12.24.2025

Dulce Muerte

 

 



           DULCE MUERTE

            By César Mallorquí.

 

            La mañana del día de su muerte, la mañana de la Nochebuena, Andrés salió a dar un paseo, como acostumbraba hacer.

Todo el mundo pensaba que Andrés Sousa era un hombre triste. Y lo era; su corazón estaba lleno de melancolía y abatimiento. También era un hombre solitario, reservado y callado, de modo que solo unos pocos conocían las causas de su tristeza.

            Tenía setenta y dos años de edad y durante casi tres décadas había trabajado como aparejador en una constructora, hasta que la empresa realizó un ajuste de personal y le invitaron a jubilarse anticipadamente. Viudo desde hacía mucho, apenas contaba con amigos. En el pasado los tuvo y, cuando sobrevino la tragedia, muchos intentaron ayudarlo, aunque solo fuera acompañándolo en su dolor. Pero Andrés no buscaba compañía, la rehuía poniendo excusas, así que con el tiempo los amigos dejaron de llamar, hasta que solo le quedó Matías, su fiel amigo de la infancia.

            La desgracia que truncó su vida había ocurrido hacía veintiséis años, cuando el automóvil que conducía Isabel, su mujer, con su hijo Quique como pasajero, se salió de la carretera al reventarse un neumático y se estrelló contra un árbol. Ambos murieron en el acto. Isabel tenía cuarenta y dos años, y Quique once. Ese día, la vida de Andrés se desmoronó; lo había perdido todo y solo quedaba el dolor.

            Un dolor que comenzaba cada mañana, cuando abría los ojos y, tras unos instantes de aturdimiento, recordaba que ellos, su mujer y su hijo, ya no estaban; un dolor que se extendía a lo largo del día convertido en un peso, el de su ausencia, que le robaba el aliento; un dolor sordo y tenaz que jamás le abandonaba.

            Pero, aunque el dolor siempre estaba ahí, en determinadas fechas se incrementaba hasta estrujarle el corazón y anegarle los ojos de lágrimas; su aniversario de bodas, los cumpleaños de Isabel y de Quique, y sobre todo la Navidad, una época en que la felicidad ajena le hacía más consciente de su propia infelicidad, una época llena de recuerdos dulces que la fatalidad había vuelto amargos. Pero sobre todo porque fue durante las fiestas navideñas, el 29 de diciembre de 1999, cuando se produjo el fatal accidente.

            Esa mañana al mediodía, la mañana de la Nochebuena, la última mañana de su vida, Andrés se despidió de Patricia, su asistenta, deseándole una feliz Navidad. Ella le dijo que estaba preparando croquetas y bacalao para la cena, y crema de espárragos y pastel de carne para la comida de Navidad.

            —Solo tendrá que calentarlos en el microondas, señor –concluyó-. Y cómaselos, por favor. Disfrute un poco de estas fiestas.

            —Muchas gracias, Patricia –respondió él-. Pero váyase pronto a casa, que su familia la espera.

            —Lo haré en cuanto acabe, señor. Feliz Navidad.

            —Feliz Navidad, Patricia.

            Andrés salió de la casa y se detuvo un momento en la acera. La mañana era soleada pero fría, así que se abotonó el abrigo y echó a andar sin rumbo fijo. Siempre había vivido en el barrio; primero en casa de sus padres y luego, situado a cuatro manzanas de distancia, en su actual domicilio, el piso que había comprado con Isabel. Por ello, las distintas calles del barrio le evocaban recuerdos de diferentes épocas; unas las de su infancia y primera juventud, y otras las de la familia que él había creado con Isabel. Y cada recuerdo feliz era como una aguja que se le clavaba en el corazón.

            Recorrió las calles engalanadas con guirnaldas de luces de colores, ahora dormidas a la espera de la noche. Paseó por delante del mercado y contempló el ir y venir de la gente atareada con las últimas compras. Se tomó un café en el bar que tanto había frecuentado en su juventud. Contempló un partido de petanca en la plaza, y lamentó no haberse aficionado nunca a ese juego. Finalmente, se encaminó a un jardín cercano a su casa y tomó asiento en un banco situado frente a un parque infantil. Ahí solía llevar a Quique.

            En el parque solo había una madre con dos hijos. Uno de ellos, el mayor, tenía la edad de Quique, aunque no se parecía. Pero le recordaba a él. Andrés cerró los ojos y evocó a su hijo cuando era muy pequeño, y recordó los besos que le daba, besos de ventosa llenos de babas, y recordó su risa, y recordó su cuerpecito descansando sobre el suyo. Y las lágrimas se desbordaron en sus ojos, como una inundación de pena y dolor.

            Avergonzado, Andrés ocultó el vidrio de su mirada con una mano y, cuando consiguió dejar de llorar, enjugó las lágrimas con un pañuelo de papel y mucha discreción, aunque la mujer y los niños ya se había ido y no quedaba nadie más en el parque. Regresó a su casa caminando lentamente. Patricia ya no estaba, pero le había dejado una nota informándole de que en el horno estaba la comida, vainas rehogadas y tortilla de queso, y en la nevera los menús de Nochebuena y Navidad. Luego, con su mala caligrafía, le deseaba felices fiestas, y añadía: “Le he comprado un poco de turrón. Está en la alacena. Procure disfrutar de la Navidad, señor. Que Dios  le bendiga”.

            Una sonrisa se insinuó en los labios de Andrés. Le estaba muy agradecido a Patricia, una emigrante colombiana con el corazón de oro que le hacía la existencia más soportable. A veces pensaba que si seguía vivo era gracias a ella.

            Comió sentado a la mesa de la cocina, sin molestarse en calentar la comida. Luego, fue al salón, se acomodó en el sofá y comenzó a leer el periódico. Frente a él, detrás de un sillón, se alzaba el árbol de Navidad que cada año instalaba Patricia para intentar animar a su patrón. A los diez minutos se quedó dormido. Tres cuartos de hora más tarde, algo lo despertó; no un ruido, ni una luz, sino la intuición de una presencia.

            Abrió los ojos; primero un poco, luego mucho, porque frente a él, sentada en un sillón, una anciana le miraba sonriente. Andrés se sorprendió, pero no se asustó, porque la mujer aparentaba unos ochenta años e irradiaba dulzura y bondad. También irradiaba luz, una especie de resplandor lechoso, lo que resultaba muy desconcertante.

            —¿Cómo ha entrado aquí? –preguntó Andrés.

            —Siempre he estado aquí, cariño –respondió ella con una voz que era miel transformada en sonido.

            Por algún motivo, Andrés la creyó. Tras unos segundos de perplejo silencio, preguntó:

            —¿Quién es usted?

            La dulce sonrisa de la anciana se amplió.

            —Soy la Muerte, querido –respondió-. Tu muerte.

            De nuevo, Andrés la creyó. Quizá porque las ancianas normales no brillan; aunque también porque quería creerla.

            —Pensaba que tendría usted otra apariencia –comentó tras una larga pausa.

            La risa de la anciana tintineó como una campanilla. En el suelo, a su lado, había un bolso; tendió una mano y sacó de su interior un muñeco que representaba a un pequeño esqueleto con una guadaña.

            —Esperabas algo así, ¿verdad? –dijo con una gran sonrisa-. Pero esto solo es un juguete, un tópico. Lo cierto es que cada persona tiene una muerte distinta, acorde con sus circunstancias. Está la Muerte Agónica, que tiene aspecto de plañidera. O la Muerte Suicida, que tiene la misma apariencia de quien va a matarse. O la Muerte Súbita, que es tan rápida que siempre parece desenfocada. Por cierto, es la que tuvieron tu mujer y tu hijo, una Muerte caritativa, sin duda. Y también tenemos la Muerte de Miedo, a la que, créeme, no te gustaría conocer. –Suspiró beatíficamente-. Tú has tenido suerte, hijo mío, porque yo soy Muerte Dulce.

            Andrés asintió, pensativo.

            —Entonces –dijo-, ¿estoy muerto?

            —Oh no, querido, aún no. Morirás a las cuatro y doce minutos de la madrugada, mientras duermes.

            —Pero... me encuentro bien, no estoy enfermo.

            La anciana asintió con un pausado cabeceo.

            —Estás sano como una manzana, querido. Salvo por un pequeño detalle: Tu arteria basilar, que se encuentra en el cerebro, tiene un pequeño abultamiento. Esta noche se romperá, provocando una hemorragia subaracnoidea masiva asociada a parada cardiorrespiratoria refleja y a daño catastrófico del tronco encefálico. Eso suena muy mal, pero en realidad significa que morirás en el acto, sin darte cuenta ni sufrir el menor dolor. Por eso me llamo Muerte Dulce.

            Andrés dejó escapar un suspiro y esbozó una sonrisa tan triste como él.

            —Hace años que la esperaba –murmuró-. Lo único que lamento es que haya tardado tanto en llegar. Anhelaba la muerte, cualquier muerte, menos el suicidio; para eso ni tuve ni tengo el valor necesario.

            Muerte le devolvió la sonrisa, en su caso radiante, y negó con el índice de la mano derecha.

            —No, querido, cualquier muerte no. Disculpa la falta de humildad, pero soy la mejor muerte que pudieras desear. Y ya, ya sé que me aguardabas desde hace veintiséis años, porque soy lo único que puede aliviar tu dolor. –Hizo un gesto, mostrando las palmas de las manos-. Pues ya estoy aquí.

            Andrés se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las piernas.

            —¿Puedo hacerle una pregunta? –dijo.

            —Claro, hijo mío.

            —¿Qué hay más allá de usted? ¿Qué hay después de morir?

            El rostro de la anciana se ensombreció.

            —Oh, cariño, cuánto lo siento –musitó-. No hay nada. La muerte es el fin, no hay un después.

            Andrés cerró los ojos y exhaló una bocanada de aire. No era creyente, pero una ínfima fracción de su intelecto albergaba la esperanza de que existiera un más allá donde poder encontrarse de nuevo con sus seres queridos.

            —Pero existe la posibilidad de algo parecido –prosiguió ella, leyéndole la mente-. Dime, querido, ¿crees que todas las Muertes se aparecen al futuro difunto horas antes del deceso?

            Andrés se encogió de hombros.

            —No lo sé –respondió-. Es la primera vez que me muero.

            —Pues no, querido, no es algo habitual. De hecho, es muy infrecuente. Hace falta un motivo muy poderoso para que eso suceda. –Hizo una pausa-. En tu caso, hijo mío, tengo dos –prosiguió-: En primer lugar, que vas a morir en Navidad, una fecha en la que nosotras, las Muertes, deberíamos tomarnos unas vacaciones. –Suspiró-. Pero desgraciadamente no es así. En segundo lugar... Verás, hijo mío, he estado a tu lado desde que naciste, siempre presente, aunque invisible. Te conozco mejor que tú mismo y sé el desastre que supuso para ti el fallecimiento de tu mujer y de tu hijo. Otros hombres logran superar esa clase de pérdidas y rehacen sus vidas. Pero tú no; los amabas de tal manera, que sin ellos la existencia carecía de sentido. Y has sufrido tanto, mi cielo, ha sido tanto tu dolor y tu tristeza, y desde hace tanto tiempo... Mereces algo de alivio, una mínima satisfacción. Y por eso me he hecho presente ante ti, porque quiero hacerte un regalo: Un sueño.

            —¿Un sueño?

            Muerte asintió.

            —Un sueño, pero muy especial. Presta atención, querido: Debes intentar recordar el momento más feliz de tu vida. Luego, cuando duermas, soñarás con ese momento. Pero será un sueño del todo realista, será como volver a vivir aquel momento. Y a continuación...

            —Moriré.

            —Así es, cariño; pero en tu sueño no sabrás que vas a morir. Nada velará tu felicidad.

            Una débil sonrisa se asomó a los labios de Andrés.

            —Es un bonito regalo –dijo-. Gracias.

            —De nada. –La anciana entrecruzó los dedos de las manos y las depositó en el regazo-. Voy a explicarte cómo va a ser: Al principio, en tu sueño, verás ese momento feliz desde fuera y desde el punto de vista de tu yo actual. Será lo que llaman un “sueño lúcido”. Luego, poco a poco, te convertirás en tu yo de aquel entonces y volverás a sentir esa felicidad como si la vivieras de nuevo. –Hizo una pausa y alzó el índice de la mano izquierda, dando a entender que lo que iba a decir era importante-. Hay algo más, querido: Si eliges bien, si el recuerdo que has escogido es realmente el más feliz de tu vida, entonces quizá suceda algo maravilloso.

            —¿El qué?

            —No importa. Puede que ocurra y puede que no, todo depende de si elijes bien o te equivocas. Y es fácil equivocarse, porque muchas veces somos felices y no nos damos cuenta. Ahora, una última cuestión: 29 de diciembre de 1999. ¿Recuerdas esa fecha?

            El rostro de Andrés se ensombreció.

            —Preferiría no recordarla –dijo.

            —El día en que se produjo el fatal accidente –prosiguió Muerte-. 29 de diciembre de 1999, debes grabarte esa fecha en la mente. Deja a un lado lo que sucedió y céntrate en el día, el mes y el año. Hazme un favor, cariño: Imagínate esa fecha escrita con letras de fuego, hazlo con todas tus fuerzas. ¿Sí?

            Andrés ignoraba qué pretendía la anciana, pero obedeció; cerró los ojos e imaginó la fecha maldita envuelta en llamas.

            —Con eso vale –dijo Muerte al cabo de un minuto-. Ahora debo despedirme de ti, Andrés. Recuerda: Dejarás de verme, pero yo seguiré estando a tu lado. Feliz Navidad, cariño.

            Dicho lo cual, se desvaneció, como el vaho del aliento en el cristal de una ventana. Durante más de media hora, Andrés permaneció sentado en el sofá, pensativo. Luego, consultó su reloj: eran las cinco y veinte de la tarde, le quedaban unas once horas de vida; ¿en qué y cómo las iba a ocupar?

            Sacó el móvil de un bolsillo y pulsó el teléfono de Matías. Tras un par de llamadas, la voz de su amigo sonó en el auricular:

            —Qué pasa, viejo jamelgo. ¿Has cambiado de idea y vienes a cenar con nosotros?

            —Gracias, pero no; ya tengo la cena preparada.

            —Qué cena ni qué hostias, si vas a estar solo como un perro. Venga, hombre, vente.

            —¿Recuerdas lo que pasó la vez que te hice caso? No podía parar de llorar y os amargué la cena.

            —¿Pero qué dices, chaval? Por Nochebuena, siempre invitamos a cenar a alguien que esté muy jodido, para alegrarnos María y yo por lo bien que estamos en comparación. Eres imprescindible. Anímate, hombre.

            —Te lo agradezco, de verdad, pero no insistas.

            Matías masculló algo por lo bajo y preguntó:

            —Entonces, ¿para qué hostias me llamas, pedazo de cabezota?

            —Para desearte felices fiestas.

            —Ah, eso... Pues felices fiestas, amigote.

            —También quería disculparme –prosiguió Andrés-. Tú siempre has demostrado ser un buen amigo, siempre has estado a mi lado, y yo... creo que te he desatendido.

            —Eso es verdad.

            —Pero, en fin, ya sabes por qué, aunque sé que no es una excusa. Solo quería decirte que te quiero, tío.

            Hubo un silencio.

            —Oye, eso suena a despedida, chaval. No estarás pensando en hacer una gilipollez, ¿verdad?

            —Si no la he hecho hasta ahora, es que no la haré nunca, descuida. Debe de ser... bueno, no sé, es Navidad y supongo que en estas fechas uno se pone más blandito.

            —Vale. Yo también te quiero; pero no se lo digas a nadie, porque tengo una reputación que mantener.

            Otro silencio.

            —Felices fiestas, Matías.

            —Felices fiestas, Andrés. Y si cambias de idea con lo de la cena y la comida, recuerda que siempre hay un sitio para ti en casa.

            Cortaron la llamada. Andrés permaneció con el móvil en la mano, pensativo. Aquella había sido la última conversación con su mejor amigo. De hecho, pensó, a partir de aquel momento todo lo haría por última vez. Aquello le produjo una sensación muy extraña, como de ajenidad, y también la necesidad de despedirse. Tenía que decirle adiós al mundo; no a todo, pero sí al suyo.

            Se levantó y se puso el abrigo. Estaba anocheciendo cuando salió a la calle y comenzó a recorrer los escenarios de su vida. Su viejo colegio, la iglesia donde le bautizaron e hizo la primera comunión, la casa de sus padres, la casa de Isabel, la clínica donde nació Quique... Un autobús le condujo a la Universidad Politécnica, y allí deambuló por los alrededores de su escuela.

            Y mientras paseaba, mientras se despedía de su pasado, pensaba en lo que le había dicho la anciana: ¿Cuál había sido el momento más feliz de su vida? ¿Cuando hizo el amor por primera vez con Isabel? Sí, pero en ese recuerdo faltaba su hijo. ¿Cuando nació Quique? No, no; Andrés era feliz, por supuesto, pero también estaba preocupado porque algo pudiera ir mal. Desechó todos los recuerdos de su infancia y primera juventud, porque excluían a Isabel y Quique, y lo mismo hizo con todos los recuerdos anteriores al nacimiento de su hijo. Sus últimos pensamientos antes de morir debían incluir a sus dos seres más queridos, eso lo tenía claro.

            Regresó a casa en otro autobús, el último que recorría la línea esa noche. Por el camino contemplaba las guirnaldas de luces de colores, ahora encendidas. De pequeño le encantaban; para su sorpresa, descubrió que seguían gustándole. Y mientras su vista paseaba por los Santa Claus luminosos, las estrellas de Belén, los Reyes Magos, los árboles de Navidad, Andrés seguía buscando el recuerdo más dichoso que los englobara a los tres. Y había muchos, pero ¿cuál era el mejor?

            Llegó a casa pasadas las nueve y media de la noche. Calentó la cena en el microondas. Sirvió las croquetas de jamón y el bacalao a la riojana en la mesa que había dispuesto Patricia con el mantel de hilo, la cubertería de plata y la vajilla de Rosenthal que heredó de sus padres. Antes de comenzar a cenar, Andrés descorchó una botella de vino, encendió una vela roja y puso en el equipo de música un disco de Cat Stevens, el cantante que más le gustaba a Isabel. Era su última cena y había que cuidar los detalles.

            Cuando acabó, llevó los platos y los cubiertos a la cocina y los dejó en el fregadero. Entonces recordó el turrón que le había comprado Patricia; cortó un poco y lo comió de pie, en la cocina, pensativo. ¿Cuándo había sido más feliz?

            Regresó al salón, cogió un cuaderno y un bolígrafo, se sirvió una copa de vino y se acomodó en el sofá, dispuesto a hacer una lista de sus momentos más dichosos. Y eso hizo, hasta que a la una y veintitrés de la madrugada, sin darse cuenta ni haber tomado decisión alguna, se quedó dormido.

            Durante algo menos de tres horas no sucedió nada. De pronto, comenzó a soñar: volaba por encima de un territorio escarpado y, a causa de la lujuriosa vegetación, intensamente verde. Andrés era consciente de todo; sabía que estaba soñando y sabía que le quedaban escasos minutos de vida. Pero, ¿dónde y cuándo estaba?

            A lo lejos divisó el mar y la línea de costa. Voló vertiginosamente hacia allí. Cuando estuvo más cerca distinguió una pequeña playa situada entre acantilados. Conforme descendía hacia ella, vio tres personas en la arena: un hombre, una mujer y un niño jugando con un cachorro de golden retriever. Al llegar al nivel del suelo, Andrés comenzó a recordar.

            El hombre era él con treinta y nueve años; la mujer era Isabel con treinta y cinco, y el niño Quique a los cuatro años. El cachorro se llamaba Yak y lo habían comprado para Quique. Años más tarde, después del accidente, Andrés se lo regaló a un amigo, porque su presencia le recordaba mucho la pérdida que había sufrido.

            ¿Cuándo tuvo lugar aquella escena...? En agosto de 1992, recordó, durante unas vacaciones en Cantabria. Alguien les recomendó la playa del Silencio, asegurándoles que era la más tranquila y bella del lugar. Y no se equivocaba: El acceso resultaba tan complicado que, haciendo honor a su nombre, nunca había nadie, y la playa era realmente maravillosa, un pequeño arenal encajado entre altos acantilados frente a un mar turquesa salpicado de diminutos islotes.

            Pero, ¿por qué estaba allí, por qué ese momento de su vida? No recordaba que aquel día hubiera sucedido nada especial; de hecho, apenas recordaba ese día en concreto; fue uno más entre los veinte de vacaciones que disfrutaron aquel año, ni mejor ni peor. Andrés sintió una punzada de decepción; al final, no había podido escoger el momento más feliz de su vida. Pero daba igual, decidió, porque ahí estaban su mujer y su hijo. Dejó de pensar y contempló la escena. Su yo de treinta y nueve años estaba sentado sobre una toalla de baño, mirando en dirección a Isabel, que a su vez estaba sentada un metro más allá, dándole la espalda y contemplando los juegos de Quique y el cachorro.

            De pronto, la consciencia del Andrés anciano se vio arrastrada hacia la consciencia de su yo más joven, disolviéndose en ella, como un terrón de azúcar en una taza de té, hasta desvanecerse por completo. Solo quedó el Andrés de 1992. Y algo más.

            Andrés, sentado en su toalla, contemplaba a su mujer, que se recortaba contra el cielo de espaldas a él; en segundo término, Quique jugando con Yak; al fondo, el inmenso mar. El sol irradiaba luz y calor, las gaviotas volaban sobre ellos, el cachorro ladraba de vez en cuando, el niño reía. De repente, Andrés sintió que aquello era perfecto, que todo estaba en armonía, que esa playa era la eternidad, un arenal en la costa del infinito. Y se sintió feliz. No era una felicidad exultante, como fuegos de artificio, sino serena, igual que el crepitar del fuego en una chimenea. Era una felicidad envolvente, absoluta, desbordante, y sin embargo apacible. Tendió una mano y rozó el hombro de Isabel; ella volvió la cabeza, sonriente.

            —Te quiero –dijo Andrés.

            —Y yo a ti –respondió Isabel.

            Luego, ambos se inclinaron para unir sus labios. Al verlos besarse, Quique corrió hacia ellos, se abalanzó sobre Andrés y le estampó un beso de ventosa lleno de babas.

            En ese preciso momento, a las cuatro y doce de la madrugada, la arteria basilar se rompió en el cerebro de Andrés, provocándole una muerte instantánea.

            Acto seguido, Andrés besó a Quique y comenzó a hacerle cosquillas. El niño rió y se alejó corriendo. Con una sonrisa de felicidad, Andrés se tumbó en la toalla y cerró los ojos; no pretendía dormirse, pero el rumor de las olas le acunaba. Y tuvo un sueño.

            ¿Un sueño dentro de otro sueño? Eso era nuevo, nunca ocurrió.

            Andrés soñó con una fecha envuelta en llamas y al instante se despertó, asustado, profiriendo un gemido.

            —¿Qué te pasa? –le preguntó Isabel.

            Todavía sobresaltado, Andrés se incorporó para sentarse y miró a un lado y a otro, confundido.

            —Una pesadilla... –murmuró.

            —¿Cómo era?

            —Pues... Una fecha envuelta en llamas...

            —¿Qué fecha?

            —Veintinueve de diciembre de 1999.

            —¿Y qué más pasaba?

            Andrés se encogió de hombros.

            —Nada más –respondió-. Pero en el sueño tenía la sensación... no, la seguridad de que ese día va iba a suceder algo horrible.

            —¿Qué?

            —No lo sé, pero... nunca he sentido tanta angustia.

            Isabel le acarició en la mejilla.

            —Solo era un sueño –dijo.

            Andrés asintió, esbozó una sonrisa que le salió insegura y volvió a tumbarse sobre la toalla. Cerró los ojos, pero no pudo volver a dormirse. Aquello no había sido un mero sueño –pensó-. Era algo más.

            En otro tiempo y otro lugar, Muerte besó al cadáver de Andrés en la frente.

            —Has elegido bien, querido –susurró-. Feliz Navidad.

 

 

            Epílogo. 29 de diciembre de 2005

 

            Descendieron por el sendero que conducía a la Playa del Silencio; delante iban Enrique y Yak, detrás Isabel y Andrés, cogidos de la mano y con cuidado, porque el camino era escabroso y estaba embarrado en muchos tramos. Cuando llegaron a la playa, Enrique echó a correr por la arena, seguido por el perro y comenzaron a jugar; igual que trece años antes, con la diferencia de que Enrique era ahora un vigoroso adolescente de diecisiete años –que había exigido que dejaran de llamarle Quique-, y Yak había entrado en la ancianidad canina, aunque todavía se conservaba sano y vital. Andrés se detuvo y contempló la playa. Salvo porque ahora el cielo era grisáceo y el mar plomizo, todo estaba igual que aquel verano. Incluso la impresión de eternidad e infinito. Isabel, a su lado, le cogió del brazo y dijo:

            —Tu playa.

            Andrés asintió con expresión ausente mientras contemplaba los juegos de Enrique y Yak. Poco a poco, volvió a sentir la felicidad que había experimentado aquel día de verano de hacía trece años, la misma armonía y calidez; aunque ahora era invierno, hacía frío y él tenía cincuenta y dos años. La voz de Matías, aproximándose, le sacó de la ensoñación.

            —¡Me cago en la leche! –decía mientras recorría el último tramo del sendero-. Casi me mato por este puto camino de cabras. ¿No podíamos ir a sitios un poquito más civilizados? ¿Qué hacéis ahí como pasmarotes?

            —Contemplar la playa –respondió Andrés-. Es preciosa, ¿verdad?

            —Sí, bonita que te cagas. Le echas un vistazo y te largas; pero vosotros lleváis aquí casi media hora, coño.

            —Es que es la playa de Andrés –terció Isabel, sonriente-. Y hoy el aniversario de algo que no ocurrió. ¿No conoces la historia?

            —No.

            —Pues verás: Estuvimos de vacaciones en Cantabria en el 92 y un día vinimos a esta playa. No había nadie y hacía un tiempo estupendo, todo genial. Andrés se quedó dormido y, de repente, tuvo un sueño y una premonición. Soñó con una fecha en llamas: el veintinueve de diciembre de 1999, y sintió que ese día iba a ocurrir algo malo.

            —¿El qué?

            —No se sabe. El caso es que yo me olvidé del asunto, pero siete años después, cuando llegó el día de la fecha, Andrés nos obligó a quedarnos en casa a Quique y a mí. No nos dejó salir ni a por el pan.

            —¿Os secuestró?

            —Exacto. Me acuerdo de que habían invitado a Quique a una fiesta de cumpleaños. Era en las afueras, así que yo iba a llevarlo en coche. Pero nada, Andrés se puso hecho una furia y nos lo impidió.

            Enrique, que había regresado, comentó:

            —A mi viejo se le fue la olla. Me enfadé muchísimo con él.

            —Y todo por un presentimiento de mierda –dijo Matías. Luego, se encaró con Andrés y añadió-: O sea, que nos has convencido de pasar el fin de año en Cantabria ¿porque querías visitar esta maldita playa?

            —Entre otros motivos –respondió Andrés, que había encajado con una sonrisa todos los comentarios-. Cantabria es preciosa, se come de fábula y en el parador estamos como reyes. Lo pasamos bien, ¿no?

            Una ráfaga de viento gélido siseó entre los farallones.

            —Vale, te perdono –dijo Matías-. Pero hace un frío de la hostia y María está en el coche, esperándonos.  No querrás despertar la furia de mi mujer, ¿verdad? Es temible.

            —Y yo me muero de hambre –terció Enrique.

            —Tú siempre te mueres de hambre –bromeó Andrés.

            —Porque soy joven y necesito recargar energía, y no un viejo como tú.

            —Vale, tenéis razón; vámonos.

            Comenzaron a remontar el sendero. Al poco, Isabel le preguntó:

            —No habrás tenido otro presentimiento, ¿verdad?

            —Eso –dijo Matías-. ¿Has visto a la Virgen? ¿Oyes voces en la cabeza? Y si las oyes, ¿te piden que nos mates a todos?

            Sin perder la sonrisa, Andrés replicó:

            —Podéis cachondearos todo lo que queráis, pero yo sé que en esta playa ocurrió un milagro. Y también sé que hace seis años, cuando os obligué a quedaros en casa, nos salvé a todos de una terrible desgracia. ¿Qué o quién provocó ese milagro? No lo sé, pero le estoy muy agradecido. Ahora podéis seguir metiéndoos conmigo, porque me da igual: os voy a ignorar.

            Caminando a su lado, invisible para todos, Muerte sonrió.

 

F I N

   

           


        

12.24.2024

El retorno de la pequeña cerillera. Cuento de Navidad

 


El retorno de la pequeña cerillera

By César Mallorquí

 

 

            Ocurrió en Odense, Dinamarca, a finales de diciembre de 1845.

Comenzaba a nevar. ¡Qué frío hacía! Era la noche de San Silvestre, la última noche del año y mientras todas las familias se preparaban para sentarse a la mesa rodeados de ricos manjares, pasaba por la calle una pobre niña de apenas diez años, descalza y con la cabeza descubierta bajo aquel frío y en aquella oscuridad. Era la joven vendedora de cerillas. La pobre llevaba el día entero en la calle, sus huesecitos estaban ateridos de frío por culpa de la nieve y lo peor de todo es que no había conseguido ni una sola moneda.

—¡Cerillas, cerillas! –decía-. ¿No quiere una cajita de cerillas señora?

            Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero chelín; de modo que volvía a su casa hambrienta y medio helada, ¡y parecía tan abatida, la pobrecilla! Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio, cuyos hermosos rizos le cubrían el cuello.

            Un hombre de mediana edad, grueso y bien vestido, cruzó la calle en dirección a una de las casas, haciendo repiquetear su bastón al apoyarlo contra el adoquinado. Era el banquero más rico de la ciudad.

            —¿Quiere cerillas, señor? –dijo la niña aproximándose a él.

            El hombre se detuvo y la evaluó con la mirada.

            —¿Cuántos años tienes?-preguntó.

            —Diez, señor.

            —Bien, bien... –murmuró el hombre, pensativo-. No quiero cerillas, pero podemos llegar a un acuerdo tú y yo. ¿Ves ese callejón? Nos metemos dentro y si me haces una buena mamada te daré unos chelines.

            La niña parpadeó, desconcertada.

            —¿Qué es una “mamada”, señor? –preguntó.

            —Vaya por Dios; aparte de pobre, tonta. Una mamada es que yo me saco la polla y tú me la chupas. ¿Qué me dices?

            La cerillera retrocedió un paso.

            —Pero eso está mal, señor –musitó.

            El hombre se encogió de hombros.

            —Pues depende –dijo-. Quizá mal para ti, aunque ganarías honradamente unos chelines, pero en lo que a mí respecta, una mamada siempre viene bien. Es la ley del mercado, niña; si quieres mi dinero tendrás que darme algo a cambio.

            —Mis cerillas...

            —No necesito para nada tus cerillas, idiota; tengo un chisquero de oro. Lo que me interesa es que me la chupes. ¿Aceptas?

            La niña negó con la cabeza.

            —No señor, está mal.

            —Pues no me hagas perder el tiempo.

            Dicho esto, el banquero se dio la vuelta y entró en su suntuosa morada. La pequeña cerillera se aproximó a la casa y a través de una de las ventanas vio cómo el banquero se reunía afectuosamente con su esposa y sus cinco hijos. Había un gran árbol de Navidad, y una mesa llena de manjares, y una chimenea donde ardían unos troncos.

            Una ráfaga de aire helado le azotó el rostro; los copos de nieve eran como agujas clavándose en su piel. Para protegerse del viento, la niña se internó en el callejón que se abría entre la casa del banquero y la de al lado. Se sentó en el suelo y se acurrucó hecha un ovillo.

Encogió los piececitos todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo. No se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo. Su padre la pegaría y, además, en su casa hacía frío también y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas.

La pequeña cerillera temblaba violentamente, tenía las manitas ateridas de frío. De pronto, se le ocurrió que un fósforo podría aliviarla. Si se atreviese a sacar uno solo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos... Casi sin darse cuenta de lo que hacía, cogió uno y lo encendió.

            ¡Cómo chispeaba y qué calor daba! Era una llama clara y cálida, una luz maravillosa. La resguardó con la mano; al hacerlo, imaginó que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro; el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tanto! La niña alargó los pies para calentárselos, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.

            Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvió a esta transparente, como si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta, con un blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. De pronto, el pato saltó fuera de la fuente y, con un tenedor y un cuchillo clavados en la espalda, se dirigió hacia la atónita muchacha. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan solo la gruesa pared.

            La pequeña sacudió la cabeza; el frío la estaba haciendo alucinar. Encendió otro fósforo y se quedó mirándolo, pensativa. Su problema era que se iba a quedar congelada, pero las cerillas no eran la solución; daban poco calor y se consumían rápido. Temblando, exhaló una bocanada de aire, que se volvió blanca nada más salir de la boca, y miró en derredor. Entonces los vio: unos listones de madera tirados en el suelo.

            Al consumirse, la cerilla le quemó los dedos. La muchacha dio un gritito y se incorporó. Partió en trozos los listones y los juntó formando una pira alrededor y encima de un periódico viejo arrugado; prendió el papel con una cerilla y, al poco, una fogata ardía frente a ella. La niña dejó escapar un suspiro de alivio; ese fuego sí que calentaba. Sin embargo, era consciente de que no era la solución definitiva al problema, sino un mero parche, pues había poca madera y en menos de una hora solo quedarían cenizas. Y después, de nuevo el frío y la muerte.

            Pensativa, contempló la casa del banquero. Estaba construida con piedra y ladrillo, pero el techo, los marcos de las ventanas y las puertas eran fina marquetería de madera. Entonces caviló sobre las palabras del banquero. La “Ley del Mercado”, había dicho. Pues bien, ¿acaso el Mercado no consistía en arriesgar un capital menor para obtener otro mayor? Adaptando esa premisa su actual situación, su capital inicial era la hoguera que acababa de encender, y el capital a obtener, la casa del banquero, que al arder sería una hoguera mucho más grande. Lo único que tenía que hacer era invertir.

            La cerillera cogió una de las teas que ardían en la fogata y la arrojó al techo de la casa; luego, puso otra tea en la puerta principal y otra en la salida trasera. A continuación, se situó frente al edificio y, temblando de frío, aguardó el resultado de su inversión. No tuvo que esperar mucho; la casa tenía suelos de parqué, las paredes estaban empapeladas, había numerosos tapices y cortinajes, y mobiliario de madera. Es decir, abundante material inflamable. Al cabo de unos minutos, la mansión del banquero ardía por los cuatro costados. En el interior sonaban gritos de espanto y desesperación.

            —–Es la ley del mercado -susurró la muchacha. Y añadió en voz bajita-: Te la va chupar tu puta madre.

            Era la primera vez en su vida que decía una palabra malsonante, pero por algún motivo –quizá la proximidad de la muerte por congelación-, algo había cambiado en su interior. Extendió los brazos y disfrutó del intenso calor que brotaba del incendio. De pronto, un estruendo de cristales rotos la sobresaltó; alguien envuelto en llamas había atravesado una de las ventanas y se retorcía en el suelo, achicharrándose. Era una niña de más o menos su edad, una de las hijas del banquero. Al poco, dejó de retorcerse y se quedó inmóvil.

            La pequeña cerillera se aproximó al chamuscado cadáver de la niña y lo contempló con curiosidad. Su vestido estaba medio carbonizado, pero los zapatos parecían intactos; la pequeña se los quitó y se los puso. ¡Qué gusto daba tener los pies calentitos!  En ese momento, los vecinos, alarmados por el fuego, comenzaron a salir de sus casas provistos de cubos y palanganas. Pero las cañerías de la fuente se habían congelado y no disponían de agua para combatir las llamas, de modo que no les quedó más que contemplar impotentes la deflagración.

            Media hora más tarde llegaron los bomberos a bordo de un coche bomba tirado por cuatro caballos. Uno de los operarios apartó a la niña de un empujón y, empuñando una manguera, comenzó a arrojar agua; pero no sobre la casa del banquero –ese incendio ya era inapagable-, sino sobre la casa de al lado para evitar que las llamas se propagaran.

Se había congregado mucha gente; demasiada para el gusto de la cerillera, así que se dio la vuelta y puso rumbo a la casa del alcalde. Aquella mañana se lo había encontrado frente al ayuntamiento y, al verla, el hombre torció el gesto y comentó: “A ver si se muere toda esta chusma que afea mi bonita ciudad”.

            La mansión del alcalde ardió como una hoguera de San Juan. Mientras contemplaba las llamas y escuchaba los aterrados gritos de los habitantes de la casa, la pequeña cerillera murmuró:

            —Es verdad, la chusma deber morir...

            Al poco, igual que había ocurrido en la casa del banquero, comenzó a congregarse gente frente al incendio. Un rato después, llegó otro coche de bomberos y la pequeña volvió a perder el interés. Ya no sentía frío; y no solo por el calor de los incendios, sino también porque una llama se había prendido en su interior, inundándole el cuerpo de una agradable calidez.                                                                                                                                                                                     

            Echó a andar sin tener claro a dónde se dirigía. Caminaba pensativa; sentía que había cambiado, pero aún no sabía en qué se había convertido y necesitaba descubrirlo. De pronto, en su errático deambular pasó por delante de una casa que le llamó la atención. Era no muy grande, de madera exquisitamente trabajada, con el tejado a dos aguas y un cuidado jardín rodeándola. Era una casita de cuento de hadas. En la entrada había un buzón con un nombre: Hans Christian Andersen.

            La niña había oído hablar de él; decían que era el mejor escritor de Odense y quizá de toda Dinamarca. Ella no había leído nada de él, pero por algún motivo que no acababa de discernir, le provocaba una profunda animadversión.

            Con una escalofriante sonrisa en los labios, y las cerillas en una mano, la niña se acercó a la casa. Ardió como la yesca. Mientras el edificio se consumía cual falla valenciana, un hombre ardiendo como una tea salió al exterior, dio un traspiés, cayó al suelo y se revolcó sobre la nieve que cubría la hierba del jardín, intentando apagar las llamas. Lo consiguió, pero las quemaduras que le aquejaban eran tan graves que casi no podía ni moverse.

            La muchacha se aproximó a él y le miró a los ojos. Era Andersen.

            —Ayúdame... –susurró el escritor con un hilo de voz.

            —¿Que te ayude? –le espetó ella-. ¿Me ayudaste tú cuando me estaba muriendo de frío? ¿O te limitaste a narrar mi agonía con sádica minuciosidad? Que te jodan, Hans Christian Andersen.

            Los vecinos empezaron a salir de sus hogares, alarmados por el incendio; la niña se dio la vuelta y comenzó a alejarse. Al principio no sabía a dónde ir, pero tras reflexionar un poco, supo exactamente cuál era su siguiente destino. A aquellas horas tan tardías de la noche, su padre ya debería de haber acabado con su provisión de aguardiente y estaría tirado, borracho e inconsciente, sobre un camastro. Era el momento adecuado.

            La pequeña aceleró el paso; no quería que su progenitor se le pasara la borrachera y recuperara el conocimiento antes de tiempo.  Su casa, una miserable chabola, estaba al sur de la ciudad, al lado de un vertedero. Nada más llegar, lo primero que hizo fue bloquear la puerta con un madero. Luego, amontonó trapos, papeles y restos de madera por los cuatro lados de la choza y le prendió fuego. A continuación, se sentó en una caja de madera y aguardó.

            Cuando las llamas llegaban al techo, su padre se despertó y, embotado por el alcohol, intentó torpemente abrir la puerta, Al no conseguirlo, empezó a gritar pidiendo auxilio, pero sus gritos no tardaron en convertirse en alaridos de dolor. Mientras los escuchaba, la cerillera recordó todas las palizas y abusos que su padre le había infringido, y una sonrisa iluminó su rostro. Al cabo de un rato los gritos cesaron y poco después la chabola se desmoronó, convirtiéndose en un montos de ascuas humeantes con un cadáver carbonizado.

            La pequeña cerillera se puso en pie y suspiró. Ahora que era definitivamente huérfana, ¿qué iba a hacer? Casi sin proponérselo, repasó su breve vida, sus recorridos por las calles de Odense en busca de unos chelines que le permitieran sobrevivir un día más, la indiferencia de sus conciudadanos ante su miseria, los desprecios, las burlas, los insultos... Entonces, tomó una decisión y echó a andar, de regreso a la ciudad.

            Aún le quedaban muchas cerillas.