12.24.2014

Cuento de Navidad: "Nochebuena en Kaluvalula"




            Nochebuena en Kaluvalula

            by César Mallorquí

 
            El profesor Ulises Zarco, director de la sociedad geográfica SIGMA, reprimió por enésima vez el acuciante deseo de propinarle un puñetazo al padre Blasco. A decir verdad, Zarco experimentaba con frecuencia cierta inclinación a maltratar, de obra o de palabra, a las personas que le molestaban; y, desde luego, jamás había tropezado con nadie tan irritante como el sacerdote. Pero, por desgracia, ahora no podía dar rienda suelta al justo impulso de cerrarle la boca, mediante un contundente uppercut, a ese insufrible religioso.

            —¡Fornicación! –clamaba Blasco en su interminable soliloquio-. ¡Sus hombres fornican con las nativas en las playas, fornican en las cabañas, fornican en los bosques, fornican en el poblado, fornican en los palmerales!...

            —Ya, ya, lo capto –intervino Zarco aprovechando una pausa para respirar del sacerdote-. Fornican por todas partes.

            —¡Y como conejos! ¡No respetan las leyes de Dios! ¡Atentan contra el sexto mandamiento cometiendo una y otra vez el terrible pecado capital de la lujuria...!

            Zarco dejó de prestarle atención; desde que llegó a Kaluvalula había escuchado decenas de veces aquella inagotable sarta de reproches y ya estaba más que harto.

Se encontraban junto a la entrada de la cabaña que le habían asignado al profesor, en el extremo sur de Kokoda, el poblado de los Kaysaki. Zarco miró de soslayo hacia el interior de la choza, donde, sobre un tapete de fibra de coco, se enfriaban las costillas de cerdo que le había traído Tokulubakiki, el nativo que le servía de traductor y asistente. En fin, estaba harto de comer cerdo –la dieta de los Kaysaki consistía básicamente en ñame, cerdo, pescado y, en general, cualquier cosa que sacasen del mar-, pero tenía hambre y aquel cura no paraba de hablar, como si fuera por la vida subido en un púlpito.

            —¡Me desvivo por corregir las malas costumbres de los nativos! –decía el padre Blasco, henchido de justa indignación-. ¡Dedico cada minuto, cada aliento, a llevarles la palabra de Dios, las enseñanzas de nuestro señor Jesucristo! ¡Y los primeros occidentales que llegan, en vez de darles ejemplo, se dedican a practicar la concupiscencia como paganos!...

            Zarco contempló al sacerdote. Era un hombre de mediana edad, delgado, con el pelo corto y oscuro, y un rostro severo que parecía inhabilitado para la sonrisa. Pese al húmedo calor que reinaba en aquella isla de la Melanesia, el padre Blasco vestía siempre una negra sotana cerrada del cuello a los pies. Y sin embargo, no sudaba; era como si la sequedad de su carácter se hubiera extendido a los poros de su piel.

            Tras un suspiro de resignación, mientras el cura seguía proclamando su santa cólera, Zarco desvió la mirada hacia el poblado. Las chozas de madera con techo de paja, asentadas sobre pilares, como palafitos, se extendían a lo largo de la playa, entre palmeras cocoteras e inmensos ficus. A la derecha, un mar intensamente azul, y a la izquierda, hacia el interior de la isla, la masa verde del bosque tropical.

            Los Kaysaki, nativos melanesios de piel oscura y pelo ensortijado, deambulaban por el poblado y la playa ocupados en sus quehaceres cotidianos. Las mujeres vestían faldas de hierbas teñidas de rojo, con los senos descubiertos, y los hombres se cubrían con exiguos taparrabos igualmente rojos. Por lo general, a Zarco le sacaban de quicio los nativos de cualquier clase y lugar, pues solían ser entrometidos, gritones, obtusos y poco colaboradores, cuando no abiertamente hostiles. Pero los Kaysaki eran distintos; discretos, tranquilos, silenciosos, amigables, pacíficos... se trataba, sin duda, de los salvajes más civilizados que había encontrado jamás. La verdad es que Kaluvalula podría haber sido lo más parecido al Paraíso en la Tierra... de no ser por el padre Blasco, aquel grano en el culo con apariencia de sacerdote.

            Zarco dejó escapar un nuevo suspiro y contempló la silueta del Saint Michel fondeado en la bahía. Al principio, cuando llegaron a la isla, la tripulación se alegró de poder bajar a tierra para estirar las piernas; y más se alegraron los marineros cuando descubrieron hasta qué punto eran permisivas las costumbres sexuales de las nativas. Pero, tras unos cuantos desagradables tropiezos con el religioso, los hombres decidieron dejar la isla y dormir en el barco. Lo cual no significaba, ni mucho menos, que hubieran renunciado a tener encuentros amorosos con las Kaysaki; sencillamente, ahora lo hacían a escondidas.

            —El deber de los buenos católicos –seguía diciendo el sacerdote- es dar ejemplo de los valores cristianos. ¡Pero sus hombres, profesor, se comportan como bestias en celo! ¡Es intolerable, intolerable...!

            —Para ser precisos, padre –le interrumpió Zarco, cada vez más harto-, entre la tripulación hay tres mahometanos, un protestante, un taoísta, un ortodoxo y varios que no sé lo que son, si es que son algo. Por otro lado, convendrá conmigo que los nativos no necesitan precisamente ningún ejemplo, porque, según he podido comprobar, fornican entre ellos con verdadero entusiasmo.

            El rostro del cura se ensombreció aún más de lo usualmente sombrío que era.

            —Es cierto –dijo en tono compungido-. Tanto el padre Herralde como yo nos hemos esforzado en corregir la turbia promiscuidad de los Kaysaki... sin obtener muchos resultados, lo confieso. Es difícil luchar contra las costumbres paganas. ¡Y precisamente por eso el deber de sus hombres es dar ejemplo de castidad!...

            ¿Un marino dando ejemplo de castidad?, pensó Zarco. Eso sería como pedirle a un carnicero que diese ejemplo de vegetarianismo. El padre Blasco prosiguió con su rosario de reproches y Zarco cerró los ojos. Él no debía estar en esa isla, se dijo. ¡Maldita suerte!

            Todo había comenzado un par de meses atrás, cuando el profesor Zarco y su ayudante, Adrián Cairo, embarcaron en el Saint Michel, el navío de SIGMA que estaba bajo el mando del capitán Gabriel Verne, para dirigirse al Archipiélago Malayo con el objetivo de explorar el interior de Papúa, una isla también conocida como Nueva Guinea.

            Uno de los problemas de aquella expedición era la situación política de la isla, que había sido colonizada en la costa norte por Alemania y en la costa sur por Gran Bretaña. Al comenzar la Gran Guerra, el ejército australiano ocupó, sin encontrar resistencia, la colonia alemana, pero permitió que las empresas germanas siguiera funcionando. El caso es que a causa del conflicto, que había finalizado hacía apenas un mes con la capitulación de Alemania, la situación del territorio era de absoluta confusión. Y, desde luego, nadie controlaba el interior de la isla. De hecho, la única organización que mantenía cierto grado de orden en aquel lugar era la Iglesia Católica mediante su red de misiones.

            Así que Zarco se puso en contacto por carta con el padre François Aubriot, superior de la Misión del Verbo Divino en Papúa, solicitándole ayuda para viajar al interior de la isla; petición a la que el padre Aubriot había accedido amablemente, ofreciéndole al profesor mapas, guías, intérpretes, porteadores, provisiones y cuanto necesitase.

            Con esta garantía, el Saint Michel había partido de España a mediados de noviembre para dirigirse a Port Said, cruzar el Canal de Suez y poner rumbo hacia el Océano Índico. Finalmente, tras atravesar el Estrecho de Torres, al norte de Australia, bordeó el Archipiélago de la Luisiada y se dirigió al noroeste, hacia Madang, en la costa oriental de Papúa, lugar donde se encontraba la Misión del padre Aubriot. Entonces, a mitad de camino en el Mar de las Salomón, se estropeó la válvula de distribución del motor.

            Como es natural, llevaban una de repuesto, pero resultó que era defectuosa, de modo que Marcel Vincent, el Jefe de Máquinas del Saint Michel, realizó una reparación de emergencia y el navío se dirigió a la tierra firme más cercana, que resultó ser la isla Kaluvalula del Archipiélago de las Trobiand. Llegaron allí el cinco de diciembre de 1918.

            Kaluvalula estaba habitada por la tribu Kaysaki y por tan solo dos occidentales: el padre Antonio Blasco, superior y único miembro de la misión local, que también pertenecía a la Congregación del Verbo Divino –algo que, ingenuamente, al principio le pareció una suerte al profesor-, y Joshua Taylor, un australiano que administraba una factoría dedicada a la producción de aceite de coco.

            El padre Blasco, encantado de recibir a occidentales en aquel apartado rincón del planeta, sobre todo tratándose de españoles como él, los recibió con los brazos abiertos. Les cedió a Zarco, Cairo y Verne la cabaña que hacía las veces de casa parroquial y puso a  su disposición al único nativo que hablaba castellano, un Kaysaki de mediana edad llamado Tokulubakiki.

            Entre tanto, el capitán Verne había enviado un radiograma a Port Darwin, en el norte de Australia, solicitando una válvula de recambio. El problema era que sólo un barco recalaba habitualmente en Kaluvalula -para recoger los cargamentos de aceite de coco de la factoría de Taylor-, y ese navío no llegaría a la isla hasta después de Navidad.

            Más de tres semanas de retraso sobre los planes previstos. A Zarco se le llevaron los demonios, pero finalmente decidió matar el tiempo de espera investigando Kaluvalula y a sus habitantes. El padre Blasco le puso al día sobre el asunto:

            —Antes, profesor, en esta isla reinaba la barbarie. Había otra tribu además de los Kaysaki, los Makala, y ambos grupos se pasaban la vida matándose entre sí. Eran terribles –susurró-: cortaban cabezas. –Dejó escapar un suspiro-. Gracias a Dios, hace tres años llegó aquí la santa madre Iglesia para iluminarles con la luz de los Evangelios. Justo es reconocer que todo el mérito le corresponde a mi antecesor, el padre Herralde, pues fue él quien construyó el templo y le llevó a los nativos la palabra de Cristo. –Volvió a suspirar-. Por desgracia, falleció de una fiebres el año pasado, así que en febrero llegué aquí para proseguir su labor apostólica. –Suspiró por tercera vez-. Pero no es fácil, profesor; he tenido que aprender el lenguaje local, el kilivila, que no es nada sencillo. Afortunadamente, me ha ayudado Tokulubakiki, un nativo al que el padre Herralde le enseñó a hablar en cristiano. Pero es que, además, resulta muy dificultoso erradicar las costumbres paganas, que están muy arraigadas. Aunque me esfuerzo en ello y cada día los Kaysaki están más cerca de ser buenos católicos.

            Como pudo comprobar Zarco poco después, eso no era del todo cierto; en realidad, los Kaysaki estaban muy lejos de ser un ejemplo de catolicismo. De hecho, la principal actividad del sacerdote consistía en ir de un lado a otro del poblado intentando impedir que los nativos mascaran nuez de betel –la droga local- y haciendo lo posible por evitar que los nativos y las nativas copularan entre sí en cualquier momento y cualquier lugar.

            Precisamente ésa era una de las principales peculiaridades, no sólo de los Kaysaki, sino de todos los nativos de las Trobiand: la absoluta libertad sexual. En Kaluvalula, cualquiera podía copular con cualquiera, aunque no fueran pareja estable. De hecho, ni siquiera existía en la isla la institución del matrimonio ni nada que se le pareciese. La promiscuidad estaba tan extendida que los nativos disponían de una cabaña, llamada bukumatula, cuyo único objetivo era proporcionar cobijo a las parejas que desearan fornicar un rato.

            No obstante, el padre Blasco, inasequible al desaliento, se pasaba el día espantando a los amantes furtivos y adoctrinándoles sobre la virtud de la castidad; aunque lo único que conseguía era que se fueran a otro lado, lejos de su vista, para seguir practicando su afición favorita: el sexo libre y desinhibido. A decir verdad, los Kaysaki no parecían hacerle mucho caso al sacerdote; le toleraban amablemente, le decían que sí a todo, pero luego hacían lo que les venía en gana, siempre con una apacible sonrisa.

            Sin embargo, la mayor parte de los nativos asistían puntualmente a las misas que el religioso oficiaba cada domingo en la choza-iglesia que había erigido su antecesor, el padre Herralde. Aquella afición a las misas le causaba cierta perplejidad a Zarco, así que un día le preguntó al respecto a Tokulubakiki, su intérprete. Y éste le respondió:

            —Las palabras del padrecito son sabias. Nos gusta mucho la última cena de Jesús y sus discípulos. Y la comunión. Es bonita. Además, padrecito Blasco es divertido, mucho.

            Zarco arqueó las cejas, escéptico; aquel cura podía ser muchas cosas, pero ninguna de ellas encajaba en el apartado de la diversión.

            —¿El padre Blasco divertido? –dijo con incredulidad.

            —Oh, sí, muy divertido. El padrecito no habla demasiado bien kilivila y en los sermones dice cosas raras. Es gracioso. Mucho.

            Fuera como fuese, salvo en lo que respecta a las misas, la labor pastoral del sacerdote no había llegado demasiado lejos, pues sus feligreses se pasaban todo el tiempo drogándose y fornicando. Lo cual, por otro lado, le importaba un bledo a Zarco, ya que, en su opinión, mientras los nativos no le molestasen podían hacer lo que les viniera en gana.

            Los problemas empezaron cuando la tripulación descubrió las licenciosas costumbres de las Kaysaki, y todos los marineros, sin excepción decidieron frecuentar la compañía de tan amistosas nativas.

            Fue entonces cuando el padre Blasco, armado de justa indignación, comenzó a sermonear a Zarco, a Cairo y a Verne, exigiéndoles que, como responsables de la expedición, pusieran coto el comportamiento de sus hombres. Tanto insistió que, finalmente, el capitán Verne ordenó a los tripulantes del Saint Michel que en lo sucesivo se abstuvieran de tener trato carnal con las nativas. Pero todo el mundo sabía que era una orden retórica que en realidad nadie estaba obligado a obedecer.

            A los marineros puedes pedirles que pasen hambre, sed y todo tipo de penurias, que se embarquen en largas travesías que los mantendrán alejados de sus familias durante quién sabe cuánto tiempo, que corran todo tipo de riesgos y realicen toda clase de esfuerzos; pero lo que no puedes pedirles de ninguna manera es que se mantengan alejados de un montón de hermosas, apasionadas y semidesnudas nativas, salvo que quieras arriesgarte a un motín.

            Así que los tripulantes, ignorando la orden de su capitán, siguieron frecuentando a las nativas, si bien ahora lo hacían a escondidas. Pero no lo suficientemente a escondidas como para eludir la férrea vigilancia del padre Blasco, que, husmeando como un sabueso, solía sorprenderles en actitud comprometida con las Kaysaki.

            Razón por la cual, el sacerdote multiplicó su quejas y reprimendas a los jefes de la expedición, haciéndoles responsables del disoluto comportamiento de sus hombres. Tanto insistía, tan pesado se ponía, que al cabo de una semana Adrián Cairo y el capitán Verne decidieron abandonar la isla y refugiarse en Saint Michel, dejando al profesor solo ante el peligro.

            La verdad es que Zarco no se lo reprochaba; de haber podido, habría hecho lo mismo. Pero no podía. La cuestión era que Blasco pertenecía a la misma orden que Aubriot, el superior de la misión de Papúa que había ofrecido su ayuda a la expedición. Por otro lado, Blasco disponía de una emisora de radio con la que, llegado el caso, podría ponerse en contacto con Aubriot para quejarse del profesor si éste se comportaba de forma descortés (es decir, si se comportaba como, en circunstancias normales, se habría comportado). Y Zarco no quería de ninguna manera poner en riesgo la expedición, de modo que se tragó las ganas de estrangular al misionero y, haciendo acopio de paciencia, aguantó mansamente sus constantes diatribas.

            Pero también procuró mantenerse alejado, de modo que decidió explorar la isla. Lo primero que hizo fue visitar las factoría de Joshua Taylor, aunque el padre Blasco le había prevenido enérgicamente contra el australiano.

            —Ese hombre es un demonio –le dijo-. Un pagano, un salvaje, un fariseo... Le recomiendo encarecidamente que se mantenga alejado de él.

            Huelga decir que esa advertencia no hizo más que agudizar el interés de Zarco en conocer al australiano, pues, en su opinión, nadie que se ganase el rechazo del sacerdote podía ser del todo mala persona. Así que, bordeando la costa, se dirigió a la factoría de aceite de coco, que estaba al sur de la isla, a unos ocho kilómetros del poblado Kaysaki.

            La factoría era un cochambroso barracón donde unos cuantos nativos se afanaban en almacenar cocos. Estaba situada cerca del mar, junto a un pequeño muelle de madera; a su izquierda, a unos cincuenta metros, frente a un playa de arena dorada, se alzaba la cabaña del australiano. Y allí le encontró Zarco, tumbado en una hamaca, dando taciturnos tragos a una botella de whisky. Taylor era un hombre de mediana edad, alto, de rostro afilado y carácter adusto y reservado. A su lado, tres nativas se ocupaban de las tareas del hogar. El australiano se las presentó:

            —Son Isepuna, Ilaka’isi y Kaycumita, mis esposas.

            Zarco contempló con curiosidad a las mujeres; la mayor no tendría más de dieciséis años.

            —¿Y este... eh... matrimonio le parece bien al padre Blasco? –preguntó.

            —No, le parece fatal –respondió Taylor-. Solía venir a sermonearme, hasta que un día le disparé con mi rifle.

            —Pero no le dio... –murmuró el profesor con un punto de decepción.

            —Sólo era un disparo de advertencia. Pero fue suficiente: no ha vuelto a aparecer por aquí.

            Aunque el haber disparado al sacerdote le granjeó la inmediata simpatía de Zarco, lo cierto es que Taylor no solo era extremadamente lacónico, sino que además se pasaba el día borracho; de modo que el profesor no volvió a visitarle y prosiguió la exploración de la isla. Su siguiente visita fue a las ruinas del poblado Makala, la otra tribu que en el pasado había compartido territorio con los Kaysaki; pero lo único que encontró fue un puñado de cabañas derruidas pudriéndose en la espesura.

            Luego, se acabaron los lugares adonde ir. Kaluvalula medía unos veinticinco kilómetros de largo por nueve en su punto más ancho; era una isla muy pequeña y la mayor parte de su superficie estaba cubierta por la jungla, así que no había ningún sitio de interés que valiera la pena visitar.

            Y Zarco no tuvo más remedio que seguir aguantando las indignadas e interminables monsergas del sacerdote. Como la que estaba soportando en ese momento.

            —Incluso el señor Vázquez, su fotógrafo, cae en el pecado –seguía diciendo Blasco-. Se supone que debería ser un hombre ilustrado, pero constantemente le sorprendo fotografiando a las nativas desnudas. Él dice que es arte, pero no me explica por qué siempre las hace posar en actitudes provocativas. ¡Lujuria y pasiones animales, eso es todo lo que veo en su tripulación! ¡Esto tiene que acabarse de una vez por todas, profesor! Es usted un hombre instruido y civilizado, así que apelo a su autoridad. Debe atar corto a sus hombres y obligarles a comportarse como buenos cristianos...

            Por el rabillo del ojo, Zarco vio que el capitán Verne y Adrián Cairo se aproximaban por la playa en compañía de Tokulubakiki.

            —Tiene toda la razón, padre Blasco –dijo, interrumpiendo la perorata del misionero-. Pero, técnicamente hablando, la tripulación del Saint Michel no son mis hombres, sino los hombres del capitán Verne. Él tiene la culpa de todo; es un individuo disipado, ya conoce usted a los marinos. Mire, precisamente viene por ahí. Voy a hablar ahora mismo con él y a dejarle muy claro que tanto usted como yo estamos abochornados por el comportamiento de los tripulantes.

            El sacerdote, molesto por haber sido interrumpido, pero al tiempo satisfecho de que le dieran la razón, titubeó durante unos segundos.

            —Bien, de acuerdo... –dijo-. Pero exíjale con firmeza que refrene a sus hombres.

            —Así lo haré, padre. No lo dude.

            Zarco se encasquetó el sombrero Panamá, dispuesto a irse. La estampa de ambos hombres no podía ser más diferente: el sacerdote delgado, de mediana estatura y complexión frágil, y el profesor alto y robusto, con un fiero mostacho cabalgando sobre sus labios. Eran, en todo, polos opuestos.

            —Un momento, profesor –le contuvo Blasco-. Como recordará, esta noche los Kaysaki celebrarán comunalmente la cena de Nochebuena.

            No, Zarco no lo recordaba. ¿Ya era veinticuatro de diciembre?

            —La tripulación del Saint Michel está invitada a cenar con la tribu –prosiguió el misionero-. Pero usted, el señor Cairo y el capitán Verne cenarán con el jefe Yobukwa’u y su séquito. Después, a media noche, celebraremos todos la santa Misa del Gallo.

            Zarco suspiró. Para complacer al sacerdote, ya se había tragado tres interminables misas en kilivila, o en la versión humorística del kilivila que, al parecer, hablaba Blasco.

            —Por supuesto, padre. Allí estaremos.

            —Y espero –añadió el misionero en tono admonitorio- que los tripulantes del Saint Michel respeten la santidad de esta noche comportándose como personas civilizadas, y no como perros en celo.

            —Me ocuparé personalmente de ello, padre. Adiós.

            Zarco se alejó a toda prisa hacia la playa, donde le esperaban Cairo, Verne y Tokulubakiki. Al llegar a su altura, señaló con un indignado dedo a los dos occidentales y les espetó:

            —Sois unos cobardes traidores. Habéis huido como conejos dejándome solo ante ese insoportable santurrón.

            —Usted es el jefe, profesor –respondió Cairo, su mano derecha, con una sonrisa irónica-, así que su deber es enfrentarse a los peligros más graves. Además, sólo se trata de un curita inofensivo...

            —¿Te crees muy gracioso, Adrián? –replicó Zarco, fulminándolo con la mirada-. ¿O es que tú también has estado tonteando con las nativas?

            —Acabo de casarme con Sarah –repuso Cairo con expresión de fingida ofensa-. Soy un marido fiel.

            Zarco se volvió hacia Verne.

            —Le advierto, Gabriel –dijo-, que le he echado a usted la culpa de todo.

            El capitán, un cincuentón de rostro afable enmarcado por una cuidada barba, arqueó la cejas.

            —Vaya –murmuró-; qué bonito...

            —¡Es que la tiene! –bramó Zarco-. ¿Acaso no puede impedir que sus hombres vayan, como abejorros de flor en flor, con las Kaysaki?

            —Ya se lo he prohibido –se excusó Verne-; pero no hacen caso.

            —Como era de esperar –apuntó Cairo.

            —Los hombres se deslizan por la borda a escondidas y nadan hacia la playa –prosiguió el capitán-. No hay forma de evitarlo. ¿Qué quiere, Ulises; que encierre en la bodega a los que vayan con las nativas? ¡Tendría que encerrar a toda la tripulación! Además, los hombres van con las nativas porque las nativas quieren. Nadie fuerza a nadie. ¿Qué tiene eso de malo?

            —Oh, nada; es tan romántico que me entran ganas de tocar el violín –ironizó Zarco-. Pero ¿por qué no se lo cuenta usted a ese cura del demonio?

            Hubo un largo silencio. Zarco dejó escapar un cansado suspiro y contempló a Tokulubakiki con incredulidad.

            —Sinceramente, Toku –le dijo-: no entiendo cómo aguantáis al padre Blasco.

            El nativo sonrió bonachonamente, mostrando unos dientes rojos a causa de la nuez de betel.

            —El padrecito es sabio –respondió.

            —Quizá. Pero es un pesado.

            —Sí, es un poco pesado –dijo Tokulubakiki-. Pero sus palabras son sabias y nos da ejemplo para ser buenos cristianos.

            Zarco sacudió la cabeza, abatido.

            —Y encima –musitó-, esta noche nos toca celebrar la Nochebuena.

            —Sí –asintió Verne-. El padre Blasco ha enviado al barco a un nativo con una nota invitándonos a la cena.

            —Y por eso habéis tenido la deferencia de abandonar vuestro escondrijo y bajar a tierra, ¿no? –gruñó Zarco-. Muy bien, Gabriel, pero cuando desembarque la tripulación, y antes de que nadie dé un solo paso por la isla, quiero hablar con ellos. –Se giró hacia Tokulubakiki y le preguntó-: ¿De qué va a ir la cena de esta noche, Toku?

            —Oh, será muy bonita –respondió el Kaysaki-. La cena de Nochebuena fue muy bonita el año pasado con el padrecito Herralde, y también será muy bonita este año con el padrecito Blasco.

            —Ya, ya, pero ¿en qué consistirá exactamente el asunto?

            —Comenzará después del anochecer. Habrá música y bailes ceremoniales, y un gran banquete para los Kaysaki, y una cena especial para el jefe Yobukwa’u y los grandes hombres. Y también cantaremos villancicos.

            —Villancicos, genial –masculló Zarco-. Y luego a la Misa del Gallo, ¿no?

            —Sí. Pero la misa será muy tarde y no sé si muchos Kaysaki querrán ir.

            —Estupendo, un programa de actos fascinante. –Zarco cerró los ojos y se frotó las sienes-. Ahora voy a ver si consigo que se me pase el dolor de cabeza que me ha provocado ese cura. Y no lo olvide, Gabriel: tengo un par de cosas que decirle a la tripulación.

            Horas más tarde, cuando el sol estaba a punto de cruzar la frontera del horizonte, los tripulantes del Saint Michel desembarcaron en la playa, donde les estaba aguardando Zarco junto a Verne y Cairo. Ahí, reunidos en torno al profesor, se congregaban catorce marineros, Lacroix el cocinero, Manglano el radiotelegrafista, Vázquez el fotógrafo y los oficiales. En el barco solo permanecieron montando guardia el primer oficial Elizagaray y dos marineros. Zarco paseó una torva mirada por los hombres y, tras un carraspeo, dijo en voz alta:

            —Ya sé que os encanta tontear con las nativas, pese a que os lo ha prohibido vuestro capitán. Pero por lo visto, os resulta imposible mantener los pantalones en su lugar.

            Zarco hizo una pausa. Los tripulantes desviaron la mirada, avergonzados. Algunos incluso se sonrojaron.

            —De acuerdo –continuó el profesor-; lo pasado, pasado está. Ahora vamos a hablar del presente. Esta noche los Kaysaki nos han invitado a la cena de Nochebuena y todos nos vamos a portar como niños buenos, ¿de acuerdo? Porque como a alguno de vosotros se os ocurra tocar a una nativa... ¿Qué digo tocar? Con sólo que miréis demasiado fijamente a una Kaysaki, os juro que os arrancaré esa cosita ridícula que tenéis entre las piernas y se la echaré a los cerdos. ¿Está claro?

            Los hombres asintieron unánimemente. Todos conocían al profesor y sabían que sus amenazas no eran en vano. Y todos apreciaban demasiado a sus cositas ridículas como para ponerlas en peligro llevándole la contraria. Aquella noche serían castos.

            Poco después, los Kaysaki encendieron hogueras en la explanada que se extendía en el centro del poblado y comenzaron a hacer los preparativos para la fiesta. A eso de las nueve de la noche, los miembros de la tribu y los tripulantes del Saint Michel se sentaron en el suelo, formando un amplio círculo, mientras que Zarco, Verne y Cairo, acompañados por Tokulubakiki, se acomodaron en otro círculo, más pequeño, donde se encontraban el jefe Yobukwa’u y sus hombres de confianza.

            Presidiendo el banquete se alzaba un tótem con los rostros tallados de diversas deidades locales llamadas demas, lo que tenía muy poco de cristiano. Para compensarlo, algún artesano había esculpido en madera un portal de Belén decididamente extraño. No solo porque la virgen María llevara los pechos descubiertos, a la usanza melanesia, sino porque, al no haber visto jamás los indígenas un asno y un buey, el artesano los había sustituido por una tortuga gigante y un cerdo, lo que confería al nacimiento un aspecto un tanto perturbador.

            Al poco, comenzaron a servir la comida. Entonces, Zarco se dio cuenta de que el sacerdote no había hecho acto de presencia.

            —¿Y el padre Blasco, Toku? –le preguntó a su traductor-. ¿No cenará con nosotros?

            Tokulubakiki sonrió y se encogió de hombros. Zarco supuso que el sacerdote estaría ocupado preparando la misa y se olvidó de él: a fin de cuentas, no tenía el menor interés de sufrir la compañía de un hombre tan increíblemente pesado.

            El banquete consistió en langostas a la brasa y un guiso de ñame y carne de cerdo sazonado con hierbas aromáticas. Es decir, básicamente lo mismo de siempre,  pero en mayor abundancia. Cuando concluyó la cena, unos cuantos Kaysaki cogieron sus instrumentos musicales –sonajeros de conchas marinas, tambores y flautas de bambú-, y comenzaron a interpretar una animada, rítmica y salvaje melodía. Instantáneamente, nativos y nativas se pusieron a bailar. Algunas Kaysaki intentaron que los marineros del Saint Michel se unieran al baile, pero estos, advirtiendo que la fiera mirada del profesor Zarco no se apartaba de ellos, rehusaron sin tan siquiera atreverse a mirar demasiado fijamente a las muchachas.

            Como casi todo en la cultura de las islas Trobiand, aquellas danzas estaban teñidas de sexualidad. Los bailarines movían las pelvis adelante y atrás, espasmódicamente, y se frotaban entre sí simulando el coito. Si el padre Blasco hubiese estado allí, pensó Zarco, le habría dado un infarto.

            Tras un par de horas de danzas estimuladas por la nuez de betel, un coro de nativas cantó una versión en kilivila de Noche de paz que sonaba más a himno guerrero que a villancico. Y, llegada la medianoche, la fiesta concluyó. Tal y como había anunciado Tokulubakiki, los Kaysaki, agotados por tanto baile, se fueron a sus chozas; no obstante, como no quería indisponerse aún más con el sacerdote, Zarco ordenó a los tripulantes del Saint Michel que le acompañaran para asistir la Misa del Gallo.

            Pero, cuando llegaron a la cabaña que hacía las funciones de iglesia, el padre Blasco no estaba allí. Le aguardaron durante media hora y, al cabo de ese tiempo, como el sacerdote no aparecía, se fueron todos a dormir.

            Al día siguiente, Blasco siguió sin dar señales de vida.

            Y al siguiente.

            Y al siguiente.

            Era inexplicable. En la isla no había ningún depredador mayor que la palma de una mano, así que ¿qué podía haberle sucedido? Quizá se había internado en la selva y había sufrido un accidente, pensó Zarco: pero ¿por qué demonios se iba a meter el sacerdote en la selva de noche? O quizá decidió darse un baño en el mar y se ahogó, aunque eso tampoco parecía demasiado lógico. En cualquier caso, la desaparición de Blasco, aparte de un enigma, fue un alivio para Zarco, que por fin se veía liberado de sus constantes quejas; eso por no hablar de los marineros, que, a partir de ese momento intensificaron aún más sus visitas a las nativas. De hecho, los Kaysaki tampoco parecieron darle demasiada importancia a aquella enigmática desaparición y siguieron a lo suyo, como si el sacerdote jamás hubiera estado allí. Quizá fuese a causa de tanto sexo y tanta nuez de betel, pero los nativos de Kaluvalula eran el pueblo más tranquilo y acomodaticio del mundo.

            Finalmente, el veintiocho de diciembre, llegó el barco procedente de Port Darwin con la válvula de repuesto. Veinticuatro horas después, Mustafá Özdemir, el primer oficial de máquinas, arregló el motor y el Saint Michel estuvo listo para navegar de nuevo.

            —Su barco es una antigualla, Gabriel; casi tanto como usted –le dijo Zarco al capitán Verne-. Deberíamos cambiar la vieja máquina de vapor por un moderno motor Diésel. En cuanto regresemos a España lo propondré a la Fundación.

            A media mañana del veintinueve todo estaba listo para la partida. Zarco, Verne y Cairo se dirigieron a la playa, donde aguardaba el bote que les conduciría al Saint Michel. También se congregaron allí gran parte de los isleños, presididos por su jefe Yobukwa’u, para despedir a los extranjeros. Incluso apareció Joshua Taylor, el director de la factoría, que hasta entonces no había pisado el poblado.

            —Me han dicho que el cura ha desaparecido –le dijo el australiano a Zarco.

            —Así es.

            —Mejor. Era un plomo.

            De pronto, una idea cruzó la mente de Zarco.

            —Oiga Taylor –dijo-, ¿no habrá tenido usted algo que ver con ese asunto? Es decir, y no lo tome como una crítica, pero a lo mejor decidió afinar la puntería con Blasco...

            El australiano perdió la mirada y sonrío, como si aquella posibilidad le pareciese de lo más sugestiva.

            —Si el cura hubiese vuelto a aparecer por la factoría, lo habría hecho –respondió-. Pero hace meses que no le veo.

            Como el australiano no parecía dispuesto a añadir nada más, Zarco, Verne y Cairo se aproximaron a donde estaban Tokulubakiki y el jefe Yobukwa’u.

            —Nos vamos, Toku –dijo el profesor-. Dile a Yobukwa’u que agradecemos su hospitalidad y todo eso.

            Ambos indígenas intercambiaron unas palabras en kilivila.

            —El jefe dice que siempre seréis bien recibidos en Kaluvalula –dijo Tokulubakiki-. Las mujeres Kaysaki os echarán mucho de menos.

            —Esperamos que aparezca pronto vuestro sacerdote –intervino Verne.

            Tokulubakiki sonrió bonachonamente.

            —Oh, el padrecito Blasco estará siempre con nosotros –respondió, llevándose una mano, no al corazón, ni a la cabeza, sino al estómago. Y añadió-: El padrecito Herralde también estará siempre con nosotros.

            Y volvió a llevarse la mano al estómago.

            Al estómago...

            Zarco abrió mucho los ojos y permaneció unos instantes inmóvil, petrificado, como si hubiese tenido una súbita revelación. De repente, echó a andar hacia el australiano, seguido por los desconcertados Cairo y Verne.

            —Una pregunta, Taylor –dijo el profesor cuando llegaron a su altura-. Blasco decía que los Kaysaki, en el pasado, habían hecho cosas terribles, como cortar cabezas. ¿Hacían algo más?

            Taylor asintió con un pausado cabeceo.

            —Eran caníbales –respondió-. ¿Ha oído hablar de esa otra tribu que había aquí, los Makala?

            —Sí.

            —Bueno, pues los Kaysaki se los fueron comiendo poco a poco. Cuando sólo quedaba más o menos la mitad de la tribu, los Makala huyeron de Kaluvalula a otra isla donde, supongo, se los acabarían comiendo otros nativos.

            —¿Y ahora los Kaysaki ya no practican el canibalismo?

            El australiano se encogió de hombros.

            —Los Makala emigraron ocho o nueve años antes de que yo llegase a la isla, así que desde entonces los Kaysaki ya no tienen a nadie a quien comerse.

            Zarco perdió la mirada y permaneció unos segundos pensativo.

            —¡La misa! –exclamó de repente.

            —¿Qué? –dijo Verne.

            —A los Kaysaki les gusta la misa –respondió Zarco-. ¿Por qué?

            —Ni idea, profesor –terció Cairo-. Pero ¿qué importa eso?

            Sin hacerle el menor caso, Zarco, de nuevo seguido por los cada vez más perplejos Verne y Cairo, echó a andar hacia Tokulubakiki.

            —¿Por qué os gustan las misas, Toku? –preguntó.

            —Porque son bonitas –respondió el nativo.

            —Ya, ya, preciosas. Pero el otro día me dijiste que os gustaba la última cena y la comunión, ¿por qué?

            —Porque son ritos sabios, muy Kaysaki, como los ritos de los demas Balum, Geb y Yawi, nuestros dioses. En la última cena, los discípulos de Jesús se lo comieron para adquirir el valor y la sabiduría de su maestro. Eso está bien.

            Hubo un estupefacto silencio.

            —Pero no es así –murmuró Verne, boquiabierto-. No se lo comieron...

            —Oh, sí se lo comieron –insistió Tokulubakiki-. Lo dicen las Escrituras: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo”. Y también dicen: “"Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre”. Se lo comieron, y eso es muy sabio, muy Kaysaki.

            Un nuevo silencio. Tras un parpadeo, Zarco musitó:

            —Gracias, Toku. Ahora nos vamos.

            En ese momento, Yobukwa’u soltó una breve parrafada en kilivila.

            —¿Qué ha dicho? –preguntó Zarco.

            Tokulubakiki sonrió de oreja a oreja y, aunque su expresión no podía ser más candorosa, los dientes manchados de rojo por la nuez de betel adquirieron de pronto un aire siniestro.

            —El jefe dice que espera que el próximo padrecito que nos mande la santa madre iglesia sea más gordo que el padrecito Blasco.

            ¿Más gordo?...

            Zarco, Verne y Cairo montaron en el bote y se dirigieron al Saint Michel. Una vez en el barco, Verne se encaminó al puente de mando para fijar la ruta. Al poco, el barco levó anclas y, tras hacer sonar su sirena, se puso en marcha.

            Entre tanto, Zarco y Cairo permanecieron en cubierta, acodados a la barandilla, contemplando en absoluto silencio cómo la isla se iba empequeñeciendo en la distancia conforme se alejaban. Un cuarto de hora después, el capitán Verne bajó del puente de mando y se unió a ellos. Nadie pronunció palabra.

            Al cabo de unos  minutos, Zarco, con la mirada fija en Kaluvalula, que ahora sólo era una mota esmeralda sobre un infinito mar turquesa, comentó:

            —Me pregunto si lo que nos sirvieron en la cena de Nochebuena era realmente carne de cerdo...

            Pálido como un cirio, Verne tragó saliva.

            —Me voy a mi camarote –musitó mientras se alejaba-. Tengo revuelto el estómago; creo que voy a vomitar...

            Cuando el capitán desapareció, al cabo de un tétrico silencio, Cairo dijo:

            —En el fondo era un hombre bueno.

            —¿Quién?

            —El padre Blasco. En el fondo era buena persona.

            Los graznidos de las gaviotas que volaban sobre ellos se mezclaban con el rumor de las olas rompiendo contra la proa del navío. La columna de humo que brotaba de la chimenea se extendía al paso del Saint Michel como una larguísima cabellera negra.

            —Tienes razón –asintió finalmente Zarco, con el fantasma de una sonrisa maliciosa insinuándose en sus labios-. Era bueno.


12.24.2013

Embajada de buena voluntad




            Embajada  de buena voluntad
            By César Mallorquí

            Érase una vez una civilización extraterrestre situada a decenas de años luz de distancia. Dado que su idioma es absolutamente impronunciable, los llamaremos “ofiucos”, porque su estrella natal se encuentra más o menos hacia la constelación de Ofiuco, y no porque se parezcan lo más mínimo a las serpientes, ya que en realidad son bípedos de algo menos de un metro de altura con cierta apariencia de gnomos.

            La cultura ofiuco era muy antigua y muy sabia; dominaban el viaje estelar, controlaban la energía de los soles, el espacio-tiempo era para ellos un juego de niños. Además, los ofiucos eran extremadamente pacíficos y bondadosos; quizá porque su especie no provenía de carnívoros ni omnívoros, sino de simpáticos frugívoros nacidos en un planeta plagado de árboles frutales. Seres agradables; la clase de vecinos galácticos que te gustaría tener.

            A lo largo de su expansión por el espacio, los ofiucos se habían encontrado con otras dos razas alienígenas inteligentes, los taurianos y los geminianos, tan vegetarianas y amables como ellos, pero mucho menos evolucionadas. Llegado el momento, los ofiucos ayudaron a ambas culturas, aterrizando en sus planetas, contactando con ellas y colmándolas de regalos tecnológicos que potenciaron exponencialmente su calidad de vida. Y es que, por si todavía no ha quedado claro, los ofiucos eran encantadores.

            Aunque, para ser fieles a la verdad, no fueron dos las especies alienígenas con que se toparon; hubo una tercera, situada en una vulgar estrella de una desangelada esquina de la galaxia: los terrestres. Pero es que la cultura de la Tierra era un inmenso enigma.

            Los ofiucos descubrieron la civilización terrestre cuando captaron sus primeras emisiones de televisión: la retransmisión de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Para unos seres tan inteligentes, fue coser y cantar traducir los distintos idiomas humanos, pero supuso un auténtico quebradero de cabeza entender lo que decían.

            Los ofiucos poseían dos características que les diferenciaban radicalmente de los humanos. En primer lugar, no solo no practicaban ninguna forma de violencia, sino que además eran incapaces de concebirla. Para ellos, la idea de agredir a un ser vivo, y no digamos ya matarlo, era tan absurda como un triángulo de cuatro lados.

            De ahí el shock cuando descubrieron que los humanos comían... ¡animales muertos! Los técnicos que contemplaron por primera vez las imágenes de un banquete humano, aún tienen pesadillas. Pero el pasmo y el horror fueron aún mayores cuando comprobaron que los terrestres no solo mataban animales, sino que también se mataban entre sí, tanto de forma individual como colectiva, mediante algo llamado “guerra”. Aquello era inexplicable. ¿Cómo una especie carnívora podía haber evolucionado hacia la inteligencia? Y, sobre todo, ¿cómo una especie tan desaforadamente violenta no se había destruido a sí misma hacía mucho tiempo?

            La segunda peculiaridad ofiuca era su incapacidad para mentir o para desarrollar cualquier forma de ficción. De nuevo, la mera idea de expresar voluntariamente algo distinto a la realidad les resultaba inconcebible.

            Por eso, partían de la base de que todo lo que veían en la transmisiones terrestres de televisión, desde los anuncios hasta las telecomedias, era fiel reflejo de la realidad, lo cual les sumía en el desconcierto. Los dibujos animados, en particular, les traían de cabeza.

            En resumen: eran incapaces de entender a los humanos.

            Debido a ello, aunque el momento adecuado para contactar con una especie alienígena era cuando dicha especie desarrollaba el viaje espacial, el 21 de julio de 1969, tras la llegada de los terrestres a su satélite, los ofiucos no hicieron nada, a la espera de que un comité de expertos resolviese los enigmas que planteaban los humanos.

            Finalmente, tras años de debate, el comité llegó a una conclusión. Para ello, resultó fundamental el análisis de dos productos audiovisuales: Star Wars y Star Trek. Ambos mostraban a los humanos viajando entre las estrellas, pero los ofiucos sabían que los humanos aún no dominaban el vuelo estelar, de modo que aquello no podía ser real. Ésa fue la Piedra Rosetta que les dio la clave para descifrar el misterio.

            El comité de expertos dictaminó que los terrestres habían desarrollado una extraña forma de arte basada en la ficción, en la mentira. Una conclusión acertada, pero excesiva, pues a partir de entonces, los ofiucos decidieron que todo lo que veían en las imágenes de televisión era, o podía ser, falso, incluyendo los telediarios o los documentales sobre la Segunda Guerra Mundial.

            Despejado el panorama, los ofiucos se pusieron manos a la obra para hacer lo que más les gustaba hacer: ayudar a los demás. Iban a enviar un embajador de buena voluntad a la Tierra, pero el asunto no era tan fácil. Había muchas cuestiones que resolver.

            En primer lugar, el aspecto. Los ofiucos eran bajitos y verdes, pero no especialmente feos; no obstante, sabían que su apariencia podía alarmar a los terrestres, así que construyeron un robot de camuflaje con apariencia humana, dentro del cual viajaría el embajador. Ahora bien, ¿qué clase de apariencia humana tendría el robot? Tras largos debates, los ofiucos decidieron que el humano más apreciado por sus congéneres era un anciano indistintamente llamado San Nicolás, Santa Claus o Papá Noel. Esa elección tenía ventajas añadidas: por un lado, Santa Claus se dedicaba a hacer regalos, algo que coincidía con la forma de ser de los ofiucos; por otro, el embajador podría instalarse cómodamente en la enorme tripa del robot.

            En segundo lugar, el punto de aterrizaje. Tras un riguroso análisis de las emisiones televisivas, los expertos determinaron que la zona terrestre con mayor concentración de poder era un lugar llamado Estados Unidos. En concreto, la ciudad de Nueva York.

            En tercer lugar, la identificación del líder. ¿Ante quién debía presentarse el embajador para entregarle los regalos, quién era el jefe supremo de los terrestres? La conclusión de los expertos redujo las alternativas a tres nombres. El líder de los terrestres podía ser, por orden de probabilidad: 1. Jesucristo, 2. Superman, 3. Barak Obama. Y es que, reconozcámoslo, los ofiucos no acababan de pillarle el punto a los terráqueos.

            En cuarto lugar, el momento del contacto. Aquello fue más sencillo; todos los expertos coincidieron en que durante la época del año llamada Navidad era cuando los terrestres se mostraban más conciliadores y pacíficos. Además, en esa época se conmemoraba el nacimiento de su más probable líder, Jesucristo, algo que también estaba relacionado de algún extraño modo con Santa Claus.

            En quinto lugar, los obsequios. Dos de ellos estaban claros; eran por así decirlo el kit básico necesario para promover una cultura a un estado evolutivo más elevado: una Placa Mnemónica y un Ultracubo. La Placa Mnemónica era un acumulador de datos que contenía toda la avanzadísima ciencia y la no menos avanzada tecnología de los ofiucos. En cuanto al Ultracubo, se trataba de una megabatería, de una pila a lo bestia que contenía toda la energía de un sol. Los ofiucos escogían un sistema solar deshabitado, exprimían todo el jugo energético de su estrella, como si fuera una naranja cósmica, y lo almacenaban en el interior de un Ultracubo.

            De modo que esos eran los grandes regalos de los ofiucos: sabiduría y energía limpia y segura para cientos de miles de años. Pero los ofiucos, siempre tan detallistas, añadieron un tercer obsequio, un detalle no demasiado práctico, pero agradable para quien lo recibiese. Un gesto de buena voluntad, por así decirlo. Según habían deducido de las emisiones de televisión, lo que más le gustaba a los terrestres era el oro, así que el tercer regalo era un transmutador que convertía cualquier material en oro puro.

            En sexto y último lugar, el embajador. Tras un riguroso proceso de selección, los ofiucos escogieron a su mejor experto en relaciones alienígenas, un individuo al que, ante la imposibilidad de traducir su verdadero nombre, llamaremos Quark, por el sencillo motivo de que suena científico.

            Una vez completados todos los preparativos, cuando llegó el momento preciso, los ofiucos embarcaron en un platillo volador a Quark, junto con el traje robot y los regalos, y lo enviaron a la Tierra. Dieciocho día después, al anochecer del 24 de diciembre, el platillo aterrizó tras una arboleda de Kane’s Park, al sur del Bronx. Nadie presenció el acontecimiento, pues la nave espacial estaba insonorizada y protegida bajo un manto de invisibilidad; además el lugar de aterrizaje fue elegido por ser una de las zonas más solitarias y aisladas de Nueva York.

            Nada más tomar tierra, Quark se dispuso diligentemente a comenzar su misión. Se introdujo en la panza del robot Santa Claus y se conectó a él mediante enlace neuronal. A continuación, comprobó su funcionamiento estirando y encogiendo los brazos y las piernas, como si hiciera gimnasia.

            —¡Jo, jo, jo! –dijo para asegurarse de que el sistema de fonación estaba en orden.

            Todo marchaba como un reloj. Quark, manejando el robot desde su interior, cogió los obsequios y los introdujo en el saco de Santa Claus. Incluso a él le resultaba sorprendente que unos objetos tan valiosos tuvieran un aspecto tan insignificante. La Placa Mnemónica era una lámina rectangular de metal, de 8 centímetros de largo por cuatro de ancho. El Ultracubo era un cubo de 21,5 centímetros de lado, con protuberancias en cinco de sus caras y un montón de ruedecitas, palancas y botones en la sexta. El Transmutador era un tubo de 14 centímetros de largo por 8 de diámetro, con un orificio de entrada en un extremo, otro de salida en el lado contrario y un botón en el centro. En conjunto, sólo pesaban 19 kilos y 148 gramos, pero bastaban para elevar a una raza a las más altas cumbres de la civilización.

            Quark abandonó el platillo cargando con el saco y se detuvo en la explanada que había en el centro del parque. El lugar estaba desierto. Tanto detrás de él como a su izquierda y derecha estaba el mar, así que el único camino viable era seguir la mal asfaltada carretera que, jalonada por postes telefónicos de madera, se dirigía recta hacia el noroeste. El embajador echó a andar.

            Había coches y camiones aparcados a ambos lados del camino, y una sucesión de humildes casas de una o dos plantas que se alzaban entre solares y descampados. El primer ser humano con que se encontró fue un joven chicano que caminaba en dirección contraria.

            —¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad! –le dijo Quark con una sonrisa-. ¿Podrías llevarme ante tu líder?

            —Que te den por culo, viejo de mierda –respondió el joven pasando de largo.

            Como experto en el tema, Quark sabía que los alienígenas no siempre se comportaban de forma razonable, así que siguió andando impertérrito. Los siguientes humanos que se cruzaron en su camino fueron dos negros que, ignorándole abiertamente, ni siquiera se molestaron en insultarle. Con el cuarto tuvo algo más de suerte, aunque no mucha. Era un viejo borracho que caminaba haciendo eses mientras mascullaba algo incomprensible.

            —¡Jo, jo, jo! –le saludó Quark-. ¡Feliz Navidad!

            El viejo se detuvo y le miró fijamente, tambaleándose como un tentetieso.

            —La Navidad es una conspiración del gobierno –dijo con voz estropajosa-. Hay mensajes ocultos en los villancicos..., para lavarnos el cerebro y... y extraernos los fluidos vitales y quitarnos el dinero con impuestos...

            Huelga decir que Quark no entendió nada; y no porque aquel viejo fuese un alienígena, sino porque lo que decía era sencillamente incomprensible.

            —¿Podrías llevarme ante tu líder, por favor? –dijo el embajador.

            El viejo frunció el ceño hasta adquirir la apariencia de una gárgola.

            —¡¿Líder?! –exclamó-. ¡Los americanos somos libres, no tenemos líderes! –Le miró con una ceja alzada-. No serás un comunista, ¿eh?... Vistes de rojo, eres un sucio comunista y... y has venido a follarte a nuestras hijas y a nuestras hermanas... ¡Pero no lo conseguirás! ¡Os vencimos en la Segunda Guerra Mundial, y en Vietnam y... y... y en Irak...!

            Tras escuchar durante unos minutos la balbuceante e incomprensible confusión histórica del viejo, Quark se dio la vuelta y siguió andando.

            —¡No huyas, puerco ruso! –le gritó el borracho-. ¡Os vamos a meter una bomba atómica por el culo!

            Qué extraña manía tenían los terrestres con el culo, pensó Quark. Al parecer, aquella misión iba a ser más compleja de lo que en principio había supuesto.

            Unos minutos más tarde, cuando el sol ya se había ocultado tras el horizonte, el embajador se topó con el ser humano más amable que había encontrado hasta el momento, una encantadora anciana negra que caminaba por la acera cargando con una bolsa de la compra.

            —¡Jo, jo, jo! –la saludó Quark-. ¡Feliz Navidad!

            —Feliz Navidad para ti también –respondió ella con una dulce sonrisa-. Qué estupendo disfraz llevas; eres el mejor Santa Claus que he visto nunca.

            —Gracias. ¿Tendrías la amabilidad de llevarme ante tu líder?

            —¿Mi líder? –La anciana arqueó las cejas, confundida-. ¿Qué líder?

            Bien, había llegado el momento de poner a prueba las conjeturas de los sabios ofiucos.

            —Jesucristo –respondió Quark.

            La sonrisa de la anciana se volvió pura miel.

            —Oh, qué tierno –dijo-. Estás buscando al buen Jesús...

            —Sí.

            —Pues entonces, ya le has encontrado, hermano.

            Quark miró a un lado y a otro.

            —¿Dónde está? –preguntó.

            —En tu corazón.

            ¿Jesucristo estaba en el interior de una víscera? Aquello, se mirase como se mirase, no tenía el menor sentido.

            —Me temo que debe de haber algún problema semántico en nuestra comunicación –dijo Quark-. Quiero entrevistarme con su líder, Jesucristo, en persona. ¿Dónde se encuentra?

            —Jesús está en todas partes.

            —Comprendo. Pero, ¿ahora en concreto?

            La anciana frunció levemente el entrecejo. Sin duda, era un Santa Claus fabuloso, con esas mejillas sonrosadas y esos cabellos de algodón, tan regordete y aterciopelado que daban ganas de abrazarle, pero empezaba a parecer un poco cortito.

            —Jesucristo está en el cielo –respondió la anciana pacientemente-, sentado a la diestra de su padre.

            —En el cielo –repitió Quark, cada vez más confuso-. ¿Podría indicarme en qué planeta exactamente?

            —En ningún planeta, por Dios. Hablo del paraíso de los justos.

            Aquella charla estaba tomando un rumbo manifiestamente oscuro, así que Quark decidió cambiar el enfoque.

            —Quizá no estoy buscando a Jesucristo –dijo-. ¿Podrías llevarme ante la presencia de Superman?

            La sonrisa de la anciana se esfumó instantáneamente.

            —Superman... –repitió en tono sombrío.

            —Sí. El hombre de acero. Clark Kent. Kar-El. Llévame ante él, por favor.

            La anciana alzó una mano y blandió un reprobador dedo frente a la nariz de Santa Claus.

            —Debería darte vergüenza –le espetó-. Burlarte así de una pobre mujer.

            —No me burlo. ¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad! Sólo quiero entrevistarme con Superman.

            — ¿Tú eres tonto o te lo haces?

            Al parecer, tampoco era ése el camino correcto.

            —¿Barak Obama? –tanteó Quark-. ¿Es tu líder? ¿Te importaría llevarme ante su presencia?

            —¿Pero tú de qué manicomio te has escapado?

            La anciana, visiblemente enfadada, dio una patadita en el suelo y se alejó mascullando algo por lo bajo.

            Inasequible al desaliento, Quark continuó caminando. Sus siguientes encuentros con humanos fueron muy similares a los anteriores: la mayoría no le hizo el menor caso, y los que se lo hacían no tardaban en desentenderse de él, por lo general insultándole. Una pandilla de puertorriqueños estuvo a punto de darle una paliza, pero un coche patrulla pasó por delante y los pandilleros escaparon a la carrera. Algo después, una mujer se echó a gritar y le roció los ojos con un espray de pimienta; afortunadamente, eran los ojos del robot, no los de Quark, pero aun así fue una experiencia muy turbadora.

            Un par de horas más tarde, Quark comenzó a experimentar emociones muy similares a las humanas: sobre todo, frustración y desánimo. Y quizá un poquito de irritación. Pese a ello, y aunque era ya noche cerrada y las calles estaban desiertas, el embajador no estaba dispuesto a darse por vencido, así que siguió caminando. Lo que no sabía es que, sin darse cuenta, su errático deambular le estaba conduciendo a Morris Heights, una de las zonas más peligrosas del sur del Bronx.

            De pronto, al doblar una esquina, Quark se encontró en una calle mucho más animada. Había varios locales abiertos, de cuyo interior brotaba música, y un buen número de humanos paseando por la acera. En concreto, se fijó en cuatro hembras de piel oscura que parecían ser especialmente sociables, pues entablaban breves conversaciones con todos los machos que pasaban por su lado. Alentado por tan prometedora actitud, Quark se aproximó a una de ellas, una hembra con el pelo teñido de rubio que, pese al frío reinante, se cubría con una muy sucinta vestimenta.

            —¡Jo, jo, jo! –la saludó-. ¡Feliz Navidad!

            —Hola, guapo –dijo la mujer, cuyo nom de guerre era Daisy-. ¿Quieres pasar un buen rato?

            —Sí, gracias –respondió educadamente Quark-. ¿Podrías llevarme ante tu líder?

            —Claro, cariño; yo te llevo adónde quieras. Pero te va a costar cincuenta pavos.

            ¿Pavos?...

            —¿Tengo que darte cincuenta aves de corral? –preguntó Quark, extrañado.

            —Vaya, qué graciosillo nos ha salido el nene. Cincuenta dólares. Cien si quieres un completo, por delante y por detrás, chupa-chupa y una cubana con las tetas. Te va a encantar, créeme; soy una máquina de follar.

            Al iniciar la misión, Quark era consciente de que habría dificultades de comunicación con los terrestres, pero ni en la peor de sus pesadillas hubiera imaginado que aquellos alienígenas fueran tan incomprensibles. De lo que había dicho la hembra sólo había entendido una palabra: “dólares”. Unidades de cambio.

            —¿Quieres oro? –preguntó.

            —Oro, plata, pasta, parné... –Daisy se encogió de hombros-. Cincuenta por media hora y cien por un completo. Venga, anímate, cariño; lo pasarás bien.

            —De acuerdo. Gracias.

            Quark extrajo del saco el transmutador, cogió un puñado de tierra, lo vertió en el orificio de entrada, apretó el botón y, al cabo de unos segundos, una esfera de oro del tamaño de una canica salió por el otro extremo.

            —¿Es suficiente? –preguntó, entregándosela a la hembra.

            Daisy contempló con desconcierto la esfera dorada que sostenía entre los dedos.

            —¿Pero qué coño es esto? –murmuró.

            —Oro –respondió Quark-. Lo que me has pedido para llevarme ante tu líder. ¿Es suficiente?

            Daisy estuvo a punto de mandarle a tomar por culo..., pero lo cierto era que aquella bolita parecía oro de verdad.

            —Espera un momento, guapo –dijo-. Ahora vuelvo.

            Y echó a andar en busca de su chulo.

            Se llamaba Washington Smith, pero todo el mundo le conocía como F-Dog. Tenía treinta y tantos años, era negro, alto y delgado; vestía un abrigo largo de imitación de piel de leopardo, se cubría con un sombrero blanco de alas anchas y calzaba botas de vaquero. Era puro ritmo. Porque lo que más le gustaba del mundo a F-Dog era el hip hop; de hecho, su apodo provenía de sus dos raperos favoritos, Icecube y Snoop Dogg. Había mezclado los nombres a su manera y había obtenido “Frozen Dog”, pero como nadie lo pillaba acabaron llamándole F-Dog. O sencillamente Dog. Sea como fuere, F-Dog consideraba que una vida escrupulosamente dedicada a la delincuencia era imprescindible para triunfar en el mundo del rap, así que aceptaba de buen grado su labor como proxeneta, considerándola sólo un paso más en el ascenso al estrellato. Ascenso que empezaba a demorarse demasiado, aunque F-Dog lo atribuía, no a su evidente falta de talento, sino a carecer de los contactos adecuados y a la mala suerte.

            Cuando Daisy se aproximó a él, F-Dog estaba apoyado en una esquina, fumando un cigarrillo mientras vigilaba distraídamente el trabajo de sus chicas.

            —Ese tío de ahí –le dijo Daisy, tendiéndole la bolita-, el gordo vestido de Santa Claus, quiere pagarme con esto. Dice que es oro.

            F-Dog cogió la esfera y la examinó con un escepticismo que, a los pocos segundos, se transformó en desconcierto. Lamió la bolita, la mordió y llegó a la sorprendente conclusión de que aquello, en efecto, era puro oro. Más o menos una onza, lo que al cambio actual equivalía a unos... ¡1200 dólares!

            —¿Te ha dado esto por echar un polvo? –dijo, asombrado.

            —Y pregunta si es suficiente –asintió Daisy-. Es un tío muy raro, Dog. Ha cogido del saco una especie de tubo, ha echado tierra por un lado y por el otro ha salido esa bola. Yo creo que está pirado.

            El proxeneta reflexionó durante unos segundos. Un loco era una cosa, pensó, pero un loco con oro era otra muy distinta.

            —Vamos a hablar con él –decidió.

            Y se aproximaron a Quark.

            —Te gusta mi chica, ¿eh? –le dijo F-Dog.

            —Es una hembra muy agradable –respondió educadamente el embajador.

            —Daisy es la bomba, colega; lo mejor de lo mejor. Ni te imaginas lo que sabe hacer con la boca.

            —Habla muy bien –asintió Quark, temiendo que la conversación volviese a derivar hacia lo incomprensible.

            —Sí, tiene don de lenguas. –F-Dog le guiñó un ojo-. Me gusta tu oro, colega, pero no es bastante. Daisy vale por lo menos el doble.

            —De acuerdo.

            Quark sacó el transmutador, echó un puñado de tierra en un extremo, recogió la canica de oro que salió por el otro y se la entregó al proxeneta.

            —¿Es suficiente? –preguntó.

            F-Dog lamió y mordió la bolita. Era tan de oro como la otra.

            —¿Qué es eso, colega? –preguntó a su vez, señalando el transmutador.

            —Un transmutador –respondió Quark-. Convierte cualquier material en oro. Es un regalo para vuestro líder.

            Como es natural, F-Dog no se lo creyó; pero lo que sí creyó es que en el interior de aquel tubo había más esferas de oro.

            —Aguarda un momento, colega.

            F-Dog cogió a Daisy del brazo y se alejó unos pasos.

            —Llévatelo a tu apartamento –le susurró al oído-. Le invitas a una copa y le das una dosis de lo que tú y yo sabemos. Cuando se quede dormido, me llamas.

            Dicho esto, el proxeneta regresó junto a Quark y le dijo:

            —De acuerdo, tío; Daisy es toda tuya.

            —¿Me llevará ante vuestro líder?

            —Te llevará adónde tú quieras, colega. Y sin prisas, tómate todo el tiempo que te venga en gana. Y pídele cualquier cosa, por sucia que sea; a Daisy le van las guarradas. Te aconsejo que se la metas por el culo, eso te va a encantar.

            Una vez más, Quark no entendió absolutamente nada, salvo que la obsesión de los terrestres con el culo empezaba a resultar patológica. Desconcertado, respondió con lo que ya era su mantra sagrado:

            —¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad!

            —Sí, eso, feliz Navidad para ti también, colega. Hala, a darle gusto al pajarito.

            Acto seguido, Daisy cogió a Quark del brazo y, procurando que sus pechos se apretaran lo más posible contra él, le condujo a su hogar, que se encontraba en un edificio de apartamentos situado a la vuelta de la esquina. Era un diminuto estudio con tres exiguas habitaciones: un salón-cocina, un dormitorio y un cuarto de baño.

            —Ponte cómodo,  cariño –le dijo Daisy-. Voy a servir unas copas.

            Quark contempló con extrañeza los muebles baratos y los dibujos de Vargas con chicas desnudas colgando de las paredes.

            —¿Va a venir aquí tu líder? –preguntó.

            —Claro, cariño. Vendrá quien tú quieras que venga.

            Daisy sirvió dos vasos de whisky e, interponiendo su cuerpo para que Quark no viera lo que hacía, añadió a uno de ellos una generosa dosis de escopolamina.

            —Toma, cariño –dijo, tendiéndole la bebida drogada.

            —No, gracias –respondió Quark.

            —Venga, te relajará.

            —No tengo sed, gracias.

            Daisy puso cara de desilusión.

            —¿No vas a beber conmigo?

            El embajador titubeó.

            —¿Es una norma social, costumbre o hábito? –preguntó.

            —Claro. Un caballero no puede permitir que una chica beba sola.

            —De acuerdo.

            Quark cogió el vaso que le ofrecía la mujer y se lo bebió de un trago. Aunque, claro, en realidad no lo bebió él, sino el robot, y el whisky drogado no fue a parar a ningún estómago, sino a una bolsa de residuos.

            —Vaya, qué prisa tienes –dijo Daisy, guiñándole un ojo con picardía-. Siéntate, cariño. Voy a acicalarme un poco; enseguida vuelvo.

            Contoneándose provocativamente, la mujer se introdujo en el cuarto de baño. Acto seguido, se sentó en la taza del váter y se dispuso a esperar a que la droga hiciera efecto. Siete minutos más tarde, tiró de la cadena, abrió la puerta... y, para su sorpresa, descubrió que el Santa Claus, en vez de haberse quedado dormido, seguía de pie en medio del salón, con el saco a la espalda.

            —¿Cuándo vendrá tu líder? –preguntó Quark.

            —Enseguida, cariño –respondió Daisy, desconcertada-. Eh... ¿cómo te llamas?

            —Santa Claus, San Nicolás, Papá Noel.

            —Vale, sin nombres. –Le cogió de la mano y tiró de él hacia el dormitorio-. Venga, Santa, vamos a divertirnos un poco.

            En el dormitorio había una cama, más dibujos de Vargas en las paredes y una lámpara con una bombilla roja luciendo sobre una mesilla de Ikea. Nada más entrar, Daisy se aproximó a la cama y se quitó lentamente el vestido hasta quedarse únicamente con un diminuto tanga.

            —Quítate la ropa, cariño –dijo con voz insinuante.

            —No, gracias.

            —¿Prefieres hacerlo vestido así? Te van los jueguecitos, ¿eh?

            —No estoy seguro –respondió Quark, contemplando con horror las curvas de la hembra. Los humanos eran desagradables vestidos, pero desnudos resultaban repugnantes, así que añadió-: ¿Tendrías la amabilidad de cubrirte las glándulas mamarias?

            —¿Ahora eres tímido?

            Daisy se aproximó a él caminando como una gata y le puso una mano en la entrepierna.

            Cuando los ingenieros ofiucos diseñaron el robot Santa Claus, se esforzaron en que todas sus partes visibles fueran idénticas a la anatomía humana,  pero en las zonas que estaban ocultas por la ropa sencillamente no pusieron nada. Y eso fue lo que encontró Daisy cuando le tocó la entrepierna: nada.

            —Eh... –musitó, dando un paso atrás.

            —¿Es esto una norma social, costumbre o hábito? –preguntó el embajador.

            —Pero si no tienes... –Daisy sacudió la cabeza, alucinada-. ¿Cómo coño querías follar?

            De pronto, Quark lo comprendió.

            —¿Se supone que debemos copular? –preguntó.

            —¿Copular?... Sí, coño, a eso has venido, ¿no?, a echar un polvo.

            —No. He venido a encontrarme con tu líder.

            —Pero de qué líder hablas, no te entiendo...

            —Tu líder. El jefe, la autoridad, el caudillo, el preboste, el amo, el cacique, el pez gordo, el emperador, el zar, el rey, el césar, el faraón, el bajá de tres colas, el arconte, el mikado, el sátrapa, el sultán, el mandamás, el tirano, el paladín, el supremo, el kan, el presidente...

            —¿Obama? –le interrumpió Daisy.

            —Sí, Barak Obama –asintió Quark, sintiendo que por fin un rayo de luz perforaba las tinieblas-. ¿Es tu líder?

            —Es el presidente de Estados Unidos...

            —¿Podrías llevarme ante su presencia?

            —¿Quieres que te lleve a ver a Barak Obama?

            —Sí. Gracias.

            Daisy sacudió la cabeza. Aquel tipo estaba aún más loco de lo que parecía.

            —Pero hombre, si el presidente no vive en Nueva York.

            —¿No? ¿Dónde vive?

            —En Washington, en la Casa Blanca.

            Quark reflexionó durante unos segundos. Así que se había equivocado de ciudad... Bueno, eso tenía fácil solución.

            —Gracias amable señora –dijo, echando a andar hacia la salida-. Ahora tengo que ir a Washington. Adiós.

            —Espera, no te vayas... –intentó contenerle Daisy.

            —¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad! –repuso Quark.

            Y abandonó el apartamento.

            Daisy, por su parte, cogió a toda prisa el móvil y telefoneó a su proxeneta.

            —Se ha ido, Dog –dijo-. Le he dado escopolamina para dormir a un caballo, pero el tío ni se ha enterado.

            —Joder, ¿y por qué no le has entretenido? –replicó F-Dog.

            —Porque está capado, coño, es un eunuco. ¿Cómo quieres que le entretenga, jugando al ajedrez?

            —¿Un eunuco...?

            —Y está como una cabra. Quiere ver a Barak Obama y ha dicho que se va a Washington.

            En ese preciso instante, F-Dog vio que Quark cruzaba la calle, recorriendo a la inversa el camino por el que había llegado.

            —Vale, nena; luego hablamos.

            F-Dog guardó el móvil y echó a correr en pos del Santa Claus. Le alcanzó un par de manzanas más adelante.

            —Eh, colega, espera –le dijo, acercándose a él.

            Quark se detuvo.

            —¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad! –le saludó.

            —Sí, sí, felices fiestas y todo eso. Oye, colega, ¿qué pasa? ¿No te ha gustado Daisy? Porque tengo otras chicas que te volverán loco.

            —Daisy me ha ayudado mucho. Gracias.

            —Ya, pero no puedes irte así. Somos amigos, ¿no? Oye, ¿dónde está eso que hace oro? ¿Cómo lo llamabas?

            —Transmutador.

            —Sí, eso. ¿Dónde lo tienes?

            —En el saco.

            —¿Y qué más llevas ahí?

            —Una Placa Mnemónica y un Ultracubo. Son regalos para tu líder.

            —Pero mi líder está muy lejos. ¿Por qué no me los das a mí?

            —Porque tú no eres Barak Obama.

            F-Dog miró a su alrededor; la oscuridad era casi completa en aquella mal iluminada y solitaria zona del Bronx.

            —Ya, es cierto, no soy Obama –dijo-. Pero tengo esto.

            Sacó algo del bolsillo y el brillo de la hoja de un estilete destelló en la oscuridad. Quark miró el cuchillo, miró a F-Dog y dijo:

            —¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad!

            —¡Cállate hijo de puta!

            F-Dog nunca había matado a nadie, pero a fin de cuentas el asesinato era un paso lógico más en su camino a la cima del hip hop, así que se abalanzó sobre Quark y le propinó cuatro navajazos en el estómago.

            Pero sucedieron varias cosas decididamente extrañas. En primer lugar, la hoja del estilete penetró fácilmente en la pseudocarne, pero chocó a los pocos centímetros contra la coraza del robot. En segundo lugar, las heridas no sangraron. Por último, aquel loco vestido de Santa Claus se quedó completamente inmóvil, sin dar el más leve respingo ni exhalar siquiera un gemidito.

            —No soy comestible –dijo Quark.

            —Será cabrón...

            F-Dog habría preferido no hacer ruido, pero no le quedaba más remedio, de modo que sacó del bolsillo interior del abrigo una automática Glock de nueve milímetros y le descerrajó dos tiros en la cabeza.

            Las balas rebotaron inofensivamente contra la coraza del robot.

            —¿Es esto una norma social, costumbre o hábito? –preguntó Quark

            F-Dog se lo quedó mirando boquiabierto. Durante un instante, se le pasó por la cabeza que aquel tipo quizá fuese el auténtico Santa Claus. Pero no, sólo era el bicho más raro que había visto en su vida. Aunque no parecía tener muchas luces...

            —De acuerdo, colega, perdona –dijo, guardando la pistola-. Te había tomado por un terrorista, pero ya veo que eres legal. Escucha, yo soy miembro del servicio de seguridad del presidente.

            —¿Conoces a Barak Obama?

            —Claro, tío. ¿No ves que los dos somos negros? Aquí todos los negros nos conocemos.

            Eso sonaba lógico.

            —¿Podrías llevarme ante él? –preguntó Quark.

            —Sí, por supuesto. Pero hay un problema: las normas.

            —¿Qué normas?

            —Las de seguridad, colega. Es por esos regalos que llevas en el saco; alguno de ellos podría ser una bomba. No es que yo lo crea, ¿eh?, porque somos amigos y sé que eres un tío cojonudo, pero mis jefes andan con la mosca detrás de la oreja y no se fían de nadie. Es por los comunistas y por esos árabes locos que estrellan aviones contra los rascacielos, ya sabes. El caso es que no se le puede dar nada al presidente sin revisarlo antes.

            —¿Qué debo hacer? –preguntó Quark.

            —Te voy a ayudar, colega. Como he dicho, soy miembro del servicio secreto del presidente, y resulta que mi cuartel general secreto está aquí cerca. Allí pueden inspeccionar los regalos.

            —Vale. Llévame, por favor. Gracias.

            F-Dog sacudió la cabeza con fingida pesadumbre.

            —Lo siento, colega, pero tú no puedes ir.

            —¿Por qué?

            —Porque es un cuartel general secreto y si fueras dejaría de ser secreto.

            Eso también sonaba lógico.

            —¿Qué hago entonces?

            —Ya te he dicho que te iba a ayudar. Somos amigos, ¿no? Mira, tú me das el saco a mí, yo lo llevo al cuartel general, lo escaneamos y, cuando comprobemos que no hay nada raro, vuelvo a buscarte con los regalos y nos vamos los dos a Washington a ver el presidente. ¿Qué te parece?

            Quark reflexionó durante unos segundos.

            —De acuerdo –dijo, entregándole el saco-. Gracias.

            —No hay por qué darlas, colega –repuso F-Dog mientras se alejaba-. Tardaré diez minutos en volver, quince como mucho. Tú no te muevas de aquí.

            Y desapareció en la oscuridad de la noche.

            Tres horas y media más tarde, Quark llegó a la conclusión de que algo no marchaba bien. Quizá aquel humano había sufrido un accidente, o puede que practicase esa extraña costumbre terrestre de expresar cosas distintas a la realidad. En cualquiera de ambos casos, parecía muy improbable que pudiera recuperar los obsequios. Su misión había fracasado.

            El embajador se dio la vuelta y echó a andar de regreso a Kane’s Park. Llegó allí bien entrada la madrugada, subió al platillo, salió del robot, se sentó a los mandos y despegó. Nadie fue testigo de aquello, pues la zona estaba desierta y la nave espacial, como señalamos al principio de esta historia, era invisible.

            Una hora más tarde, cuando el platillo volador dejaba atrás las estribaciones del Sistema Solar, Quark tuvo que reconocerse a sí mismo que estaba un poco preocupado. No por el fracaso de su embajada –ya habría otras-, ni por la pérdida de la Placa Menmónica y el Transmutador –ambos objetos podían duplicarse con facilidad-; lo que le inquietaba era el Ultracubo. A fin de cuentas, contenía la energía de una estrella y si alguien lo abría...

            Pero, ¿quién iba a ser tan idiota para abrir un Ultracubo? Hacía falta estar muy loco para girar un cuarto a la izquierda la rueda del transfundidor, bajar la palanquita del generador de fluzo, desplazar arriba el mando del dimensionador, ignorar la luz violeta de peligro y pulsar sucesivamente el primer botón del energómetro, el tercero del flasher, el segundo del tripster y el quinto del rotor de fotoalimentación. Sólo así podía abrirse un Ultracubo, y nadie en su sano juicio haría tal cosa.

            Muy lejos de allí, a 7.529 millones de kilómetros de distancia, en su agradable apartamento del Bronx, F-Dog estaba sentado en el salón, con un cubo lleno de esferas de oro a sus pies. Porque, por increíble que pareciese, aquel gordo loco había dicho la verdad: ese chisme, el transmutador, convertía cualquier cosa en oro. Así que F-Dog había pasado las últimas horas introduciendo en el aparato todo lo que tenía en su casa, desde la tierra de las macetas hasta macarrones, azúcar, lentejas o cereales, y ahora tenía casi ocho kilos de oro puro.

            ¡Era rico y lo iba a ser aún más! Por fin podría comprar los contactos necesarios para triunfar en el mundo del espectáculo, tendría un Ferrari, y una mansión en Berverly Hills, y follaría con actrices de Hollywood. Esa iba a ser la mejor Navidad de su vida.

            Pero, por desgracia, ya no tenía a mano nada que pudiese meter por el orificio de entrada del transmutador (no se le ocurrió probar con agua, que también servía), así que lo dejó a un lado y examinó los otros dos objetos que había en el saco. La Placa Mnemónica le pareció sólo un trozo de metal y lo tiró a la basura (adiós a la más elevada ciencia y la más avanzada tecnología), pero el Ultracubo, sin embargo, le llamó la atención. Era pesado, y las cosas pesadas suelen ser valiosas, pero además estaba lleno de mandos con los que se podía jugar. Así que estuvo más de media hora manipulando aquel cacharro al buen tun tun sin que sucediera absolutamente nada.

            Cansado de ese juego, F-Dog probó por última vez. Giró un cuarto a la izquierda una ruedecita, bajó una palanca y desplazó un mando hacia arriba. De pronto, una luz violeta se encendió.

            Vaya, pensó F-Dog; por fin pasaba algo. Alentado por aquella novedad, se fijó en que había cuatro filas verticales con nueve botones cada una. Pulsándolos al azar, oprimió el primer botón de la primera fila, el tercero de la segunda, el segundo de la tercera y... y el quinto de la cuarta.

            Lejos de allí, en los confines del Sistema Solar, las alarmas del platillo volador comenzaron a sonar cuando la nave fue alcanzada por el brutal destello energético. Rápidamente, Quark conectó el telescopio y enfocó con él la Tierra, pero ya no había Tierra. En su lugar, una pequeña estrella brillaba con un intensísimo fulgor paulatinamente decreciente.

            —Vaya... –musitó Quark.

            Unos minutos después, cuando el resplandor se extinguió, de la Tierra y su satélite sólo quedaban cenizas.

            Pensativo, Quark desconectó el telescopio y perdió la mirada. Iba a tener que dar muchas explicaciones cuando volviese con los suyos...

            Hizo un gesto que era el equivalente alienígena de un encogimiento de hombros. En cualquier caso, y aunque no fuese un pensamiento muy apropiado para un ofiuco, tras las horas que había pasado con los humanos, Quark no albergaba la menor duda de que la desaparición del planeta Tierra y de la especie que lo habitaba tampoco suponían una gran pérdida.