Walker, abatido-. Qué alentador...
 
* * *


            El quince de noviembre, Melech se reunió de nuevo con el consejo de administración para mostrarles el producto destinado a convertirse en el juguete estrella de la Navidad. Se llamaba Abraxas y era un juego de magia. La caja de cartón, en cuya cubierta aparecía un niño disfrazado de mago, contenía un colgante con forma de ojo llamado el Ojo de Belial, cinco velas confeccionadas, según rezaba en la caja, con grasa de bebés, un tarro de pintura roja que decía ser sangre de virgen y un cuaderno forrado, supuestamente con piel de cabra, titulado Grimorio de Eurinome. El cuaderno estaba en blanco.

            Los consejeros contemplaron el juego con nervioso desconcierto.

            --El grimorio no tiene nada escrito –observó Harris-. ¿Es un error de fabricación?

            Melech negó con la cabeza.

            --Está bien –dijo-. Es así.

            --¿Y las instrucciones? –preguntó Moore.

            --No las necesita.

            Los consejeros se miraron entre sí, perplejos. Si no tenía instrucciones, ¿cómo demonios se jugaba con eso?

            --Lo de la grasa de bebé y la sangre de virgen es un poco demasiado morboso, ¿no? –dijo Williams-. Ya sé que no son sangre y grasa reales, pero es un juguete para niños pequeños...

            Melech juntó las manos uniendo las yemas de los dedos, carraspeó y dijo:

            --Supongo que tienen presente la cláusula del contrato donde se especifica con claridad que ustedes no pueden tomar ninguna decisión acerca del producto. Por tanto, y disculpen mi franqueza, lo que opinen de Abraxas me importa un bledo. Así que no perdamos el tiempo. Les mostraré el anuncio de la campaña de TV.

            El spot televisivo fue casi igual de deprimente que el juguete: diez segundos con la caja de Abraxas en plano fijo, sin locución ni sobreimpresiones, con los primeros acordes de Así hablaba Zaratustra como fondo musical. Al acabar la proyección, un silencio de muerte se adueñó de la sala de reuniones.

            --Es... –murmuró Smith-..., un poco soso, ¿no?

            Melech sonrió con suficiencia.

            --En realidad –dijo-, el contenido del anuncio es indiferente. Lo importante es que el spot lleva incorporado un hechizo compulsivo.

            --¿Hechizo compulsivo?

            --En este caso de compra –asintió el demonio-. Cualquiera que vea el anuncio experimentará la imperiosa necesidad de poseer Abraxas. Ahora deberán disculparme, pero tengo otros asuntos que atender. Buenos días.

            Y se desvaneció como un holograma al desconectarse. Durante unos minutos, todos los consejeros se quedaron mirando con deprimida aprensión el juguete que yacía sobre la mesa. Harris cogió el Ojo de Belial con dos dedos, como si fuera el cadáver de una rata, y dijo en tono lúgubre:

            --Una baratija, cinco velas, un tarro de pintura y un cuaderno en blanco... ¿Alguien va a pagar casi setenta dólares por esta mierda? –Suspiró al tiempo que soltaba el colgante-. Es un desastre.

            --Y ese anuncio... –murmuró Williams-. Es ridículo.

            --Va a ser la ruina –terció Bradshaw.

            --Terrible –dijo Smith.

            --Ya sabía yo que esto no iba a salir bien –apuntó Walker.

            --Me entran ganas de llorar –musitó Moore.

            Roberts, en su calidad de presidente, intentó mantener la calma.

            --Confiemos en que cumplan el contrato –dijo.

            Pero lo dijo con muy escasa convicción.

 
* * *
 
            No volvieron a tener noticias de Melech. A finales de noviembre, Abraxas comenzó a distribuirse mundialmente y, a continuación, se inició un compás de espera que hubiera sido tenso, de no ser porque los consejeros de Wonderful Toys  no albergaban la menor duda de que comenzarían el nuevo año en la cola del paro. Finalmente, el 24 de diciembre por la mañana, Roberts convocó otra reunión extraordinaria del consejo de administración.

            --Aún no tenemos los datos definitivos –dijo, serio como un enterrador-, pero ya disponemos de un informe preliminar sobre los resultados de ventas. –Su rostro se distendió con una radiante sonrisa y concluyó-: A día de hoy, se han vendido todas las unidades de Abraxas.

            --¿Los treinta millones? –preguntó Williams, asombrado.

            Roberts asintió.

            --Y desde hace semanas nos llegan, desde todo el mundo, solicitudes de más unidades. Abraxas ha sido un éxito total.

            --Pero eso... –murmuró Walker haciendo unos rápidos cálculos mentales-. Pero eso supone más de mil cien millones de beneficio...

            --Mil ciento cincuenta y ocho millones de dólares antes de impuestos –corroboró Roberts-. La compañía está salvada y saneada, y nuestros bonos asegurados.

            Prorrumpieron en gritos y exclamaciones de alegría, se abrazaron los unos a los otros, Roberts pidió que trajeran champán para celebrarlo. Aquellas iban a ser las mejores fiestas navideñas de sus vidas.
 

* * *
 
            Y llegó el 25 de diciembre, la mañana de Navidad. En miles de hogares, al pie de abetos engalanados con bolas y guirnaldas luminosas, se amontonaban regalos envueltos con papeles de colores. A primera hora, miles de niños se despertaron y corrieron a ver qué les había traído Santa Claus.

            Como por ejemplo Bobby Parker. Bobby tenía ocho años y vivía en Woodbridge, cerca de Nueva York, en una bonita casa unifamiliar situada en una urbanización a las afueras de la ciudad. Se levantó muy temprano y, tras comprobar que Santa les había visitado esa noche, corrió a despertar a sus padres. Por desgracia, también se despertó su hermano Joe, de doce años, cuya principal afición era hacerle la vida imposible.

            Todos juntos fueron al salón y Bobby comenzó a desenvolver sus regalos. Santa Claus le había traído todo lo que había pedido y, además, un juego de magia llamado Abraxas. Le echó un rápido vistazo, pero le pareció una tontería y se concentró en el resto de los regalos. Al poco, aprovechando que sus padres habían salido de la sala, Joe se acercó a él y le dijo:

            --Santa Claus no existe, atontado. Son los papás.

            Bobby abrió mucho los ojos, indignado.

            --Eso es mentira –dijo.

            Su hermano mayor se echó a reír.

            --Mira que eres inocente –replicó en tono despectivo-. Santa Claus son los padres, idiota. Desde luego, se te engaña con cualquier chorrada.

            Y se fue riéndose con irritante desdén. Enfadado, Bobby recogió sus regalos y se fue a su cuarto. Sacó el Death Stranding de su caja y lo introdujo en la consola, pero antes de conectar el juego, sus ojos se posaron sin querer en el Abraxas. ¿Qué era eso?, pensó con curiosidad. Se levantó de la silla, abrió el juego de magia y lo examinó, extrañado. El grimorio estaba en blanco y el resto del contenido no parecía demasiado interesante.

            Sin saber qué hacer con aquello, cogió el colgante llamado Ojo de Belial y se lo puso alrededor del cuello. De repente, sintió algo así como un cosquilleo recorriéndole el cuerpo. El vello de los brazos se erizó y se le puso piel de gallina. Cerró los ojos y, tras respirar profundamente, volvió a abrirlos. Y vio algo que no había visto antes: en el interior de la caja, un rótulo rezaba: Para jugar con Abraxas debes utilizar el tutorial del mismo nombre que podrás conseguir de forma gratuita en www.apple.com/la/ios/app-store.

            Bobby sacó su teléfono móvil, entró en Apple Store, buscó Abraxas, descargó la aplicación y la conectó. En la pantalla apareció un búho de dibujos animados.

            --Hola Bobby –dijo el buhito- y feliz Navidad. Bienvenido al tutorial de Abraxas. ¿Quieres comenzar?

            Bobby debería haberse preguntado cómo aquel programa informático sabía su nombre, pero no lo hizo y se limitó a contestar:

            --Sí.

            --Estupendo. En primer lugar, voy a explicarte por qué este juego se llama como se llama. Abraxas es un demonio coronado, con cabeza de gallo, vientre grueso, pies como serpientes y cola raquítica. De su nombre proviene el famoso conjuro mágico Abracadabra. Tú quieres ser un poderoso mago, ¿verdad Bobby?

            --Claro.

            --¡Genial! Veo que llevas puesto el Ojo de Belial. Se trata de un amuleto que te permitirá controlar las energías nigrománticas. Pero antes, déjame explicarte algo. Un mago no tiene poderes en sí mismo, sino la capacidad de invocar y controlar a seres sobrenaturales que obedecerán sus órdenes. ¿Comprendes?

            --Sí.

            --Bueno, pues los magos que practican la magia blanca sólo pueden invocar a espíritus elementales, como las salamandras o los silfos, que no son muy poderosos que digamos. Se trata de magos de chicha y nabo, por así decirlo. ¿Quieres ser uno de esos magos debiluchos, Bobby, o prefieres ser un gran mago?

            --Un gran mago.

            --¡No esperaba menos de ti! –exclamó el búho-. Pero para ser un mago guay debes tener en cuenta algo: los seres sobrenaturales más poderosos son demonios. Cuando los invoques podrás hacer literalmente lo que quieras. Pero para invocar a un demonio es necesario que renuncies al bien y abraces el mal. ¿Estás dispuesto a hacerlo, Bobby?

            El muchacho titubeó; ¿eso no era pecado?... Pero a fin de cuentas se trataba de un juego, ¿no?, de modo que asintió con un cabeceo.

            --Estoy dispuesto.

            --¡Fantástico! Lo primero que debes hacer es leer en voz alta esto.

            El búho fue sustituido por un texto. Bobby comenzó a leerlo:

            --In Nomine Nostri Satanis, Luciferi Excellsi. Oh Satanás, dios de la oscuridad, dame la fuerza para luchar por tu causa, envía tus  demonios para aplastar las religiones falsas. Oh Satanás, señor del abismo, renuncio al bien y abrazo la maldad. Dame tu poder infernal y mi alma será tuya.

            Cuando Bobby acabó de recitar el conjuro, las letras se esfumaron y en la pantalla apareció una cabra que miraba taciturnamente a cámara. Tras una breve pausa, el animal giró ciento ochenta grados y alzó el rabo para mostrar el ano.

            --Ahora, Bobby –dijo la voz del búho-, para sellar el pacto tienes que besarle el culo a la cabra.

            El muchacho se echó a reír y plantó un beso sobre la pantalla. Y entonces...

            Entonces ocurrió algo muy sutil, pero radical. El alma de Bobby sufrió algo así como un reseteado; todo rastro de inocencia, bondad o amor fue borrado, quedando sólo el amasijo de gusanos de las más bajas pasiones. Un observador externo no habría notado ningún cambió, salvo que se hubiera fijado en la sonrisa del niño, que ahora había adquirido un matiz... perverso.

            --Felicidades, Bobby –dijo el búho apareciendo de nuevo-; ya eres un gran mago. ¿Qué te parece si invocamos a nuestro primer demonio?

            --¡Genial!

            --Vale. Lo primero que tienes que hacer es coger el tarro de sangre de virgen y dibujar un pentáculo en el suelo. Un pentáculo es una estrella de cinco puntas, te enseñaremos cómo se hace.

            --Pero si pinto en el suelo mamá se enfadará –objetó Bobby.

            --Pues que se enfade –replicó el búho-. Ahora eres un poderoso mago y puedes hacer lo que quieras.

            La inquietante sonrisa del muchacho se amplió. Era cierto; podía hacer lo que le viniera en gana. Se dirigió al dormitorio de sus padres, cogió uno de los pinceles que usaba su madre para maquillarse, regresó a su cuarto y, con ayuda del tutorial, pintó una estrella de cinco puntas en el suelo.

            --Perfecto, Bobby –dijo el búho-; te ha quedado muy bien. Ahora pon una vela en cada uno de los extremos del pentáculo.

            Bobby obedeció.

            --Pero no tengo nada para encenderlas –dijo.

            --Tranquilo –respondió el búho-. De eso nos ocupamos nosotros.

            Y las cinco velas se encendieron mágicamente a la vez. Bobby aplaudió, encantado.

            --Ahora –prosiguió el búho-, coge el grimorio y elige el demonio al que deseas invocar.

            --Pero ese libro está en blanco.

            --Ya no.

            Bobby cogió el cuaderno y comprobó que, en efecto, sus páginas estaban ahora cubiertas de textos. Encabezando cada una, los nombres de distintos demonios.

            --No sé cuál elegir... –murmuró el muchacho.

            --Bueno, cualquiera valdría; pero creo que Asmodeo te gustará. Los nombres están por orden alfabético. Búscalo y lee en voz alta la invocación que hay debajo.

            Bobby hojeó el grimorio hasta encontrar lo que buscaba. Se aclaró la voz y comenzó a recitar la letanía:

            --Salve Asmodeo, Salve Asmodeo, Salve Asmodeo. In nomine dei nostri Satanas luciferi excelsi, imperator omnipotens...

            El conjuro era largo y, al estar en latín, difícil de pronunciar, así que Bobby, trabucándose y a trompicones, tardó bastante en terminar de recitarlo. Tras pronunciar la última palabra, un cegador destello iluminó el cuarto, deslumbrándole durante unos instantes. Cuando, tras parpadear, recuperó la visión, descubrió ante él a un ser enorme con pies de oca, cola serpentina y tres cabezas: una de toro, otra de hombre coronada por un halo de fuego y la tercera de carnero.

            --Soy tu servidor Asmodeo, amo –dijo con voz cavernosa la cabeza de hombre-. ¿Qué deseas que haga?

            Bobby contempló asombrado a aquel engendro del Averno. Y luego se preguntó: ¿Qué quería?...

            --No lo sé –murmuró.

            --¿Puedo sugerirte algo, amo? –propuso el demonio.

            --Sí.

            --Tus padres siempre están prohibiéndote cosas y obligándote a hacer otras que no quieres hacer. ¿Qué te parece si mato a tu familia y, de paso, mato a todos los vecinos de la urbanización?

            El rostro del muchacho se iluminó con una sonrisa que le helaría la sangre en las venas a un asesino en serie.

            --¡Genial! –dijo, encantado-. Pero espera; a mi hermano Joe hazle sufrir mucho antes de matarlo, ¿vale?

            --Como ordenes, amo –respondió Asmodeo inclinando sus tres cabezas.
 
* * *

            Maggie Sullivan, de diez años de edad, contempló pensativa al ser infernal que se había materializado en su dormitorio. Era un hombre desnudo y con cuernos que montaba un oso, tenía un gavilán en un puño y decía llamarse Balan. La niña reflexionó sobre la propuesta del demonio mientras acariciaba el Ojo de Belial que pendía de su cuello y, finalmente, dijo con una sonrisa siniestra:

            --Vale, incendia la ciudad.

 
* * *
 
            Jimmy Smith, de nueve años, acarició la caja de Abraxas y pensó que era el mejor regalo de su vida. Luego, se volvió hacia el demonio que acababa de invocar. Se llamaba Eurinome y era un hombre deforme con grandes colmillos y el cuerpo lleno de llagas purulentas.

            --¿Puedes hacer explotar las casas? –le preguntó Jimmy-. Me encantan las explosiones.

            --Por supuesto, amo –respondió Eurinome con voz ronca y quebrada-. Pero también podría abrir una sima en el suelo –propuso-. Una sima enorme y ardiente que conduciría al infierno, y que crecería tragándose las calles y los edificios. Las personas se precipitarían a ella y morirían abrasadas gritando de espanto y dolor. Un espectáculo digno de verse, amo.

            El niño sonrió como un sociópata y se puso a aplaudir, alborozado.

            --¡Qué buena idea! –dijo-. ¡Hazlo!
 
* * *
 
            Escenas como estas se repitieron en cientos, miles, en realidad millones de hogares. De hecho, un efecto residual del fenómeno llamó la atención de John Roberts que, desde una ventana de su lujoso piso situado en la planta dieciséis de un edificio residencial de Manhattan, contemplaba cómo algunas ventanas de los edificios vecinos, aquí y allá, se iluminaban con intensos resplandores.

            Roberts supuso que eran flashes de móviles tomando fotos navideñas y regresó al salón, donde charlaban animadamente su mujer, sus dos hijas y sus yernos. En un rincón, frente al televisor, sus tres nietos jugaban con una consola. Roberts se sentó en el sofá, contempló a sus parientes, y pensó que tras el éxito de Abraxas, aquella iba a ser la mejor Navidad de su vida.

            Un minuto después, un demonio con cabeza de león atravesó la puerta haciéndola trizas y despedazó a su familia.
 

* * *
 
            Al anochecer del día de Navidad, Nueva York ardía como una ciclópea pira de San Juan. El Chrysler Building era pasto de las llamas, igual que el Empire Estate, la Grand Central Station o la catedral de San Patricio. De hecho, San Patricio era el edificio que más intensamente ardía, como si el fuego se cebara en él con especial saña. Al oeste, el puente de Brooklyn yacía partido por la mitad a causa del abrazo de un tentáculo gigantesco. Al sur, la Estatua de la Libertad era un amasijo de cascotes y hierros retorcidos. Al oeste, Long Island se hundía en la inmensa sima ardiente que se había abierto en el suelo. Al norte, una sucesión de explosiones pulverizaban el Bronx. Entre medias, todo era caos y destrucción. Igual que en el resto del país. O el resto del continente. O el resto del planeta.

            John Roberts Jr, presidente de Wonderful Toys Ltd, recorría la ciudad con deambular furtivo, al amparo de las sombras, ocultándose temeroso ante cualquier ruido o movimiento. Las calles estaban desiertas, las luces apagadas, coches abandonados en medio de las calzadas, cadáveres por doquier, algunos atrozmente mutilados. A lo lejos se escuchaban alaridos de terror y siniestros aullidos.

            Roberts estaba aterrorizado. Había logrado escapar de su apartamento, no sabía cómo, pero no podía borrar de su mente las imágenes de su familia despedazada por un demonio leonino. Desde entonces no había hecho más que huir sin rumbo. De pronto, escuchó un ruido indescriptible, algo así como una mezcla de succiones y viscosos bramidos. Corrió a esconderse en las sombras del callejón que se abría a su derecha. Al poco, una bestia infernal apareció en la calle. Era una especie de babosa descomunal, de unos veinte metros de largo por siete de alto; tenía cuernos y encima de ella, cabalgándola, un niño pequeño sonreía de oreja a oreja.

Una mujer que estaba oculta tras un automóvil echó a correr. La bestia le lanzó un chorro de ácido por las fauces, convirtiendo a la desdichada en un amasijo de protoplasma burbujeante. El niño se echó a reír y gritó “¡Más, más!”. Unos minutos después, la bestia y el niño desaparecieron de vista. Roberts suspiró, aliviado; entonces una voz dijo a su espalda:

            --Buenas noches, John.

            Sobresaltado, Roberts dio un respingo, se giró y contempló con el corazón encogido a Adra Melech, que a su vez le miraba a él sonriente, vestido con un impecable terno de Armani.

            --Se-señor Melech... –murmuró Roberts-. ¿Qué... qué está pasando?

            --Abraxas –respondió el demonio-. Eso está pasando.

            --Pero es horrible... Mi mujer, mis hijos, mis nietos, todos han muerto, y la ciudad está destruida... ¡Han incumplido ustedes el contrato!

            --De eso nada, John –replicó Melech-. Nos comprometimos a fabricar el juguete más vendido de la Navidad y hemos cumplido sobradamente.

            --Pero se trataba de salvar la empresa...

            --La hemos salvado.

            --¡Y luego la han destruido, lo han destruido todo!

            Melech negó con la cabeza.

            --No, amigo mío. Mis huestes se limitan a cumplir las órdenes de los niños. Y si los niños son más crueles que el más cruel de los demonios no es responsabilidad nuestra.

            Roberts dejó caer los hombros, abatido.

            --¿Por qué esto?... –musitó.

            El demonio hizo un gesto de aquiescencia.

            --Bueno, supongo que se merece una explicación –dijo-. Esto es el Armagedón, la batalla final entre las fuerzas del bien y las del mal. Y hemos ganado. No es por lamerle el culo a Satanás, aunque se lo lamo con frecuencia, pero hay que reconocer que su estrategia ha sido brillante. El problema que teníamos con los humanos es que sois dispersos, os resulta casi imposible centrar la atención en algo. De modo que los demonios teníamos que ocuparnos de vosotros uno a uno, lo que es muy poco eficiente. Debíamos centraros, pero ¿cómo? El Maligno ideó un plan perfecto: Primero introdujo la informática en cada hogar. Luego expandió Internet. Después llegaron los teléfonos móviles. Y, por último, las redes sociales. Y ya estaba, ya teníamos a la mayor parte de la humanidad pendiente de lo mismo. Así, gracias a los IPhones y los Samsungs, y con la inestimable ayuda de Twitter, conseguimos ganarnos para el mal las mentes y los corazones de los más jóvenes. Luego, sólo hacía falta un detonante y, gracias Wonderful Toys, lo conseguimos mediante la comercialización de Abraxas, un kit infantil de invocaciones demoniacas. Reconocerá conmigo que ha sido un plan de marketing brillante.

            Roberts dejó escapar un sollozo y murmuró:

            --¿Y qué va a ser de mí?...

            --Bueno, teniendo en cuenta su inestimable colaboración, John, se merece usted que le perdonemos la vida. Pero si le perdonara, ¿qué clase de diablo sería?

            Acto seguido, Adra Melech se transformó en una bestia horrible y se lo comió.

            Y así fue cómo la magia de la Navidad y las sonrisas de los niños trajeron al mundo el imperio del mal.
 

F i n



12.24.2018

El tradicional cuento de Navidad


 
            El visitante de medianoche
 

            By César Mallorquí

 
            Horas antes de que un extraño irrumpiera en su hogar amparado en la oscuridad de la noche, Matías Folch había pasado la Nochebuena cenando solo en la quietud de su pisito de soltero.

            Sin pareja ni familia, a sus cuarenta y dos años, Matías, funcionario del Ministerio de Fomento, llevaba una vida tranquila y ordenada; quizá demasiado solitaria, aunque eso a él no le preocupaba lo más mínimo. Aquella Nochebuena había preparado crema de marisco y solomillo ibérico al jerez, y a las nueve en punto, como todas las noches, se sentó a la mesa del salón para cenar frente al televisor. Los únicos adornos que delataban la Navidad eran un pequeño nacimiento sobre una cómoda y, en un rincón, un árbol de plástico con la mitad de las luces fundidas.

            Tras dar buena cuenta de la cena, que concluyó con unos trocitos de turrón, recogió la mesa, se lavó los dientes, se puso el pijama y a las once en punto, según su costumbre, ya estaba en la cama. No tardó ni cinco minutos en quedarse dormido. Hasta que, poco después de la medianoche, un ruido le despertó.

            Súbitamente espabilado, Matías se incorporó en la cama. ¿Había oído algo o se lo había imaginado? Contuvo el aliento y al poco escuchó otro ruidito procedente del salón. Alarmado, saltó de la cama, se puso las zapatillas y un batín, y sacó del fondo del armario un bate de béisbol.

            Cuando, años atrás, alquiló el piso, encontró el bate en ese mismo armario, probablemente olvidado por el anterior inquilino. Aunque no lo quería para nada, decidió guardarlo por si alguien venía a reclamarlo, pero nadie lo hizo y Matías acabó olvidándose de él. Ahora, de repente, ese objeto adquiría una inesperada relevancia como factor disuasorio.

            Armado con el bate, Matías abrió cuidadosamente la puerta de su dormitorio y, procurando no hacer ruido, se dirigió al salón. Al llegar, recortada contra una ventana, distinguió en la oscuridad la silueta de un desconocido. Tendió la mano hacia el interruptor que estaba fijado a la pared y encendió las luces.

            Había un hombre en el centro del salón; iba vestido de Santa Claus y sostenía entre las manos el televisor de Matías. A sus pies, un saco bastante lleno descansaba sobre el suelo. Al fondo, una de las ventanas estaba abierta. El desconocido puso cara de sorpresa y guiño los ojos varias veces a causa del súbito resplandor.

            —¿Quién es usted y qué hace en mi casa? –dijo Matías, enarbolando amenazadoramente el bate.

            Tras una breve pausa, el desconocido depositó cuidadosamente el televisor sobre una mesa y exclamó:

            —¡Ho, ho, ho!

            Matías frunció el ceño.

            —¿De qué se ríe? –dijo-. ¿Se está riendo de mí? Porque yo no le veo la gracia.

            —No me río de usted, caballero; dios me libre –respondió el desconocido-. Es mi risa característica; mi sello personal, por así decirlo. Soy Santa Claus.

            Matías arrugó aún más el entrecejo.

            —No diga sandeces. Santa Claus no existe.

            —Sí que existo –replicó el hombre, girando sobre sí mismo como una modelo de alta costura-. Míreme.

            —Le miro y veo a un tipo malencarado disfrazado de Santa Claus.

            —Pero no es un disfraz, se lo juro. Soy el verdadero Santa Claus.

            —¿Ah, sí? –Matías le miró arqueando una escéptica ceja-. Pero si se ve a una legua de distancia que esa barba es postiza y la tiene sujeta a las orejas mediante unas gomas.

            El Santa Claus bizqueó durante unos instantes, desconcertado.

            —Padecí un salpullido en la cara y no me quedó más remedio que afeitarme –dijo, recuperando la compostura-. Pero, claro, la barba forma parte de mi imagen, así que tengo que utilizar una falsa.

            —¿Y dónde están las botas rojas? –replicó Matías, señalándole las mugrientas deportivas que el extraño llevaba en los pies.

            —Eran nuevas y me estaban matando. Imagínese lo que es visitar miles de hogares con unas botas que te aprietan. ¡Un martirio! Afortunadamente, llevaba otro calzado en el trineo y pude cambiarme. No vea qué alivio.

            Matías resopló.

            —Santa Claus es gordo –dijo-, pero usted, así a simple vista, ofrece una estampa atlética.

            —Me he hecho vegano –respondió imperturbable Santa Claus.

            Matías volvió a resoplar.

            —Mire, esto es ridículo. Creo que voy a golpearle con el bate y luego llamaré a la policía.

            Esgrimiendo el bate con ambas manos, Matías avanzó un paso y Santa Claus retrocedió otro, al tiempo que hacía un gesto apaciguador.

            —No ser ponga así, caballero –dijo-. Recuerde que estamos en Navidad. Podemos hablar de esto sin recurrir a la violencia.

            —¿Hablar? –Matías le miró de hito en hito-. De acuerdo, hablemos. Cuando he entrado en el salón, usted tenía mi televisor en las manos. A ver, explíqueme eso.

            Santa Claus demoró unos segundos la respuesta.

            —Estaba dejando sitio –dijo.

            —¿Sitio? ¿Para qué?

            —Para su regalo.

            —¿Mi regalo?

            El rostro de Santa Claus se distendió con una beatífica sonrisa.

            —A ver, dígame –dijo en tono melifluo-: ¿Ha sido usted bueno este año?

            —¿Qué?...

            —Que si se ha portado bien.

            Matías le miró con desconfianza.

            —En fin –dijo-, no viene al caso, pero supongo que sí.

            —¡Claro que sí! Y mi trabajo consiste en traer obsequios a quienes se portan bien, de modo que tengo un regalo para usted. Quería que fuese una sorpresa, pero dada esta lamentable confusión… ¿Me permite coger algo de mi saco?

            Matías asintió con un cauteloso cabeceo. Santa Claus se aproximó al saco, extrajo de su interior una rutilante televisión y la puso en la mesita donde había estado el viejo aparato de Matías.

            —Un Sony Bravia de cuarenta y tres pulgadas –proclamó triunfal-. Con Hi-Fi, 4K y sonido Acoustic Surface. ¡Una maravilla! Mucho mejor, sin duda, que esa antigualla suya.

            —¿Es para mí? –preguntó Matías con la mirada fija en el televisor.

            —Claro. Por haber sido bueno.

            Por primera vez, Matías bajó un poco el bate y se rascó la cabeza, pensativo.

            —No lo veo claro –murmuró-. Si es usted Santa Claus, ¿por qué nunca antes he tenido noticias suyas?

            Una bondadosa sonrisa se dibujó en el rostro de Santa Claus.

            —Vamos a ver, hijo; ¿a quién le pedía usted los regalos cuando era pequeño?

            —A los Reyes Magos.

            —¿Ve? A los Reyes Magos, no a mí. Pero ya no cree en los Reyes Magos, ¿verdad?

            —Son los padres.

            —¿Y dónde están sus padres?

            —En el cementerio.

            —Ajá. Por eso ahora es mi turno de obsequiarle.

            Sin dejar de rascársela, Matías movió la cabeza de un lado a otro.

            —Sigo sin verlo claro –dijo-. Creo que voy a llamar a la policía…

            —¡No, no, no! No hagamos nada de lo que más tarde podamos arrepentirnos, caballero. Recuerde que es usted muy bueno. Buenísimo.

            —Tampoco hay que pasarse…

            —Un pedazo de pan. Y por eso tengo más regalos para usted. –Santa Claus extrajo del saco una minicadena y la depositó sobre la mesa-. Un equipo de sonido Bang & Olufsen con altavoces inalámbricos. ¿Qué me dice?

            —Vaya…

            —Y eso no es todo. –Santa Claus sacó un ordenador portátil y lo depositó junto a la minicadena-. ¡Un MacBook Pro de 15 pulgadas y 512 GB! –exclamó-. Mucho mejor, si me permite la opinión, que ese porquería de Lenovo que tiene usted por ahí.

            Con las cejas arqueadas, Matías se quedó mirando los objetos que el extraño había sacado del saco. El extremo grueso del bate descendió hasta besar el suelo.

            —¿Todo eso es para mí? –murmuró, perplejo.

            —Claro –respondió Santa Claus-. Porque ha sido usted muy bueno.

            —Vaya… Pues gracias.

            —No hay por qué darlas, hijo –repuso Santa con el rostro arrebolado de alegría-. Es mi trabajo, premiar a quienes han sido bondadosos; como usted, que es un ángel.

            Matías se sonrojó.

            —Vamos, vamos –musitó-. No exagere…

            —No exagero ni un pelo. Un ángel. Un santo. Y ahora, caballero, tendrá que excusarme, pero debo proseguir con mi labor. Como comprenderá, aún me quedan muchos hogares que visitar.

            —Claro, claro –asintió Matías en tono comprensivo-. No le entretengo más; le acompañaré a la salida.

            —No hace falta; saldré por la ventana.

            Matías parpadeó, sorprendido.

            —¿Por la ventana?...

            —Claro; es por donde he entrado.

            —Pero… ¿por qué hace eso?

            —Bueno, está claro: usted no tiene chimenea.

            Aunque no lo era en absoluto, a Matías le pareció una explicación razonable. Santa Claus recogió su saco y se aproximaron a la ventana.

            —Estamos en un segundo piso –le advirtió Matías-. Tenga cuidado, no vaya a romperse la crisma.

            —Descuide, soy como un gato. Me despido de usted, caballero; espero que le hayan gustado los regalos.

            —Muchísimo.

            —Me alegro, me alegro. Me habría gustado empaquetárselos, pero como usted me ha sorprendido… -Le guiñó un ojo-. Qué picarón; no muchos me han pillado.

            —En fin –repuso Matías con mal reprimido orgullo-, siempre he sido bastante avispado…

            —Y que lo diga. Pero recuerde: no puede jugar con sus regalos hasta mañana, ¿eh? Ahora me voy; que tenga usted una feliz Navidad.

            Santa Claus dijo “Ho, ho, ho” en voz baja. Pasó una pierna por el vano de la ventana, luego la otra, y descendió ágilmente por un canalón. Al pisar la calle, miró a un lado y a otro, y echó a andar con paso rápido hasta desaparecer en la oscuridad de la noche.

            Asomado a la ventana, Matías se quedó mirando el lugar por donde se había esfumado el desconocido. Así que Santa Claus existe, pensó. Qué sorpresas te da la vida… Una gélida ráfaga de viento le sacó de su ensoñación. Cerró la ventana, se encaminó a la puerta del salón y, antes de apagar la luz, le echó una última mirada a los regalos. Luego, se dirigió a su dormitorio, se metió en la cama, cerró los ojos y, a los pocos minutos, comenzó a roncar suavemente.

            A la mañana siguiente, al despertar, lo primero que le vino a la mente fue el recuerdo de su encuentro con Santa Claus. ¿Había ocurrido de verdad o era un sueño? Saltó de la cama, se calzó las zapatillas y, sin tan siquiera ponerse el batín, se dirigió al salón. Al llegar, exhaló un suspiro de alivio: ahí estaban, el televisor, el equipo de sonido y el portátil.

            Silbando entre dientes una alegre tonada, Matías regresó a su dormitorio, se duchó, se vistió y fue a la cocina, donde dio buena cuenta  de un café con leche y unas tostadas. Cuando acabo de desayunar, se dirigió al salón y contempló satisfecho sus regalos. ¿Por cuál empezar? Optó por el televisor, pues ya estaba colocado en su lugar. Lo enchufó, conectó la antena y se sentó frente a la pantalla con el mando a distancia en una mano. Y se disponía a encender el aparato cuando sonó el timbre de la entrada.

            Matías frunció el ceño, dejó el mando sobre la mesa y echó a andar hacia el vestíbulo. ¿Quién podía ser?, pensó malhumorado. Abrió la puerta; al otro lado del umbral estaba Carlos, su vecino de enfrente, un hombre de treinta y tantos años y aspecto agradable.

            —Hola Matías. Perdona que te moleste el día de Navidad; ¿tienes un momento?

            —Claro.

            —Verás, es que anoche fuimos a cenar a casa de mis suegros y, al regresar, descubrimos que nos habían robado.

            —Qué me dices…

            —Lo que oyes. Mientras estábamos fuera entraron por la ventana y nos desvalijaron. Se han llevado el televisor, un Sony Bravia nuevecito, recién comprado. Y el equipo de sonido. ¡Un Bang & Olufsen! ¿Sabes lo caro que es? Y para colmo, también mi portátil.

            —Vaya…

            —La policía dice que hay un ladrón de pisos actuando por la zona; lo llaman Papá Noel.

            —¿Papá Noel?...

            —Sí, porque va disfrazado de Santa Claus. ¿Te lo imaginas? –Carlos suspiró con resignación-. Perdona, no quiero amargarte el día con mis desgracias. Sólo quería saber si anoche viste u oíste algo extraño.

            Matías ladeó la mirada y reflexionó durante unos segundos. Luego, movió lentamente la cabeza de un lado a otro y dijo:

            —No, no vi ni oí nada raro.

            Carlos puso cara de circunstancias.

            —Vale, gracias; ya no te entretengo más –dijo-. Ah, y feliz Navidad.

            —Igualmente.

            Matías cerró la puerta, regresó al salón y se quedó unos segundos de pie, mirando los regalos. Luego, se acomodó frente al televisor y lo conectó. En el canal que estaba seleccionado emitían un documental sobre naturaleza. Matías contempló los bichos que iban y venían en la pantalla.

            Qué calidad de imagen, qué pureza de sonido…, pensó.

            Una sonrisa iluminó su por lo general hierático rostro. Por primera vez en mucho tiempo, Matías sintió que el corazón le palpitaba henchido de espíritu navideño.



 

10.01.2018

El coleccionista de almas



            El coleccionista de almas

            By César Mallorquí

 
            Jorge comenzó a desplegar las cartas entre las manos formando un abanico; descubrió primero los dos ases que ya sabía tener y luego, más despacio, uno a uno, los tres naipes que había recibido en el descarte.

            La tercera carta también era un as. Un escalofrío le recorrió la espalda.

            Empujó con el pulgar el cuarto naipe. Un diez de picas.

            Contuvo el aliento y comenzó a deslizar la quinta carta, despacio, muy despacio… Era otro as, el cuarto. El corazón se le aceleró.

            Tenía un póker de ases.

            Alzó la mirada y, procurando que su rostro no reflejara la menor emoción, examinó a sus contrincantes. A la derecha, un tipo gordo y sudoroso cuyo nombre no recordaba, había pedido tres cartas, igual que el siguiente, un tal Germán. Ninguno de los dos podía ganarle. A continuación estaba Martín Seoane, el dueño del lujoso apartamento donde se encontraban y promotor de la partida. Se había quedado con cuatro cartas, así que debía de tener un proyecto de escalera. Por último, cerrando el círculo que formaban en torno a la mesa de juego, una mujer de mediana edad llamada Carmen se había descartado de dos naipes. Ninguno de ellos suponía ningún peligro.

            Jorge era la mano. Cogió un montoncito de fichas y lo situó en medio del tapete.

            —Abro con mil –dijo.

            El gordo igualó la apuesta. Germán tiró las cartas sobre la mesa y murmuró:

            —Hoy no es mi día.

            Martín Seoane, con una tenue sonrisa en los labios, empujó dos montones de fichas hacia delante.

            —Los mil –dijo-, y mil más.

            Carmen cubrió la apuesta. Jorge reunió todas sus fichas y las puso en el centro.

            —Sus mil y cinco mil seiscientos más –apostó.

            El gordo arrojó sus cartas al tapete mascullando algo entre dientes. Martín bajó la mirada para examinar de nuevo su jugada y reflexionó durante unos segundos. Era un hombre atractivo, de treinta y tantos años, con el pelo moreno peinado hacia atrás y fijado con brillantina, lo que le brindaba un aspecto vagamente anticuado, como de galán de cine mudo. Finalmente, cubrió la apuesta de Jorge y deslizó al centro un elevado montón de fichas.

            —Y quince mil más -dijo.

            La mujer sacudió la cabeza y tiró las cartas sobre el tapete. Jorge se había quedado sin fichas: podía ir restado, claro, pero… Contempló de nuevo su jugada; era una pena desperdiciar un póker de ases.

            —¿Puedo sacar más efectivo? –preguntó.

            —Claro –respondió Martín con amabilidad.

            Jorge cogió el maletín que descansaba a sus pies, lo abrió marcando una clave y sacó de su interior varios fajos de billetes. Puso el dinero sobre la mesa y dijo:

            —Aquí hay treinta y seis mil quinientos euros. Puede contarlo si lo desea.

            —No es necesario; estamos entre caballeros.

            Martín igualó la apuesta y luego, con un ademán, le indicó a su contrincante que mostrara las cartas. Sin poder reprimir una sonrisa triunfal, Jorge extendió sobre el tapete sus cuatro refulgentes ases. Imperturbable, Martín desplegó su jugada… Jorge tenía razón, era una escalera; de hecho, era una escalera baja, del dos al seis. Pero las cinco cartas eran tréboles.

            Escalera de color, él ganaba.

            La sonrisa se congeló en el rostro de Jorge. La mujer lanzó un gritito de sorpresa. El gordo escupió una palabrota. Germán se quedó mudo.

            Martín, inexpresivo, acercó el dinero hacia sí y comentó:

            —Así es el juego; pura suerte.

            Tras unos instantes de estupefacción general, el gordo se incorporó.

            —Estoy hasta los huevos de perder –dijo mientras se colocaba la americana-. Me largo.

            —Sí, son casi las cinco –comentó Carmen al tiempo que recogía su bolso-. Hora de irse a la cama.

            —¿Se acabó la partida? –preguntó Martín con inocencia-. De acuerdo; señora, señores, ha sido un placer jugar con ustedes.

            Recogió sus ganancias, las puso sobre una bandeja de plata y se dirigió con ellas a su despacho, situado en la habitación contigua. Abrió una puerta y, antes de desaparecer tras ella, les dijo a sus invitados:

            —Por favor, cierren al salir. Buenas noches.

            Martín entró en el despacho, rodeó el escritorio e hizo girar sobre unas bisagras el cuadro que presidía la pared. Detrás había una caja fuerte; pulsó la combinación, la abrió y guardó en su interior el dinero. Cerró la caja y regresó al salón con la bandeja. Todos se habían ido, menos Jorge, que permanecía sentado en la silla, frente a la mesa de juego.

            —Creía que se había marchado, Jorge –dijo Martín con amabilidad-. ¿Puedo hacer algo por usted?

            —El dinero que me ha ganado… Lo necesito.

            —Ah, entiendo. Pero como bien dice, se lo he ganado.

            Jorge tragó saliva, demudado.

            —Es que ese dinero no es mío –dijo con un hilo de voz-. Tendría que haberlo llevado a un cajero antes de venir aquí, pero… Si mañana no está ingresado…

            No completó la frase, pero su tono y su expresión dejaban claro que, si al día siguiente el dinero no estaba en el banco, su futuro no sería nada halagüeño. Martín se aproximó y dejó la bandeja de plata sobre la mesa.

            —Le comprendo, amigo mío –dijo en tono compasivo-, y simpatizo con usted. Pero si me permite expresarlo con franqueza, ese no es mi problema.

            Jorge volvió a tragar saliva.

            —Es su dinero, lo sé –su voz estaba teñida de súplica-, y no le pido que me lo dé, sino que… que me lo preste. Se lo iré devolviendo poco a poco, con intereses…

            Martín negó lentamente con la cabeza.

            —No soy un banco –dijo-; no concedo préstamos.

            Jorge perdió la mirada durante unos segundos; luego, respiró hondo, se incorporó, sacó del bolsillo una pistola Glock del calibre 9 y apuntó con ella a su anfitrión.

—Estoy desesperado, señor Seoane –dijo-. Deme el dinero.

            Martín soltó una carcajada.

            —¡No sea infantil, Jorge! –exclamó-. Usted no me va a disparar y lo sabe. No es esa clase de persona.

            —Ya le he dicho que estoy desesperado –replicó Jorge; su dedo se tensó sobre el gatillo-. Si no me da el dinero, le mataré.

            Martín lo contempló sonriente, con un punto de conmiseración en la mirada, y negó con la cabeza.

            —No, no lo va a hacer –dijo-. ¿Sabe por qué? En primer lugar, porque el dinero está en una caja fuerte cuya combinación sólo yo conozco. ¿Puede reventar una caja fuerte, Jorge? Porque en caso contrario, si me mata se quedará sin dinero y lo único que habrá conseguido es pasar de ladrón a asesino. En segundo lugar, y esto es lo más importante, no me va a matar porque es incapaz de hacerlo. Usted es una buena persona, Jorge, y eso no puede cambiarlo.

            Jorge se lo quedó mirando inmóvil, rígido como una estaca; de pronto, dejó caer la mano que sostenía el arma, agachó la cabeza, se cubrió los ojos con la mano izquierda y se echó a llorar. Martín se aproximó a él y le palmeó la espalda suavemente.

            —Venga, venga, tranquilícese… Ande, guarde ese arma, no vaya a ser que se haga daño.

            Obediente, Jorge devolvió la pistola al bolsillo. Su cuerpo se agitaba en una incontenible sucesión de sollozos. Martín le cogió del brazo.

            —Acompáñeme –dijo.

            Con docilidad, Jorge se dejó conducir al despacho, una habitación amplia, con muebles de diseño italiano y las paredes decoradas con unos cuadros que, si Jorge hubiera sido ducho en arte -que no lo era- se habría sorprendido al comprobar que eran originales de Richard Prince, Lucian Freud, Antonio López o Julian Schnabel. Martín le invitó a sentarse en una cómoda butaca de cuero y le ofreció un puñado de pañuelos de papel.

            —¿Quiere una copa? –preguntó.

            Jorge asintió mientras se enjugaba las lágrimas. Martín sacó de una licorera dos vasos y un decantador de cristal de Bohemia y sirvió las bebidas. Le entregó la suya a Jorge y éste la vació de un trago. Martín puso cara de horror.

            —¡Por amor de dios! –exclamó-. Ese whisky es un Macallan de 1947, cada botella vale casi siete mil dólares. No se traga, se paladea.

            —Lo siento… -musitó Jorge.

            —No importa. –Le sirvió otra copa y advirtió-: Esta despacito.

            Luego, cogió su bebida y se acomodó en la butaca contigua a la de su invitado. Dio un sorbo de whisky, cerró los ojos y chasqueó la lengua.

            —La cuestión es que ha enfocado mal este asunto –dijo-. Primero, no debería haberse jugado un dinero que no es suyo; pero eso ya lo sabe. Después, me ha suplicado que se lo devuelva; pero usted y yo no somos amigos, apenas nos conocemos, no tengo ningún motivo para hacerle un favor. Por último, me ha amenazado con una pistola, y convendrá conmigo que eso es de muy mala educación.

            —Lo siento… -repitió Jorge con aire cada vez más patético.

            —Tranquilo –le consoló Martín-. Está desesperado, usted mismo lo ha dicho, y en esas circunstancias se hacen tonterías. Lo comprendo. –Paladeó otro sorbo de Macallan y prosiguió-: No voy a hacerle un favor, Jorge, ni voy a concederle un crédito, y tampoco me voy a dejar intimidar. Sin embargo, hay otros caminos, por ejemplo un intercambio.

            —¿Un intercambio? –repitió Jorge, sorprendido.

            —Exacto. Yo tengo algo que usted quiere, y usted tiene algo que yo quiero. Esa es la base del comercio.

            Jorge parpadeó varias veces.

            —Pero… pero… ¿Qué tengo yo que pueda interesarle?

            Martín le miró con intensidad y demoró unos segundos la respuesta.

            —Su alma inmortal –dijo finalmente.

            Jorge puso los ojos como platos.

            —¿Qué? –balbuceó.

            —Que estaría interesado en comprar su alma, su espíritu, su ka, su esencia, su ánima, su élan vital, como quiera llamarlo.

            En los ojos de Jorge brillaron chispas de recelo.

            —¿Me está tomando el pelo? –dijo, más en tono de afirmación que de pregunta.

            —En absoluto, Jorge –repuso Martín muy serio-. Quiero comprarle el alma. Vamos a ver, comenzó usted la partida con tres mil euros y luego agregó treinta y seis mil quinientos más. En total, treinta y nueve mil quinientos euros; cuarenta mil para redondear. Eso es lo que le ofrezco por su alma.

            Jorge no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Si existiera un record mundial de perplejidad, lo habría batido holgadamente.

            —¿Y cómo se vende un alma? –preguntó.

            —Firmando un contrato, claro.

            Jorge desvió la mirada y se frotó el mentón. Por primera vez en mucho rato su expresión se distendió.

            —Disculpe, entonces… -Titubeó-. ¿Se supone que usted es el Diablo?

            Una gran sonrisa se dibujó en el rostro de Martín.

            —Yo no he dicho tal cosa –respondió.

            —Ya, pero… En fin, los únicos que compran almas son los demonios, ¿no?

            Martín, sin apartar la mirada de su invitado, dio un sorbo a su bebida.

            —Descuide, Jorge –dijo-; no soy el Diablo, se lo garantizo.

            —Entonces, ¿para qué quiere mi alma?

            —Digamos que soy un coleccionista.

            —¿Colecciona almas? Pero…

            —Perdone mi brusquedad –le interrumpió Martín-; ya es muy tarde y ambos queremos retirarnos a descansar. Le he hecho una oferta, ¿la acepta?

            Tras una brevísima pausa, Jorge asintió con mal reprimido entusiasmo.

            —Acepto, claro.

            —Perfecto.

            Martín se incorporó, cogió de encima del escritorio una hoja con un texto impreso y se la entregó a Jorge.

            —Es el contrato –dijo-. Léalo antes de firmarlo.

            Jorge le echó un rápido vistazo. Mientras recuperase su dinero, le daba igual lo que pusiera en aquel papel. Además, no era un hombre religioso, no creía en el alma, así que ¿qué importaba?

            —¿Debo firmarlo con sangre? –preguntó con un pelín de ironía.

            —No seamos, medievales; bastará con tinta.

            Martín sacó del bolsillo interior de su americana una estilográfica Steinway de Montblanc y se la entregó. Jorge firmó al pie del documento y luego se quedó mirando expectante a su anfitrión. Martín rodeó el escritorio, apartó el cuadro, abrió la caja fuerte, sacó unos fajos de billetes y se los ofreció a Jorge.

            —Cuarenta mil euros –dijo-. Cójalos.

            Jorge se puso en pie y tomó el dinero entre las manos, contemplándolo como si le costara creerse que estaba ahí. Martín lo cogió del brazo y lo condujo al salón; aguardó a que metiera el dinero en el maletín, lo acompañó a la salida, abrió la puerta y prácticamente lo echó fuera de un suave empujón. Antes de irse, Jorge se volvió hacia él y dijo:

            —Eh… Gracias…

            —No hay por qué darlas; ha sido un intercambio mutuamente beneficioso. Buenas noches, Jorge.

            Y cerró la puerta. Luego, estiró los brazos y se desperezó; estaba cansado, pero aún le quedaba algo que hacer. Ahogando un bostezo, regresó al despacho; una vez allí, sacó de un cajón un tapete plegado y lo extendió sobre el suelo. Era redondo y tenía bordado un pentáculo. Sacó del mismo cajón cinco velas,  colocó cada una en las esquinas de la estrella y las encendió con un Dupont de oro. Finalmente, cruzó los brazos formando un aspa sobre el pecho y comenzó a recitar una letanía. Con el paso del tiempo se la había aprendido de memoria:

In nomine dei nostri satanas luciferi excelsi potemtum tuo mondi de Inferno, et non potest Lucifer Imperor Rex maximus, dud ponticius glorificamus et in modos copulum adoramus te Satan omnipotens in nostri mondi

            Cuando acabó la invocación, tras una brevísima pausa, una figura se materializó frente a él, en el interior del pentáculo. Era un hombre de mediana edad, con facciones angulosas, bellas y perfectas, la mirada intensa, vestido con un elegante esmoquin. Olía vagamente a una mezcla de L'eau D'issey y azufre.

            —Hola Luci –le saludó Martín-; cuánto tiempo sin vernos.

            El recién aparecido le miró con una reprobadora ceja levantada.

            —No me llames “Luci” –dijo con profunda voz de barítono-. Dirígete a mí con respeto.

            —Pero si somos amigos, Lucifer –repuso Martín, sonriente-. ¿Cuánto hace que nos conocemos, tres siglos?

            —Trescientos doce años, seis meses, trece días, nueve horas y veintiséis minutos. Pero eso no significa que seamos amigos; tú eres un proveedor y yo tu cliente, no lo olvides. Al grano: ¿Qué tienes para mí?

            Martín cogió el contrato que descansaba sobre la mesa y se lo mostró.

            —El alma de Jorge González Monje –dijo-. Una perita en dulce, una joya.

            —El alma de un pecador –replicó Lucifer, despectivo-. Si no es mía ya, lo será muy pronto.

            —Te equivocas. Jorge es una bella persona, un alma pura. Jamás ha cometido un pecado grave ni lo cometerá.

            —Es un jugador.

            —¿Y en qué parte de la Biblia se condena el juego? En la listita de Moisés no, eso desde luego.

            —La codicia es un pecado.

            —Vamos, Lucifer, esta gente no juega por el dinero, sino por la adrenalina, y eso no es pecado.

            Satanás frunció el ceño.

            —Hace un momento te ha amenazado de muerte y ha intentado robarte –objetó.

            —Pero no lo ha hecho. Si cometió pecado de intención, se arrepintió al instante y la falta quedó borrada. Es una bellísima persona, Lucifer, créeme. No encontrarás un alma mejor.

            El demonio titubeó durante unos instantes y luego suspiró con resignación.

            —De acuerdo, ¿qué pides por ella?

            —Lo de siempre –respondió Martín, sonriente-: Cien años más de vida, juventud, salud y, por supuesto, una sobrenatural suerte en el juego.

            —¡Cien años! –exclamó Satán, escandalizado-. Pero si la última vez fueron cincuenta…

            Martín se encogió de hombros.

            —Todo sube, amigo mío –dijo-. Además se trata de un trueque muy especial. Jamás verás a Jorge por tu Infierno a menos que me compres su alma.

            El Diablo sacudió la cabeza con desánimo.

            —Desde luego –murmuró-, los intermediarios lo encarecéis todo…