12.24.2012

Supernavidad



Supernavidad

By César Mallorquí

Las grandes historias, y ésta lo es, suelen tener muchos comienzos distintos. Podríamos empezar, por ejemplo, relatando lo que ocurrió la noche del 25 de diciembre, cuando los cielos de la Tierra se llenaron de OVNIS. En el sentido literal de la palabra: Objetos Voladores No Identificados. ¿Una invasión extraterrestre? No, ni mucho menos; cuando finalmente los objetos fueron identificados, su naturaleza resultó infinitamente más extraña y perturbadora que cualquier flota de platillos volantes.

El caso es que miles de inexplicables objetos surcaron los cielos del planeta aquella noche. Uno de ellos sobrevoló Madrid hacia el oeste, en dirección al Palacio de la Moncloa. Dos cazas del ejército intentaron abatirlo, pero el objeto los hizo explotar en el aire mediante un rojizo rayo letal. Luego, deceleró y se posó suavemente en los jardines de la residencia del presidente. Al instante, docenas de agentes de seguridad lo rodearon apuntándole con sus armas.

Un hombre voluminoso, con barba y pelo largo, bajó lentamente del vehículo. En una mano llevaba una ametralladora Mk 48 y en la otra un saco; a su derecha había un extraño animal y a su izquierda un ser inverosímil. Los agentes amartillaron los percutores y le conminaron a que tirara su arma y se pusiera de rodillas. Ignorando la orden, el hombre esbozó una sonrisa torcida, escupió sobre la hierba y dijo:

—Venga, alegradme la noche...

Sí, podríamos comenzar por ahí; pero también podríamos retroceder unos días en el tiempo, hasta el instante en que Pablito encontró el cadáver de su padre junto a un frasco de barbitúricos vacío. O quizá sea mejor remontarnos mucho más atrás, al siglo XVIII, cuando el mago y alquimista Cornelius Meister decidió fabricar el talismán más poderoso jamás creado.

Fue el trabajo de toda una vida. Meister, nacido en Colonia en 1723, en el seno de una adinerada familia de mercaderes, se dedicó desde su más temprana juventud al estudio de las artes oscuras y la alquimia. En 1758, tras fallecer su padre y recibir la herencia que le correspondía como primogénito, Meister vendió el negocio familiar, se deshizo de su casa y de la mayor parte de sus bienes, y emprendió un viaje que duraría más de tres décadas. Por aquel entonces, Meister ya había asimilado todos los conocimientos posibles sobre nigromancia, y se consideraba, por tanto, capacitado para construir el objeto mágico más poderoso del mundo. No obstante, precisaba antes reunir los materiales necesarios para su confección, una larga serie de prodigiosos ingredientes que, por desgracia, se hallaban ocultos y desperdigados a lo largo y ancho del planeta.

Durante treinta y un años, Meister recorrió la mayor parte los países de Europa, y las estepas de Rusia, y las cumbres del Himalaya, y el árido altiplano tibetano, y la India, y Oriente Medio, y el norte de África, y finalmente España, pues era en Toledo donde residía el alquimista hebreo Ben Abbás, en cuyo poder se encontraba el último elemento que Meister necesitaba para construir su talismán: un fragmento de carbón de la zarza ardiente que se le apareció a Moisés en el monte Horeb.

Una vez adquirida esa reliquia a un precio exorbitante, Meister instaló su hogar y su laboratorio en una casa situada no muy lejos de la antigua Sinagoga del Tránsito, y se entregó en cuerpo y alma a la meticulosa elaboración del talismán. Tardó un año en concluir el trabajo.

Era un icono, una pintura que representaba el mandala más poderoso que Meister había descubierto durante su peregrinación por Tíbet y Nepal, pero reproducido como si se tratara de una vidriera gótica. Para realizarlo, uso, entre otros extraordinarios ingredientes, pigmentos tales como sangre de dragón, savia de mandrágora, polvo de hadas, tintura de salamandra, leche de quimera, aceite del Huerto de los Olivos o el nácar extraído de la cáscara de uno de los caracoles que cubrieron la cabeza del Buda para protegerle del calor. Y, por supuesto, carbón de zarza sagrada. Como lienzo utilizó un retal del manto del profeta Mahoma, y confeccionó el bastidor con cedro del Líbano extraído del Arca de la Alianza. Para el marco usó madera de otro arca, la de Noé, cuyo pecio encontró en la cumbre del monte Ararat. El hierro de los clavos era del martillo de Thor, y los adornos de bronce, con inscripciones de jeroglíficos egipcios, procedían del mágico caldero de Cerridwen.

Una vez terminado, el talismán no resultaba nada impresionante: un pequeño icono cuadrado de diecisiete centímetros de lado con un aspecto más extraño que bonito. Sin embargo, era el objeto más poderoso que jamás había existido sobre la Tierra, un objeto capaz de conceder un deseo cada cien años a cualquiera que lo pronunciara en voz alta frente a él.

En efecto, el icono parecía insignificante, pero Meister, que para entonces contaba sesenta y siete años de edad, notaba a flor de piel el inmenso poder que irradiaba. Así que, sentado en su laboratorio frente al talismán recién concluido, el alquimista se dispuso a formular su más anhelado deseo, que, como no podía ser de otra forma, era la eterna juventud.

Pero el azar es un bromista cruel, y justo en el instante en que abría la boca para formular el deseo, una vena se rompió en su cerebro y Meister se desplomó sobre el suelo, eternamente muerto en vez de eternamente joven.

Días después, encontraron su cadáver y lo enterraron en una fosa común. Sus bienes fueron robados y sus pertenencias vendidas. Nadie, por supuesto, conocía el poder del icono, así que fue pasando de mano en mano sin que persona alguna le prestara especial atención Y, curiosamente, nadie formuló un deseo frente a él; aunque eso no resulta tan extraño si tenemos en cuenta que el talismán estuvo la mayor parte del tiempo perdido en polvorientos almacenes, desvanes y tiendas de antigüedades.

Nadie formuló un deseo, en efecto... hasta la tarde del 24 de diciembre de 1912. Por aquel entonces, el icono estaba en poder de don Isidoro Fernández Tordesillas, a la sazón notario y registrador de la villa de Madrid, así como discreto miembro de una logia masónica. Don Isidoro lo había encontrado, cinco años atrás, en una chamarilería cercana a su casa. No sabía lo que era, y distaba mucho de parecerle decorativo, pero las inscripciones egipcias le recordaron los símbolos masónicos, así que lo compró por un duro y lo colgó en su despacho, perdido entre sus numerosos diplomas. Y durante cinco años nadie formuló un deseo; al menos no como debía formularse: de forma expresa y con total convicción.

Don Isidoro, aparte de notario, registrador y masón, era muy aficionado a los encantos femeninos. Estaba casado con doña Rosario Blázquez Cuenca, una devota dama de la burguesía madrileña con la que había tenido cinco hijos; lo que no le impedía mantener en secreto una larga serie de amantes, la última de las cuales era una joven costurera a la que había puesto un piso en la calle Leganitos.

Como dice el refrán popular, antes se pilla a un mentiroso que a un cojo, afirmación que vale también para los adúlteros promiscuos. El 24 de diciembre de 1912, alguien, quién sabe quién, puede que las malas lenguas, un amigo entrometido o quizá la propia costurera, alguien, como decíamos, le hizo llegar a doña Rosario, a media tarde, un mensaje anónimo que revelaba las infidelidades de su marido. Fue un acto de gran crueldad, si tenemos en cuenta que ese anónimo le había sido remitido nada más y nada menos que en un día tan entrañable como la Nochebuena.

El caso es que doña Rosario irrumpió en el despacho de su marido, donde éste se hallaba hojeando la prensa, y le echó en cara lo que había descubierto. En realidad, hacía tiempo que la buena mujer andaba con la mosca detrás de la oreja -el anónimo no había hecho más que confirmar sus sospechas-, así que la discusión fue monumental. Y en un momento dado, cuando el reloj de péndulo marcaba las cinco y veintiséis, doña Rosario, con lágrimas en los ojos y el corazón lleno de despecho, le espetó a su marido: “¡Ojalá te murieses!”.

Lo dijo frente al icono Meister. De forma expresa y con gran convicción.

Aunque nadie lo percibió, durante un instante la estructura misma de la realidad trepidó.

Y acto seguido, don Isidoro, como fulminado por un rayo, cayó muerto al suelo. El forense dictaminó que la causa de la deceso había sido un paro cardiaco, pero la viuda, doña Rosario, aunque se repetía a sí misma que aquello era obra del azar y la casualidad, no podía evitar albergar la nada desatinada sospecha de que entre su deseo de muerte y la muerte de su marido existía una relación de causa y efecto. Una idea aparentemente absurda que, en el fondo, reconozcámoslo, no le resultaba del todo desagradable.

Así se agotó el primer deseo concedido por el icono Meister, de modo que deberemos esperar cien años más para conocer el segundo, que es el que realmente nos interesa. Durante ese tiempo, el talismán, desprovisto temporalmente de poder, prosiguió su viaje a través del tiempo y el espacio, de propietario en propietario. Tras fallecer doña Rosario a finales de la década de los 40, el icono fue heredado por el hijo mayor, Gregorio, que lo tuvo almacenado en un desván durante más de cuarenta años.

En 1992, al morir Gregorio, el contenido del desván fue vendido y el icono acabó en un anticuario del Rastro, donde permaneció dieciséis años sin que nadie lo comprase. Hasta que un domingo de 2008 apareció por la tienda un hombre llamado Pablo Morán, acompañado por su hijo de cuatro años, y lo adquirió.

Pablo Morán tenía entonces treinta y ocho años, y trabajaba como administrativo en una caja de ahorros; pero su espíritu no era, ni mucho menos, el de un aburrido burócrata, sino el de un soñador. Pablo tenía alma de aventurero; fantaseaba con viajes a lugares lejanos y exóticos, con civilizaciones desaparecidas, con magia y hechizos, con aventuras más allá de la razón. Por eso se fijó en el icono, porque era antiguo y misterioso. Le preguntó cuánto valía al dueño de la tienda y éste, intentando sacar el máximo rendimiento a un objeto en apariencia invendible, respondió que cuatrocientos euros.

Pablo sólo llevaba encima ciento setenta y cinco, así que le dijo al dueño que ésa era la máxima cantidad que podía ofrecerle. El anticuario, harto de un artículo que llevaba más de tres lustros acumulando polvo en su tienda, aceptó al instante. Aquella tarde, ya en su casa, Pablo colgó el talismán en un rincón de la sala de estar, entre una estantería de Ikea y la reproducción de un cuadro de Lempicka. Al terminar, acarició la cabeza de su hijo y, señalando el icono, dijo:

—Mira, Pablito; quizá sea un objeto mágico.

No sabía lo acertado que estaba; en fin, el icono ya no era mágico, pero sólo faltaban cuatro años para que volviese a serlo. Aunque eso, claro, no lo sabía nadie.

Poco después, Pablo se arrepintió de aquella compra tan absurda e impulsiva. La crisis financiera llegó como un tsunami y se llevó por delante su empleo. Hubo un ERE y le pusieron en la calle junto a trescientos trabajadores más. Al principio se lo tomó con optimismo, pensando que pronto encontraría otro trabajo, pero no fue así. Pasó el tiempo y se acabó el subsidio, y él no dejaba de mandar currículos y solicitudes de empleo que jamás eran atendidas. Su mujer tuvo que empezar a trabajar, cuidando niños, limpiando casas, lo que fuese para intentar conseguir un poco de dinero. Pero Pablo no encontraba nada, era como si hubiese dejado de existir, como si se hubiese convertido en un fantasma intangible e invisible. Contaban con la ayuda de sus familias, claro, pero Pablo no podía soportar la vergüenza de ver cómo su mujer se mataba por un salario de miseria, de no poder darle a su hijo todo lo que le gustaría haberle dado, de sentirse un inútil sin presente ni futuro. Así que un día, tres años y medio después de perder su trabajo, durante la noche del 17 de diciembre de 2012, Pablo Morán tiró la toalla y se tragó un frasco entero de Pentobarbital.

Y así, por fin, llegamos a su hijo, Pablito Morán, el protagonista de esta historia, un chico normal y corriente de ocho años.

Aunque, para ser fieles a la verdad, Pablito no era del todo normal ni demasiado corriente, porque, pese a su corta edad, ya era un obseso, un fanático, un entusiasta de los cómics de superhéroes, quizá el friki más precoz de la historia. La culpa de esa desmedida afición la tuvo su padre, que había conservado todos sus tebeos de la niñez y se los leía a su hijo cuando éste todavía ignoraba las claves del alfabeto. De hecho, los recuerdos más antiguos de Pablito eran su padre leyendo en voz alta mientras él contemplaba hipnotizado las imágenes de aquellos héroes hipermusculados vestidos con ceñidos trajes de colores chillones.

Luego, cuando aprendió a leer, Pablito se sumergió por entero en el mundo de las viñetas. Como ya no dependía de su padre, dedicaba cada minuto libre de su existencia a leer y releer aquellos viejos tebeos, o los nuevos que le regalaban, o los que le prestaban sus primos. Su héroe favorito era Superman, porque le encantaba imaginarse a sí mismo con esos poderes, pero también le gustaba Batman, porque aunque no tenía poderes era más oscuro y siniestro. Y Spiderman, que siempre estaba de broma, y Iron Man con esa armadura tan chula, y Los 4 Fantásticos, y Hulk, y Linterna Verde, y el Capitán América, y Wonder Woman, y Flash, y Lobezno, y Daredevil, y los X-Men, y el Doctor Extraño, y Flecha Verde... La lista de sus personajes favoritos era vasta y variada. Y no sólo se trataba de tebeos, claro, sino también de las películas de superhéroes que le había regalado su tío Óscar y que veía una y otra vez en el reproductor de DVD’s. Pablito había nacido en una época dorada para los aficionados a los vigilantes enmascarados.

Aquella pasión suya por los tebeos parecía inofensiva, y sus padres la contemplaban con simpatía, pero daba pie a ciertas confusiones, como por ejemplo en lo que atañe a la divinidad. Sus padres no eran especialmente religiosos –o lo eran de una forma vaga-, así que nunca le inculcaron creencia alguna. Aún así, Pablito había oído hablar de Cristo, como es natural; pero lo había interpretado a su manera. Como si fuera un superhéroe. Además, por lo que sabía, la historia de Cristo se parecía un poco a la de Superman. Los dos tenían padres que estaban en el cielo. Los dos vivían en familias de adopción. Los dos tenían identidades secretas -Superman era Clark Kent, un periodista, y Cristo era Jesús de Nazaret, un carpintero (aunque a veces también se hacía llamar Mesías)-. Los dos defendían a los débiles y luchaban contra la injusticia. Los se enfrentaban a supervillanos, como Lex Luthor, o Satanás y los romanos. Los dos tenían superpoderes...

Ahí la cosa se complicaba un poco. Los poderes de Superman estaban claros, pero los de Cristo no tanto. Caminaba por las aguas -eso molaba-, y curaba a los enfermos, y hacía magia, aunque no mucha. No estaba claro si volaba o no. Y había muerto y luego resucitado, algo que solía pasarle a los superhéroes, incluido Superman. Ah, y Cristo tenía una mascota, un pájaro. Lo malo es que era una paloma. Porque un águila o un halcón infunden respeto; pero, ¿una paloma?... Aunque, claro, puede que la mascota de Cristo fuese una enorme paloma gigante con garras de adamantium.

En cualquier caso, ¿Cristo tenía superfuerza? ¿Y para qué servía la cruz? Bueno, era su emblema, como la S de Superman, la araña de Spiderman o el murciélago de Batman; pero, aparte de eso, ¿qué utilidad tenía? Dada su forma de avión, quizá Cristo la usase para volar. Aunque también parecía un mazo, como el martillo de Thor, así que Pablito se imaginó al Mesías machacando romanos a base de contundentes golpes de cruz.

Un día, Pablito vio en un mercadillo un tebeo que contaba la vida de Jesús y lo compró, contento de haber encontrado por fin la respuesta a todas sus dudas. Sin embargo, tras leerlo atentamente, la única conclusión a la que llegó es que Cristo, como superhéroe, era muy aburrido. Y se olvidó por completo del asunto.

Hasta la Navidad de 2011, cuando tenía siete años y una duda se clavó en su mente. Poco antes de Nochebuena, fue en busca de su padre y le preguntó:

—Santa Claus y los Reyes Magos le traen regalos a todas las familias, ¿no papá?

—Claro.

—¿Y cuántas familias hay en el mundo? ¿Millones?

—Supongo.

—Entonces, si tienen que llevar regalos a millones de familias en una sola noche, ¿cómo lo hacen? No puede darles tiempo...

Pablo sonrió; ésa era la típica pregunta que tarde o temprano todos lo niños formulan, así que le ofreció la misma respuesta que muchos años atrás le había dado su propio padre (que también era un soñador):

—No olvides que son mágicos, Pablito. Pueden estar en muchos lugares a la vez.

Pablito se quedó con la boca abierta. Ese don, la ubicuidad (aunque no conocía la palabra, sí el concepto), era muy parecido al superpoder de un superhéroe. Además, ahora que caía, Santa Claus, aparte de volar, tenía su casa cerca del Polo Norte, igual que la Fortaleza de la Soledad de Superman. A lo mejor eran vecinos... Y en cuanto a los Reyes Magos, qué demonios, eran magos, ¿no?, como el Doctor Extraño, el Doctor Fate o Zatanna. A Pablito nunca se le había ocurrido incluir a Santa, Melchor, Gaspar y Baltasar en la categoría de “superhéroes”, pero era indudable que poseían superpoderes. Cierto es que carecían de identidades secretas, pero no todos los superhéroes las tienen, como Estela Plateada o Los 4 Fantásticos. En realidad, el único problema era que no luchaban contra el mal; regalaban cosas, lo cual estaba muy bien, pero no repartían tortas entre los villanos.

—Además –prosiguió Pablo-, no están solos. A Santa Claus le ayudan los elfos Bendegums, y a los Reyes Magos sus pajes. Y no son los únicos que reparten regalos. Por ejemplo, en el País Vasco lo hace el Olentzero, en Italia Santa Lucía o la Bruja Befana y en Alemania quien trae los regalos es el Niño Jesús. Eso en cuanto a los niños que se han portado bien, claro, porque ¿sabes lo que les pasa a los que se portan mal?

—Les traen carbón.

Pablo negó con la cabeza.

—Eso es una leyenda –dijo-. En realidad, en el trineo de Santa Claus viaja alguien más: un demonio llamado Krampus que castiga a los niños que han sido malos. –Le guiñó un ojo-. Pero tú has sido bueno, ¿verdad Pablito?

El niño asintió. Claro que era bueno; a fin de cuentas, procuraba seguir fielmente la ética de los superhéroes, lo que le obligaba a hacer todo lo posible por incrementar su fuerza y su valor, colaborar con la justicia, mantener en absoluto secreto el código de los superhombres y observar todos los principios del buen ciudadano, como rezaba el juramento de los Supermen de América.

Tras despedirse, Pablito fue a su dormitorio, se tumbó en el suelo y, mientras jugaba con una figurita articulada de Superman, simulando que volaba, reflexionó sobre lo que le había contado su padre. Había sido una charla muy reveladora, sobre todo en lo que respecta a Santa Claus. Al parecer, le acompañaba un demonio vengador, Krampus, así que en cierto modo Santa sí que era un justiciero. Pero, por lo visto, sólo hacía justicia entre los niños, lo que no resultaba ni demasiado valeroso ni excesivamente justo. ¿Por qué sólo a los niños? ¿Acaso los adultos no se portaban mal?

Otra cuestión interesante era que el Niño Jesús también repartía regalos. En la mente de Pablito, como sabemos, había cierta confusión entre Cristo y Superman, así que supuso que el Niño Jesús era el equivalente a Superboy. Pero el Niño Jesús repartía millones de regalos en una sola noche, así que debía de poseer el superpoder de la ubicuidad, y como Cristo era el Niño Jesús de mayor, también debía de tenerlo. Así pues, Clark Kent, alias Superman, tenía superfuerza, rayos X en los ojos y podía volar, mientras que Jesús de Nazaret, alias Cristo, caminaba sobre el agua, hacía magia y podía estar en muchos sitios distintos a la vez. Ah, y Superboy tenía un superperro llamado Krypto, mientras que al Niño Jesús le acompañaba una superpaloma llamada Espíritu. Todo cuadraba.

Y así, de esa sencilla manera, el muchacho concilió la teología con los superhéroes.

Un año más tarde, el 17 de diciembre, Pablito se despertó a las seis menos cuarto de la mañana, mucho más temprano de lo habitual. No sabía qué le había desvelado, pero se sentía raro, como Spiderman con el instinto arácnido zumbando a toda pastilla. Aún no había amanecido y hacía frío. Se puso las zapatillas y, al salir al pasillo vio que había una luz encendida en la sala. Se dirigió allí, abrió la puerta, y vio a su padre sentado en el sofá, inerte, con la cabeza caída sobre el pecho. Encima de la mesa, un vaso con un poco de agua y al lado un frasco vacío de Pentobarbital.

Pablito no sabía lo que eran los barbitúricos, ni lo que ese frasco vacío significaba. Tampoco entendía por qué su padre estaba tan inmóvil, ni por que no abría los ojos cuando intentaba despertarle, ni por qué tenía la piel tan fría. Asustado, corrió a despertar a su madre. Luego, todo fueron gritos, llanto, lamentos y confusión.

Su padre había muerto, eso decían. Pero Pablito no podía creérselo; su padre no estaba enfermo, ni había sufrido un accidente, no le pasaba nada. ¿Cómo podía morirse, así, de repente?

Tres días más tarde, después de celebrarse el funeral, un grupo de amigos y familiares se reunió en la casa. Pablito estaba harto de que le acariciaran la cabeza o le pellizcaran las mejillas, así que hizo todo lo posible por pasar inadvertido, como por ejemplo ocultarse debajo de una mesa del salón. Y fue allí, cuando todos creían que él no estaba, donde escuchó algo que le llenó de desconcierto. Decían, entre susurros, que su padre se había suicidado.

Suicidio. Pablito conocía esa palabra; significaba matarse a uno mismo. Pero eso era absurdo, ¿por qué iba a querer matarse su padre? No tenía sentido. De modo que, cuando todo el mundo se fue, Pablito se lo preguntó directamente a su madre. “¿Papá se ha suicidado?”. La pobre mujer tragó saliva y lo negó enérgicamente, pero había algo en ella -el temblor de los labios, las lágrimas agolpándose en la frontera de los párpados- que desmentía sus palabras. Pablito no la creyó, pero tampoco se atrevía a no creerla.

Al día siguiente, por la mañana, fue a verle el buenazo de su tío Óscar, el hermano de su padre. Le traía una pila de nuevos cómics de superhéroes y el DVD de la película de Los Vengadores.

—Aún no es Navidad... –dijo el niño.

—No son regalos de Navidad –respondió tío Óscar-. Son regalos porque sí, porque somos amigos.

Estaban solos en el cuarto de Pablito, sentados en la cama. El niño contempló los tebeos y el DVD y luego miró a su tío con gran seriedad.

—¿De verdad somos amigos? –preguntó.

—Claro que sí, ya lo sabes.

—Entonces no puedes mentirme. ¿Papá se suicidó?

El hombre parpadeó un par de veces.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Lo he oído. Mamá dice que es mentira, pero me parece que es porque cree que soy demasiado pequeño. ¿Me cuentas la verdad, por favor?

Tío Óscar desvió la mirada y respiró profundamente.

—Sí –dijo en voz baja-; tu padre se suicidó.

Pablito sintió que se le retorcía el estómago.

—¿Por qué? –dijo.

El hombre tardó mucho en responder.

—¿Sabes, Pablito? –repuso al fin-; en realidad no quería matarse, pero le obligaron a hacerlo. ¿Has oído hablar de la crisis económica?

—Sí.

—¿Sabes lo que es?

—La gente no tiene dinero.

—Exacto. Las empresas despiden a sus empleados, como le pasó a tu padre, y no hay trabajo ni dinero; muchos incluso se quedan sin casa. Pero ¿sabes por qué se produjo la crisis?

—No.

—Pues porque hay gente, personas malas, que se aprovechan de los demás. Son monstruos con forma humana que no tienen piedad y sólo les mueve la codicia. Quieren tenerlo todo, quedárselo todo, como si pudieran comerse el mundo. Ellos abusaron de la gente buena, de los débiles; les engañaron. Ellos cambiaron las reglas para ganar siempre. Ellos arruinaron la economía. Ellos acorralaron a tu padre, le quitaron todo lo que tenía, incluso la esperanza, y le obligaron a matarse.

—¿Quiénes son?

Tío Óscar se encogió de hombros.

—Los amos del universo –respondió con amargo sarcasmo-. Banqueros, políticos, financieros, empresarios, constructores, millonarios... los que tienen poder. Y sus lacayos, claro.

—Pero si son tan malos, ¿por qué no los detiene la policía?

—Porque son muy poderosos, Pablito, y están por encima de la ley.

—¿Como si fueran supervillanos?

El hombre asintió.

—Así es –dijo; y tras un suspiro añadió-: Los supervillanos mataron a tu padre.

Hubo un largo silencio. De pronto, Pablito advirtió la lágrima que resbalaba por la mejilla de su tío, así que se acercó a él, le besó y le dio las gracias. Por los tebeos, por la película y por la verdad.

Aquella noche a Pablito le costó conciliar el sueño; tenía muchas cosas en las que pensar. Desde la muerte de su padre, ahora se daba cuenta, no había derramado ni una lágrima. Pero es que los superhéroes no lloran, luchan por lo que creen justo en vez de quedarse en un rincón gimoteando como nenazas. Además, ahora sentía muchísima más rabia que pena, una rabia infinita que le estrangulaba el corazón y le robaba el aliento.

Pablito encendió la luz de la mesilla, bajó de la cama, cogió de un estante todas sus figuras articuladas de superhéroes –más de cuarenta-, las puso sobre la colcha y se quedó mirándolas. Si pudiera convocar a aquellos enmascarados para que castigaran a los supervillanos... pero no podía. Por mucho que adorase los cómics, Pablito era plenamente consciente de que los superhéroes no existían. Sólo eran dibujos en un papel, o actores disfrazados, porque en el mundo real no había superhéroes. Aunque sí supervillanos, lo cual se le antojaba tremendamente injusto.

Abrumado por la frustración, Pablito volvió a poner las figuras en su lugar, se metió en la cama y apagó la luz. Se sentía impotente; deseaba con todas sus fuerza hacer algo, pero no sabía qué ni cómo. Entonces, cuando estaba a punto de sucumbir a lo peor que puede sucumbir un superhéroe –echarse a llorar-, tuvo una idea. Los vigilantes enmascarados no eran reales, pero había otros seres igual de poderosos que sí lo eran... ¡Bingo! Había encontrado la solución.

Así fue como un niño de ocho años dio el primer paso hacia la más extraña crisis mundial de la historia.

El plan que había elaborado Pablito comenzó al día siguiente, cuando su madre fue a verle y le dijo:

—Con todo lo que... lo que ha pasado, se nos ha olvidado escribir la carta a Papá Noel. ¿Lo hacemos ahora?

El niño negó con la cabeza.

—No quiero ningún regalo.

—Pero, ¿por qué? Venga, no digas tonterías; eres un niño y en Navidad los niños deben tener regalos.

—No voy a pedir nada. Y no puedes obligarme

La mujer vio tal determinación en el rostro de su hijo que no fue capaz de seguir insistiendo.

—Bueno, como quieras –aceptó-. Pero supongo que, de todas formas, Papá Noel te dejará algún regalo sorpresa...

—Pues no pienso abrirlo. No quiero regalos, mamá.

Y así quedó zanjada la discusión. La mujer, cansada de estar cansada, suspiró y abandonó el cuarto, pensando que su hijo aún estaba muy afectado por la muerte de su padre, y confiando en que, gracias a su juventud, pronto lo superaría.

Estaba equivocada. Pablito sí que quería un regalo, pero no un regalo cualquiera, sino la clase de regalo que no se le puede contar a una madre, porque lo impedía el código de los superhéroes.

Vale, de acuerdo, los vigilantes enmascarados no existen. No hay un Superman, ni un Capitán Marvel, ni un Spiderman. Pero hay otros personajes con superpoderes que sí existen en la vida real: Santa Claus, los Reyes Magos y el Niño Jesús. Bueno, un compañero de clase le había dicho a Pablito que ni Papá Noel ni los Reyes Magos existían, y que los regalos los ponían los padres; pero eso era imposible. Todo el mundo decía que eran reales, y todo el mundo no puede estar equivocado, ¿verdad?

Claro que existían Santa, el niño y los magos; lo que pasaba es que no habían desarrollado todo su potencial. Tenían superpoderes –lo de la ubicuidad molaba un montón-, pero en vez de utilizarlos para luchar contra el mal, los empleaban en premiar o castigar a los niños, lo que a esas alturas a Pablito le parecía una completa estupidez, un despilfarro de poderes. Porque, vamos a ver, por muy malo que fuese un niño, ¿qué daño podía hacer? Muy poco, y desde luego no el suficiente para justificar la intervención de seres con poderes sobrehumanos. Santa, el niño y los magos tenían muy buenas intenciones, qué duda cabe, pero habían perdido el norte. Podían hacer mucho más de lo que hacían. Y él, Pablito, iba a corregir su error.

Bastaba con solicitar el regalo adecuado.

Por eso Pablito no quería pedir nada más, para no desperdiciar obsequios y centrarse sólo en lo que realmente importaba. Y por eso eligió la víspera de Navidad para formular su deseo, porque así, haciéndolo en el último momento, se aseguraría de que lo tuvieran muy fresco en la memoria los superseres a quienes estaba destinado.

La noche del 24 cenarían en casa con los tíos y los abuelos, así que la madre de Pablito se encerró en la cocina por la tarde y comenzó los preparativos, ocasión que Pablito aprovechó para llevar adelante su plan en soledad y sin interrupciones. A las cinco y veinte, fue al salón y descolgó del árbol una figurita que representaba a Papá Noel; luego, se aproximó al Belén y se quedó mirándolo. Melchor, Gaspar y Baltasar, con sus camellos y sus pajes, eran como un superequipo, pensó; como la Liga de la Justicia, o los Cuatro Fantásticos. Podrían llamarse “Los Tres Fabulosos”, “Los Reyes de la Justicia”, o algo así. Además, como venían de oriente, seguro que sabían kung fu, como el superhéroe Puño de Hierro.

Por desgracia, los Reyes Magos llegaban el seis de enero, y Pablito no quería esperar tanto tiempo, así que no tuvo más remedio que prescindir de ellos. Serían su plan B, por si fallaba el de aquella noche. No obstante, el Niño Jesús, igual que Santa Claus, repartía regalos el 25, así que cogió la pequeña figurita del bebé que descansaba en la cuna del pesebre, se dirigió al sofá donde había muerto su padre y puso sobre él las figuras de Santa y de Niño.

Estaba a un metro escaso de distancia del Icono Meister que colgaba de la pared.

Pablito se arrodilló y abrió la boca para pedir el regalo que más deseaba, el más importante de su corta vida: justicia para su padre. Si lo hubiera hecho en ese momento, no habría pasado nada, porque eran las cinco y veinticuatro de la tarde, y aún faltaban dos minutos para que el talismán recuperara su poder. Pero en el último instante, Pablito se interrumpió. Había algo que no estaba bien.

Iba a pedir justicia, pero ¿era eso lo que quería? Si fuera Superman, sí, sin duda querría justicia. Pero él no era Superman; su historia se parecía mucho más a la de Batman. Bruce Wayne, de niño, había presenciado cómo un ladrón asesinaba a su padres, y por eso de mayor se había convertido en justiciero. Era casi lo mismo que le había pasado a él. Así que, por primera vez en su existencia, Pablito se sintió más identificado con el hombre murciélago que con el hombre de acero. Y Batman no querría justicia. Batman exigiría venganza.

Ah, “venganza”, una palabra afilada como una cuchilla de afeitar. Si Pablito hubiera pedido justicia, las cosas habrían sido muy diferentes; pero no lo hizo, y eso cambió al mundo.

En ese momento, a las cinco y veintiséis, ocurrió: se cumplió un siglo desde el último (y primer) deseo, y el talismán recuperó su inmenso poder. Si Pablito hubiera sido un iniciado, como Cornelius Meister, habría sentido la intensa aura mágica como un cosquilleo eléctrico en la piel; pero sólo era un niño normal y corriente, así que no notó nada.

Pero sí tomó una decisión. Abrió la boca y formuló su deseo:

—Voy a pedirte algo muy importante, Santa Claus. A ti, Niño Jesús, nunca te he pedido nada, pero te lo voy a pedir ahora. Unos supervillanos mataron a mi padre, ahí, donde estáis vosotros. La policía no puede hacer nada, porque los malos son muy poderosos, y eso no es justo. Pero vosotros sois más poderosos que ellos y por eso el regalo que os pido es que venguéis a mi padre y castiguéis a los supervillanos. Por favor, por favor, por favor, hacedme ese regalo...

Ese fue su deseo. Lo formuló frente al Icono Meister de forma expresa y con profunda convicción.

Cien años antes, cuando el talismán concedió el primer deseo, la realidad trepidó casi imperceptiblemente. Pero hacer que a un notario cuarentón y pasado de peso le diese un infarto no era nada comparado con lo que había pedido el niño, pues el deseo de Pablito suponía alterar severamente unas cuantas leyes de la física. Así que, durante unos segundos, la realidad onduló, se plegó, se retorció, crujió y se arrugó, para desplegarse acto seguido con algunas de sus reglas básicas corregidas. Pablito notó aquel terremoto dimensional, pero lo tomó como una buena señal. Lo cierto es que el inusitado fenómeno fue percibido por todos los seres humanos que pueblan el planeta y, aunque nunca se pudo explicar, no pocos llegaron a la –acertada- conclusión de que entre el fenómeno y los terribles sucesos acontecidos aquella noche existía algún misterioso vínculo.

Tras formular el deseo, Pablito volvió a poner las figuras en su lugar y se fue a su cuarto para seguir leyendo los cómics que le había regalado tío Óscar. Aquella noche, después de la cena familiar, Pablito se fue temprano a la cama. Estaba nervioso y expectante, pero también cansado, de modo que se durmió nada más cerrar los ojos.

A las doce en punto de la noche del 25 de diciembre de 2012, los cielos del planeta se llenaron repentinamente de objetos voladores no identificados.

Y así volvemos al comienzo de esta historia. Uno de esos objetos aterrizó en los jardines del Palacio de la Moncloa y de él descendió un hombre voluminoso con un fusil de asalto y un saco, acompañado por dos extraños seres. Lo que no dijimos entonces es que aquel objeto volador era un trineo tirado por nueve renos, ni que los dos seres extraños eran un diablo denominado Krampus y un reno llamado Rudolph, ni que el hombre voluminoso (en realidad gordo) tenía el pelo y la barba canos e iba vestido de rojo y blanco. Era Santa Claus, San Nicolás, Papá Noel, como queramos llamarle; el afable y bondadoso anciano que traía juguetes a los niños. Pero ahora la expresión de su rubicundo rostro distaba mucho de ser afable y mucho menos bondadosa.

—Venga, alegradme la noche... –les dijo a los agentes de seguridad que le rodeaban apuntándole con sus armas, al tiempo que les encañonaba con la suya.

Los agentes comenzaron a disparar y no dejaron de hacerlo hasta vaciar los cargadores. No sirvió para nada: las balas rebotaban inofensivamente contra aquellos tres seres imposibles. Entonces Santa dijo:

—¡Jo, jo, jo!

Y abatió de una ráfaga a la primera línea de agentes. Simultáneamente, Krampus, el demonio con cuernos de antílope y el rostro cubierto por una máscara de madera, se abalanzó sobre los guardias y comenzó a despedazarlos con su afiladas garras. En cuanto a Rudolph, su morro se iluminó y de él brotó una especie de rayo láser rojo que segaba los cuerpos por la mitad como si fueran de mantequilla.

Apenas diez segundos después, no quedaba ningún agente vivo en los jardines de la Moncloa. Sin decir nada, Santa Claus y sus dos acompañantes echaron a andar hacia la residencia del Presidente de Gobierno. Encontraron resistencia, por supuesto, y puertas cerradas a cal y canto; pero la resistencia fue neutralizada y las puertas volaron por los aires gracias al lanzacohetes que Santa extrajo de su saco.

Finalmente, llegaron al bunker subterráneo donde las fuerzas de seguridad habían ocultado al Presidente y a su familia. La puerta era de acero de veinte centímetros de grosor, pero el rayo letal de Rudolph apenas tardó un minuto en abrir en ella un agujero de dos metros de diámetro. Los guardias que protegían el bunker les dispararon desde el interior, pero Krampus se abalanzó sobre ellos y los hizo trocitos en un santiamén. Entonces, Santa Claus entró en el refugio con lentitud y se encaró con el Presidente, que estaba en un rincón, mirándole con estupor –aunque lo cierto es que el Presidente siempre parecía estupefacto-.

—Has sido muy malo, Mariano –dijo Santa Claus, encañonándole con su fusil-. Eres cómplice de la muerte de Pablo Morán.

—¿Qui-quién es Pablo Morán? –balbuceó el Presidente.

—Eso es lo peor de todo –repuso Santa Claus-; que ni siquiera sabes quién es.

Y apretó el gatillo. El Presidente cayó al suelo en medio de un charco de sangre, convertido en el cadáver más atónito del mundo.

Mientras esto sucedía, una miríada de clones de Santa Claus llevaron a cabo una sucesión de ataques simultáneos cuyos objetivos eran todos los miembros del gobierno, desde ministros hasta jefes de gabinete, pasando por los distintos gobiernos autonómicos y municipales (y sin olvidar a los dos Presidentes anteriores y sus gabinetes). Pero aquella masacre no se limitó a los políticos ni a España, no, ni mucho menos. Ocurrió en gran parte del planeta y a una variada gama de personas.

De hecho, el país que más ataques de Santas sufrió fue Estados Unidos (cuyos cazas y misiles fueron destruidos en el aire por los rayos letales de los Rudolph), seguido muy de cerca por la Unión Europea. En el resto de las naciones, las incursiones fueron mucho menos numerosas, pero no menos sangrientas. Aquel insólito ejército de Santa Claus se desperdigó por el mundo irrumpiendo en mansiones privadas y edificios públicos, acabando con la vida de políticos, sí, y banqueros, y financieros, y empresarios, y constructores, y millonarios, e inversores, y brokers, y economistas, y ejecutivos, y especuladores, así como, en menor medida, representantes de una variada gama de oficios que iba desde periodistas hasta contables, pasando por policías, funcionarios, jueces y abogados.

La única excepción a este desastre fue Alemania; no en cuanto a número de muertes, ni en la atrocidad de las mismas, pues Alemania y España fueron los países de la Unión Europea con mayor cantidad de víctimas. Sin embargo, por los cielos de Alemania no voló ni un solo Santa Claus. En su lugar, una horda de Niños Jesús se abatió sobre el país como una plaga. Dicen que los cuerpos despedazados de los miembros del gobierno se encontraron desperdigados en un radio de doce kilómetros alrededor del Bundestag, y que el castigo que sufrió la clase financiera e industrial germana superó con creces los horrores de la Segunda Guerra Mundial. No obstante, no fueron los Niños Jesús quienes causaron directamente aquellas muertes, sino sus sanguinarias mascotas, una escuadrilla de gigantescas palomas mutantes con garras de adamantium.

Más adelante, los terribles acontecimientos de aquella noche fueron denominados la Gran Masacre de Navidad. Dado el carácter tan global y disperso del suceso, nunca se llegó a determinar con exactitud el número total de víctimas, aunque los cálculos más conservadores las estimaban en entre seis y nueve millones. Cómo es lógico, nadie encontró jamás una explicación medianamente plausible a lo que había pasado; sobre todo cuando, al analizar las múltiple grabaciones y fotografías que se habían realizado de los Santa Claus, se descubrió que no eran distintas personas disfrazadas de la misma manera, sino la misma persona repetida millones de veces (y lo mismo podía decirse de los demonios, los trineos, los renos, los Niños Jesús y las palomas mutantes).

Eso no quiere decir, por supuesto, que no se propusieran cientos de explicaciones, a cual más estrafalaria, desde una invasión extraterrestre hasta la profecía maya, aunque finalmente la teoría más aceptada fue la más sencilla: un castigo divino. Porque a nadie se le escapó que la práctica totalidad de las víctimas pertenecían a la élite económica o a la clase política, así que una cruzada divina para castigar varios pecados capitales entraba dentro de lo razonable.

Dada la capital relevancia de los fallecidos, y su inmenso número, muchos creyeron que el mundo entraría en una crisis aún más profunda que la ya existente, pero no fue así. La humanidad, igual que la naturaleza, detesta el vacío, de modo que una nueva generación de hombres y mujeres ocupó con rapidez los puestos que habían dejado vacantes las víctimas de la Masacre de Navidad.

Pero no hay mayor moralista que el miedo, y la idea del castigo divino se había instalado sólidamente en el inconsciente colectivo, así que esa nueva generación de oligarcas y políticos comenzó a gobernar el mundo de una forma más justa, social y humana. No porque fueran mejores que los anteriores, ni más justos, ni más sociales, ni más humanos, sino sencillamente porque estaban literalmente acojonados ante la posibilidad de que los Santa Claus volviesen (ese es el efecto que suelen provocar los superhéroes). Así fue cómo el mundo, tras una de las masacres más bárbaras y extrañas de la historia, recuperó la esperanza e inició una nueva era de paz y prosperidad.

Pero, ¿y Pablito? Pablito era el niño más feliz del mundo. Se sentía como Batman después de darle una paliza al Jocker.

Y así, amigos míos, concluye este meritorio cuento, al que lo único que cabe reprochar es que sólo sea eso, un cuento.

12.24.2011

Todos los pequeños pecados (Cuento de Navidad)


Todos los pequeños pecados
 
César Mallorquí


Como venía ocurriendo desde hacía casi un mes, Enrique despertó en mitad de la noche y ya no pudo volver a conciliar el sueño.


Tumbado boca arriba sobre la cama, con los ojos perdidos en la oscuridad, escuchó la cadenciosa respiración de Alicia, que dormía profundamente a su lado, y experimentó un acceso de rabia, como si el plácido sueño de su mujer fuera una afrenta, y a punto estuvo de despertarla, pero desechó el impulso con un suspiro y pensó en tomar una pastilla. Lo malo era que el químico sueño inducido por el Valium no solo carecía de la textura del descanso verdadero, sino que además le sumía, al despertar, en un desagradable estado de aturdimiento que solía prolongarse durante todo el día. No, nada de pastillas, decidió.


Harto de contemplar el vacío, se levantó de la cama, abandonó el dormitorio procurando no hacer ruido, preparó un vaso de cacao caliente en la cocina y se dirigió a la sala de estar para leer un poco, o para ver la tele, o para escuchar música, o para hacer cualquier cosa que pudiera relajarle, pero la familiar atmósfera del salón se le antojaba ahora tan fría y deprimente como la de un mausoleo, así que a eso de la cinco de la madrugada, abrumado por el silencio, se vistió, salió de la casa y comenzó a deambular sin rumbo fijo por las mudas y desiertas calles.


Las farolas dibujaban conos de luz amarillenta en el negro lienzo de la noche, los semáforos alternaban guiños rojos, verdes y ámbar, regulando un trafico ausente; las luces navideñas que adornaban las calles estaban apagadas. El lejano ulular de una ambulancia sonó como el lamento de un animal herido. Aunque era sábado y la ciudad todavía no había comenzado a despertar, Enrique se cruzó con otras personas, no muchas, que como él habitaban la madrugada. Noctámbulos y juerguistas camino de sus hogares, cazadores y pescadores cargados con sus aperos de muerte, prostitutas cansadas de alquilar amor, jóvenes chaperos de ojos viejos, barrenderos, mendigos durmiendo entre cartones, policías a lomos de blancos corceles de metal. El territorio de la noche estaba poblado por una exótica fauna, criaturas pálidas que hacían de la oscuridad su refugio.


Pero Enrique no amaba la noche; había sido desterrado a ella, era un forastero en tierra extraña. Algo le había expulsado del dulce país de las sábanas, robándole el sueño y el descanso, pero ¿qué era? No había causa orgánica para su insomnio, eso había dicho el médico; todo se debía a la tensión y al estrés. Sin embargo, a Enrique no le parecía que en su vida hubiese tantos problemas como para justificar aquel desvelo. Su familia era razonablemente feliz, el trabajo satisfactorio e incluso ahora, con sus cuatro décadas y media de edad, la crisis de los cuarenta quedaba ya lejos.


Entonces, ¿por qué no podía dormir?


A medida que agonizaba la noche, mientras el cielo clareaba por el este, la ciudad comenzó a sacudirse la pereza de su letargo y, poco a poco, vehículos y peatones fueron multiplicándose, al tiempo que bares y kioscos de prensa anunciaban su apertura con cetrinas luces de neón. Hacía frío. Al llegar a una plaza, poco después de las siete de la mañana, Enrique vio una cafetería abierta y se dirigió a ella con la intención de tomar algo caliente. Caminaba abstraído, con la vista fija en el suelo, sumido en sus erráticos pensamientos, y quizá por eso no se percató de la extraña escena que allí tenía lugar, hasta que alguien tropezó con él; entonces Enrique alzó la cabeza y sus ojos atraparon la falsa mirada oriental de un joven cuyos rasgos hablaban del síndrome de Dawn. Sorprendido y asustado, retrocedió unos pasos, miró en derredor y advirtió con creciente alarma que una pequeña multitud de discapacitados mentales, quizá medio centenar, le rodeaba.


—No debe tenerles miedo -dijo entonces una mujer de pelo cano y sonrisa afable que se hallaba próxima a él, de pie junto a un autobús aparcado.


Desconcertado, Enrique contempló las miradas infantiles instaladas en rostros viejos, los ojos oblicuos y los labios entreabiertos, los rasgos carentes de inteligencia, los torpes movimientos, y se preguntó con desazón qué demonios hacía ahí aquella caterva de tarados. En esos términos pensó: “tarados”. Entonces, al reparar en el autobús, comprendió que debía de tratarse de una excursión organizada por alguna clínica o asilo.


—De todas las personas que hay en el mundo -prosiguió la mujer mientras ayudaba a subir al vehículo a una chica de rasgos mongoloides-, estos muchachos son los que menos temor deben inspirarle. No hay en ellos más que inocencia.


Enrique musitó atropelladamente una excusa -su gesto, explicó, no había sido de miedo, sino de sorpresa- y se alejó a toda prisa camino de la cafetería, pero más tarde, mientras saboreaba frente a la barra una taza de manzanilla muy caliente, tuvo que reconocerse a sí mismo que, en efecto, había sido miedo lo que sintió al verse rodeado, porque los deficientes mentales le aterrorizaban. Y, como si aquel encuentro hubiera disparado los resortes de su memoria, un recuerdo muy antiguo cobró forma en su mente.


Cuando Enrique tenía diez años de edad, vivía cerca del domicilio de uno de sus compañeros de colegio, Paco Mayoral, razón por la cual solían jugar juntos, sobre todo durante las largas tardes estivales. Mayoral tenía un hermano cinco años mayor que él llamado Santiago, un joven pelirrojo y guapo aquejado de una minusvalía mental no excesivamente severa. Santiago, pese a ser un adolescente grande y robusto, solía sumarse a los juegos de los más pequeños y, en compañía de niños que le llegaban a la cintura, practicaba con escasa pericia el deporte de las carreras de chapas, la constante persecución del tú-la-llevas o los vigorosos enfrentamientos entre policías y ladrones.


Fue precisamente jugando a esto último cuando ocurrió el percance. Enrique, armado con un revólver de plástico, se hallaba en el bando de los policías; Santiago formaba parte del gremio de los ladrones. El juego discurría por los cauces habituales -¡bang-bang, estás muerto!- cuando, de pronto, Santiago sorprendió a Enrique por la espalda y le apresó, rodeándole el cuello con uno de sus fuertes brazos. Ése fue el problema; sus brazos eran demasiado fuertes y su mente demasiado débil, y así, con toda sencillez, sin proponérselo, como si aquello formara parte del juego, el adolescente con mente de niño comenzó a asfixiar al niño de diez años.


Enrique se debatió inútilmente entre los poderosos músculos de Santiago, que no cesaba de exclamar, alborozado, ¡te he cogido, te he cogido!, e intentó gritar, pero no pudo, y notó que se ahogaba, que las fuerzas le abandonaban, que la mirada se le nublaba, como si de repente estuviera en el fondo de una piscina. Entonces, con un postrer esfuerzo, echó el brazo atrás y descargó la culata de su revólver de juguete contra la cabeza de Santiago, quien profirió un grito de dolor y, llorando desconsoladamente, echó a correr en busca de su madre mientras Enrique, caído de rodillas, aspiraba con glotonería el aire que hasta unos segundos antes le había sido negado. Ése incidente, acontecido treinta y cinco años atrás, era la causa de su irracional terror hacia los deficientes mentales.


Enrique apuró la infusión de un trago y abandonó el bar. Mientras se dirigía a su casa, rodeado ya por el tráfico habitual de una mañana de sábado, no pudo evitar seguir dándole vueltas a aquel suceso de su infancia. Hacía mucho que lo había olvidado y sin embargo ahora podía rememorarlo con absoluta nitidez; el férreo brazo en torno a su cuello, la horrible sensación de ahogo, su pánico de niño indefenso... Pero había algo más, un factor que se le escapaba. De algún modo, aquel fortuito encuentro con la excursión de deficientes parecía contener una clave oculta relacionada, de alguna forma con su insomnio. Pero, ¿qué era?


Durante los días siguientes, sus trastornos del sueño, lejos de mejorar, empeoraron. Ya sólo lograba dormir una o dos horas al día y ni siquiera los barbitúricos le permitían conciliar el sueño. Sentía un intenso y permanente agotamiento y su carácter se fue agriando hasta el punto de que Alicia y sus hijos, Laura y Marcos, comenzaron a rehuirle. Además, Enrique no podía quitarse de la cabeza aquel incidente de su niñez, estaba obsesionado con él y durante sus largas noches de insomnio lo repasaba mentalmente una vez y otra, cada detalle, cada sensación, como si la repetición constante de ese, en el fondo, insignificante recuerdo pudiera permitirle alcanzar la respuesta a una pregunta que ni siquiera había formulado.


Fue al quinto día cuando la clave secreta se desenvolvió ante él como un regalo sorpresa. Eran las cuatro y media de la madrugada y Enrique estaba tumbado en la cama, con la mirada perdida en las tinieblas, evocando una vez más aquel lejano juego de policías y ladrones, cuando de pronto recordó otra cosa, algo que sucedió mucho tiempo después.


Debía de tener veintidós o veintitrés años. Hacía mucho que sus padres habían cambiado de domicilio, razón por la cual Enrique perdió de vista a Paco Mayoral y a su hermano Santiago. Llevaba más de diez años sin verles. No obstante, una tarde, a última hora, Enrique pasó por su viejo barrio y decidió entrar en Martín, la tasca que solía frecuentar durante su primera juventud. El local estaba muy cambiado; la barra de estaño había sido sustituida por otra de acero inoxidable y las baldosas del suelo por láminas de linóleo. La vieja taberna era ahora un moderno bar hortera.


Enrique pidió una caña y entonces, entre trago y trago de cerveza, advirtió que en el otro extremo de la barra había alguien que no le quitaba el ojo de encima. Se trataba de un joven pelirrojo, alto y fuerte, que hubiera sido muy guapo de no ser por la vacua mirada que presidía su rostro. Era Santiago Mayoral, el adolescente, ahora convertido en hombre, que sin proponérselo a punto estuvo de asfixiarle tantos años atrás.


Santiago le reconoció al instante y, con la alegría de un niño, corrió a saludarle, tan efusivamente que Enrique, incapaz de reaccionar con la cordialidad que exigía el momento, se limitó a contestar con fríos monosílabos. Lo cierto es que aquel encuentro fue para él muy perturbador; Santiago le contó que trabajaba en la cadena de montaje de una fábrica, que aún vivía con sus padres, que jugaba al fútbol todos los domingos, que el sábado anterior había ido al parque de atracciones, y Enrique respondía sí, no, vaya, qué bien, y en cuanto pudo, tras rechazar la cerveza a la que le invitaba Santiago, se despidió apresuradamente, abandonó el bar y se olvidó al instante de Santiago.


Ahora, décadas más tarde, mientras yacía en la cama incapaz de conciliar el sueño, la memoria le devolvió el recuerdo de aquel encuentro, pero lo hizo acompañándolo de un intenso sentimiento de culpabilidad. Debía haber aceptado la invitación de Santiago, pensó; debía haber hablado con él, debía haberse interesado por su vida, debía haber hecho lo imposible por fingir una sonrisa. Pero no hizo nada de eso. Se fue corriendo, como si aquel hombre con mente de niño le repugnase. Y no, no era eso; en realidad, le daba miedo, un terror irracional que bloqueaba cualquier otra reacción.


Pero eso no lo justificaba. Se había comportado como un miserable.


Esa noche, pasadas las cuatro de la madrugada, Enrique volvió a salir de su casa para recorrer las calles. Mientras caminaba, las apagadas luces navideñas le recordaron a un osario; la ciudad entera parecía un cementerio. Entre tanto, el recuerdo de aquella minúscula infamia provocó, como una reacción en cadena, que su mente diera vueltas en torno al pasado, sacando a la luz, uno a uno, sus actos mezquinos, las vilezas cotidianas, todos los insignificantes pecados de su vida.


Aquel compañero de colegio al que contribuyó a hacer la vida imposible; las mil pesetas que le robó a su padre, permitiendo que culparan a la asistenta; la cerámica de su madre que rompió y tiró a la basura en un momento de enfado; esa chica a la que metió mano en un guateque aprovechando que estaba borracha; el amigo moribundo a quien no visitó en el hospital; el libro que sustrajo en casa de un conocido; todas las falsas declaraciones de amor que sólo eran engaños para conseguir sexo; el colega a quien ninguneó para lograr un ascenso; las infidelidades a su mujer... Y los favores negados, y las infinitas mentiras, y las ruines venganzas, y las tiñosas envidias... todos los actos de miserable egoísmo que había cometido desfilaron por su memoria como la lista de acusaciones de un fiscal invisible.


Enrique se hundió en la depresión. En la Seguridad Social le dieron la baja por estrés; el médico le recetó Seroxat contra el desaliento y Lorazepam para aliviar el insomnio, pero Enrique siguió inmerso en la melancolía, incapaz de dormir más allá de unos pocos minutos seguidos. Pasaba los días sentado en el salón, con la mirada perdida, inmóvil y silencioso, sumido en la tristeza. Su mujer y sus hijos intentaban animarle, pero él se limitaba a responder con monosílabos, vagamente avergonzado, consciente de que no merecía el amor de su familia, porque en realidad no le conocían. Enrique no era la persona que parecía ser, no era la persona que creía ser, no era la persona que quería ser. Era un bluf, pura apariencia, una mierda disfrazada de ser humano.


Una madrugada, cuatro días antes de Navidad, Enrique decidió reanudar sus paseos nocturnos. El médico le había ordenado que no saliera por las noches, que permaneciese en su hogar para que, si el sueño perdido reaparecía, pudiera descansar con comodidad; pero al cabo de una semana el sueño seguía sin volver y él estaba cada vez más abrumado por aquellas noches vacías y yertas, prisionero de cuatro paredes que se le caían encima. Sentía que se asfixiaba, necesitaba aire fresco, de modo que se vistió procurando no hacer ruido para no despertar a Alicia y abandonó su casa.


Hacía mucho frío; las calles estaban más vacías que nunca. Mientras caminaba -el tabaleo de sus pasos resonando contra los oscuros edificios-, su mente prosiguió implacable el deprimente periplo por los rincones más oscuros de su memoria, mostrándole los rostros de aquellos a quienes había defraudado o herido, repasando cada pecado con el obstinado masoquismo de quien no puede dejar de hurgarse con la punta de la lengua una muela cariada.


Al cabo de un rato, en uno de los escasos arranques de energía que le asaltaban de cuando en cuando, Enrique se dijo que algo bueno debía de haber hecho, que no todo podía ser negativo; pero esa línea de pensamiento acababa resultando aún más penosa, pues, por muchas vueltas que le daba, era incapaz de encontrar alguna acción lo suficientemente bondadosa y noble para compensar toda una vida de mezquindades.


De pronto, mientras caminaba con la mirada fija en la acera, Enrique comenzó a escuchar una música, el sonido de una flauta interpretando Noche de paz. Alzó la cabeza y advirtió que, delante de él, a unos diez metros de distancia, un hombre sentado en el suelo tocaba una flauta travesera. A juzgar por sus raídas ropas y por la gorra que tenía frente a él con unas cuantas monedas en su interior, era un mendigo.


¿Un mendigo pidiendo limosna a la cinco de la madrugada?


Cuando llegó a su altura, descubrió algo aún más sorprendente: aquel hombre se parecía muchísimo a Hugh Laurie, el doctor House de la serie de televisión. En realidad, no es que se pareciese, es que era idéntico a él. Enrique se detuvo y buscó alguna moneda en los bolsillos, pero no tenía, así que sacó su cartera y, tras comprobar que el billete más pequeño que llevaba encima era de veinte euros, dejó uno en la gorra y siguió andando.


Unos metros más adelante, advirtió que la flauta continuaba sonando a su lado. Volvió la cabeza y vio que el mendigo se había levantado y le seguía sin dejar de tocar su instrumento. Se había puesto la gorra; un pico del billete le sobresalía justo por encima de la oreja izquierda.


—No voy a darle más dinero –le advirtió Enrique.


—Ni yo te lo pido, Quique –respondió el doble de House-. Pero por veinte pavos mereces oír todo mi repertorio.


—Oiga, no hace falta que... –Enrique se detuvo en seco-. ¿Cómo me ha llamado? –preguntó.


—Quique. Así te llamaban de pequeño, ¿no? Pero luego, al crecer, te cambiaste a Enrique. Don Enrique el Importante.


Enrique frunció el ceño.


—¿Nos conocemos? –preguntó.


—Yo diría que sí –asintió el mendigo-. El pastor conoce a sus ovejas y las ovejas a su pastor. Soy Dios, amigo mío. Tu Dios, el del Sinaí, la zarza ardiente y todo eso.


Ay dios, pensó Enrique; anda suelto un loco y me tiene que tocar a mí.


—Pues no se parece mucho a un dios –dijo con cansancio.


—¿Porque no llevo halo o por la pinta de pobretón? Lo del halo es demasiado llamativo y, en cuanto a la pobreza, no olvides que mi hijo nació en un pesebre. Aunque, claro, por aquel entonces no había Seguridad Social...


Enrique dejó escapar un largo suspiro.


—Ya –dijo-. Bueno, tengo que irme a casa. Ha sido un placer conocerle.


—No mientas –le contuvo Dios/House-. Eso va contra no recuerdo cuál de mis mandamientos. No tienes que ir a tu casa ni a ninguna parte, pero te sientes incómodo porque no crees que sea Dios y quieres perderme de vista.


—No, no –protestó Enrique-, claro que le creo...


—Tú sigue mintiendo y verás. De acuerdo, te lo demostraré. Tócame.


—Oiga, no quiero tocarle. Me voy. Buenas noches.


—Pero qué pesado eres –gruñó el mendigo-. No te estoy pidiendo que me sobes las pelotas ni que me metas un dedo en el culo, no te hagas ilusiones. Sólo quiero que me toques, por ejemplo, el hombro. En plan santo Tomás poniendo el dedo en la llaga, ya sabes.


—Pero...


—Venga, que no tengo piojos. Tú tócame y, si no te convence lo que ocurre, me iré y no volveré a darte la lata.


Enrique respiró hondo. A regañadientes, tendió una mano hacia delante... y sus dedos atravesaron la figura del mendigo como si no existiese.


—¿Ves? –exclamó triunfante Dios/House-. Soy inmaterial. Como Dios.


Enrique parpadeó varias veces, mirando alternativamente sus dedos y al mendigo. De pronto, se dio una palmada en la cabeza y dejó caer los hombros.


—Mierda –musitó-. Esto se veía venir...


—¿Te encuentras mal? –se interesó el mendigo.


—Mucho peor de lo que pensaba. Eres una alucinación. Llevo tanto tiempo sin dormir que estoy empezando a imaginar cosas.


—Así que ahora crees que soy una alucinación, ¿eh? –Dios/House reflexionó durante unos instantes-. Pues mira, si aplicamos la Navaja de Occam, es lo más probable.


Enrique cerró los ojos y movió la cabeza de un lado a otro.


—Me voy –anunció.


Y echó a andar con las manos en los bolsillos. El mendigo le siguió.


—Deberías prestarme más atención –dijo-. Mira, hay dos opciones: si soy Dios, evidentemente puedo ayudarte. Y si soy una alucinación tienes una oportunidad de oro para comunicarte con tu inconsciente. Vamos a ver, ¿qué te pasa?


—Tanto si eres Dios como si eres una alucinación deberías saberlo.


—Y lo sé; era por charlar un poco. No puedes dormir. –Dios/House se rascó la nuca-. ¿Sabes lo que creo? Que tu problema es una cuestión de orgullo.


Enrique le miró de reojo.


—¿Y eso? –preguntó.


—Es evidente. “Huy, qué malo soy, huy cuántas cabronadas he hecho”... Chorradas. Tus pecados son una mierda de pecados.


—Pero he cometido muchos.


—Como todo el mundo.


—¿Y eso me libra de culpa?


—Eso te sitúa en la media estadística. No eres peor que cualquier otro.


—Pero tampoco mejor.


Dios/House sonrió de oreja a oreja y le señaló triunfalmente con el extremo de la flauta.


—Exacto. A eso me refería al decir que tu problema es el orgullo. Hasta hace muy poco creías estar por encima de los demás. Contemplabas a la gente y veías que era egoísta, miserable y mezquina, pero tú te situabas aparte de la humanidad, como si pertenecieras a una especie diferente. Y de pronto, como no puedes dormir, te da por repasar tu vida y descubres que eres tan egoísta, mezquino y miserable como cualquier hijo de vecino. ¡Ay qué penita más grande! –Soltó una risita y concluyó-: Menuda gilipollez.


Caminaron en silencio durante un largo minuto.


—De acuerdo –aceptó Enrique-. Supongamos que tienes razón. Todo el mundo cree que es mejor de lo que en realidad es, ¿no?


—Hay excepciones, pero en general sí.


—Entonces, ¿por qué he dejado de creerlo yo?


—Porque, por culpa del insomnio, has dispuesto de demasiado tiempo para pensar en ti. Nosce te ipsum, decía el oráculo de Delfos; conócete a ti mismo. –Torció el gesto-. Menudo consejo más idiota. “Invéntate a ti mismo” sería una sentencia mucho más sabia.


—Un momento –dijo Enrique, pensativo-. Tener insomnio me hace reflexionar sobre mi vida, y reflexionar sobre mi vida me produce insomnio, ¿no?


—El clásico círculo vicioso –asintió Dios/House-. La pescadilla que se muerde la cola.


—Vale, muy bien. Pero entonces, ¿por qué tuve insomnio al principio?


—Y yo qué sé. Puede que te sentara mal la cena, o que te doliera la cabeza, o que tuvieses un grano en el trasero... –Dios/House hizo una pausa y le guiño un ojo-. O quizá fuese por los sueños que no has cumplido. Querías ser escritor, ¿recuerdas?; planeabas escribir una gran novela, pero luego comenzaste a trabajar en publicidad y siempre lo dejabas para más tarde. Tengo mucho tiempo, decías; algún día lo abandonaré todo y escribiré una obra maestra. Pero pasó el tiempo, y un buen día comprendiste que nunca serías escritor, que jamás llevarías a cabo nada de lo que te habías propuesto hacer. Te miraste al espejo y dijiste: esto es lo que hay y ya nunca habrá nada más.


Enrique se detuvo.


—Desde luego, eres la hostia animando a la gente.


—¿Y quién ha dicho que quiero animarte?


Enrique aspiró una bocanada de aire y lo exhaló lentamente.


—Ya sé que no he cumplido mis sueños –aceptó-; pero he llevado una buena vida, no puedo quejarme. El problema no es lo que he conseguido o dejado de conseguir, sino lo que soy.


—Y eres una caquita, ¿no?


—Soy... lo que más desprecio: mezquino, miserable...


—Bla, bla, bla –le interrumpió el mendigo con aire aburrido-. Ya estamos otra vez. ¿Tengo que repetirte que no has hecho nada especialmente malo, que eres como todo el mundo?


—Pues mira, peor –replicó Enrique-. Si fuera un gran hijo de puta, un auténtico villano, como...


—Lex Luthor. O el Doctor Octopus.


—Da igual. Si fuera un auténtico cabrón, al menos habría cierta grandeza en mí. Pero no, he llenado mi vida de mentiras y actos rastreros. Soy, sencillamente, ruin; un pequeño cabroncete de mierda.


Dios/House cerró los ojos, dejó caer la cabeza y fingió un ronquido. Luego, abrió los ojos y preguntó:


—¿Y qué vas a hacer al respecto? ¿Seguir condenándote al infierno del insomnio hasta que tengas alucinaciones? –Parpadeó y dijo para sí-: Coño, pero si ya tiene alucinaciones... –Sacudió la cabeza-. Bueno, ¿qué harás? ¿Joderle la Navidad a tu familia con tus lloriqueos?


Irritado, Enrique apretó los puños y repuso:


—¿Y qué demonios puedo hacer?


—Perdonarte –contestó con tranquilidad el mendigo.


—¿Qué?...


—Tú te estás castigando, de modo que sólo tú puedes perdonarte. Hazlo.


—¿Así de sencillo? –ironizó Enrique-. Me perdono y, zas, todo está solucionado, ¿no?


—Quizá no sea tan sencillo, pero seguro que encuentras la manera.


—¿Cómo?


El mendigo se encogió de hombros.


—No lo sé –dijo-; sólo soy Dios. Pero mira, pronto llegará la Navidad, la época de los milagros.


—Navidad, milagros... –masculló Enrique-. Pero si ni siquiera creo en Dios...


—Oye, que me estás ofendiendo. Además, qué más da si crees en mí o no; lo importante no es eso. – La habitual expresión sarcástica del mendigo se transformó en una amistosa sonrisa-. Mira, la Navidad es una gran mentira, y no porque lo que se celebre (el nacimiento de mi hijo) sea real o no, sino porque durante ese tiempo los seres humanos se engañan pensando que son buenos. No, ni siquiera eso; se engañan pensando que pueden llegar a ser buenos. Es mentira, sí, pero no es una mentira fea. Y a veces, de cuando en cuando, los milagros ocurren en Navidad y alguien, en algún lugar, hace algo realmente bueno.


Enrique le miró impertérrito.


—Te estás poniendo cursi –dijo.


Dios/House soltó una carcajada.


—¡Qué cabrón! –exclamó. Luego, recuperando la sonrisa irónica, añadió-: Te sientes sucio, ¿verdad Enrique?


—Cubierto de mierda.


—Entonces, ¿por qué no cierras los ojos y recuerdas cómo te sentías cuando eras un niño inocente y la Navidad estaba a punto de llegar?


—¿Más cursiladas?


—Mira que eres gilipollas. Hazme caso, coño: cierra los ojos de una puñetera vez y vuelve a ser Quique. Tampoco es tan difícil.


Enrique suspiró con resignación y cerró los ojos. La flauta comenzó a enhebrar de nuevo los sones de Noche de paz. Poco a poco, la mente de Enrique se sumergió en el pasado. Y, de pronto, recordó cuando acompañaba a sus padres al hipermercado para hacer las compras de Navidad; en la megafonía sonaban villancicos y había un olor especial, una mezcla de palomitas de maíz y pollo asado.. Y recordó a su madre trasteando en la cocina, y a su padre montando el árbol y el Belén, y a sus hermanos embarcados en un combate de pistolas de tapones. Y recordó las cenas de Nochebuena y las comidas de Navidad, y las copas de champán a las que daba furtivos sorbos cuando nadie le miraba, y el turrón Suchard de chocolate, y Raphael cantando El pequeño tamborilero. Y recordó la excitación de la noche de Reyes –pan y agua para los camellos y coñac para Sus Majestades de Oriente-, y los regalos envueltos en papeles multicolores, y lo feliz, limpio y seguro que se sentía entonces...


Abrió los ojos. La versión para flauta de Noche de paz seguía sonando, pero el mendigo había desaparecido.


—¿Dios?... –dijo Enrique en voz alta.


Nadie le contestó. Poco a poco, el villancico se fue debilitando, como si la fuente del sonido se alejase, hasta que finalmente, al cabo de un largo minuto, dejó de oírse. Enrique suspiró y echó a andar de regreso a casa. No pensó en nada durante el trayecto, y cuando, a las seis y media de la madrugada, llegó a su hogar y se acomodó en el salón, siguió con la mente en blanco, centrado tan solo en la cálida sensación que habían dejado en él los recuerdos de su infancia.


Cuando a las ocho menos cuarto su mujer se levantó, le encontró sentado en una butaca, con las manos en el regazo, la mirada perdida y una expresión ausente en el rostro.


—Pero Enrique –dijo Alicia-. ¿Tampoco has podido dormir esta noche?


Enrique volvió la cabeza y la miró como si no la reconociese. De pronto, se puso en pie, recogió el abrigo que había dejado tirado sobre el sofá y se dirigió a la salida.


—¿Adónde vas? –preguntó Alicia, desconcertada.


—A resolver un problema –respondió él sin detenerse ni mirar atrás-. No me esperes a comer.


La idea no se le había ocurrido como fruto de una profunda reflexión; surgió de repente, justo cuando Alicia apareció en el salón, pero, nada más tomar forma en su cabeza, Enrique comprendió que era exactamente lo que debía hacer. Montó en su coche y se dirigió al barrio de Chamberí, el territorio de su infancia. Los hermanos Mayoral vivían en un semisótano del número 29 de la calle Zurbano y eran hijos de Antonio Mayoral, el portero de la finca. Por desgracia, cuando Enrique llegó allí descubrió que el portero había sido sustituido por un telefonillo y que el semisótano estaba alquilado a una familia de emigrantes uruguayos.


Enrique pulsó todos los botones del portero automático, preguntando por los Mayoral, pero ningún vecino sabía nada de ellos, salvo una anciana que llevaba viviendo allí toda la vida.


—Don Antonio se jubiló hará unos quince años –le informó a través del altavoz.


—¿Y sus hijos?


—Francisco se casó poco antes, y el mayor, Santiago, siguió viviendo con sus padres hasta que se fueron. Era un poco retrasado el pobrecito.


—¿Sabe dónde puedo localizarles?


—Ay no, hijo, ni idea...


Decepcionado, Enrique se sentó en un banco y reflexionó durante unos minutos. En realidad, no esperaba que siguieran viviendo allí, pero confiaba en que hubieran dejado alguna dirección. Sacó del bolsillo su móvil 3G e hizo lo que debería haber hecho desde un principio: encomendarse a San Google. Pero no sirvió de nada; cuando escribió “francisco mayoral” obtuvo 350.000 resultados y, al probar con “santiago mayoral”, 3.970. Imposible visitar todas esas páginas, y además inútil, pues ni siquiera recordaba cuál era el segundo apellido de los hermanos. La guía telefónica local le ofreció resultados igualmente excesivos; además, los Mayoral no eran de Madrid, así que quizá hubiesen vuelto a su región de origen, fuera cual fuese. Guardó el móvil y suspiró; cuando falla lo digital, se dijo, no queda más remedio que recurrir a lo analógico. Armado de paciencia, se levantó y comenzó a recorrer las tiendas y portales de la zona preguntando por los hermanos Mayoral.


Pasó toda la mañana y toda la tarde recorriendo el barrio. Habló con decenas de personas, quizá cientos (o, al menos, eso le pareció a él) y, aunque varias de ellas recordaban a los hermanos, nadie pudo darle noticias de su actual paradero. A última hora, cuando ya había anochecido, Enrique entró en un bar de la calle Santa Engracia y se dirigió a la barra; era un local demasiado moderno, pero aún así le preguntó por los Mayoral al camarero. Éste sacudió la cabeza y siguió a sus quehaceres. Entonces, el parroquiano que estaba sentado al lado de Enrique bebiendo una copa de vino, un hombre de más o menos su misma edad, le dijo:


—Yo conozco a Paco Mayoral.


Enrique sintió que el corazón le daba un vuelco.


—¿Tiene su dirección o su teléfono? –preguntó.


—No, lo siento. Hace mucho que le perdí la pista. Pero, hará cosa de un par de años, me lo encontré por la calle. Sólo hablamos un momento; me dijo que trabajaba aquí, en el barrio, en la sucursal de un banco.


—¿Y no recuerda por casualidad qué banco era?


El desconocido se encogió de hombros y negó con la cabeza. Aún así, Enrique le dio efusivamente las gracias e insistió en invitarle a su consumición; y un par de besos le habría plantado de puro contento que estaba. Dios/House tenía razón, pensó mientras conducía de regreso a su hogar; a veces hay milagros en Navidad.


Al entrar en casa se encontró a su mujer esperándole con el rostro transido de preocupación.


—¿Pero dónde has estado? –dijo-. Llevo todo el día telefoneándote...


Era verdad; Enrique había visto las llamadas, pero no respondió. No podía explicarle a Alicia lo que estaba haciendo; cuando intentaba verbalizarlo, todo sonaba absurdo y ridículo. No tenía sentido, era una idiotez, pero sentía que era exactamente lo que debía hacer.


—Me encuentro bien, Alicia –dijo, aproximándose a ella y dándole un beso-. No te preocupes.


—Pues no tienes cara de encontrarte bien.


—Vale, todavía no del todo –aceptó él-. Pero lo voy a solucionar. Confía en mí.


Dejando a Alicia convencida de que su marido estaba fatal, Enrique se dirigió al dormitorio y conectó el portátil. Tras una rápida búsqueda en Internet, averiguó que había 147 sucursales bancarias en el barrio de Chamberí. Muchas; tardaría varios días en visitarlas todas.


Aquella noche, como todas las noche, apenas consiguió dormitar un par de horas; pero esa vez la causa de su desvelo no fue sólo el insomnio, sino también la excitación, como cuando era niño y los nervios de la noche de Reyes le impedían conciliar el sueño.


Salió de casa muy temprano, sin darle explicaciones a su mujer. Mientras conducía camino de Chamberí, Enrique se dio cuenta de lo mucho que le estaba afectando el agotamiento, pues le impedía razonar, pensar con lógica. ¿Por qué demonios iba a visitar en persona las sucursales si podía hacerlo mucho más rápida y cómodamente por teléfono? A punto estuvo de detener el coche y comenzar a hacer llamadas, pero cambió de idea al instante. No, nada de teléfonos y facilidades; ésa era su peregrinación y su penitencia, y tenía que llevarla a cabo personalmente.


Tuvo suerte, mucha suerte (o quizá fue otro milagro de Navidad). En la séptima oficina que visitó, la sucursal del Banesto de la Glorieta de Quevedo, el director se llamaba Francisco Mayoral.


Enrique no le reconoció cuando salió a recibirle, y Francisco tampoco le reconoció a él. Habían transcurrido casi treinta y cinco años desde la última vez que se vieron.


—Soy Enrique Mallorquín –le dijo Enrique tras estrecharle la mano-. Éramos compañeros de clase en el San Alberto Magno. Vivíamos muy cerca: tú en el 29 de Zurbano y yo en la calle de la esquina, en el número 23 de Españoleto. Por entonces me llamaban Quique...


Aunque le costó cierto esfuerzo, Francisco acabó acordándose de él y, un tanto confuso, le invitó a pasar a su despacho. Sentados frente a frente, Enrique le preguntó por sus padres. Ambos habían muerto, contestó Francisco. Entonces Enrique dijo:


—¿Y Santiago, tu hermano?


—Está bien. Vive aquí, en Madrid, en una residencia.


—Me encontré con él hace, no sé, más de veinte años, y me dijo que trabajaba en una fábrica.


—Ya no. Le concedieron una pensión por incapacidad.


Enrique titubeó.


—Verás, Paco –dijo-, me gustaría mucho volver a verle. ¿Podrías darme su dirección?


Francisco le contempló con creciente desconcierto.


—Perdona –dijo-, pero imagino que recuerdas que Santiago no es... –Se señaló con un gesto la cabeza-. No es del todo normal...


—Claro. Supongo que eso no se cura.


—Tiene cincuenta años y la mente de un niño de diez.


—Ya, pero aún así me haría mucha ilusión verle de nuevo.


Francisco se encogió levemente de hombros, escribió la dirección de la residencia en un papel y se la entregó a Enrique. Éste le echó un vistazo y se la guardó en un bolsillo; luego, añadió:


—Una cosa más, Paco. ¿Qué le gusta hacer a tu hermano?


—¿Qué?...


—¿Cómo se lo pasa bien Santiago; qué es lo que más le divierte?


Francisco arqueó las cejas.


—Pues ir al parque de atracciones –respondió-. Le encanta la montaña rusa.


—Vale... Oye, ¿te importaría que le invitase hoy a ir al parque de atracciones?


Francisco se reclinó en su sillón y parpadeó un par de veces.


—Como quieras –dijo-; pero... Perdona, Enrique, pero no lo entiendo. Apareces de pronto, después de casi cuarenta años, ¿para llevarte a mi hermano al parque de atracciones? –Sacudió la cabeza-. ¿Por qué?


Enrique respiró hondo y expulsó lentamente el aire por la nariz.


—Porque necesito que me perdone –murmuró.


—¿Que Santiago te perdone? ¿Por qué, qué le has hecho?


—Nada, no he hecho nada; por eso quiero pedirle perdón. –Enrique se incorporó-. Es difícil de explicar, Paco. Ya te llamaré un día de estos. Ahora, disculpa, pero tengo prisa. Gracias por todo.


La residencia se encontraba al oeste de Madrid, cerca de la Ciudad Universitaria. Enrique aparcó el coche y entró en el edificio, una construcción de ladrillo visto erigida en los 60. En el vestíbulo, junto a un falso abeto lleno de luces titilantes, un conserje calvo y panzudo dormitaba en su garita; Enrique se aproximó a él y le preguntó por Santiago Mayoral. Con aire aburrido, el hombre hizo una breve llamada por un teléfono interior y le pidió que aguardara. Cinco minutos después, Santiago apareció en el vestíbulo.


Había cambiado mucho. Estaba gordo, y viejo, y su pelo, antes del color del fuego, ahora era entre amarillento y anaranjado, con grandes entradas y muchas canas. No obstante, algo permanecía inalterable en su rostro: la mirada de niño inocente.


Al principio, Santiago no le reconoció; Enrique intentó refrescarle la memoria dándole todo tipo de explicaciones, pero no obtuvo ningún resultado hasta que mencionó el lejano incidente del juego de policías y ladrones.


—¡Ah sí, Quique! –exclamó Santiago-. Me pegaste en la cabeza.


—Es que yo era muy pequeño y tú, sin darte cuenta, me estabas asfixiando.


—Lo siento...


—No importa; eso pasó hace mucho tiempo. Oye, ¿te apetece tomar una cerveza conmigo?


Santiago no lo dudó ni un instante.


—Vale –dijo-. Pero fuera hace frío. Voy a por mi chaquetón.


Cerca de la residencia había una vieja cafetería con grandes ventanales a la calle y guirnaldas de espumillón adornando la barra. Enrique y Santiago se sentaron a una mesa y le pidieron al camarero un par de botellines de cerveza; luego, mientras daban parsimoniosa cuenta de sus bebidas, Santiago le habló de su vida, de sus amigos de la residencia, de una novia que tenía que era “como él”, de su hermano, con quien pasaría la Nochebuena y la Navidad... Enrique estaba maravillado; habían transcurrido más de veinte años desde la última vez que se vieron, y sin embargo ahí estaba aquel niño viejo, hablando con toda naturalidad, sin preguntarse ni cuestionarse nada.


Enrique también le hizo un resumen de su vida, y, cuando le contó que se dedicaba a la publicidad, Santiago se quedó con la boca abierta, porque le encantaban los anuncios. Media hora más tarde, tras un breve silencio, Enrique dijo:


—Hace unos veinte años nos encontramos en Martín, el bar que estaba cerca de tu antigua casa. ¿Lo recuerdas, Santiago?


—La gente me llama Santi.


—Vale. ¿Recuerdas cuando nos vimos en Martín, Santi?


Santiago desvió la mirada y asomó la punta de la lengua por entre los labios. Tras unos segundos de reflexión, negó con la cabeza.


—No...


—Tú me invitaste a tomar una cerveza y yo te dije que no y me fui.


—Tendrías prisa...


—No, no tenía prisa. Debí tomarme contigo esa cerveza. ¿Me perdonas?


—Pero si no me acuerdo...


—Yo sí; no me porté bien. Por favor, perdóname.


Santiago se encogió de hombros.


—Vale –dijo-. No me acuerdo; pero si quieres que te perdone, te perdono...


Enrique sintió un alivio tan intenso que durante unos segundos el mundo dio vueltas a su alrededor. Cuando se recuperó del mareo, tragó saliva y dijo con un hilo de voz:


—Gracias... ¿Puedo darte un abrazo?


—Bueno.


Enrique se inclinó hacia delante y rodeó con los brazos el rechoncho cuerpo de Santiago. Y, mientras le abrazaba, sintió por primera vez en mucho tiempo que todo era correcto, que cada pieza de su vida encajaba en su lugar, y sin poder reprimirse, comenzó a llorar como un niño. Lloraba por cansancio, y por alivio, y por todos y cada uno de los pequeños pecados que había cometido en su vida. Un minuto más tarde, advirtiendo la incomodidad de Santiago, se apartó de él y se reclinó en su asiento.


—Estás llorando –dijo Santiago-. ¿Te duele algo?


—No, todo lo contrario –respondió Enrique, secándose las lágrimas con el dorso de la mano-. Es que se me ha metido polvo en los ojos. –Carraspeó-. Oye, Santi, tu hermano me ha dicho que te gusta mucho el parque de atracciones. ¿Quieres que vayamos ahora? Te invito yo.


Los ojos de Santiago se iluminaron.


El parque de atracciones estaba decorado con motivos navideños, y lleno de falsos Santa Claus, falsos reyes magos y falsos pajes; lo único auténtico eran los tres camellos que, de vez en cuando, recorrían el parque encabezando una pequeña cabalgata. Nada más llegar, Santiago insistió en ir primero a la montaña rusa, y Enrique, haciendo de tripas corazón, pues detestaba las montañas rusas, asintió con una insegura sonrisa.


Aunque aún no había mucha afluencia de visitantes, tuvieron que hacer cola frente a la atracción. Finalmente, subieron a una de las vagonetas e iniciaron el viaje. Santiago gritaba de alborozo en cada bajada vertiginosa, en cada looping, en cada curva de látigo. Estaba tan entusiasmado que, cuando concluyó el trayecto, insistió en montar de nuevo, así que salieron de la vagoneta, hicieron cola y volvieron a lanzarse al vértigo de la montaña rusa. Y cuando regresaron al punto de partida, Santiago quiso repetir otra vez, de modo que salieron, hicieron cola y subieron a una vagoneta.


Fue al final del tercer viaje cuando ocurrió el incidente. El encargado de la atracción advirtió que, tras detenerse una vagoneta al final de su recorrido, dos pasajeros no se bajaban. Por lo general, quienes daban problemas solían ser adolescentes díscolos, así que el encargado se sorprendió al aproximarse y comprobar que los pasajeros de la vagoneta eran dos adultos: un tipo gordo con sonrisa bobalicona y...


Estupefacto, el encargado abrió la boca y, sin apartar la mirada del segundo pasajero, se rascó la cabeza. Desde que trabajaba en el parque había presenciado muchas cosas raras, pero era la primera vez en su vida que veía a alguien quedarse dormido en la montaña rusa.


Enrique, con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios, se arrebujó contra el brazo de Santiago y lanzó un profundo ronquido.


A lo lejos, en algún lugar, una flauta comenzó a desgranar la notas de Noche de paz.