8.10.2016

El perro



          El perro
        Una historia de Carmen Hidalgo

          By César Mallorquí

 

          Me llamo Carmen Hidalgo. Si te dijera a qué me dedico, si te confesara que soy un sabueso de alquiler, probablemente alzarías las cejas y me contemplarías con una mezcla de incredulidad, sorpresa e interés; al menos, eso es lo que la gente suele hacer. La ceja derecha la alzarías a causa de mi trabajo, con escepticismo, porque eso de “detective privado” suena irreal, un oficio literario cuya existencia cotidiana resulta, cuando menos, dudosa. La ceja izquierda la alzarías por mi sexo. ¿Una mujer detective privado? Venga, eso es demasiado; que un hombre se dedique a investigar por cuenta ajena ya es bastante raro, pero ¿una tía?... eso, sencillamente, es pasarse. Por último, superadas la incredulidad y la sorpresa, tu rostro se iluminaría con una expresión de interés; lo cual se debería, no lo dudes, a todas las novelas negras que has leído, a todas las películas policíacas que te has tragado mientras comías palomitas y le dabas sorbos a una Coca Cola mediante una pajita a rayas blancas y rojas. Sam Spade, Philip Marlowe, Lew Harper, Mike Hammer, Easy Rawlins, Charlie Parker, Pepe Carvalho... toda esa literatura, toda esa mitología, ha consolidado en tu mente la idea de que un detective privado debe de tener una vida apasionante, una existencia llena de riesgos, aventuras y emociones.

          Sí, eso pensarías, y te equivocaría por completo, porque, cuando eres un investigador privado, lo más peligroso que puede pasarte es que se te desencaje la mandíbula a causa de un bostezo. Tedio, ese es el riesgo que acecha al detective, y no los balazos, los cuchillos o el veneno. Aunque a veces... Verás, cuando alguien me contrata, siempre es para averiguar algo que permanece oculto, y cuando algo está oculto, simplemente no sabes lo que vas a encontrar. Por lo general es algo relativamente inocente o, cuando menos, no letal; pero en ocasiones, no muchas, tropiezas con sorpresas que hubieses preferido mantener alejadas de ti. Un perro, sin ir más lejos.

          Permíteme que te ponga un ejemplo. Poco antes del comienzo de la historia que voy a contarte, una mujer contrató a Investigaciones Hidalgo para seguirle la pista a su marido. Según la mujer –llamémosla Adela H.-, y aunque no tenía ninguna prueba, su esposo le era infiel; al menos, eso sospechaba, así que deseaba que averiguásemos con quién, cuándo, dónde y, casi, casi, cómo. El marido –Pedro M.-, aparte de estar forrado de pasta, era el presidente de una gran inmobiliaria cuya sede ocupaba dos plantas de la Torre Picasso, uno de los mayores rascacielos de Madrid. Contraté a un par de colaboradores de la agencia para que le siguiesen, pero fue inútil; al cabo de una semana, recibí un informe según el cual Pedro M. llegaba a su despacho todos los días a las ocho y media de la mañana y, salvo que tuviera que acudir a alguna reunión de trabajo, no lo abandonaba hasta las nueve o las diez de la noche para dirigirse directamente a su domicilio. Al parecer, era un alma inocente.

Pero Adela H. no lo veía así e insistió en que su esposo se reunía con alguna “puta de mierda” al menos un par de días a la semana. “Eso es algo que una mujer nota”, dijo, muy segura de sí misma. Bueno, yo era una mujer y no había notado ni remotamente las al parecer repetidas ocasiones en que Gonzalo, mi ex-marido, me había puesto los cuernos. Pero puede que yo no fuese muy intuitiva, o quizá Gonzalo disimulaba especialmente bien. Probablemente ambas cosas. El caso es que Adela H. estaba tan segura de la infidelidad de su marido que decidí ocuparme yo misma del asunto.

De entrada, y tras sobornar a un empleado de la inmobiliaria, descubrí que, en efecto, un par de tardes cada semana, Pedro M. abandonaba la oficina sin decir adónde iba y no regresaba hasta última hora. Pero, evidentemente, no lo hacía ni andando ni en su coche, pues mis colaboradores habían vigilado tanto la salida de la Torre Picasso como el aparcamiento y no le habían visto irse. Por tanto, utilizaba otro vehículo, quizá uno de los de la inmobiliaria, así que, recurriendo de nuevo a mi sobornable amigo, obtuve las matrículas de los coches de la empresa y comencé a hacer guardia, cada tarde, frente al aparcamiento subterráneo del rascacielos, allí en las entrañas del AZCA. No tuve que esperar mucho; el martes, a eso de las cinco de la tarde, Pedro M. cruzó el portalón del aparcamiento conduciendo un Mercedes de la compañía y se dirigió al norte de la ciudad. En la parte trasera del vehículo viajaba una mujer; por desgracia, se cubría la cabeza con un pañuelo y llevaba unas enormes gafas de sol, así que me resultó imposible distinguir sus facciones.

          Les seguí hasta una urbanización de lujo situada a las afueras de Madrid; se trataba de una veintena de chalés individuales, aparentemente recién construidos, pues ninguno de ellos parecía habitado y aún se veían pilas de ladrillos y montones de grava por las aceras. El Mercedes enfiló hacia el chalé piloto, un portalón se abrió lentamente en un costado de la vivienda, el coche entró en el garaje y el portalón volvió a cerrarse. Al cabo de un minuto, vi a través de las rendijas de las persianas cómo una luz se encendía en la planta baja. Aguardé dos aburridas horas y media en aquella urbanización desierta, aterida de frío en el interior de mi viejo Citroën; al cabo de ese tiempo, el portalón se abrió de nuevo, el Mercedes –con Pedro M. al volante y la enigmática pasajera sentada atrás- salió del garaje, abandonó la urbanización y puso rumbo hacia Madrid. Arranqué el motor, giré a tope el mando de la calefacción y les seguí a distancia.

          Albergaba la esperanza de que Pedro M. se dirigiera al domicilio de la mujer, lo que me permitiría identificarla con facilidad, pero no fue así; en vez de ello, regresó a la Torre Picasso y entró en el garaje del edificio. Abandoné los túneles del AZCA a toda velocidad, aparqué en una zona prohibida de la Castellana y eché a correr hacia la plaza de Pablo Ruiz Picasso, donde se encontraba la entrada principal del rascacielos. Permanecí allí alrededor de una hora, buscando a la misteriosa mujer entre la gente que salía del edificio, aunque si se había quitado el pañuelo y las gafas difícilmente la reconocería. No di con ella; poco a poco, el flujo de peatones fue aminorándose hasta que la plaza quedó prácticamente desierta. Entonces, con una cierta sensación de fracaso, regresé taciturna al coche; cuando llegué a su altura fruncí el ceño y mascullé una maldición: me habían puesto una multa.

          Al día siguiente, cuando le confirmé que sus sospechas acerca de la infidelidad de su marido eran ciertas, Adela H. me espetó: “Averigüe quién es esa zorra chupapollas”. La verdad es que, para ser una dama de la alta sociedad, aquella mujer manejaba un léxico de lo más barriobajero; pero la orden estaba clara, así que de nuevo me puse a hacer guardia frente al garaje de la Torre Picasso, y de nuevo no tuve que esperar mucho, pues al siguiente jueves la jugada se repitió punto por punto, sólo que un poquito más tarde. A eso de las seis y media, el portalón del garaje se abrió y Pedro M., conduciendo el Mercedes de la empresa con la misteriosa pasajera a su lado, abandonó los túneles del AZCA en dirección al norte de la ciudad. Igual que la vez anterior, la mujer llevaba gafas de sol y un pañuelo en la cabeza, de modo que era imposible identificarla.

          Llegaron a la urbanización pasadas las siete de la tarde y, como el martes anterior, desaparecieron en el interior del chalé piloto. Aparqué junto a la entrada del complejo, bajé del vehículo y me abotoné el chaquetón; ya era de noche y hacía frío. Entré en la urbanización lo más sigilosamente posible; debía de haber algún vigilante de seguridad, pero, al igual que el martes anterior, no se veía ni rastro de él. Las luces del chalé se encendieron y yo me oculté detrás de una pila de ladrillos situada frente al inmueble. En realidad, tenía la sensación de estar perdiendo el tiempo, pues desde donde estaba jamás iba a averiguar la identidad de la desconocida amante. De hecho, el asunto se me antojaba más problemático de lo que parecía a simple vista. Aquella mujer podía trabajar en la inmobiliaria de Pedro M., o en cualquier oficina de la inmensa Torre Picasso, o entrar y salir del edificio con su coche y encontrarse con su amante en el garaje, o llegar andando, perdida entre la gente... Además, mientras se ocultase tras el pañuelo y las gafas, resultaría irreconocible. La única posibilidad que se me ocurría era seguirles al interior del garaje cuando regresaran, pero a esas horas el lugar estaría desierto y mi presencia allí llamaría forzosamente su atención...

          Entonces, cuando más absorta estaba en mis cavilaciones, advertí algo: una de las persianas de la planta baja del chalé no estaba echada del todo y dejaba una rendija de unos diez centímetros. Un hueco sobradamente amplio para permitir el uso de una cámara fotográfica. No lo pensé mucho, entre otras cosas porque iba a pillar un catarro si me quedaba ahí sin hacer nada, así que saqué del bolso una pequeña Nikon digital, abandoné el parapeto de los ladrillos y me aproximé al chalé. El jardín estaba rodeado por una valla metálica, pero la verja de entrada no se hallaba cerrada; permanecí unos segundos inmóvil, intentando distinguir algún movimiento entre las sombras que me rodeaban, o escuchar algún sonido delator, pero no vi ni oí nada, de modo que abrí la verja y me dirigí al chalé siguiendo, primero, un sendero de grava y luego adentrándome en la hierba.

          La zona estaba a oscuras, pero el resplandor de la farola que iluminaba la entrada de la urbanización me permitía distinguir los arbustos y los árboles que adornaban el jardín. Al llegar a la altura de la ventana iluminada, me agaché y me pegué al muro; luego, alcé poco a poco la cabeza, miré por la rendija de la persiana y vi a Pedro M. en el interior de un salón amueblado. Estaba en mangas de camisa, de pie en medio de la estancia, luchando contra el tapón de una botella de champaña. Finalmente, logró destapar la botella, sirvió el vino en las dos copas que descansaban sobre una mesa, alzó la cabeza y llamó a la mujer en voz alta, pero sin pronunciar su nombre; unos segundos después, oí una voz femenina respondiendo desde la distancia. El hombre sonrió, complacido, y le dio un sorbo a su copa. Conecté la Nikon, desplegué el zoom al máximo, alcé la cámara hasta la altura de mis ojos y aguardé la llegada de la mujer.

          Entonces lo oí. A mi izquierda; cercano, muy cercano. Era un sonido ronco, áspero, cavernoso, esa clase de sonido que te pone los pelos de punta incluso antes de descubrir qué lo produce. Contuve el aliento, giré lentamente la cabeza y ahí estaba, a no más de un metro de distancia, con los ojos inyectados en sangre, mirándome fijamente mientras fruncía el morro mostrando unos dientes que hubieron hecho palidecer de envidia a un tiranosaurio. Era un perro; aunque decir “perro” es poco específico, pues el término abarca desde un caniche hasta un san Bernardo. Aquel perro, en concreto, era un rottweiler; si nunca has visto uno, te diré que es parecido a un doberman, sólo que más grande, más fuerte, más ancho y mucho más irascible, el tipo de perro que bajo ningún concepto quisieras que te mirase como me estaba mirando aquel animal.

          Mi prima Andrea, que es profesora de yoga, me comentó una vez que, ante un shock, la mejor forma de recuperar el control es realizar tres inspiraciones profundas; incluso me enseñó la forma correcta de hacerlo, pero en aquel momento me había olvidado hasta de respirar, de modo que permanecí inmóvil, con el aliento suspendido, contemplando con una mezcla de fascinación y horror a aquella versión culturista del sabueso de Baskerville. ¿Inspirar tres veces? Bastante tenía con no hacerme pis encima.

          El gruñido se volvió más profundo y amenazador, al tiempo que el perro entreabría las fauces, mostrando de paso unos colmillos que parecían exceder el tamaño de la boca. Entonces, el mismo terror que me tenía paralizada activó la producción de adrenalina, permitiéndome recuperar una brizna de autocontrol. Ese perro iba a matarme, razoné, y lo único que tenía a mano era una cámara fotográfica. De repente tuve una idea cinematografica; procurando no hacer el menor movimiento, deslicé el pulgar y conecté el flash; si el perro me atacaba, cosa muy probable, podía disparar el flash y cegarle momentáneamente. No obstante, pese a que aquella estratagema le había dado buenos resultados a James Stewart al enfrentarse a Raymond Burr en La ventana indiscreta, no confiaba mucho en que fuese a suceder lo mismo con esa bestia hipermusculada, así que repasé a toda velocidad mis restantes alternativas.

Y sólo se me ocurrió una: en el bolso tenía un spray de gas lacrimógeno. Lentamente, muy lentamente, deslicé la mano izquierda hacia el bolso. El perro giró levemente la cabeza al tiempo que su gruñido ascendía dos octavas en la escala de la intimidación. Saqué el spray del bolso y, siempre a cámara lenta, lo orienté hacia el animal; éste chasqueó los dientes, erizó el pelo y me miró como si ya no pudiera resistir más el impulso de devorarme las entrañas. Entonces, apreté el pulsador del spray y una nube de gas pimienta envolvió la cabeza de aquella bestia.

          Reaccionó como un resorte. Súbitamente cegado y privado del olfato, con los ojos y el hocico ardiéndole, el perro dio un brinco y, al tiempo que sacudía la cabeza, comenzó a lanzar dentelladas a diestro y siniestro mientras aullaba, ladraba, estornudaba y gemía alternativamente. Casi me dio pena. Casi. Pero no era el momento de acariciarle la cabeza y pedirle la patita, así que me di la vuelta y eché a correr hacia la salida. Por desgracia, correr en la oscuridad es hacer oposiciones a romperte la crisma; no había dado ni tres zancadas cuando tropecé con una manguera y me derrumbé sobre la hierba. Debí de golpearme la cabeza con algo, porque permanecí aturdida en el suelo durante unos segundos, con el jardín, la urbanización y el mundo entero dando vueltas mientras el perro seguía ladrando, aullando y brincando a mi espalda. Me puse de rodillas y vi la Nikon tirada sobre el césped; la recogí, me incorporé trabajosamente y eché a andar vacilante hacia la salida. Entonces, dos o tres metros por delante de mí, la puerta del chalé se abrió.

          Teniendo en cuenta que aún estaba atontada por el golpe, reaccioné con rapidez; a mi derecha había un seto, de modo que di un salto y me zabullí detrás de él justo en el momento en que Pedro M., sin duda alarmado por el escándalo que estaba organizando el perro, hacía acto de presencia en el jardín.

          --¿Roco? –dijo el hombre en voz alta.

          Así que aquella bestia infernal se llamaba Roco, pensé mientras, acuclillada tras el seto, veía cómo Pedro M. se adentraba en el jardín.

          --¿Roco?... –repitió, entornando los ojos para intentar distinguir algo en la oscuridad.

          Entonces, el perro hizo algo curioso; dejó de dar brincos y lanzar dentelladas, plantó las cuatro patas en el suelo, sacudió la cabeza, estornudó tres veces seguidas y profirió un lastimero gemido.

          --¿Qué te pasa, Roco? –preguntó Pedro M., aproximándose.

          Si hubiera podido hablar, Roco le habría contestado: “pues nada, que una hija de puta me ha rociado con gas lacrimógeno”; pero no podía hablar, ni ver, ni oler, aunque sí oír. Es probable que, aturdido por el escozor, no reconociera la voz de Pedro M., o puede que la reconociera pero le importara un bledo; el caso es que, de repente, el animal profirió un gruñido estremecedor, se abalanzó sobre el sorprendido (y un instante después seriamente alarmado) Pedro M., lo derribó al suelo y comenzó a cubrirle de mordiscos. Durante unos segundos me quedé petrificada contemplando aquella dantesca escena; afortunadamente, Roco aún seguía ciego y sus dentelladas se distribuían al azar sin llegar a afectar ninguna zona vital; aunque, teniendo en cuenta los alaridos que profería Pedro M., debían de resultar muy dolorosas.

          Supongo que tendría que haber intentado ayudar a aquel pobre hombre, pero me veía absolutamente incapaz de enfrentarme a ese rottweiler cabreado ni, si vamos a eso, a las embarazosas explicaciones que tendría que dar después, así que abandoné la protección del seto y eché a correr hacia la salida. Justo entonces, atraída sin duda por los gritos de su amante, la misteriosa mujer salió al jardín, tan de improviso que casi tropecé con ella. Frené en seco y durante un instante ambas nos miramos con sorpresa; acto seguido, alcé la cámara que sostenía en la mano izquierda y apreté el botón de disparo. El resplandor del flash deslumbró a la mujer, que dio un paso atrás, parpadeó varias veces y lanzó un grito; yo, por mi parte, eché a correr de nuevo y no me detuve hasta llegar a la cancela. Entonces, mientras la abría, oí que la mujer gritaba de nuevo, así que giré la cabeza y vi que Roco, todo dientes y furia, había abandonado al maltrecho Pedro M. para abalanzarse sobre ella.

          Qué desastre, pensé; luego, respiré hondo tres veces, crucé la cancela, corrí hacia el coche y abandoné la urbanización a toda velocidad. A la tarde siguiente, tras dedicar la mañana a realizar unas cuantas averiguaciones, me reuní con Adela H. en mi despacho y le conté lo que había descubierto. La urbanización de lujo pertenecía a la inmobiliaria que presidía su marido y, al parecer, llevaba varios meses sin poder ser ocupada a causa de no recuerdo qué problemas legales. El caso es que Pedro M. decidió utilizar el chalé piloto como picadero para sus conquistas; había sobornado al vigilante y, cada vez que iba a utilizar el chalé, le llamaba para que se fuera a dar una vuelta y así poder disfrutar del sexo clandestino en intimidad. Supongo que debería haberle pedido que se llevase también al perro. Cuando le enseñé la foto que le había hecho a la mujer en el jardín, Adela H. no mostró la menor sorpresa.

          --Es Lourdes –dijo. Y añadió en tono sarcástico-: Ella y su marido son dos de nuestros mejores amigos. Por cierto, está fatal en esa foto; se le ven todas las arrugas.

          --¿Sospechaba que era ella? –pregunté.

          --No. Pero está ingresada en el mismo hospital que mi marido y a ambos les han puesto la antirrábica. Demasiada casualidad, ¿no es cierto?

          Carraspeé y me removí en el asiento, un tanto incómoda por el tema.

          --Verá, en cuanto a lo del perro...

          --No importa –me interrumpió, agitando una mano con displicencia-; supongo que son gajes del oficio.

          Ignoro si con lo de “oficio” se refería a la investigación privada o al adulterio.

          --¿Cómo se encuentran? –pregunté.

          --Sobrevivirán –respondió ella. Luego, se puso en pie y agregó-: Excelente trabajo, señora Hidalgo; envíeme la minuta cuando quiera.

          --Prepararé el informe –repuse, incorporándome- y en un par de días se lo haré llegar junto con la factura.

          Ella negó con la cabeza.

          --No hace falta que prepare ningún informe.

          --Pero quizá lo necesite para...

          --¿Para el divorcio? –Adela H. sonrió de oreja a oreja-. No me voy a divorciar, señora Hidalgo. Ni siquiera voy a mencionarle esto a mi marido. –Su mirada chispeó de complacencia-. Para serle sincera, con lo que les ha hecho ese perro estoy más que satisfecha.

          Reconozco que no me siento orgullosa de esta historia; entonces, ¿por qué te la he contado? Pues porque en cierto modo reúne todos los elementos propios de mi trabajo: traiciones, bajas pasiones, engaños, fisgoneos, aburrimiento y, en ocasiones, algún que otro perro.

 

12.24.2015

Navidad 2015: Una muñeca para Sofía.




            Una muñeca para Sofía
            By César Mallorquí
 
            El trineo, tirado por nueve renos mágicos, surcó el cielo nocturno, veloz como una centella, se detuvo en el aire y flotó sobre la pequeña aldea a unos mil metros de altura.

            --¡Ho, ho, ho! –exclamó el orondo ocupante del vehículo.

            Le encantaba decir “¡Ho, ho, ho!”, aunque nadie le oyese. Era su signo distintivo, su marca personal, incluso podría decirse que era su grito de guerra, de no ser porque “guerra”, en su caso, resultaba una palabra totalmente inadecuada; pero aquel “¡Ho, ho, ho!” también era una expresión de auténtico júbilo. Nada le gustaba más a Santa Claus que hacer regalos a los niños; aquella tarea le llenaba de optimismo y placer, así que para soltar presión en la caldera de su felicidad, siempre exclamaba “¡Ho, ho, ho!” al principio y al final de cada encargo.

            --Bien hecho, Donner, Blitzen, Vixen y Cupid –dijo, dirigiéndose a los renos que ocupaban el lado izquierdo del tiro-. Buena travesía, Comet, Dasher, Dancer y Prancer –añadió, señalando a los del lado derecho.

            El reno situado en primera posición, un vigoroso macho con la nariz roja, giró la cabeza y le miró con aire compungido. Santa Claus rió suavemente.

            --Estaba bromeando, Rudolph –dijo-. ¿Cómo iba a olvidarme de ti? Has guiado a tus hermanos con maestría, como siempre. Pero basta de alabanzas; tenemos mucho trabajo que hacer.

            Sacó del bolsillo su lista mágica y la consultó.

            --Bueno, amiguitos –dijo sin apartar la mirada de la lista-, el siguiente regalo es para una niña. Se llama Sofía, tiene seis años y se ha portado muy bien, así que le traemos lo que ha pedido: una preciosa muñeca de porcelana. –Miró a los renos de soslayo y aclaró-: Antes tenía una de trapo, pero se le rompió; merece una muñeca nueva. –Consultó de nuevo la lista y dijo en voz alta-: Sofía vive en la tercera casa, por la derecha, de la Calle Mayor de Brzezinka, esa aldea de ahí abajo.

            Santa Claus contempló el poblado y frunció el ceño. Veía la casa de Sofía, pero un sexto sentido le revelaba que ella no estaba allí.

            Como resulta lógico, a poco que reflexionemos sobre ello, Santa Claus poseía poderes mágicos. Por ejemplo, su trineo podía volar más rápido que la luz; algo que, de saberlo, le habría levantado un fuerte dolor de cabeza a Albert Einstein. Pero, de no ser así, ¿cómo podría recorrer tan largas distancias en una noche? También poseía el don de la ubicuidad, estaba en cientos de miles de sitios simultáneamente, pues de otro modo no podría atender a millones de niños. Y también tenía una especie de radar interno que le permitía localizar a cualquier persona destinataria de un regalo.

            Y ahora ese radar le decía que Sofía no estaba en su casa, sino... Volvió la mirada hacia atrás y le fijó en un no muy lejano y oscuro edificio. Allí estaba.

            Santa Claus sonrió. Esas cosas pasaban; los niños se mudaban, o estaban de visita, y los elfos del Polo Norte no incluían el cambio en los archivos. Debía echarles una buena reprimenda a esos elfos, pensó; pero luego recordó el enorme trabajo que tenían para que todo estuviera preparado al llegar la Navidad y su sonrisa se tornó aún más bondadosa. Mejor pensado, decidió, bastaría con una mera advertencia. Cogió las riendas, las sacudió y dijo en voz alta:

            --¡Rudolph, Donner, Blitzen, Vixen, Cupid, Comet, Dasher, Dancer y Prancer: media vuelta! ¡Nos hemos equivocado de dirección!

            Ciertamente, Santa Claus no tenía por qué llamar a los renos por su nombre; pero le gustaba que supieran que cada uno de ellos era importante para él. El trineo giró en redondo y voló raudo hacia el edificio.

            Era una casa de piedra, de una altura, con un par de elevadas chimeneas alzándose sobre un tejado a dos aguas. Guiado por su mágico radar, Santa Claus detuvo el trineo junto a la de la izquierda –la que conducía al hogar de Sofía-, cogió su saco mágico y se dispuso a descender por el cañón de la chimenea.

            El hueco era amplio, pero en apariencia no lo suficiente como para permitir el paso de alguien tan rollizo; mas ya hemos convenido que Santa Claus poseía poderes extraordinarios, así que bajó del trineo, se situó encima de la chimenea y, de pronto, su voluminoso cuerpo adquirió una consistencia viscosa y se deslizó por el tiro como si fuera jarabe de arce.

            Al llegar abajo, Santa Claus sintió al instante que algo iba mal. De entrada, el hogar de aquella chimenea era extraño, demasiado alargado. Pero lo que realmente capturó su atención fueron las vibraciones que desprendía aquel lugar. Santa Claus poseía otro radar interno que le permitía detectar la tristeza y la alegría, y ahora ese radar registraba niveles de desconsuelo nunca antes alcanzados.

            Estremecido, Santa Claus salió de la chimenea. La casa estaba a oscuras, como solían estar todas las casas la noche de Navidad, así que recurrió a otro de sus asombrosos poderes: la visión nocturna. Y sintió que el suelo oscilaba bajo sus pies, que el mundo daba vueltas a su alrededor, que su mágico corazón se detenía un instante, para luego acelerarse locamente, como un juguete al que se le salta la cuerda.  Durante un segundo pensó que se había equivocado de fecha, que no era Navidad, sino Halloween...

            Porque allí, frente a él, desparramados sobre el suelo de cemento, había montones de huesos humanos ennegrecidos por el fuego. Fragmentos de costillas, vértebras, tibias reventadas a causa del calor, tarsos y metatarsos, clavículas, calaveras... ¿Qué lugar era ése?, pensó anonadado, mirando en derredor aquel recinto vació de mobiliario y desnudo de adornos. Su radar de emociones vibraba como una sirena de incendios, captando los ríos de dolor, los mares de desesperación, los océanos de angustia que brotaban de los muros, del suelo, del techo, de todas partes. Era como si el edificio rezumase maldad y horror.

            Santa Claus sentía el imperioso deseo –la asfixiante necesidad, más bien- de huir de ese lugar maldito, de salir al exterior y respirar aire fresco, porque si se quedaba ahí tan solo un minuto más temía volverse loco. Incluso dio un paso atrás en dirección a la chimenea, pero un escalofrío recorriéndole la espalda le detuvo en el último momento. Su radar interno de localización había guiado su mirada hasta centrarla en una pequeña calavera ennegrecida que yacía en el suelo, entre el resto de los huesos. Era todo lo que quedaba de Sofía.

            Con el vello erizado y los ojos muy abiertos, Santa Claus contempló desolado aquel diminuto cráneo. No cabía duda: eran los restos de Sofía Kowalski, nacida en 1937 en Brzezinka, hija de Stanisław y de Miriam.

            Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras contemplaba la calavera, incapaz de apartar la mirada, como sumido en un trance. Hasta que los lejanos ladridos de un perro le sacaron de su estupor. Entonces, Santa Claus metió la manos en su mágico saco, extrajo del interior una delicada muñeca de porcelana y la dejó cuidadosamente junto a lo poco que quedaba de Sofía Kowalski. La palidez del rostro de la muñeca contrastaba dramáticamente con la calcinada negrura de la calavera.

            Santa Claus se enjugó las lágrimas con la manga, entró en la chimenea y ascendió por ella como un líquido impulsado por la capilaridad. Al salir al exterior, subió al trineo, cerró los ojos y aspiró profundamente el frío aire nocturno. Incluso los renos se dieron cuenta de que algo malo le sucedía a su amo, y se agitaron nerviosos, pero sin atreverse a emitir el menor sonido.

            De pronto, Santa Claus abrió los ojos. ¿Qué lugar era ése?, pensó, todavía tembloroso, por segunda vez. Miró hacia abajo y advirtió que la casa de las chimeneas no era un edificio aislado, sino que formaba parte de un complejo mucho más grande compuesto por varias construcciones de piedra y decenas de grandes barracones de madera. Luego vio los muros, las alambradas de espino, las garitas, los soldados, los perros.

            Sus ojos buscaron la entrada del recinto. Sobre el portalón, un rótulo metálico mostraba una frase en alemán: Arbeit macht frei. Y debajo: Auschwitz-Birkenau.

            Santa Claus perdió la mirada y recordó la calavera de la pequeña Sofía.  Tuvo que parpadear varias veces para espantar las lágrimas; en su rostro no quedaba nada de su bondadosa sonrisa, sino tan solo una expresión de infinita tristeza. Tras un largo suspiro, cogió las riendas y, sin pronunciar las habituales frases de ánimo a sus renos, las agitó bruscamente para partir hacia su siguiente destino. Al alejarse no dijo, como siempre solía hacer, “¡Ho, ho, ho!”.

            No volvió a decirlo durante toda la noche.
 
 

12.24.2014

Cuento de Navidad: "Nochebuena en Kaluvalula"




            Nochebuena en Kaluvalula

            by César Mallorquí

 
            El profesor Ulises Zarco, director de la sociedad geográfica SIGMA, reprimió por enésima vez el acuciante deseo de propinarle un puñetazo al padre Blasco. A decir verdad, Zarco experimentaba con frecuencia cierta inclinación a maltratar, de obra o de palabra, a las personas que le molestaban; y, desde luego, jamás había tropezado con nadie tan irritante como el sacerdote. Pero, por desgracia, ahora no podía dar rienda suelta al justo impulso de cerrarle la boca, mediante un contundente uppercut, a ese insufrible religioso.

            —¡Fornicación! –clamaba Blasco en su interminable soliloquio-. ¡Sus hombres fornican con las nativas en las playas, fornican en las cabañas, fornican en los bosques, fornican en el poblado, fornican en los palmerales!...

            —Ya, ya, lo capto –intervino Zarco aprovechando una pausa para respirar del sacerdote-. Fornican por todas partes.

            —¡Y como conejos! ¡No respetan las leyes de Dios! ¡Atentan contra el sexto mandamiento cometiendo una y otra vez el terrible pecado capital de la lujuria...!

            Zarco dejó de prestarle atención; desde que llegó a Kaluvalula había escuchado decenas de veces aquella inagotable sarta de reproches y ya estaba más que harto.

Se encontraban junto a la entrada de la cabaña que le habían asignado al profesor, en el extremo sur de Kokoda, el poblado de los Kaysaki. Zarco miró de soslayo hacia el interior de la choza, donde, sobre un tapete de fibra de coco, se enfriaban las costillas de cerdo que le había traído Tokulubakiki, el nativo que le servía de traductor y asistente. En fin, estaba harto de comer cerdo –la dieta de los Kaysaki consistía básicamente en ñame, cerdo, pescado y, en general, cualquier cosa que sacasen del mar-, pero tenía hambre y aquel cura no paraba de hablar, como si fuera por la vida subido en un púlpito.

            —¡Me desvivo por corregir las malas costumbres de los nativos! –decía el padre Blasco, henchido de justa indignación-. ¡Dedico cada minuto, cada aliento, a llevarles la palabra de Dios, las enseñanzas de nuestro señor Jesucristo! ¡Y los primeros occidentales que llegan, en vez de darles ejemplo, se dedican a practicar la concupiscencia como paganos!...

            Zarco contempló al sacerdote. Era un hombre de mediana edad, delgado, con el pelo corto y oscuro, y un rostro severo que parecía inhabilitado para la sonrisa. Pese al húmedo calor que reinaba en aquella isla de la Melanesia, el padre Blasco vestía siempre una negra sotana cerrada del cuello a los pies. Y sin embargo, no sudaba; era como si la sequedad de su carácter se hubiera extendido a los poros de su piel.

            Tras un suspiro de resignación, mientras el cura seguía proclamando su santa cólera, Zarco desvió la mirada hacia el poblado. Las chozas de madera con techo de paja, asentadas sobre pilares, como palafitos, se extendían a lo largo de la playa, entre palmeras cocoteras e inmensos ficus. A la derecha, un mar intensamente azul, y a la izquierda, hacia el interior de la isla, la masa verde del bosque tropical.

            Los Kaysaki, nativos melanesios de piel oscura y pelo ensortijado, deambulaban por el poblado y la playa ocupados en sus quehaceres cotidianos. Las mujeres vestían faldas de hierbas teñidas de rojo, con los senos descubiertos, y los hombres se cubrían con exiguos taparrabos igualmente rojos. Por lo general, a Zarco le sacaban de quicio los nativos de cualquier clase y lugar, pues solían ser entrometidos, gritones, obtusos y poco colaboradores, cuando no abiertamente hostiles. Pero los Kaysaki eran distintos; discretos, tranquilos, silenciosos, amigables, pacíficos... se trataba, sin duda, de los salvajes más civilizados que había encontrado jamás. La verdad es que Kaluvalula podría haber sido lo más parecido al Paraíso en la Tierra... de no ser por el padre Blasco, aquel grano en el culo con apariencia de sacerdote.

            Zarco dejó escapar un nuevo suspiro y contempló la silueta del Saint Michel fondeado en la bahía. Al principio, cuando llegaron a la isla, la tripulación se alegró de poder bajar a tierra para estirar las piernas; y más se alegraron los marineros cuando descubrieron hasta qué punto eran permisivas las costumbres sexuales de las nativas. Pero, tras unos cuantos desagradables tropiezos con el religioso, los hombres decidieron dejar la isla y dormir en el barco. Lo cual no significaba, ni mucho menos, que hubieran renunciado a tener encuentros amorosos con las Kaysaki; sencillamente, ahora lo hacían a escondidas.

            —El deber de los buenos católicos –seguía diciendo el sacerdote- es dar ejemplo de los valores cristianos. ¡Pero sus hombres, profesor, se comportan como bestias en celo! ¡Es intolerable, intolerable...!

            —Para ser precisos, padre –le interrumpió Zarco, cada vez más harto-, entre la tripulación hay tres mahometanos, un protestante, un taoísta, un ortodoxo y varios que no sé lo que son, si es que son algo. Por otro lado, convendrá conmigo que los nativos no necesitan precisamente ningún ejemplo, porque, según he podido comprobar, fornican entre ellos con verdadero entusiasmo.

            El rostro del cura se ensombreció aún más de lo usualmente sombrío que era.

            —Es cierto –dijo en tono compungido-. Tanto el padre Herralde como yo nos hemos esforzado en corregir la turbia promiscuidad de los Kaysaki... sin obtener muchos resultados, lo confieso. Es difícil luchar contra las costumbres paganas. ¡Y precisamente por eso el deber de sus hombres es dar ejemplo de castidad!...

            ¿Un marino dando ejemplo de castidad?, pensó Zarco. Eso sería como pedirle a un carnicero que diese ejemplo de vegetarianismo. El padre Blasco prosiguió con su rosario de reproches y Zarco cerró los ojos. Él no debía estar en esa isla, se dijo. ¡Maldita suerte!

            Todo había comenzado un par de meses atrás, cuando el profesor Zarco y su ayudante, Adrián Cairo, embarcaron en el Saint Michel, el navío de SIGMA que estaba bajo el mando del capitán Gabriel Verne, para dirigirse al Archipiélago Malayo con el objetivo de explorar el interior de Papúa, una isla también conocida como Nueva Guinea.

            Uno de los problemas de aquella expedición era la situación política de la isla, que había sido colonizada en la costa norte por Alemania y en la costa sur por Gran Bretaña. Al comenzar la Gran Guerra, el ejército australiano ocupó, sin encontrar resistencia, la colonia alemana, pero permitió que las empresas germanas siguiera funcionando. El caso es que a causa del conflicto, que había finalizado hacía apenas un mes con la capitulación de Alemania, la situación del territorio era de absoluta confusión. Y, desde luego, nadie controlaba el interior de la isla. De hecho, la única organización que mantenía cierto grado de orden en aquel lugar era la Iglesia Católica mediante su red de misiones.

            Así que Zarco se puso en contacto por carta con el padre François Aubriot, superior de la Misión del Verbo Divino en Papúa, solicitándole ayuda para viajar al interior de la isla; petición a la que el padre Aubriot había accedido amablemente, ofreciéndole al profesor mapas, guías, intérpretes, porteadores, provisiones y cuanto necesitase.

            Con esta garantía, el Saint Michel había partido de España a mediados de noviembre para dirigirse a Port Said, cruzar el Canal de Suez y poner rumbo hacia el Océano Índico. Finalmente, tras atravesar el Estrecho de Torres, al norte de Australia, bordeó el Archipiélago de la Luisiada y se dirigió al noroeste, hacia Madang, en la costa oriental de Papúa, lugar donde se encontraba la Misión del padre Aubriot. Entonces, a mitad de camino en el Mar de las Salomón, se estropeó la válvula de distribución del motor.

            Como es natural, llevaban una de repuesto, pero resultó que era defectuosa, de modo que Marcel Vincent, el Jefe de Máquinas del Saint Michel, realizó una reparación de emergencia y el navío se dirigió a la tierra firme más cercana, que resultó ser la isla Kaluvalula del Archipiélago de las Trobiand. Llegaron allí el cinco de diciembre de 1918.

            Kaluvalula estaba habitada por la tribu Kaysaki y por tan solo dos occidentales: el padre Antonio Blasco, superior y único miembro de la misión local, que también pertenecía a la Congregación del Verbo Divino –algo que, ingenuamente, al principio le pareció una suerte al profesor-, y Joshua Taylor, un australiano que administraba una factoría dedicada a la producción de aceite de coco.

            El padre Blasco, encantado de recibir a occidentales en aquel apartado rincón del planeta, sobre todo tratándose de españoles como él, los recibió con los brazos abiertos. Les cedió a Zarco, Cairo y Verne la cabaña que hacía las veces de casa parroquial y puso a  su disposición al único nativo que hablaba castellano, un Kaysaki de mediana edad llamado Tokulubakiki.

            Entre tanto, el capitán Verne había enviado un radiograma a Port Darwin, en el norte de Australia, solicitando una válvula de recambio. El problema era que sólo un barco recalaba habitualmente en Kaluvalula -para recoger los cargamentos de aceite de coco de la factoría de Taylor-, y ese navío no llegaría a la isla hasta después de Navidad.

            Más de tres semanas de retraso sobre los planes previstos. A Zarco se le llevaron los demonios, pero finalmente decidió matar el tiempo de espera investigando Kaluvalula y a sus habitantes. El padre Blasco le puso al día sobre el asunto:

            —Antes, profesor, en esta isla reinaba la barbarie. Había otra tribu además de los Kaysaki, los Makala, y ambos grupos se pasaban la vida matándose entre sí. Eran terribles –susurró-: cortaban cabezas. –Dejó escapar un suspiro-. Gracias a Dios, hace tres años llegó aquí la santa madre Iglesia para iluminarles con la luz de los Evangelios. Justo es reconocer que todo el mérito le corresponde a mi antecesor, el padre Herralde, pues fue él quien construyó el templo y le llevó a los nativos la palabra de Cristo. –Volvió a suspirar-. Por desgracia, falleció de una fiebres el año pasado, así que en febrero llegué aquí para proseguir su labor apostólica. –Suspiró por tercera vez-. Pero no es fácil, profesor; he tenido que aprender el lenguaje local, el kilivila, que no es nada sencillo. Afortunadamente, me ha ayudado Tokulubakiki, un nativo al que el padre Herralde le enseñó a hablar en cristiano. Pero es que, además, resulta muy dificultoso erradicar las costumbres paganas, que están muy arraigadas. Aunque me esfuerzo en ello y cada día los Kaysaki están más cerca de ser buenos católicos.

            Como pudo comprobar Zarco poco después, eso no era del todo cierto; en realidad, los Kaysaki estaban muy lejos de ser un ejemplo de catolicismo. De hecho, la principal actividad del sacerdote consistía en ir de un lado a otro del poblado intentando impedir que los nativos mascaran nuez de betel –la droga local- y haciendo lo posible por evitar que los nativos y las nativas copularan entre sí en cualquier momento y cualquier lugar.

            Precisamente ésa era una de las principales peculiaridades, no sólo de los Kaysaki, sino de todos los nativos de las Trobiand: la absoluta libertad sexual. En Kaluvalula, cualquiera podía copular con cualquiera, aunque no fueran pareja estable. De hecho, ni siquiera existía en la isla la institución del matrimonio ni nada que se le pareciese. La promiscuidad estaba tan extendida que los nativos disponían de una cabaña, llamada bukumatula, cuyo único objetivo era proporcionar cobijo a las parejas que desearan fornicar un rato.

            No obstante, el padre Blasco, inasequible al desaliento, se pasaba el día espantando a los amantes furtivos y adoctrinándoles sobre la virtud de la castidad; aunque lo único que conseguía era que se fueran a otro lado, lejos de su vista, para seguir practicando su afición favorita: el sexo libre y desinhibido. A decir verdad, los Kaysaki no parecían hacerle mucho caso al sacerdote; le toleraban amablemente, le decían que sí a todo, pero luego hacían lo que les venía en gana, siempre con una apacible sonrisa.

            Sin embargo, la mayor parte de los nativos asistían puntualmente a las misas que el religioso oficiaba cada domingo en la choza-iglesia que había erigido su antecesor, el padre Herralde. Aquella afición a las misas le causaba cierta perplejidad a Zarco, así que un día le preguntó al respecto a Tokulubakiki, su intérprete. Y éste le respondió:

            —Las palabras del padrecito son sabias. Nos gusta mucho la última cena de Jesús y sus discípulos. Y la comunión. Es bonita. Además, padrecito Blasco es divertido, mucho.

            Zarco arqueó las cejas, escéptico; aquel cura podía ser muchas cosas, pero ninguna de ellas encajaba en el apartado de la diversión.

            —¿El padre Blasco divertido? –dijo con incredulidad.

            —Oh, sí, muy divertido. El padrecito no habla demasiado bien kilivila y en los sermones dice cosas raras. Es gracioso. Mucho.

            Fuera como fuese, salvo en lo que respecta a las misas, la labor pastoral del sacerdote no había llegado demasiado lejos, pues sus feligreses se pasaban todo el tiempo drogándose y fornicando. Lo cual, por otro lado, le importaba un bledo a Zarco, ya que, en su opinión, mientras los nativos no le molestasen podían hacer lo que les viniera en gana.

            Los problemas empezaron cuando la tripulación descubrió las licenciosas costumbres de las Kaysaki, y todos los marineros, sin excepción decidieron frecuentar la compañía de tan amistosas nativas.

            Fue entonces cuando el padre Blasco, armado de justa indignación, comenzó a sermonear a Zarco, a Cairo y a Verne, exigiéndoles que, como responsables de la expedición, pusieran coto el comportamiento de sus hombres. Tanto insistió que, finalmente, el capitán Verne ordenó a los tripulantes del Saint Michel que en lo sucesivo se abstuvieran de tener trato carnal con las nativas. Pero todo el mundo sabía que era una orden retórica que en realidad nadie estaba obligado a obedecer.

            A los marineros puedes pedirles que pasen hambre, sed y todo tipo de penurias, que se embarquen en largas travesías que los mantendrán alejados de sus familias durante quién sabe cuánto tiempo, que corran todo tipo de riesgos y realicen toda clase de esfuerzos; pero lo que no puedes pedirles de ninguna manera es que se mantengan alejados de un montón de hermosas, apasionadas y semidesnudas nativas, salvo que quieras arriesgarte a un motín.

            Así que los tripulantes, ignorando la orden de su capitán, siguieron frecuentando a las nativas, si bien ahora lo hacían a escondidas. Pero no lo suficientemente a escondidas como para eludir la férrea vigilancia del padre Blasco, que, husmeando como un sabueso, solía sorprenderles en actitud comprometida con las Kaysaki.

            Razón por la cual, el sacerdote multiplicó su quejas y reprimendas a los jefes de la expedición, haciéndoles responsables del disoluto comportamiento de sus hombres. Tanto insistía, tan pesado se ponía, que al cabo de una semana Adrián Cairo y el capitán Verne decidieron abandonar la isla y refugiarse en Saint Michel, dejando al profesor solo ante el peligro.

            La verdad es que Zarco no se lo reprochaba; de haber podido, habría hecho lo mismo. Pero no podía. La cuestión era que Blasco pertenecía a la misma orden que Aubriot, el superior de la misión de Papúa que había ofrecido su ayuda a la expedición. Por otro lado, Blasco disponía de una emisora de radio con la que, llegado el caso, podría ponerse en contacto con Aubriot para quejarse del profesor si éste se comportaba de forma descortés (es decir, si se comportaba como, en circunstancias normales, se habría comportado). Y Zarco no quería de ninguna manera poner en riesgo la expedición, de modo que se tragó las ganas de estrangular al misionero y, haciendo acopio de paciencia, aguantó mansamente sus constantes diatribas.

            Pero también procuró mantenerse alejado, de modo que decidió explorar la isla. Lo primero que hizo fue visitar las factoría de Joshua Taylor, aunque el padre Blasco le había prevenido enérgicamente contra el australiano.

            —Ese hombre es un demonio –le dijo-. Un pagano, un salvaje, un fariseo... Le recomiendo encarecidamente que se mantenga alejado de él.

            Huelga decir que esa advertencia no hizo más que agudizar el interés de Zarco en conocer al australiano, pues, en su opinión, nadie que se ganase el rechazo del sacerdote podía ser del todo mala persona. Así que, bordeando la costa, se dirigió a la factoría de aceite de coco, que estaba al sur de la isla, a unos ocho kilómetros del poblado Kaysaki.

            La factoría era un cochambroso barracón donde unos cuantos nativos se afanaban en almacenar cocos. Estaba situada cerca del mar, junto a un pequeño muelle de madera; a su izquierda, a unos cincuenta metros, frente a un playa de arena dorada, se alzaba la cabaña del australiano. Y allí le encontró Zarco, tumbado en una hamaca, dando taciturnos tragos a una botella de whisky. Taylor era un hombre de mediana edad, alto, de rostro afilado y carácter adusto y reservado. A su lado, tres nativas se ocupaban de las tareas del hogar. El australiano se las presentó:

            —Son Isepuna, Ilaka’isi y Kaycumita, mis esposas.

            Zarco contempló con curiosidad a las mujeres; la mayor no tendría más de dieciséis años.

            —¿Y este... eh... matrimonio le parece bien al padre Blasco? –preguntó.

            —No, le parece fatal –respondió Taylor-. Solía venir a sermonearme, hasta que un día le disparé con mi rifle.

            —Pero no le dio... –murmuró el profesor con un punto de decepción.

            —Sólo era un disparo de advertencia. Pero fue suficiente: no ha vuelto a aparecer por aquí.

            Aunque el haber disparado al sacerdote le granjeó la inmediata simpatía de Zarco, lo cierto es que Taylor no solo era extremadamente lacónico, sino que además se pasaba el día borracho; de modo que el profesor no volvió a visitarle y prosiguió la exploración de la isla. Su siguiente visita fue a las ruinas del poblado Makala, la otra tribu que en el pasado había compartido territorio con los Kaysaki; pero lo único que encontró fue un puñado de cabañas derruidas pudriéndose en la espesura.

            Luego, se acabaron los lugares adonde ir. Kaluvalula medía unos veinticinco kilómetros de largo por nueve en su punto más ancho; era una isla muy pequeña y la mayor parte de su superficie estaba cubierta por la jungla, así que no había ningún sitio de interés que valiera la pena visitar.

            Y Zarco no tuvo más remedio que seguir aguantando las indignadas e interminables monsergas del sacerdote. Como la que estaba soportando en ese momento.

            —Incluso el señor Vázquez, su fotógrafo, cae en el pecado –seguía diciendo Blasco-. Se supone que debería ser un hombre ilustrado, pero constantemente le sorprendo fotografiando a las nativas desnudas. Él dice que es arte, pero no me explica por qué siempre las hace posar en actitudes provocativas. ¡Lujuria y pasiones animales, eso es todo lo que veo en su tripulación! ¡Esto tiene que acabarse de una vez por todas, profesor! Es usted un hombre instruido y civilizado, así que apelo a su autoridad. Debe atar corto a sus hombres y obligarles a comportarse como buenos cristianos...

            Por el rabillo del ojo, Zarco vio que el capitán Verne y Adrián Cairo se aproximaban por la playa en compañía de Tokulubakiki.

            —Tiene toda la razón, padre Blasco –dijo, interrumpiendo la perorata del misionero-. Pero, técnicamente hablando, la tripulación del Saint Michel no son mis hombres, sino los hombres del capitán Verne. Él tiene la culpa de todo; es un individuo disipado, ya conoce usted a los marinos. Mire, precisamente viene por ahí. Voy a hablar ahora mismo con él y a dejarle muy claro que tanto usted como yo estamos abochornados por el comportamiento de los tripulantes.

            El sacerdote, molesto por haber sido interrumpido, pero al tiempo satisfecho de que le dieran la razón, titubeó durante unos segundos.

            —Bien, de acuerdo... –dijo-. Pero exíjale con firmeza que refrene a sus hombres.

            —Así lo haré, padre. No lo dude.

            Zarco se encasquetó el sombrero Panamá, dispuesto a irse. La estampa de ambos hombres no podía ser más diferente: el sacerdote delgado, de mediana estatura y complexión frágil, y el profesor alto y robusto, con un fiero mostacho cabalgando sobre sus labios. Eran, en todo, polos opuestos.

            —Un momento, profesor –le contuvo Blasco-. Como recordará, esta noche los Kaysaki celebrarán comunalmente la cena de Nochebuena.

            No, Zarco no lo recordaba. ¿Ya era veinticuatro de diciembre?

            —La tripulación del Saint Michel está invitada a cenar con la tribu –prosiguió el misionero-. Pero usted, el señor Cairo y el capitán Verne cenarán con el jefe Yobukwa’u y su séquito. Después, a media noche, celebraremos todos la santa Misa del Gallo.

            Zarco suspiró. Para complacer al sacerdote, ya se había tragado tres interminables misas en kilivila, o en la versión humorística del kilivila que, al parecer, hablaba Blasco.

            —Por supuesto, padre. Allí estaremos.

            —Y espero –añadió el misionero en tono admonitorio- que los tripulantes del Saint Michel respeten la santidad de esta noche comportándose como personas civilizadas, y no como perros en celo.

            —Me ocuparé personalmente de ello, padre. Adiós.

            Zarco se alejó a toda prisa hacia la playa, donde le esperaban Cairo, Verne y Tokulubakiki. Al llegar a su altura, señaló con un indignado dedo a los dos occidentales y les espetó:

            —Sois unos cobardes traidores. Habéis huido como conejos dejándome solo ante ese insoportable santurrón.

            —Usted es el jefe, profesor –respondió Cairo, su mano derecha, con una sonrisa irónica-, así que su deber es enfrentarse a los peligros más graves. Además, sólo se trata de un curita inofensivo...

            —¿Te crees muy gracioso, Adrián? –replicó Zarco, fulminándolo con la mirada-. ¿O es que tú también has estado tonteando con las nativas?

            —Acabo de casarme con Sarah –repuso Cairo con expresión de fingida ofensa-. Soy un marido fiel.

            Zarco se volvió hacia Verne.

            —Le advierto, Gabriel –dijo-, que le he echado a usted la culpa de todo.

            El capitán, un cincuentón de rostro afable enmarcado por una cuidada barba, arqueó la cejas.

            —Vaya –murmuró-; qué bonito...

            —¡Es que la tiene! –bramó Zarco-. ¿Acaso no puede impedir que sus hombres vayan, como abejorros de flor en flor, con las Kaysaki?

            —Ya se lo he prohibido –se excusó Verne-; pero no hacen caso.

            —Como era de esperar –apuntó Cairo.

            —Los hombres se deslizan por la borda a escondidas y nadan hacia la playa –prosiguió el capitán-. No hay forma de evitarlo. ¿Qué quiere, Ulises; que encierre en la bodega a los que vayan con las nativas? ¡Tendría que encerrar a toda la tripulación! Además, los hombres van con las nativas porque las nativas quieren. Nadie fuerza a nadie. ¿Qué tiene eso de malo?

            —Oh, nada; es tan romántico que me entran ganas de tocar el violín –ironizó Zarco-. Pero ¿por qué no se lo cuenta usted a ese cura del demonio?

            Hubo un largo silencio. Zarco dejó escapar un cansado suspiro y contempló a Tokulubakiki con incredulidad.

            —Sinceramente, Toku –le dijo-: no entiendo cómo aguantáis al padre Blasco.

            El nativo sonrió bonachonamente, mostrando unos dientes rojos a causa de la nuez de betel.

            —El padrecito es sabio –respondió.

            —Quizá. Pero es un pesado.

            —Sí, es un poco pesado –dijo Tokulubakiki-. Pero sus palabras son sabias y nos da ejemplo para ser buenos cristianos.

            Zarco sacudió la cabeza, abatido.

            —Y encima –musitó-, esta noche nos toca celebrar la Nochebuena.

            —Sí –asintió Verne-. El padre Blasco ha enviado al barco a un nativo con una nota invitándonos a la cena.

            —Y por eso habéis tenido la deferencia de abandonar vuestro escondrijo y bajar a tierra, ¿no? –gruñó Zarco-. Muy bien, Gabriel, pero cuando desembarque la tripulación, y antes de que nadie dé un solo paso por la isla, quiero hablar con ellos. –Se giró hacia Tokulubakiki y le preguntó-: ¿De qué va a ir la cena de esta noche, Toku?

            —Oh, será muy bonita –respondió el Kaysaki-. La cena de Nochebuena fue muy bonita el año pasado con el padrecito Herralde, y también será muy bonita este año con el padrecito Blasco.

            —Ya, ya, pero ¿en qué consistirá exactamente el asunto?

            —Comenzará después del anochecer. Habrá música y bailes ceremoniales, y un gran banquete para los Kaysaki, y una cena especial para el jefe Yobukwa’u y los grandes hombres. Y también cantaremos villancicos.

            —Villancicos, genial –masculló Zarco-. Y luego a la Misa del Gallo, ¿no?

            —Sí. Pero la misa será muy tarde y no sé si muchos Kaysaki querrán ir.

            —Estupendo, un programa de actos fascinante. –Zarco cerró los ojos y se frotó las sienes-. Ahora voy a ver si consigo que se me pase el dolor de cabeza que me ha provocado ese cura. Y no lo olvide, Gabriel: tengo un par de cosas que decirle a la tripulación.

            Horas más tarde, cuando el sol estaba a punto de cruzar la frontera del horizonte, los tripulantes del Saint Michel desembarcaron en la playa, donde les estaba aguardando Zarco junto a Verne y Cairo. Ahí, reunidos en torno al profesor, se congregaban catorce marineros, Lacroix el cocinero, Manglano el radiotelegrafista, Vázquez el fotógrafo y los oficiales. En el barco solo permanecieron montando guardia el primer oficial Elizagaray y dos marineros. Zarco paseó una torva mirada por los hombres y, tras un carraspeo, dijo en voz alta:

            —Ya sé que os encanta tontear con las nativas, pese a que os lo ha prohibido vuestro capitán. Pero por lo visto, os resulta imposible mantener los pantalones en su lugar.

            Zarco hizo una pausa. Los tripulantes desviaron la mirada, avergonzados. Algunos incluso se sonrojaron.

            —De acuerdo –continuó el profesor-; lo pasado, pasado está. Ahora vamos a hablar del presente. Esta noche los Kaysaki nos han invitado a la cena de Nochebuena y todos nos vamos a portar como niños buenos, ¿de acuerdo? Porque como a alguno de vosotros se os ocurra tocar a una nativa... ¿Qué digo tocar? Con sólo que miréis demasiado fijamente a una Kaysaki, os juro que os arrancaré esa cosita ridícula que tenéis entre las piernas y se la echaré a los cerdos. ¿Está claro?

            Los hombres asintieron unánimemente. Todos conocían al profesor y sabían que sus amenazas no eran en vano. Y todos apreciaban demasiado a sus cositas ridículas como para ponerlas en peligro llevándole la contraria. Aquella noche serían castos.

            Poco después, los Kaysaki encendieron hogueras en la explanada que se extendía en el centro del poblado y comenzaron a hacer los preparativos para la fiesta. A eso de las nueve de la noche, los miembros de la tribu y los tripulantes del Saint Michel se sentaron en el suelo, formando un amplio círculo, mientras que Zarco, Verne y Cairo, acompañados por Tokulubakiki, se acomodaron en otro círculo, más pequeño, donde se encontraban el jefe Yobukwa’u y sus hombres de confianza.

            Presidiendo el banquete se alzaba un tótem con los rostros tallados de diversas deidades locales llamadas demas, lo que tenía muy poco de cristiano. Para compensarlo, algún artesano había esculpido en madera un portal de Belén decididamente extraño. No solo porque la virgen María llevara los pechos descubiertos, a la usanza melanesia, sino porque, al no haber visto jamás los indígenas un asno y un buey, el artesano los había sustituido por una tortuga gigante y un cerdo, lo que confería al nacimiento un aspecto un tanto perturbador.

            Al poco, comenzaron a servir la comida. Entonces, Zarco se dio cuenta de que el sacerdote no había hecho acto de presencia.

            —¿Y el padre Blasco, Toku? –le preguntó a su traductor-. ¿No cenará con nosotros?

            Tokulubakiki sonrió y se encogió de hombros. Zarco supuso que el sacerdote estaría ocupado preparando la misa y se olvidó de él: a fin de cuentas, no tenía el menor interés de sufrir la compañía de un hombre tan increíblemente pesado.

            El banquete consistió en langostas a la brasa y un guiso de ñame y carne de cerdo sazonado con hierbas aromáticas. Es decir, básicamente lo mismo de siempre,  pero en mayor abundancia. Cuando concluyó la cena, unos cuantos Kaysaki cogieron sus instrumentos musicales –sonajeros de conchas marinas, tambores y flautas de bambú-, y comenzaron a interpretar una animada, rítmica y salvaje melodía. Instantáneamente, nativos y nativas se pusieron a bailar. Algunas Kaysaki intentaron que los marineros del Saint Michel se unieran al baile, pero estos, advirtiendo que la fiera mirada del profesor Zarco no se apartaba de ellos, rehusaron sin tan siquiera atreverse a mirar demasiado fijamente a las muchachas.

            Como casi todo en la cultura de las islas Trobiand, aquellas danzas estaban teñidas de sexualidad. Los bailarines movían las pelvis adelante y atrás, espasmódicamente, y se frotaban entre sí simulando el coito. Si el padre Blasco hubiese estado allí, pensó Zarco, le habría dado un infarto.

            Tras un par de horas de danzas estimuladas por la nuez de betel, un coro de nativas cantó una versión en kilivila de Noche de paz que sonaba más a himno guerrero que a villancico. Y, llegada la medianoche, la fiesta concluyó. Tal y como había anunciado Tokulubakiki, los Kaysaki, agotados por tanto baile, se fueron a sus chozas; no obstante, como no quería indisponerse aún más con el sacerdote, Zarco ordenó a los tripulantes del Saint Michel que le acompañaran para asistir la Misa del Gallo.

            Pero, cuando llegaron a la cabaña que hacía las funciones de iglesia, el padre Blasco no estaba allí. Le aguardaron durante media hora y, al cabo de ese tiempo, como el sacerdote no aparecía, se fueron todos a dormir.

            Al día siguiente, Blasco siguió sin dar señales de vida.

            Y al siguiente.

            Y al siguiente.

            Era inexplicable. En la isla no había ningún depredador mayor que la palma de una mano, así que ¿qué podía haberle sucedido? Quizá se había internado en la selva y había sufrido un accidente, pensó Zarco: pero ¿por qué demonios se iba a meter el sacerdote en la selva de noche? O quizá decidió darse un baño en el mar y se ahogó, aunque eso tampoco parecía demasiado lógico. En cualquier caso, la desaparición de Blasco, aparte de un enigma, fue un alivio para Zarco, que por fin se veía liberado de sus constantes quejas; eso por no hablar de los marineros, que, a partir de ese momento intensificaron aún más sus visitas a las nativas. De hecho, los Kaysaki tampoco parecieron darle demasiada importancia a aquella enigmática desaparición y siguieron a lo suyo, como si el sacerdote jamás hubiera estado allí. Quizá fuese a causa de tanto sexo y tanta nuez de betel, pero los nativos de Kaluvalula eran el pueblo más tranquilo y acomodaticio del mundo.

            Finalmente, el veintiocho de diciembre, llegó el barco procedente de Port Darwin con la válvula de repuesto. Veinticuatro horas después, Mustafá Özdemir, el primer oficial de máquinas, arregló el motor y el Saint Michel estuvo listo para navegar de nuevo.

            —Su barco es una antigualla, Gabriel; casi tanto como usted –le dijo Zarco al capitán Verne-. Deberíamos cambiar la vieja máquina de vapor por un moderno motor Diésel. En cuanto regresemos a España lo propondré a la Fundación.

            A media mañana del veintinueve todo estaba listo para la partida. Zarco, Verne y Cairo se dirigieron a la playa, donde aguardaba el bote que les conduciría al Saint Michel. También se congregaron allí gran parte de los isleños, presididos por su jefe Yobukwa’u, para despedir a los extranjeros. Incluso apareció Joshua Taylor, el director de la factoría, que hasta entonces no había pisado el poblado.

            —Me han dicho que el cura ha desaparecido –le dijo el australiano a Zarco.

            —Así es.

            —Mejor. Era un plomo.

            De pronto, una idea cruzó la mente de Zarco.

            —Oiga Taylor –dijo-, ¿no habrá tenido usted algo que ver con ese asunto? Es decir, y no lo tome como una crítica, pero a lo mejor decidió afinar la puntería con Blasco...

            El australiano perdió la mirada y sonrío, como si aquella posibilidad le pareciese de lo más sugestiva.

            —Si el cura hubiese vuelto a aparecer por la factoría, lo habría hecho –respondió-. Pero hace meses que no le veo.

            Como el australiano no parecía dispuesto a añadir nada más, Zarco, Verne y Cairo se aproximaron a donde estaban Tokulubakiki y el jefe Yobukwa’u.

            —Nos vamos, Toku –dijo el profesor-. Dile a Yobukwa’u que agradecemos su hospitalidad y todo eso.

            Ambos indígenas intercambiaron unas palabras en kilivila.

            —El jefe dice que siempre seréis bien recibidos en Kaluvalula –dijo Tokulubakiki-. Las mujeres Kaysaki os echarán mucho de menos.

            —Esperamos que aparezca pronto vuestro sacerdote –intervino Verne.

            Tokulubakiki sonrió bonachonamente.

            —Oh, el padrecito Blasco estará siempre con nosotros –respondió, llevándose una mano, no al corazón, ni a la cabeza, sino al estómago. Y añadió-: El padrecito Herralde también estará siempre con nosotros.

            Y volvió a llevarse la mano al estómago.

            Al estómago...

            Zarco abrió mucho los ojos y permaneció unos instantes inmóvil, petrificado, como si hubiese tenido una súbita revelación. De repente, echó a andar hacia el australiano, seguido por los desconcertados Cairo y Verne.

            —Una pregunta, Taylor –dijo el profesor cuando llegaron a su altura-. Blasco decía que los Kaysaki, en el pasado, habían hecho cosas terribles, como cortar cabezas. ¿Hacían algo más?

            Taylor asintió con un pausado cabeceo.

            —Eran caníbales –respondió-. ¿Ha oído hablar de esa otra tribu que había aquí, los Makala?

            —Sí.

            —Bueno, pues los Kaysaki se los fueron comiendo poco a poco. Cuando sólo quedaba más o menos la mitad de la tribu, los Makala huyeron de Kaluvalula a otra isla donde, supongo, se los acabarían comiendo otros nativos.

            —¿Y ahora los Kaysaki ya no practican el canibalismo?

            El australiano se encogió de hombros.

            —Los Makala emigraron ocho o nueve años antes de que yo llegase a la isla, así que desde entonces los Kaysaki ya no tienen a nadie a quien comerse.

            Zarco perdió la mirada y permaneció unos segundos pensativo.

            —¡La misa! –exclamó de repente.

            —¿Qué? –dijo Verne.

            —A los Kaysaki les gusta la misa –respondió Zarco-. ¿Por qué?

            —Ni idea, profesor –terció Cairo-. Pero ¿qué importa eso?

            Sin hacerle el menor caso, Zarco, de nuevo seguido por los cada vez más perplejos Verne y Cairo, echó a andar hacia Tokulubakiki.

            —¿Por qué os gustan las misas, Toku? –preguntó.

            —Porque son bonitas –respondió el nativo.

            —Ya, ya, preciosas. Pero el otro día me dijiste que os gustaba la última cena y la comunión, ¿por qué?

            —Porque son ritos sabios, muy Kaysaki, como los ritos de los demas Balum, Geb y Yawi, nuestros dioses. En la última cena, los discípulos de Jesús se lo comieron para adquirir el valor y la sabiduría de su maestro. Eso está bien.

            Hubo un estupefacto silencio.

            —Pero no es así –murmuró Verne, boquiabierto-. No se lo comieron...

            —Oh, sí se lo comieron –insistió Tokulubakiki-. Lo dicen las Escrituras: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo”. Y también dicen: “"Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre”. Se lo comieron, y eso es muy sabio, muy Kaysaki.

            Un nuevo silencio. Tras un parpadeo, Zarco musitó:

            —Gracias, Toku. Ahora nos vamos.

            En ese momento, Yobukwa’u soltó una breve parrafada en kilivila.

            —¿Qué ha dicho? –preguntó Zarco.

            Tokulubakiki sonrió de oreja a oreja y, aunque su expresión no podía ser más candorosa, los dientes manchados de rojo por la nuez de betel adquirieron de pronto un aire siniestro.

            —El jefe dice que espera que el próximo padrecito que nos mande la santa madre iglesia sea más gordo que el padrecito Blasco.

            ¿Más gordo?...

            Zarco, Verne y Cairo montaron en el bote y se dirigieron al Saint Michel. Una vez en el barco, Verne se encaminó al puente de mando para fijar la ruta. Al poco, el barco levó anclas y, tras hacer sonar su sirena, se puso en marcha.

            Entre tanto, Zarco y Cairo permanecieron en cubierta, acodados a la barandilla, contemplando en absoluto silencio cómo la isla se iba empequeñeciendo en la distancia conforme se alejaban. Un cuarto de hora después, el capitán Verne bajó del puente de mando y se unió a ellos. Nadie pronunció palabra.

            Al cabo de unos  minutos, Zarco, con la mirada fija en Kaluvalula, que ahora sólo era una mota esmeralda sobre un infinito mar turquesa, comentó:

            —Me pregunto si lo que nos sirvieron en la cena de Nochebuena era realmente carne de cerdo...

            Pálido como un cirio, Verne tragó saliva.

            —Me voy a mi camarote –musitó mientras se alejaba-. Tengo revuelto el estómago; creo que voy a vomitar...

            Cuando el capitán desapareció, al cabo de un tétrico silencio, Cairo dijo:

            —En el fondo era un hombre bueno.

            —¿Quién?

            —El padre Blasco. En el fondo era buena persona.

            Los graznidos de las gaviotas que volaban sobre ellos se mezclaban con el rumor de las olas rompiendo contra la proa del navío. La columna de humo que brotaba de la chimenea se extendía al paso del Saint Michel como una larguísima cabellera negra.

            —Tienes razón –asintió finalmente Zarco, con el fantasma de una sonrisa maliciosa insinuándose en sus labios-. Era bueno.