12.24.2011

Todos los pequeños pecados (Cuento de Navidad)


Todos los pequeños pecados
 
César Mallorquí


Como venía ocurriendo desde hacía casi un mes, Enrique despertó en mitad de la noche y ya no pudo volver a conciliar el sueño.


Tumbado boca arriba sobre la cama, con los ojos perdidos en la oscuridad, escuchó la cadenciosa respiración de Alicia, que dormía profundamente a su lado, y experimentó un acceso de rabia, como si el plácido sueño de su mujer fuera una afrenta, y a punto estuvo de despertarla, pero desechó el impulso con un suspiro y pensó en tomar una pastilla. Lo malo era que el químico sueño inducido por el Valium no solo carecía de la textura del descanso verdadero, sino que además le sumía, al despertar, en un desagradable estado de aturdimiento que solía prolongarse durante todo el día. No, nada de pastillas, decidió.


Harto de contemplar el vacío, se levantó de la cama, abandonó el dormitorio procurando no hacer ruido, preparó un vaso de cacao caliente en la cocina y se dirigió a la sala de estar para leer un poco, o para ver la tele, o para escuchar música, o para hacer cualquier cosa que pudiera relajarle, pero la familiar atmósfera del salón se le antojaba ahora tan fría y deprimente como la de un mausoleo, así que a eso de la cinco de la madrugada, abrumado por el silencio, se vistió, salió de la casa y comenzó a deambular sin rumbo fijo por las mudas y desiertas calles.


Las farolas dibujaban conos de luz amarillenta en el negro lienzo de la noche, los semáforos alternaban guiños rojos, verdes y ámbar, regulando un trafico ausente; las luces navideñas que adornaban las calles estaban apagadas. El lejano ulular de una ambulancia sonó como el lamento de un animal herido. Aunque era sábado y la ciudad todavía no había comenzado a despertar, Enrique se cruzó con otras personas, no muchas, que como él habitaban la madrugada. Noctámbulos y juerguistas camino de sus hogares, cazadores y pescadores cargados con sus aperos de muerte, prostitutas cansadas de alquilar amor, jóvenes chaperos de ojos viejos, barrenderos, mendigos durmiendo entre cartones, policías a lomos de blancos corceles de metal. El territorio de la noche estaba poblado por una exótica fauna, criaturas pálidas que hacían de la oscuridad su refugio.


Pero Enrique no amaba la noche; había sido desterrado a ella, era un forastero en tierra extraña. Algo le había expulsado del dulce país de las sábanas, robándole el sueño y el descanso, pero ¿qué era? No había causa orgánica para su insomnio, eso había dicho el médico; todo se debía a la tensión y al estrés. Sin embargo, a Enrique no le parecía que en su vida hubiese tantos problemas como para justificar aquel desvelo. Su familia era razonablemente feliz, el trabajo satisfactorio e incluso ahora, con sus cuatro décadas y media de edad, la crisis de los cuarenta quedaba ya lejos.


Entonces, ¿por qué no podía dormir?


A medida que agonizaba la noche, mientras el cielo clareaba por el este, la ciudad comenzó a sacudirse la pereza de su letargo y, poco a poco, vehículos y peatones fueron multiplicándose, al tiempo que bares y kioscos de prensa anunciaban su apertura con cetrinas luces de neón. Hacía frío. Al llegar a una plaza, poco después de las siete de la mañana, Enrique vio una cafetería abierta y se dirigió a ella con la intención de tomar algo caliente. Caminaba abstraído, con la vista fija en el suelo, sumido en sus erráticos pensamientos, y quizá por eso no se percató de la extraña escena que allí tenía lugar, hasta que alguien tropezó con él; entonces Enrique alzó la cabeza y sus ojos atraparon la falsa mirada oriental de un joven cuyos rasgos hablaban del síndrome de Dawn. Sorprendido y asustado, retrocedió unos pasos, miró en derredor y advirtió con creciente alarma que una pequeña multitud de discapacitados mentales, quizá medio centenar, le rodeaba.


—No debe tenerles miedo -dijo entonces una mujer de pelo cano y sonrisa afable que se hallaba próxima a él, de pie junto a un autobús aparcado.


Desconcertado, Enrique contempló las miradas infantiles instaladas en rostros viejos, los ojos oblicuos y los labios entreabiertos, los rasgos carentes de inteligencia, los torpes movimientos, y se preguntó con desazón qué demonios hacía ahí aquella caterva de tarados. En esos términos pensó: “tarados”. Entonces, al reparar en el autobús, comprendió que debía de tratarse de una excursión organizada por alguna clínica o asilo.


—De todas las personas que hay en el mundo -prosiguió la mujer mientras ayudaba a subir al vehículo a una chica de rasgos mongoloides-, estos muchachos son los que menos temor deben inspirarle. No hay en ellos más que inocencia.


Enrique musitó atropelladamente una excusa -su gesto, explicó, no había sido de miedo, sino de sorpresa- y se alejó a toda prisa camino de la cafetería, pero más tarde, mientras saboreaba frente a la barra una taza de manzanilla muy caliente, tuvo que reconocerse a sí mismo que, en efecto, había sido miedo lo que sintió al verse rodeado, porque los deficientes mentales le aterrorizaban. Y, como si aquel encuentro hubiera disparado los resortes de su memoria, un recuerdo muy antiguo cobró forma en su mente.


Cuando Enrique tenía diez años de edad, vivía cerca del domicilio de uno de sus compañeros de colegio, Paco Mayoral, razón por la cual solían jugar juntos, sobre todo durante las largas tardes estivales. Mayoral tenía un hermano cinco años mayor que él llamado Santiago, un joven pelirrojo y guapo aquejado de una minusvalía mental no excesivamente severa. Santiago, pese a ser un adolescente grande y robusto, solía sumarse a los juegos de los más pequeños y, en compañía de niños que le llegaban a la cintura, practicaba con escasa pericia el deporte de las carreras de chapas, la constante persecución del tú-la-llevas o los vigorosos enfrentamientos entre policías y ladrones.


Fue precisamente jugando a esto último cuando ocurrió el percance. Enrique, armado con un revólver de plástico, se hallaba en el bando de los policías; Santiago formaba parte del gremio de los ladrones. El juego discurría por los cauces habituales -¡bang-bang, estás muerto!- cuando, de pronto, Santiago sorprendió a Enrique por la espalda y le apresó, rodeándole el cuello con uno de sus fuertes brazos. Ése fue el problema; sus brazos eran demasiado fuertes y su mente demasiado débil, y así, con toda sencillez, sin proponérselo, como si aquello formara parte del juego, el adolescente con mente de niño comenzó a asfixiar al niño de diez años.


Enrique se debatió inútilmente entre los poderosos músculos de Santiago, que no cesaba de exclamar, alborozado, ¡te he cogido, te he cogido!, e intentó gritar, pero no pudo, y notó que se ahogaba, que las fuerzas le abandonaban, que la mirada se le nublaba, como si de repente estuviera en el fondo de una piscina. Entonces, con un postrer esfuerzo, echó el brazo atrás y descargó la culata de su revólver de juguete contra la cabeza de Santiago, quien profirió un grito de dolor y, llorando desconsoladamente, echó a correr en busca de su madre mientras Enrique, caído de rodillas, aspiraba con glotonería el aire que hasta unos segundos antes le había sido negado. Ése incidente, acontecido treinta y cinco años atrás, era la causa de su irracional terror hacia los deficientes mentales.


Enrique apuró la infusión de un trago y abandonó el bar. Mientras se dirigía a su casa, rodeado ya por el tráfico habitual de una mañana de sábado, no pudo evitar seguir dándole vueltas a aquel suceso de su infancia. Hacía mucho que lo había olvidado y sin embargo ahora podía rememorarlo con absoluta nitidez; el férreo brazo en torno a su cuello, la horrible sensación de ahogo, su pánico de niño indefenso... Pero había algo más, un factor que se le escapaba. De algún modo, aquel fortuito encuentro con la excursión de deficientes parecía contener una clave oculta relacionada, de alguna forma con su insomnio. Pero, ¿qué era?


Durante los días siguientes, sus trastornos del sueño, lejos de mejorar, empeoraron. Ya sólo lograba dormir una o dos horas al día y ni siquiera los barbitúricos le permitían conciliar el sueño. Sentía un intenso y permanente agotamiento y su carácter se fue agriando hasta el punto de que Alicia y sus hijos, Laura y Marcos, comenzaron a rehuirle. Además, Enrique no podía quitarse de la cabeza aquel incidente de su niñez, estaba obsesionado con él y durante sus largas noches de insomnio lo repasaba mentalmente una vez y otra, cada detalle, cada sensación, como si la repetición constante de ese, en el fondo, insignificante recuerdo pudiera permitirle alcanzar la respuesta a una pregunta que ni siquiera había formulado.


Fue al quinto día cuando la clave secreta se desenvolvió ante él como un regalo sorpresa. Eran las cuatro y media de la madrugada y Enrique estaba tumbado en la cama, con la mirada perdida en las tinieblas, evocando una vez más aquel lejano juego de policías y ladrones, cuando de pronto recordó otra cosa, algo que sucedió mucho tiempo después.


Debía de tener veintidós o veintitrés años. Hacía mucho que sus padres habían cambiado de domicilio, razón por la cual Enrique perdió de vista a Paco Mayoral y a su hermano Santiago. Llevaba más de diez años sin verles. No obstante, una tarde, a última hora, Enrique pasó por su viejo barrio y decidió entrar en Martín, la tasca que solía frecuentar durante su primera juventud. El local estaba muy cambiado; la barra de estaño había sido sustituida por otra de acero inoxidable y las baldosas del suelo por láminas de linóleo. La vieja taberna era ahora un moderno bar hortera.


Enrique pidió una caña y entonces, entre trago y trago de cerveza, advirtió que en el otro extremo de la barra había alguien que no le quitaba el ojo de encima. Se trataba de un joven pelirrojo, alto y fuerte, que hubiera sido muy guapo de no ser por la vacua mirada que presidía su rostro. Era Santiago Mayoral, el adolescente, ahora convertido en hombre, que sin proponérselo a punto estuvo de asfixiarle tantos años atrás.


Santiago le reconoció al instante y, con la alegría de un niño, corrió a saludarle, tan efusivamente que Enrique, incapaz de reaccionar con la cordialidad que exigía el momento, se limitó a contestar con fríos monosílabos. Lo cierto es que aquel encuentro fue para él muy perturbador; Santiago le contó que trabajaba en la cadena de montaje de una fábrica, que aún vivía con sus padres, que jugaba al fútbol todos los domingos, que el sábado anterior había ido al parque de atracciones, y Enrique respondía sí, no, vaya, qué bien, y en cuanto pudo, tras rechazar la cerveza a la que le invitaba Santiago, se despidió apresuradamente, abandonó el bar y se olvidó al instante de Santiago.


Ahora, décadas más tarde, mientras yacía en la cama incapaz de conciliar el sueño, la memoria le devolvió el recuerdo de aquel encuentro, pero lo hizo acompañándolo de un intenso sentimiento de culpabilidad. Debía haber aceptado la invitación de Santiago, pensó; debía haber hablado con él, debía haberse interesado por su vida, debía haber hecho lo imposible por fingir una sonrisa. Pero no hizo nada de eso. Se fue corriendo, como si aquel hombre con mente de niño le repugnase. Y no, no era eso; en realidad, le daba miedo, un terror irracional que bloqueaba cualquier otra reacción.


Pero eso no lo justificaba. Se había comportado como un miserable.


Esa noche, pasadas las cuatro de la madrugada, Enrique volvió a salir de su casa para recorrer las calles. Mientras caminaba, las apagadas luces navideñas le recordaron a un osario; la ciudad entera parecía un cementerio. Entre tanto, el recuerdo de aquella minúscula infamia provocó, como una reacción en cadena, que su mente diera vueltas en torno al pasado, sacando a la luz, uno a uno, sus actos mezquinos, las vilezas cotidianas, todos los insignificantes pecados de su vida.


Aquel compañero de colegio al que contribuyó a hacer la vida imposible; las mil pesetas que le robó a su padre, permitiendo que culparan a la asistenta; la cerámica de su madre que rompió y tiró a la basura en un momento de enfado; esa chica a la que metió mano en un guateque aprovechando que estaba borracha; el amigo moribundo a quien no visitó en el hospital; el libro que sustrajo en casa de un conocido; todas las falsas declaraciones de amor que sólo eran engaños para conseguir sexo; el colega a quien ninguneó para lograr un ascenso; las infidelidades a su mujer... Y los favores negados, y las infinitas mentiras, y las ruines venganzas, y las tiñosas envidias... todos los actos de miserable egoísmo que había cometido desfilaron por su memoria como la lista de acusaciones de un fiscal invisible.


Enrique se hundió en la depresión. En la Seguridad Social le dieron la baja por estrés; el médico le recetó Seroxat contra el desaliento y Lorazepam para aliviar el insomnio, pero Enrique siguió inmerso en la melancolía, incapaz de dormir más allá de unos pocos minutos seguidos. Pasaba los días sentado en el salón, con la mirada perdida, inmóvil y silencioso, sumido en la tristeza. Su mujer y sus hijos intentaban animarle, pero él se limitaba a responder con monosílabos, vagamente avergonzado, consciente de que no merecía el amor de su familia, porque en realidad no le conocían. Enrique no era la persona que parecía ser, no era la persona que creía ser, no era la persona que quería ser. Era un bluf, pura apariencia, una mierda disfrazada de ser humano.


Una madrugada, cuatro días antes de Navidad, Enrique decidió reanudar sus paseos nocturnos. El médico le había ordenado que no saliera por las noches, que permaneciese en su hogar para que, si el sueño perdido reaparecía, pudiera descansar con comodidad; pero al cabo de una semana el sueño seguía sin volver y él estaba cada vez más abrumado por aquellas noches vacías y yertas, prisionero de cuatro paredes que se le caían encima. Sentía que se asfixiaba, necesitaba aire fresco, de modo que se vistió procurando no hacer ruido para no despertar a Alicia y abandonó su casa.


Hacía mucho frío; las calles estaban más vacías que nunca. Mientras caminaba -el tabaleo de sus pasos resonando contra los oscuros edificios-, su mente prosiguió implacable el deprimente periplo por los rincones más oscuros de su memoria, mostrándole los rostros de aquellos a quienes había defraudado o herido, repasando cada pecado con el obstinado masoquismo de quien no puede dejar de hurgarse con la punta de la lengua una muela cariada.


Al cabo de un rato, en uno de los escasos arranques de energía que le asaltaban de cuando en cuando, Enrique se dijo que algo bueno debía de haber hecho, que no todo podía ser negativo; pero esa línea de pensamiento acababa resultando aún más penosa, pues, por muchas vueltas que le daba, era incapaz de encontrar alguna acción lo suficientemente bondadosa y noble para compensar toda una vida de mezquindades.


De pronto, mientras caminaba con la mirada fija en la acera, Enrique comenzó a escuchar una música, el sonido de una flauta interpretando Noche de paz. Alzó la cabeza y advirtió que, delante de él, a unos diez metros de distancia, un hombre sentado en el suelo tocaba una flauta travesera. A juzgar por sus raídas ropas y por la gorra que tenía frente a él con unas cuantas monedas en su interior, era un mendigo.


¿Un mendigo pidiendo limosna a la cinco de la madrugada?


Cuando llegó a su altura, descubrió algo aún más sorprendente: aquel hombre se parecía muchísimo a Hugh Laurie, el doctor House de la serie de televisión. En realidad, no es que se pareciese, es que era idéntico a él. Enrique se detuvo y buscó alguna moneda en los bolsillos, pero no tenía, así que sacó su cartera y, tras comprobar que el billete más pequeño que llevaba encima era de veinte euros, dejó uno en la gorra y siguió andando.


Unos metros más adelante, advirtió que la flauta continuaba sonando a su lado. Volvió la cabeza y vio que el mendigo se había levantado y le seguía sin dejar de tocar su instrumento. Se había puesto la gorra; un pico del billete le sobresalía justo por encima de la oreja izquierda.


—No voy a darle más dinero –le advirtió Enrique.


—Ni yo te lo pido, Quique –respondió el doble de House-. Pero por veinte pavos mereces oír todo mi repertorio.


—Oiga, no hace falta que... –Enrique se detuvo en seco-. ¿Cómo me ha llamado? –preguntó.


—Quique. Así te llamaban de pequeño, ¿no? Pero luego, al crecer, te cambiaste a Enrique. Don Enrique el Importante.


Enrique frunció el ceño.


—¿Nos conocemos? –preguntó.


—Yo diría que sí –asintió el mendigo-. El pastor conoce a sus ovejas y las ovejas a su pastor. Soy Dios, amigo mío. Tu Dios, el del Sinaí, la zarza ardiente y todo eso.


Ay dios, pensó Enrique; anda suelto un loco y me tiene que tocar a mí.


—Pues no se parece mucho a un dios –dijo con cansancio.


—¿Porque no llevo halo o por la pinta de pobretón? Lo del halo es demasiado llamativo y, en cuanto a la pobreza, no olvides que mi hijo nació en un pesebre. Aunque, claro, por aquel entonces no había Seguridad Social...


Enrique dejó escapar un largo suspiro.


—Ya –dijo-. Bueno, tengo que irme a casa. Ha sido un placer conocerle.


—No mientas –le contuvo Dios/House-. Eso va contra no recuerdo cuál de mis mandamientos. No tienes que ir a tu casa ni a ninguna parte, pero te sientes incómodo porque no crees que sea Dios y quieres perderme de vista.


—No, no –protestó Enrique-, claro que le creo...


—Tú sigue mintiendo y verás. De acuerdo, te lo demostraré. Tócame.


—Oiga, no quiero tocarle. Me voy. Buenas noches.


—Pero qué pesado eres –gruñó el mendigo-. No te estoy pidiendo que me sobes las pelotas ni que me metas un dedo en el culo, no te hagas ilusiones. Sólo quiero que me toques, por ejemplo, el hombro. En plan santo Tomás poniendo el dedo en la llaga, ya sabes.


—Pero...


—Venga, que no tengo piojos. Tú tócame y, si no te convence lo que ocurre, me iré y no volveré a darte la lata.


Enrique respiró hondo. A regañadientes, tendió una mano hacia delante... y sus dedos atravesaron la figura del mendigo como si no existiese.


—¿Ves? –exclamó triunfante Dios/House-. Soy inmaterial. Como Dios.


Enrique parpadeó varias veces, mirando alternativamente sus dedos y al mendigo. De pronto, se dio una palmada en la cabeza y dejó caer los hombros.


—Mierda –musitó-. Esto se veía venir...


—¿Te encuentras mal? –se interesó el mendigo.


—Mucho peor de lo que pensaba. Eres una alucinación. Llevo tanto tiempo sin dormir que estoy empezando a imaginar cosas.


—Así que ahora crees que soy una alucinación, ¿eh? –Dios/House reflexionó durante unos instantes-. Pues mira, si aplicamos la Navaja de Occam, es lo más probable.


Enrique cerró los ojos y movió la cabeza de un lado a otro.


—Me voy –anunció.


Y echó a andar con las manos en los bolsillos. El mendigo le siguió.


—Deberías prestarme más atención –dijo-. Mira, hay dos opciones: si soy Dios, evidentemente puedo ayudarte. Y si soy una alucinación tienes una oportunidad de oro para comunicarte con tu inconsciente. Vamos a ver, ¿qué te pasa?


—Tanto si eres Dios como si eres una alucinación deberías saberlo.


—Y lo sé; era por charlar un poco. No puedes dormir. –Dios/House se rascó la nuca-. ¿Sabes lo que creo? Que tu problema es una cuestión de orgullo.


Enrique le miró de reojo.


—¿Y eso? –preguntó.


—Es evidente. “Huy, qué malo soy, huy cuántas cabronadas he hecho”... Chorradas. Tus pecados son una mierda de pecados.


—Pero he cometido muchos.


—Como todo el mundo.


—¿Y eso me libra de culpa?


—Eso te sitúa en la media estadística. No eres peor que cualquier otro.


—Pero tampoco mejor.


Dios/House sonrió de oreja a oreja y le señaló triunfalmente con el extremo de la flauta.


—Exacto. A eso me refería al decir que tu problema es el orgullo. Hasta hace muy poco creías estar por encima de los demás. Contemplabas a la gente y veías que era egoísta, miserable y mezquina, pero tú te situabas aparte de la humanidad, como si pertenecieras a una especie diferente. Y de pronto, como no puedes dormir, te da por repasar tu vida y descubres que eres tan egoísta, mezquino y miserable como cualquier hijo de vecino. ¡Ay qué penita más grande! –Soltó una risita y concluyó-: Menuda gilipollez.


Caminaron en silencio durante un largo minuto.


—De acuerdo –aceptó Enrique-. Supongamos que tienes razón. Todo el mundo cree que es mejor de lo que en realidad es, ¿no?


—Hay excepciones, pero en general sí.


—Entonces, ¿por qué he dejado de creerlo yo?


—Porque, por culpa del insomnio, has dispuesto de demasiado tiempo para pensar en ti. Nosce te ipsum, decía el oráculo de Delfos; conócete a ti mismo. –Torció el gesto-. Menudo consejo más idiota. “Invéntate a ti mismo” sería una sentencia mucho más sabia.


—Un momento –dijo Enrique, pensativo-. Tener insomnio me hace reflexionar sobre mi vida, y reflexionar sobre mi vida me produce insomnio, ¿no?


—El clásico círculo vicioso –asintió Dios/House-. La pescadilla que se muerde la cola.


—Vale, muy bien. Pero entonces, ¿por qué tuve insomnio al principio?


—Y yo qué sé. Puede que te sentara mal la cena, o que te doliera la cabeza, o que tuvieses un grano en el trasero... –Dios/House hizo una pausa y le guiño un ojo-. O quizá fuese por los sueños que no has cumplido. Querías ser escritor, ¿recuerdas?; planeabas escribir una gran novela, pero luego comenzaste a trabajar en publicidad y siempre lo dejabas para más tarde. Tengo mucho tiempo, decías; algún día lo abandonaré todo y escribiré una obra maestra. Pero pasó el tiempo, y un buen día comprendiste que nunca serías escritor, que jamás llevarías a cabo nada de lo que te habías propuesto hacer. Te miraste al espejo y dijiste: esto es lo que hay y ya nunca habrá nada más.


Enrique se detuvo.


—Desde luego, eres la hostia animando a la gente.


—¿Y quién ha dicho que quiero animarte?


Enrique aspiró una bocanada de aire y lo exhaló lentamente.


—Ya sé que no he cumplido mis sueños –aceptó-; pero he llevado una buena vida, no puedo quejarme. El problema no es lo que he conseguido o dejado de conseguir, sino lo que soy.


—Y eres una caquita, ¿no?


—Soy... lo que más desprecio: mezquino, miserable...


—Bla, bla, bla –le interrumpió el mendigo con aire aburrido-. Ya estamos otra vez. ¿Tengo que repetirte que no has hecho nada especialmente malo, que eres como todo el mundo?


—Pues mira, peor –replicó Enrique-. Si fuera un gran hijo de puta, un auténtico villano, como...


—Lex Luthor. O el Doctor Octopus.


—Da igual. Si fuera un auténtico cabrón, al menos habría cierta grandeza en mí. Pero no, he llenado mi vida de mentiras y actos rastreros. Soy, sencillamente, ruin; un pequeño cabroncete de mierda.


Dios/House cerró los ojos, dejó caer la cabeza y fingió un ronquido. Luego, abrió los ojos y preguntó:


—¿Y qué vas a hacer al respecto? ¿Seguir condenándote al infierno del insomnio hasta que tengas alucinaciones? –Parpadeó y dijo para sí-: Coño, pero si ya tiene alucinaciones... –Sacudió la cabeza-. Bueno, ¿qué harás? ¿Joderle la Navidad a tu familia con tus lloriqueos?


Irritado, Enrique apretó los puños y repuso:


—¿Y qué demonios puedo hacer?


—Perdonarte –contestó con tranquilidad el mendigo.


—¿Qué?...


—Tú te estás castigando, de modo que sólo tú puedes perdonarte. Hazlo.


—¿Así de sencillo? –ironizó Enrique-. Me perdono y, zas, todo está solucionado, ¿no?


—Quizá no sea tan sencillo, pero seguro que encuentras la manera.


—¿Cómo?


El mendigo se encogió de hombros.


—No lo sé –dijo-; sólo soy Dios. Pero mira, pronto llegará la Navidad, la época de los milagros.


—Navidad, milagros... –masculló Enrique-. Pero si ni siquiera creo en Dios...


—Oye, que me estás ofendiendo. Además, qué más da si crees en mí o no; lo importante no es eso. – La habitual expresión sarcástica del mendigo se transformó en una amistosa sonrisa-. Mira, la Navidad es una gran mentira, y no porque lo que se celebre (el nacimiento de mi hijo) sea real o no, sino porque durante ese tiempo los seres humanos se engañan pensando que son buenos. No, ni siquiera eso; se engañan pensando que pueden llegar a ser buenos. Es mentira, sí, pero no es una mentira fea. Y a veces, de cuando en cuando, los milagros ocurren en Navidad y alguien, en algún lugar, hace algo realmente bueno.


Enrique le miró impertérrito.


—Te estás poniendo cursi –dijo.


Dios/House soltó una carcajada.


—¡Qué cabrón! –exclamó. Luego, recuperando la sonrisa irónica, añadió-: Te sientes sucio, ¿verdad Enrique?


—Cubierto de mierda.


—Entonces, ¿por qué no cierras los ojos y recuerdas cómo te sentías cuando eras un niño inocente y la Navidad estaba a punto de llegar?


—¿Más cursiladas?


—Mira que eres gilipollas. Hazme caso, coño: cierra los ojos de una puñetera vez y vuelve a ser Quique. Tampoco es tan difícil.


Enrique suspiró con resignación y cerró los ojos. La flauta comenzó a enhebrar de nuevo los sones de Noche de paz. Poco a poco, la mente de Enrique se sumergió en el pasado. Y, de pronto, recordó cuando acompañaba a sus padres al hipermercado para hacer las compras de Navidad; en la megafonía sonaban villancicos y había un olor especial, una mezcla de palomitas de maíz y pollo asado.. Y recordó a su madre trasteando en la cocina, y a su padre montando el árbol y el Belén, y a sus hermanos embarcados en un combate de pistolas de tapones. Y recordó las cenas de Nochebuena y las comidas de Navidad, y las copas de champán a las que daba furtivos sorbos cuando nadie le miraba, y el turrón Suchard de chocolate, y Raphael cantando El pequeño tamborilero. Y recordó la excitación de la noche de Reyes –pan y agua para los camellos y coñac para Sus Majestades de Oriente-, y los regalos envueltos en papeles multicolores, y lo feliz, limpio y seguro que se sentía entonces...


Abrió los ojos. La versión para flauta de Noche de paz seguía sonando, pero el mendigo había desaparecido.


—¿Dios?... –dijo Enrique en voz alta.


Nadie le contestó. Poco a poco, el villancico se fue debilitando, como si la fuente del sonido se alejase, hasta que finalmente, al cabo de un largo minuto, dejó de oírse. Enrique suspiró y echó a andar de regreso a casa. No pensó en nada durante el trayecto, y cuando, a las seis y media de la madrugada, llegó a su hogar y se acomodó en el salón, siguió con la mente en blanco, centrado tan solo en la cálida sensación que habían dejado en él los recuerdos de su infancia.


Cuando a las ocho menos cuarto su mujer se levantó, le encontró sentado en una butaca, con las manos en el regazo, la mirada perdida y una expresión ausente en el rostro.


—Pero Enrique –dijo Alicia-. ¿Tampoco has podido dormir esta noche?


Enrique volvió la cabeza y la miró como si no la reconociese. De pronto, se puso en pie, recogió el abrigo que había dejado tirado sobre el sofá y se dirigió a la salida.


—¿Adónde vas? –preguntó Alicia, desconcertada.


—A resolver un problema –respondió él sin detenerse ni mirar atrás-. No me esperes a comer.


La idea no se le había ocurrido como fruto de una profunda reflexión; surgió de repente, justo cuando Alicia apareció en el salón, pero, nada más tomar forma en su cabeza, Enrique comprendió que era exactamente lo que debía hacer. Montó en su coche y se dirigió al barrio de Chamberí, el territorio de su infancia. Los hermanos Mayoral vivían en un semisótano del número 29 de la calle Zurbano y eran hijos de Antonio Mayoral, el portero de la finca. Por desgracia, cuando Enrique llegó allí descubrió que el portero había sido sustituido por un telefonillo y que el semisótano estaba alquilado a una familia de emigrantes uruguayos.


Enrique pulsó todos los botones del portero automático, preguntando por los Mayoral, pero ningún vecino sabía nada de ellos, salvo una anciana que llevaba viviendo allí toda la vida.


—Don Antonio se jubiló hará unos quince años –le informó a través del altavoz.


—¿Y sus hijos?


—Francisco se casó poco antes, y el mayor, Santiago, siguió viviendo con sus padres hasta que se fueron. Era un poco retrasado el pobrecito.


—¿Sabe dónde puedo localizarles?


—Ay no, hijo, ni idea...


Decepcionado, Enrique se sentó en un banco y reflexionó durante unos minutos. En realidad, no esperaba que siguieran viviendo allí, pero confiaba en que hubieran dejado alguna dirección. Sacó del bolsillo su móvil 3G e hizo lo que debería haber hecho desde un principio: encomendarse a San Google. Pero no sirvió de nada; cuando escribió “francisco mayoral” obtuvo 350.000 resultados y, al probar con “santiago mayoral”, 3.970. Imposible visitar todas esas páginas, y además inútil, pues ni siquiera recordaba cuál era el segundo apellido de los hermanos. La guía telefónica local le ofreció resultados igualmente excesivos; además, los Mayoral no eran de Madrid, así que quizá hubiesen vuelto a su región de origen, fuera cual fuese. Guardó el móvil y suspiró; cuando falla lo digital, se dijo, no queda más remedio que recurrir a lo analógico. Armado de paciencia, se levantó y comenzó a recorrer las tiendas y portales de la zona preguntando por los hermanos Mayoral.


Pasó toda la mañana y toda la tarde recorriendo el barrio. Habló con decenas de personas, quizá cientos (o, al menos, eso le pareció a él) y, aunque varias de ellas recordaban a los hermanos, nadie pudo darle noticias de su actual paradero. A última hora, cuando ya había anochecido, Enrique entró en un bar de la calle Santa Engracia y se dirigió a la barra; era un local demasiado moderno, pero aún así le preguntó por los Mayoral al camarero. Éste sacudió la cabeza y siguió a sus quehaceres. Entonces, el parroquiano que estaba sentado al lado de Enrique bebiendo una copa de vino, un hombre de más o menos su misma edad, le dijo:


—Yo conozco a Paco Mayoral.


Enrique sintió que el corazón le daba un vuelco.


—¿Tiene su dirección o su teléfono? –preguntó.


—No, lo siento. Hace mucho que le perdí la pista. Pero, hará cosa de un par de años, me lo encontré por la calle. Sólo hablamos un momento; me dijo que trabajaba aquí, en el barrio, en la sucursal de un banco.


—¿Y no recuerda por casualidad qué banco era?


El desconocido se encogió de hombros y negó con la cabeza. Aún así, Enrique le dio efusivamente las gracias e insistió en invitarle a su consumición; y un par de besos le habría plantado de puro contento que estaba. Dios/House tenía razón, pensó mientras conducía de regreso a su hogar; a veces hay milagros en Navidad.


Al entrar en casa se encontró a su mujer esperándole con el rostro transido de preocupación.


—¿Pero dónde has estado? –dijo-. Llevo todo el día telefoneándote...


Era verdad; Enrique había visto las llamadas, pero no respondió. No podía explicarle a Alicia lo que estaba haciendo; cuando intentaba verbalizarlo, todo sonaba absurdo y ridículo. No tenía sentido, era una idiotez, pero sentía que era exactamente lo que debía hacer.


—Me encuentro bien, Alicia –dijo, aproximándose a ella y dándole un beso-. No te preocupes.


—Pues no tienes cara de encontrarte bien.


—Vale, todavía no del todo –aceptó él-. Pero lo voy a solucionar. Confía en mí.


Dejando a Alicia convencida de que su marido estaba fatal, Enrique se dirigió al dormitorio y conectó el portátil. Tras una rápida búsqueda en Internet, averiguó que había 147 sucursales bancarias en el barrio de Chamberí. Muchas; tardaría varios días en visitarlas todas.


Aquella noche, como todas las noche, apenas consiguió dormitar un par de horas; pero esa vez la causa de su desvelo no fue sólo el insomnio, sino también la excitación, como cuando era niño y los nervios de la noche de Reyes le impedían conciliar el sueño.


Salió de casa muy temprano, sin darle explicaciones a su mujer. Mientras conducía camino de Chamberí, Enrique se dio cuenta de lo mucho que le estaba afectando el agotamiento, pues le impedía razonar, pensar con lógica. ¿Por qué demonios iba a visitar en persona las sucursales si podía hacerlo mucho más rápida y cómodamente por teléfono? A punto estuvo de detener el coche y comenzar a hacer llamadas, pero cambió de idea al instante. No, nada de teléfonos y facilidades; ésa era su peregrinación y su penitencia, y tenía que llevarla a cabo personalmente.


Tuvo suerte, mucha suerte (o quizá fue otro milagro de Navidad). En la séptima oficina que visitó, la sucursal del Banesto de la Glorieta de Quevedo, el director se llamaba Francisco Mayoral.


Enrique no le reconoció cuando salió a recibirle, y Francisco tampoco le reconoció a él. Habían transcurrido casi treinta y cinco años desde la última vez que se vieron.


—Soy Enrique Mallorquín –le dijo Enrique tras estrecharle la mano-. Éramos compañeros de clase en el San Alberto Magno. Vivíamos muy cerca: tú en el 29 de Zurbano y yo en la calle de la esquina, en el número 23 de Españoleto. Por entonces me llamaban Quique...


Aunque le costó cierto esfuerzo, Francisco acabó acordándose de él y, un tanto confuso, le invitó a pasar a su despacho. Sentados frente a frente, Enrique le preguntó por sus padres. Ambos habían muerto, contestó Francisco. Entonces Enrique dijo:


—¿Y Santiago, tu hermano?


—Está bien. Vive aquí, en Madrid, en una residencia.


—Me encontré con él hace, no sé, más de veinte años, y me dijo que trabajaba en una fábrica.


—Ya no. Le concedieron una pensión por incapacidad.


Enrique titubeó.


—Verás, Paco –dijo-, me gustaría mucho volver a verle. ¿Podrías darme su dirección?


Francisco le contempló con creciente desconcierto.


—Perdona –dijo-, pero imagino que recuerdas que Santiago no es... –Se señaló con un gesto la cabeza-. No es del todo normal...


—Claro. Supongo que eso no se cura.


—Tiene cincuenta años y la mente de un niño de diez.


—Ya, pero aún así me haría mucha ilusión verle de nuevo.


Francisco se encogió levemente de hombros, escribió la dirección de la residencia en un papel y se la entregó a Enrique. Éste le echó un vistazo y se la guardó en un bolsillo; luego, añadió:


—Una cosa más, Paco. ¿Qué le gusta hacer a tu hermano?


—¿Qué?...


—¿Cómo se lo pasa bien Santiago; qué es lo que más le divierte?


Francisco arqueó las cejas.


—Pues ir al parque de atracciones –respondió-. Le encanta la montaña rusa.


—Vale... Oye, ¿te importaría que le invitase hoy a ir al parque de atracciones?


Francisco se reclinó en su sillón y parpadeó un par de veces.


—Como quieras –dijo-; pero... Perdona, Enrique, pero no lo entiendo. Apareces de pronto, después de casi cuarenta años, ¿para llevarte a mi hermano al parque de atracciones? –Sacudió la cabeza-. ¿Por qué?


Enrique respiró hondo y expulsó lentamente el aire por la nariz.


—Porque necesito que me perdone –murmuró.


—¿Que Santiago te perdone? ¿Por qué, qué le has hecho?


—Nada, no he hecho nada; por eso quiero pedirle perdón. –Enrique se incorporó-. Es difícil de explicar, Paco. Ya te llamaré un día de estos. Ahora, disculpa, pero tengo prisa. Gracias por todo.


La residencia se encontraba al oeste de Madrid, cerca de la Ciudad Universitaria. Enrique aparcó el coche y entró en el edificio, una construcción de ladrillo visto erigida en los 60. En el vestíbulo, junto a un falso abeto lleno de luces titilantes, un conserje calvo y panzudo dormitaba en su garita; Enrique se aproximó a él y le preguntó por Santiago Mayoral. Con aire aburrido, el hombre hizo una breve llamada por un teléfono interior y le pidió que aguardara. Cinco minutos después, Santiago apareció en el vestíbulo.


Había cambiado mucho. Estaba gordo, y viejo, y su pelo, antes del color del fuego, ahora era entre amarillento y anaranjado, con grandes entradas y muchas canas. No obstante, algo permanecía inalterable en su rostro: la mirada de niño inocente.


Al principio, Santiago no le reconoció; Enrique intentó refrescarle la memoria dándole todo tipo de explicaciones, pero no obtuvo ningún resultado hasta que mencionó el lejano incidente del juego de policías y ladrones.


—¡Ah sí, Quique! –exclamó Santiago-. Me pegaste en la cabeza.


—Es que yo era muy pequeño y tú, sin darte cuenta, me estabas asfixiando.


—Lo siento...


—No importa; eso pasó hace mucho tiempo. Oye, ¿te apetece tomar una cerveza conmigo?


Santiago no lo dudó ni un instante.


—Vale –dijo-. Pero fuera hace frío. Voy a por mi chaquetón.


Cerca de la residencia había una vieja cafetería con grandes ventanales a la calle y guirnaldas de espumillón adornando la barra. Enrique y Santiago se sentaron a una mesa y le pidieron al camarero un par de botellines de cerveza; luego, mientras daban parsimoniosa cuenta de sus bebidas, Santiago le habló de su vida, de sus amigos de la residencia, de una novia que tenía que era “como él”, de su hermano, con quien pasaría la Nochebuena y la Navidad... Enrique estaba maravillado; habían transcurrido más de veinte años desde la última vez que se vieron, y sin embargo ahí estaba aquel niño viejo, hablando con toda naturalidad, sin preguntarse ni cuestionarse nada.


Enrique también le hizo un resumen de su vida, y, cuando le contó que se dedicaba a la publicidad, Santiago se quedó con la boca abierta, porque le encantaban los anuncios. Media hora más tarde, tras un breve silencio, Enrique dijo:


—Hace unos veinte años nos encontramos en Martín, el bar que estaba cerca de tu antigua casa. ¿Lo recuerdas, Santiago?


—La gente me llama Santi.


—Vale. ¿Recuerdas cuando nos vimos en Martín, Santi?


Santiago desvió la mirada y asomó la punta de la lengua por entre los labios. Tras unos segundos de reflexión, negó con la cabeza.


—No...


—Tú me invitaste a tomar una cerveza y yo te dije que no y me fui.


—Tendrías prisa...


—No, no tenía prisa. Debí tomarme contigo esa cerveza. ¿Me perdonas?


—Pero si no me acuerdo...


—Yo sí; no me porté bien. Por favor, perdóname.


Santiago se encogió de hombros.


—Vale –dijo-. No me acuerdo; pero si quieres que te perdone, te perdono...


Enrique sintió un alivio tan intenso que durante unos segundos el mundo dio vueltas a su alrededor. Cuando se recuperó del mareo, tragó saliva y dijo con un hilo de voz:


—Gracias... ¿Puedo darte un abrazo?


—Bueno.


Enrique se inclinó hacia delante y rodeó con los brazos el rechoncho cuerpo de Santiago. Y, mientras le abrazaba, sintió por primera vez en mucho tiempo que todo era correcto, que cada pieza de su vida encajaba en su lugar, y sin poder reprimirse, comenzó a llorar como un niño. Lloraba por cansancio, y por alivio, y por todos y cada uno de los pequeños pecados que había cometido en su vida. Un minuto más tarde, advirtiendo la incomodidad de Santiago, se apartó de él y se reclinó en su asiento.


—Estás llorando –dijo Santiago-. ¿Te duele algo?


—No, todo lo contrario –respondió Enrique, secándose las lágrimas con el dorso de la mano-. Es que se me ha metido polvo en los ojos. –Carraspeó-. Oye, Santi, tu hermano me ha dicho que te gusta mucho el parque de atracciones. ¿Quieres que vayamos ahora? Te invito yo.


Los ojos de Santiago se iluminaron.


El parque de atracciones estaba decorado con motivos navideños, y lleno de falsos Santa Claus, falsos reyes magos y falsos pajes; lo único auténtico eran los tres camellos que, de vez en cuando, recorrían el parque encabezando una pequeña cabalgata. Nada más llegar, Santiago insistió en ir primero a la montaña rusa, y Enrique, haciendo de tripas corazón, pues detestaba las montañas rusas, asintió con una insegura sonrisa.


Aunque aún no había mucha afluencia de visitantes, tuvieron que hacer cola frente a la atracción. Finalmente, subieron a una de las vagonetas e iniciaron el viaje. Santiago gritaba de alborozo en cada bajada vertiginosa, en cada looping, en cada curva de látigo. Estaba tan entusiasmado que, cuando concluyó el trayecto, insistió en montar de nuevo, así que salieron de la vagoneta, hicieron cola y volvieron a lanzarse al vértigo de la montaña rusa. Y cuando regresaron al punto de partida, Santiago quiso repetir otra vez, de modo que salieron, hicieron cola y subieron a una vagoneta.


Fue al final del tercer viaje cuando ocurrió el incidente. El encargado de la atracción advirtió que, tras detenerse una vagoneta al final de su recorrido, dos pasajeros no se bajaban. Por lo general, quienes daban problemas solían ser adolescentes díscolos, así que el encargado se sorprendió al aproximarse y comprobar que los pasajeros de la vagoneta eran dos adultos: un tipo gordo con sonrisa bobalicona y...


Estupefacto, el encargado abrió la boca y, sin apartar la mirada del segundo pasajero, se rascó la cabeza. Desde que trabajaba en el parque había presenciado muchas cosas raras, pero era la primera vez en su vida que veía a alguien quedarse dormido en la montaña rusa.


Enrique, con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios, se arrebujó contra el brazo de Santiago y lanzó un profundo ronquido.


A lo lejos, en algún lugar, una flauta comenzó a desgranar la notas de Noche de paz.


12.24.2010

Cuento de Navidad: El ángel y la señora Monroy


El ángel y la señora Monroy



por César Mallorquí


La noche era un desierto salpicado de luces de colores. Guarecido del frío en un portal situado enfrente de la casa, Abilio lió un canuto, lo encendió con el mismo Bic que había empleado para ablandar la china y fumó lentamente, reteniendo el humo en los pulmones tras cada calada, con la mirada fija en las ventanas del bajo derecha. A lo lejos sonaba un villancico; el reloj de una iglesia hizo tañer diez veces su campana. Abilio llevaba más de una hora ahí plantado, sin hacer nada salvo fumar y vigilar. A sus veintitrés años de edad había aprendido que, cuando vas a dar un palo, toda precaución es poca.


Por eso había elegido aquella casa, el bajo derecha, porque pertenecía a una vieja viuda ricachona que a lo mejor, si había suerte, guardaba sus ahorros debajo del colchón o en el tarro de la harina. Y por eso había escogido aquella fecha, el veinticuatro de diciembre, porque esa noche todo el mundo está a lo suyo, en su casa; y si no se encuentra en su casa, es que estará cenando con un familiar y no volverá hasta pasadas las doce.


Las ventanas del bajo derecha habían permanecido oscuras todo el rato; además, Abilio había pulsado un par de veces el botón del portero automático sin obtener respuesta. La casa estaba vacía. No obstante, Abilio decidió esperar un cuarto de hora más, no fuera a ser que algún vecino rezagado le sorprendiera en plena faena.


Mientras aguardaba, repasó sus planes para la noche. Había quedado con Loli en recogerla a la una en casa de sus viejos; luego, irían a la fiesta que daba Lucas en su chabolo y pasarían la puta Nochebuena de juerga, poniéndose ciegos de todo, y quizá, quién sabe, puede que acabaran echando un polvo. Sonriendo ante tan prometedoras perspectivas, Abilio buscó en un bolsillo de su cazadora la cajita de pastillas Valda donde guardaba su particular farmacia; la abrió y examinó el contenido. Cinco gramos de costo, dos pirulas, un tripi y una papelina de farlopa. Suficiente para pasar una buena noche, aunque hacerse con todo aquello le había dejado sin un céntimo.


Pero daba igual; aquel piso del barrio de Salamanca le llenaría de nuevo los bolsillos. Si había suerte, encontraría efectivo; y si no, se llevaría los objetos más valiosos, aunque eso supondría hacerle una visita a Montoya, el perista, lo cual le haría a llegar tarde a la fiesta. Pero daba igual; ese piso era una perita en dulce. No había ni seguridad ni alarmas: un juego de niños. Entrar, pillar la pasta, las joyas y la plata, y abrirse.


A las diez y cuarto, Abilio sacó la papelina, cogió una pizca de coca con una esquina del carnet de identidad y se metió un tirito. Químicamente estimulado, guardó la farlopa y se dirigió al portal situado enfrente. Apenas tardó un minuto en abrir la puerta; de algo tenía que servirle el módulo de cerrajería que había estudiado cuando era adolescente.


Entró en el portal y, sin encender la luz, remontó una escalera de mármol blanco cubierta en su tramo central por una alfombra marrón. Era un edificio antiguo, de principios del siglo pasado, pero aún conservaba casi intacto todo su esplendor burgués. Abilio se detuvo ante la puerta de la derecha, sacó una pequeña linterna y la encendió. El haz de luz iluminó un rótulo situado bajo el timbre: Julia Monroy Luque, viuda de Martínez-Urquijo. La vieja podrida de pasta.


Durante unos segundos Abilio se quedó inmóvil, atento a los sonidos, pero sólo escuchó un rumor de voces y música procedente de los pisos superiores. Luego, sujetando la linterna entre los dientes, se acuclilló frente a la cerradura, la manipuló con las ganzúas y abrió la puerta. Sin solución de continuidad, entró en la casa, cerró a su espalda y de nuevo se inmovilizó.


El piso se hallaba a oscuras y en completo silencio. La vieja debía de estar cenando con sus hijos y sus nietos, tan ricamente, supuso Abilio. Paseó el haz de la linterna a su alrededor y comprobó que estaba en un vestíbulo; a la derecha había un largo pasillo y a la izquierda una puerta de madera con cristales esmerilados. Abilio la abrió y se adentró en un salón tan anticuado como lujoso; muebles de roble y cerezo, sillones de cuero, alfombras orientales, óleos colgando de las paredes... Abilio se aproximó a una vitrina; estaba llena de objetos de plata, pero eso lo dejaría para el final. Lo primero eran las joyas y la pasta, y ambas cosas solían encontrarse en los dormitorios.


Abilio salió del salón, se internó en el pasillo y abrió la primera puerta de la derecha; era un dormitorio, probablemente de invitados, pues, tras una rápida inspección, comprobó que no había nada en la mesilla ni en los armarios. Regresó al pasillo y entreabrió la puerta de la izquierda. Lo primero que le llamó la atención fue que, aunque la habitación estaba a oscuras, había un pequeño arbolito de Navidad sintético con las guirnaldas encendidas. El intermitente resplandor de las luces de colores se reflejaban en las estanterías repletas de libros que cubrían las paredes. Debía de ser un despacho...


De pronto, Abilio oyó algo a su derecha, un ruido ahogado, y abrió la puerta del todo. Al fondo de la habitación había un escritorio de madera y, sentada tras él en un sillón de cuero castaño, una anciana le miraba horrorizada a través de unas lentes de montura metálica.


Durante un segundo nadie se movió, como el fotograma congelado de una comedia de enredos. Un instante después, el cerebro de Abilio le ordenó a sus piernas que se dieran la vuelta y salieran de najas, pero justo en ese momento la anciana puso los ojos en blanco y, tras un débil gemido, se desplomó sobre el escritorio.


Abilio arqueó las cejas. La vieja se había desmayado; cojonudo, era el momento de abrirse. Quizá incluso tuviera tiempo de pillar la plata del salón... Se dio la vuelta y avanzó unos pasos hacia el vestíbulo, pero se detuvo de nuevo. ¿Y si no era un desmayo? ¿Y si a la vieja le había dado un tabardillo, un infarto o algo así? Durante unos segundos permaneció inmóvil, titubeante. Bueno, se dijo, y si le había dado un jamacuco, ¿a él qué le importaba? Además, ¿qué coño hacía la puñetera vieja encerrada a oscuras en su casa? En cualquier caso, debía de haberse llevado un susto de muerte al ver aparecer de repente a un desconocido...


Casi sin darse cuenta de lo que hacía, Abilio regresó al despacho y se aproximó a la anciana, que seguía caída sobre el escritorio. Se inclinó sobre ella y la examinó con atención; tenía los ojos cerrados y no se movía, pero respiraba con suavidad. Ni había muerto ni parecía enferma; sólo estaba inconsciente. Abilio se incorporó; entonces advirtió que en el escritorio, sobre una escribanía de bronce y cuero, había cuatro objetos: un botellín de agua mineral, un frasco de cristal lleno de cápsulas amarillas, una pluma Mont Blanc y una breve nota manuscrita. Abilio iluminó el papel con la linterna y lo leyó.


—¡La hostia puta! –musitó con los ojos como platos.


Intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca. Se inclinó sobre la nota y la leyó de nuevo.


“A quien pueda interesar: Yo, Julia Monroy Luque, en plenitud de mis facultades mentales, he decidido voluntariamente poner fin a mi vida. Les ruego que disculpen las molestias”.


Debajo, una pulcra firma de colegio de monjas. Abilio cogió el frasco de cristal y leyó la etiqueta: Nembutal 100 mg.


—La hostia puta... –repitió, ahora susurrando.


Si de algo sabía era de drogas; Nembutal, también llamado pentobarbital sódico; un barbitúrico de caballo, el favorito de los suicidas. Dejó de nuevo el frasco sobre la escribanía, se apoyó en el escritorio e intentó pensar, pero tenía la cabeza vacía. Y la boca seca. Necesitaba beber algo. Le echó un vistazo al botellín de agua mineral, pero no estaba abierto y no le parecía bien abrirlo, así que salió del despacho y buscó la cocina.


Se encontraba al fondo del pasillo. Era grande, con el suelo ajedrezado, las paredes de baldosín blanco y electrodomésticos anticuados. Tras encender la luz, Abilio bebió directamente del grifo del fregadero; al acabar, se fijó en que había un cazo sobre la cocina de gas. Lo destapó; era una crema de marisco. En el horno había una fuente con pollo relleno. Todo frío. Abrió el frigorífico, un viejo Westinghouse, y comprobó que sólo había huevos, lechuga, tomates, leche de soja y poco más. Ni una maldita cerveza.


Cerró la puerta de la nevera y permaneció unos instantes indeciso. ¿Qué demonios estaba haciendo ahí?, pensó. Tenía que irse, eso era lo único sensato. Pero antes, un tirito; sacó la papelina, trazó una rayita de coca sobre el mármol de la encimera y la esnifó con su último billete de diez euros enrollado. Luego, apagó la luz, salió de la cocina y de nuevo se paralizó. La luz del despacho estaba encendida. La vieja había recuperado el conocimiento. Procurando no hacer ruido, con suma cautela, Abilio caminó hacia el despacho y asomó la cabeza por la puerta. La anciana estaba de pie, junto al escritorio; al verle, se llevó una mano a la cara y retrocedió.


—¿Quién eres? –preguntó.


—Me llamo Abilio –respondió el joven, adentrándose un par de pasos en el despacho.


—¿Qué haces aquí, cómo has entrado?


—Pues... he forzado la cerradura, señora.


La anciana alzó levemente una ceja; parecía asustada, pero no histérica, como suelen ponerse las viejas cuando se sienten en peligro.


—Has venido a robar... –dijo en tono más sereno, como si la perspectiva de ser desvalijada la tranquilizase.


—Creí que el piso estaba vacío –asintió Abilio-. Pero no se preocupe, señora, que soy pacífico, ¿eh? No me va la violencia, así que no voy a hacerle nada, se lo juro.


La anciana desvió la mirada y respiró profundamente; luego, se aproximó a un cuadro situado justo detrás del escritorio y lo apartó, haciéndolo girar sobre unas invisibles bisagras. Detrás había una pequeña caja fuerte empotrada; la mujer marcó la combinación y abrió la puerta del cofre. A continuación, se apartó unos pasos y dijo:


—Ahí hay joyas y dinero. Cógelo. Coge lo que quieras y vete.


Abilio le echó un vistazo a la caja y luego miró a la anciana. Era menuda, con el pelo blanco recogido en un moño y el rostro lleno de arrugas. Los ojos, empequeñecidos por las lentes, se adivinaban azules. Debía de tener setenta y tantos años.


—No me voy a llevar nada, señora –dijo Abilio.


La anciana le miró con extrañeza.


—¿No has entrado a robar?


—Sí, pero... ya no.


—Entonces, ¿qué haces aquí?


Abilio parpadeó, confundido. Buena pregunta; ¿qué demonios estaba haciendo?


—Usted es Julia Monroy, ¿verdad? –preguntó.


—Sí.


—Ya, pues... –Señaló la nota que yacía sobre el escritorio-. He leído lo que ha escrito.


Doña Julia miró la nota y palideció; luego, se sentó en el sillón y cerró los ojos. No dijo nada. Abilio la contempló en silencio durante largo rato. Era tan frágil como un pajarito, tan pulcra, tan delicada... parecía de peluche, como una anciana de juguete. A Abilio le recordó a su abuela. Bueno, no del todo, claro; su abuela tenía pinta de bruja y los dientes corroídos por las caries, pero era una buena mujer que siempre le trató con cariño, algo que no podía afirmar del resto de sus parientes.


—¿Por qué se quiere usted matar? –preguntó finalmente.


La anciana abrió los ojos y le miró con seriedad.


—Creo que eso no es asunto tuyo –dijo-. Ahora, llévate lo que quieras, o no te lleves nada, pero vete. Es mi casa y deseo estar sola.


—Pero...


—Vete.


Abilio dejó escapar un suspiro y se encogió de hombros.


—Como quiera –dijo.


Echó a andar hacia la salida, pero se detuvo nada más traspasar la puerta. Tras un instante de duda, se dio la vuelta, entró de nuevo en el despacho y, ante los sorprendidos ojos de la anciana, se sentó en una silla, frente a ella, con el escritorio de por medio.


—Pues no me voy –declaró-. Mire, señora, dice usted que no es asunto mío, y es verdad, no lo era. Pero he leído la nota y ahora sé que tiene pensado quitarse de en medio con Nembutal, así que si me largase sería como... no sé, como si la dejara morir.


Doña Julia le miró con perplejidad.


—Eres un ladrón muy raro –dijo-. Escucha, no me conoces, ni yo a ti; no tienes que hacer nada. Vete, por favor.


—No –repuso Abilio cruzándose de brazos-. Primero cuénteme por qué quiere matarse.


La anciana respiró hondo, armándose de paciencia.


—¿Y si llamo a la policía? –dijo.


El joven hizo un gesto vago.


—Ya le he dicho que no soy violento –respondió-, así que si quiere llamar a la pasma no se lo voy a impedir. Pero tampoco me iré. Entonces vendrán los maderos, y yo les contaré lo que piensa hacer usted. A mí me llevarán a la trena y a usted a un loquero. Chungo para los dos. –Se inclinó hacia delante y compuso una sonrisa amistosa-. Mire, señora, usted quiere matarse y seguro que tiene una buena razón. Cuéntemela y la dejaré tranquila.


—Pero, ¿a ti qué te importa? –preguntó ella, un tanto irritada.


—Pues no lo sé... pero me importa.


Doña Julia cerró los ojos y suspiró con cansancio. Tras un largo silencio, dijo:


—¿Si te lo cuento te irás?


—Le doy mi palabra.


—De acuerdo. –La anciana respiró hondo y dijo-: Tengo setenta y cuatro años. Mi único hijo, mi nuera y mis dos nietos murieron a causa de un accidente de automóvil en 1999. Tres años después falleció Carlos, mi marido. Estoy sola y la soledad duele. No espero nada del futuro, salvo más soledad. ¿Te parecen suficientes motivos para desear la muerte?


Abilio se acarició la nuca.


—Joder, qué putada... Perdone, eh... Quiero decir que siento mucho lo de su familia. Pero supongo que tendrá más parientes, amigos...


—Mis tres hermanos eran mayores que yo y todos han muerto, igual que mis tíos. Tengo un par de primos en Cataluña, pero hace tiempo que perdimos el contacto y ni siquiera sé si aún viven. En cuanto a mis amigos... en realidad eran amigos de Carlos y, por tanto, me superaban en edad. Los que aún están... bueno, digamos que no están muy bien. Alguno ni siquiera recuerda cómo atarse los zapatos.


Abilio respiró hondo y soltó el aire lentamente.


—Entonces –dijo- ¿siempre está sola?


—Durante el día viene una asistenta, Cecilia, para hacer la casa y cocinar, y por la noche suele dormir aquí una enfermera. Hoy, por ser el día que es, le he dado la noche libre.


Y también para poder quitarse de en medio sin que nadie la moleste, pensó Abilio.


—¿Sabe lo que creo, señora? –dijo-. Que es normal que a uno le entre el muermo viviendo solo en un pisazo tan grande. ¿Por qué no se va a una residencia de ancianos? Las hay cojonudas... perdón, muy buenas, y supongo que usted puede pagárselo. Hay gente de su edad y podría hacer amigos.


Doña Julia esbozó una sonrisa irónica.


—Claro –repuso-, no se me ocurre nada que anime más a seguir viviendo que la perspectiva de ir a parar a un cementerio de elefantes. –Movió levemente la cabeza de un lado a otro-. Bueno, ya te lo he contado. Ahora cumple tu palabra y vete.


Abilio negó con la cabeza.


—Un momento, un momento –dijo-. Quiero entenderlo bien, señora. Vamos a ver, sus hijos y sus nietos murieron hace... once años, y su esposo ocho. Y hoy, de repente, el día de Nochebuena, decide usted matarse. ¿Por qué ahora, después de tanto tiempo?


—Supongo que llega un día en que el vaso se colma, en que te fallan las fuerzas... Qué más da.


—Ya, pero ¿por qué precisamente en Nochebuena?


La anciana desvió la mirada. Tras una pausa, respondió en voz baja:


—Hoy hace cincuenta y cinco años que Carlos me pidió la mano.


—Y está depre –replicó Abilio-. ¿Sabe?, el otro día oí en la radio que en las Navidades hay más suicidios. Por lo visto, a la gente que está jodida... perdón, deprimida, le entra muy mal rollo al ver a todo el mundo alegre, y además echa de menos a los difuntos... Seguro que después de las fiestas ve usted las cosas de otra...


—Tengo cáncer –le interrumpió la anciana.


—¿Qué?...


—No te lo había contado todo. Hace dos meses me diagnosticaron un cáncer.


Abilio parpadeó, confuso.


—¿Qué... qué clase de cáncer? –preguntó.


—La clase de cáncer que no se cura –respondió doña Julia con serenidad-; la clase de cáncer que te acaba causando un gran sufrimiento; la clase de cáncer que te lleva al hospital, donde te consumes poco a poco, sedada hasta la inconciencia, convertida en una grotesca caricatura de lo que eras. Esa clase de cáncer. Como mucho me quedan cuatro o cinco meses de vida, y no quiero acabar así. ¿Puedes entender eso?


Abilio apoyó los codos en las rodillas y paseó la mirada por el entramado geométrico de la alfombra persa que cubría la tarima.


—Sí, señora –musitó-; lo entiendo.


Sobrevino un largo silencio; un silencio hecho de lágrimas evaporadas y suspiros, un silencio dolorido y oscuro. Al cabo de unos minutos, doña Julia, con la mirada extraviada, dijo más para sí misma que para Abilio:


—Escribí la nota de suicidio poco después de las cinco de la tarde, cuando se fue Cecilia. Desde entonces hasta que llegaste tú he estado sentada aquí, en el despacho de Carlos, mirando las cápsulas del frasco, sin decidirme a dar el paso final. Y no porque le tenga miedo a la muerte, no... Pero cuando yo desaparezca, todos mis recuerdos se desvanecerán conmigo. Todos los instantes hermosos, todos los momentos de felicidad, o de dolor, toda la intimidad, todo lo que he vivido, la memoria de Carlos y de Tomás, y de mis nietos, todo eso morirá cuando yo muera. Y me parece horrible, injusto... Por eso me cuesta tanto hacer lo que tengo que hacer, porque al matarme a mí misma los mataré también a ellos. –Suspiró-. Me da miedo que me falte el valor...


Abilio contempló a la anciana sin saber qué decir. En cierto modo sentía envidia; a él también le gustaría tener algún recuerdo que mereciera ser conservado. Doña Julia advirtió la expresión de abatimiento que se había instalado en el rostro del joven y permitió que sus labios se curvaran en una sonrisa.


—¿Cómo has dicho que te llamas? –preguntó.


—Abilio, señora.


—Eres una buena persona, Abilio.


El joven soltó una risita amarga.


—Soy un mangui –replicó-; un ladrón de tres al cuarto.


—La única persona de quien, según la Biblia, tenemos constancia que esté en el cielo, es Dimas, precisamente un ladrón.


—¿Cree usted en Dios, señora?


—Hasta el accidente sí; a fin de cuentas me educaron las monjas. Pero luego... la fe se desvaneció. Me gustaría pensar que después de la muerte voy a reencontrarme con mis seres queridos, pero por desgracia ya no me queda ese consuelo. ¿Y tú, crees en Dios?


Abilio se encogió de hombros.


—Creo –dijo- que si Dios existiese sería para majarle a hostias. Y perdone mi lenguaje, señora.


Doña Julia soltó una carcajada de cristal.


—No te disculpes; lo has expresado muy bien.


Hubo un nuevo silencio.


—Ya puedes irte, Abilio –dijo la anciana con suavidad-. Gracias por tus buenas intenciones.


El joven respiró profundamente y se incorporó.


—Vale –dijo-; me abro. Pero antes, ¿puedo ir al tigre? Al retrete, quiero decir.


—Claro. La segunda puerta a la izquierda.


Era un cuarto de baño enorme, tan anticuado como el resto de la casa. Bañera de hierro esmaltado, grifería decimonónica y los sanitarios unos Roca del pleistoceno. Abilio se sentó en el váter, sacó del bolsillo la caja de pastillas junto con un mechero y se lió rápidamente un porro, que procedió a fumarse acto seguido con taciturnas caladas.


La vida es una mierda, pensó. Una puta, puta, puta mierda. Poco a poco, la laxitud del hachís le fue invadiendo. Se recostó contra la pared, cerró los ojos y siguió fumando despacio. Entonces, sin saber cómo, se le ocurrió algo. Una idea absurda. Una locura. Consultó el peluco: pasaban veinte minutos de las once. Suspiró. Le dio las últimas caladas al canuto, arrojó la colilla a la taza y tiró de la cadena. Luego fue al lavabo, se enjabonó las manos, se echó agua en la cara y se secó. Volvió a sacar la caja de pastillas y la abrió. Una china, dos pastis, un ácido y la papelina. Trazó una raya de coca en el espejito que encontró sobre una balda y luego añadió otra; tenía que estar espabilado. Esnifó dos veces, una por cada fosa nasal, y respiró hondo. Se miró al espejo.


—Estás gilipollas, chaval –le espetó a su reflejo.


Salió del cuarto de baño y regresó al despacho. La anciana parecía no haber movido ni un músculo durante su ausencia. Abilio se sentó de nuevo frente a ella y dijo:


—Usted no me ha preguntado nada.


La anciana le miró con extrañeza.


—No te entiendo...


—Pues que es Nochebuena y, en vez de estar cenando con la familia, he venido aquí a robar. ¿No se pregunta por qué?


—La verdad es que no. –Doña Julia se encogió ligeramente de hombros-. ¿Por qué; no tienes familia?


—Sí, sí que la tengo. Mi viejo se largó hace ocho años, cuando yo tenía quince, y no he vuelto a verle; por suerte, porque lo único que recuerdo de él son las palizas que nos daba a mis hermanos y a mí. Mi vieja se enrolló unos años después con un cabrón que, a las primeras de cambio, intentó follarse a mi hermana Carmen... Disculpe; hablo muy mal. El caso es que mi vieja tragó y le perdonó, y yo me fui de casa. De eso hace cuatro años y no he vuelto a aparecer por ahí. En cuanto a mis hermanos, por lo que sé el mayor está en la trena; Carmen, que siempre fue la más lista, emigró a Barcelona, y Antonio, el pequeño, le da al jaco, es yonqui. Ni siquiera sé si aún está vivo. –Hizo una pausa-. ¿Qué más?... Ah, sí, tengo una piba, un rollete; se llama Loli y es buena tía, pero acabará dándose cuenta de que soy un mierda y me dejará tirado. Yo... bueno, intenté ser honrado y trabajé durante un tiempo en una cerrajería, pero me fui al paro hace tres años y desde entonces he andado a salto de mata, dando palos para sobrevivir. Y... aquí estoy.


Doña Julia puso cara de circunstancias.


—Lamento mucho lo que me cuentas –dijo-. Pero que tu vida haya sido difícil no me consuela lo más mínimo.


—No lo decía por eso, sino para que supiera que yo también estoy solo y... Bueno, antes fui a la cocina y vi que había sopa y pollo...


—Lo preparó Cecilia antes de irse.


—Pues tiene muy buena pinta y, en fin, como hoy es Nochebuena, y usted y yo estamos solos, se me había ocurrido que podría invitarme a cenar.


La anciana se lo quedó mirando con las cejas alzadas, como si no acabara de creerse lo que había oído, y rió suavemente.


—Vamos a ver, Abilio –dijo-: Entras en mi casa para robar, te metes en mi vida sin pedir permiso y, además, ¿pretendes que te invite a cenar?


—Pues... sí. Es que, además, se me ha ocurrido otra cosa. Verá, ha dicho usted que le da palo que sus recuerdos se pierdan, ¿verdad? Bueno, pues podría contármelos a mí.


—¿Qué?


—Que si me cuenta su vida, si me habla de su esposo y de su familia, yo lo recordaré. Ya sé que no soy la clase de tío que usted elegiría para conservar sus recuerdos, pero... bueno, antes ha dicho que no soy del todo mala persona y, además, tampoco tiene mucho donde escoger.


Hubo un silencio. Durante unos segundos, la anciana y el joven se miraron a los ojos, con fijeza, como si intentaran hablar sin palabras; y, de repente, la atmósfera de aquel despacho lleno de libros jurídicos pareció estremecerse, cargarse de electricidad. Puede que entonces la señora Monroy comprendiese lo que iba a hacer Abilio, puede que no; el caso es que dijo:


—Ahora no tengo hambre...


—Pues cenamos más tarde, no se preocupe. ¿Le importa que me quite la chupa? Es que aquí hace tela de calor. –Abilio se despojó de la cazadora y la colgó del respaldo de la silla-. Bueno, ¿por dónde empezamos? –prosiguió-. Usted ha dicho antes que hoy es el aniversario del día en que se le declaró su esposo. ¿Cómo fue?


La anciana parpadeó, y bajó la mirada con timidez, como si un repentino acceso de pudor le impidiera hablar. Luego, tras un largo silencio, suspiró, sonrió y dijo:


—Fue en 1955. Carlos tenía veintiséis años y yo diecinueve. Llevábamos tres de relaciones, a la espera de que él aprobase la oposición. Se había examinado en el 54, pero suspendió, así que volvió a presentarse a finales de noviembre del siguiente año, pero aún no sabíamos el resultado. Pasó el tiempo y llegó la Nochebuena. Aquella mañana, me telefoneó temprano para invitarme a dar un paseo por el Retiro; dijo que pasaría a buscarme a las diez y media. Por aquel entonces yo vivía con mis padres en la calle Zurbano, cerca de Almagro. Carlos me recogió en un taxi que nos dejó en el paseo de coches del Retiro. Supongo que debería de haberme figurado algo, porque Carlos solía andar corto de dinero y siempre iba en metro o en tranvía, nunca en taxi; pero ni lo pensé. La mañana era soleada, aunque fría, y había muy poca gente en el parque. Fuimos paseando hasta la Casita del Pescador y nos sentamos en un banco. Recuerdo que había un pobre tocando el violín...


—¿Qué tocaba? –la interrumpió Abilio.


—Un villancico; Noche de paz. Lo interpretaba muy mal, pero a mí me sonaba precioso... De pronto, Carlos me dijo que ya se habían hecho públicos los resultados de la oposición. “¿Y?”, le pregunté. Y él contestó: “Estás hablando con un notario”. Luego, antes de que yo pudiera reaccionar, se puso de rodillas, me entregó un estuche con este anillo –mostró el fino aro de oro con un minúsculo diamante que llevaba en el anular-, me cogió de la mano y dijo: “Querida Julia, te estoy entregando mi corazón. Si lo aceptas, me harás el hombre más feliz del mundo. ¿Quieres compartir conmigo alegrías y tristezas durante el resto de nuestras vidas?”.


Joder, qué cursilada, pensó Abilio. Pero tomó nota mental de cada palabra.


—Le dije que sí, por supuesto –prosiguió doña Julia-, y me eché a llorar de alegría. Esa misma tarde Carlos vino a casa para hablar con mis padres y solicitarles formalmente mi mano. Nos casamos cinco meses más tarde, en San Fermín de los Navarros. Qué bonita estaba la iglesia...


Superada la reticencia inicial, fue como si un dique se rompiera dando paso a una riada de recuerdos. Saltando de un momento a otro, sin más ilación que el puro sentimiento, la anciana le habló de su boda, del viaje que hicieron a San Sebastián, de lo que sintió al ver por primera vez la cara de su hijo, de unas vacaciones en la Bretaña, del dolor por la muerte de sus padres, de una enorme Luna llena que vio flotando sobre el lago de Bañolas, de su frustrado deseo de tener más hijos, de un perro que tuvo cuando era niña, del día en que su hijo se casó, del aniversario que ella y Carlos pasaron en París, del nacimiento de sus nietos, del accidente, de una puesta de sol en un cementerio, de la muerte de su marido, de su primer beso y también del último... No hubo ninguna revelación, ninguna confidencia extraordinaria; tan solo la memoria de una vida normal llena de instantes cotidianos.


Al cabo de una hora, aprovechando una pausa, doña Julia le propuso a Abilio que fueran al salón, donde estarían más cómodos. Mientras se dirigían allí, el joven consultó el reloj de su móvil: la una menos veinte; le iba a dar plantón a Loli. Desconectó el teléfono.


Se instalaron en sendos sillones de cuero viejo, junto a un reloj de péndulo que hacía tic-tac pegado a la pared; pero antes, doña Julia cogió unos cuantos álbumes de fotos para enseñárselos a Abilio. Ahí estaba la vida de la anciana resumida en una sucesión de imágenes congeladas en sales de plata. La boda, el viaje de novios, el nacimiento de Tomás, su bautizo, cumpleaños, la primera comunión, viajes, la graduación, otra boda, más nacimientos y, finalmente, lápidas y cementerios.


—Qué jodida es la vida... –comentó Abilio tras cerrar el último álbum.


—La vida es una historia que siempre acaba mal –repuso ella.


—Y para algunos también empieza como el culo –replicó él.


Doña Julia asintió.


—Es verdad. Pero eso tiene remedio. Aunque tu vida haya sido muy dura, eres joven y las cosas pueden cambiar. Lo importante es vivir y haber vivido. Carlos, Tomás, mis nietos... ya no están, pero estuvieron y, durante un tiempo, los tuve a mi lado. Luego, contra toda lógica, les sobreviví. Pero permanecen aquí –dijo, llevándose una mano al corazón.


Entonces sacó de debajo de la blusa un colgante y se lo mostró a Abilio. Era un guardapelo. Lo abrió; contenía dos pequeños mechones, uno oscuro y otro claro.


—El de la izquierda es de Carlos –dijo-, y el de la derecha de Tomás. De pequeño era muy rubio. –Sonrió-. Parezco del siglo XIX llevando un guardapelo, pero me reconforta.


Tras cerrarlo, permitió que quedara colgando por encima de la blusa. Perdió la mirada y suspiró quedamente. El reloj de pared marcaba la una y veinticinco.


—Bueno –dijo Abilio-, ¿qué tal si cenamos?


—No suelo cenar, pero hazlo tú si quieres.


—Venga, señora, que es Nochebuena y no me apetece cenar solo. La crema de marisco huele que alimenta. Aunque sólo sea eso, tómese una tacita.


—Por hacerte compañía –cedió la anciana.


Abilio abandonó el salón y recorrió el pasillo. Al llegar a la altura del despacho, entró en él, cogió el frasco de Nembutal, lo contempló durante unos segundos y se lo guardó en un bolsillo. A continuación, se dirigió a la cocina, puso a calentar la crema y encendió el horno. Revisando la alacena, encontró una botella de vino tinto y la puso en una bandeja, junto con una jarra de agua, los cubiertos, los platos y un par de copas.


Cuando regresó junto a los fogones la crema de marisco estaba hirviendo. Apagó el fuego y vertió parte la sopa en una taza; después, sacó la caja de pastillas, la abrió, cogió el tripi -un cuadradito de papel secante con un Mr. Smile impreso- y con ayuda de unas tijeras cortó una cuarta parte. Con eso bastaría; tampoco era cosa de que la buena mujer empezara a ver elefantes rosa.


Con un cuchillo afilado picó muy fino el cuarto de ácido, lo echó en la crema y la revolvió hasta que los trocitos de secante se deshicieron. Luego, se metió dos tiritos para espabilarse, puso la comida en la bandeja y se dirigió a la sala. Doña Julia seguía sentada, contemplando de nuevo uno de los álbumes de fotos. Abilio sirvió la comida en la mesa baja que había frente a los sillones y luego miró en derredor, buscando el equipo de sonido.


—¿Qué música le gusta, señora Monroy? –dijo.


La anciana apartó la mirada de las fotografías y parpadeó, como si le hubiera sorprendido la pregunta.


—Los Beatles –respondió. Y acto seguido se echó a reír ante la cara de sorpresa que puso Abilio-. ¿Qué esperabas que dijese? –preguntó-. ¿Antonio Machín? Siempre me gustaron los Beatles; a fin de cuentas, sólo tengo cinco o seis años más que Paul McCartney.


—¿Y a su esposo también le gustaban?


—No, qué va. Carlos era aficionado a los tangos, los escuchaba a todas horas. –Sonrió-. No sabes lo mucho que llegué a odiar a Gardel.


—¿Y no hay algún grupo o algún cantante que les gustara a los dos?


—Sí, Frank Sinatra. Lo oíamos mucho juntos, sobre todo durante los primeros años de matrimonio.


—¿Tiene algo suyo?


—Supongo que sí. Allí, en la boiserie.


Abilio se aproximó al mueble. Sobre uno de los estantes había un amplificador, una pletina y un giradiscos, pero ni rastro de un reproductor de compactos; y del MP3 ni hablemos. A la izquierda, en otra balda, se alineaba una fila de viejos discos. Vinilos; era como viajar en el tiempo. Al poco de revolver entre ellos, encontró lo que buscaba: The Sinatra Christmas Album. Villancicos; lo más apropiado. Encendió el amplificador, puso el disco en el plato, posó la aguja al principio del surco y la hermosa voz de Frankie comenzó a entonar Jingle Bells en los altavoces.


—Tómese la crema, señora Monroy –dijo Abilio cuando regresó junto a la anciana-. Se le va a enfriar.


Doña Julia probó media cucharada con cierta reticencia, como si lo hiciera por compromiso, pero el sabor pareció animarla, pues finalmente se tomó toda la taza. Abilio, por su parte, apenas probó el pollo relleno; estaba bueno, pero la farlopa le había quitado el hambre. Aunque no sólo era la farlopa...


Hablaron mientras cenaban; de la vida de la anciana, de los muertos, de los tiempos que se fueron y ya nunca volverán. Abilio hacía preguntas, se interesaba por tal o cual anécdota, le tiraba de la lengua, y la anciana hablaba y hablaba, rememorando el pasado. Al cabo de un rato, la cara A del disco llegó a su fin y Abilio se levantó para darle la vuelta. Cuando regresó al sillón, doña Julia se le quedó mirando fijamente durante unos segundos y, de pronto, se echó a reír. Fue un ataque de risa en toda la regla, una imparable sucesión de carcajadas. Joder, que colocón tiene la vieja, pensó Abilio mientras contemplaba cómo la anciana se estremecía y lloraba de hilaridad.


—Dios mío, no puedo parar de reír... –musitó entre jadeos doña Julia, aprovechando un receso en las carcajadas.


—¿Qué le hace tanta gracia, señora? –preguntó Abilio.


—La situación. Tú y yo, aquí... es absurdo...


Y volvió a echarse a reír sin freno, como si todo el júbilo del mundo se hubiese concentrado en ella. De pronto, enmudeció y se enjugó los ojos con el dorso de la mano.


—Me siento muy rara... –dijo.


—Tranquila, señora –repuso Abilio, inclinándose hacia ella-. Todo va bien. Déjese llevar.


La anciana le miró con desconcierto.


—Me has puesto algo en la comida... –musitó.


—Sí.


—¿Qué?


—Algo bueno. Algo que le ayudará.


—Pero...


—Shhhh –siseó Abilio-. No hable. Apoye la cabeza, cierre los ojos y relájese.


La anciana obedeció y permaneció unos instantes inmóvil. De pronto, abrió los ojos y se quedó mirando a Abilio con las cejas alzadas y las pupilas brillantes, como si acabara de comprender algo.


—Ya lo entiendo –dijo-. Eres un ángel.


Abilio se echó a reír.


—Disculpe, señora, pero me parezco a un ángel lo que un huevo a una castaña.


—Lo eres, eres un ángel...


—¿No decía que había perdido la fe?


—Sí, pero lo ángeles existen; lo que pasa es que no son como creíamos que eran. Parecen personas normales que llevan una vida normal; incluso ellos mismos se creen gente corriente, pero un buen día sucede algo y de repente despliegan las alas. Y hacen magia... Eres un ángel, Abilio.


El joven exhaló una bocanada de aire y asintió con la cabeza.


—Vale, señora, me ha pillado: soy un ángel. Su ángel.


—Lo sabía...


—Y como soy su ángel, debe hacerme caso. Recuéstese en el sillón y cierre los ojos.


La anciana hizo lo que le pedía. Abilio tendió las manos y le quitó suavemente las gafas.


—Sin las lentes no veo nada –murmuró doña Julia.


—Mejor –dijo Abilio en voz baja-. Escuche, señora Monroy, lo que le he puesto en la comida es algo así como una poción mágica que hace viajar en el tiempo. Ahora quiero que se concentre en la Nochebuena de hace cincuenta y cinco años, que lo recuerde todo, desde que se despertó hasta que Carlos se le declaró. ¿Vale?


—Sí...


—Bien. ¿Cómo empezó la mañana?


—Me desperté a eso de las ocho y cuarto. Papá ya se había ido a trabajar y mamá estaba en la cocina, desayunando. Café con leche y pan tostado; olía muy bien...


Mientras la mujer hablaba con los ojos cerrados, y Sinatra cantaba el Adeste Fidelis, Abilio cogió la botella de vino y sirvió una copa hasta la mitad. Luego, sacó del bolsillo el frasco de Nembutal, lo abrió, cogió una de las cápsulas amarillas, separó las dos partes y vertió en el vino el polvo blanco que había en su interior. Cogió otra cápsula y repitió la operación, y luego otra, y otra...


—...cuando telefoneó Carlos para invitarme a pasear sentí una alegría enorme –decía doña Julia, los ojos cerrados y el rostro arrebolado de felicidad-. No esperaba verle, así que corrí a mi cuarto para cambiarme de ropa. Tardé mucho en decidir qué ponerme...


Abilio sabía por propia experiencia lo sugestionable que uno se vuelve al tomar ácido lisérgico, y también era consciente de lo extraordinariamente vívidas que eran las imágenes mentales provocadas por la droga. La anciana estaba reviviendo el pasado tan intensamente que a veces dejaba de hablar, encandilada por algún retazo de memoria. Entonces, en voz bajita, casi susurrando, Abilio la animaba a seguir, y ella recuperaba el hilo de lo que probablemente había sido el día más feliz de su existencia. Y entre tanto, él continuaba vaciando una cápsula tras otra en la copa de vino.


La música cambió y el viejo Sinatra comenzó a entonar los melancólicos acordes de Silent Night.


Treinta cápsulas. Con eso debería bastar. Abilio revolvió el vino con una cucharilla para disolver el barbitúrico.


—...llegamos a la Casita del Pescador. Un pobre hombre, un anciano, tocaba el violín junto a un parterre marchito...


—Tocaba Noche de paz –susurró Abilio.


—Sí...


—Y se sentaron en un banco, y Carlos le dijo: “estás hablando con un notario”.


—Sí...


—Entonces Carlos se puso de rodillas y la cogió de la mano...


Abilio se puso de rodillas y tomó la mano de la anciana; luego, en voz baja, procurando disimular el timbre barriobajero de su acento, dijo:


—Querida Julia, te estoy entregando mi corazón. Si lo aceptas, me harás el hombre más feliz del mundo. ¿Quieres compartir conmigo alegrías y tristezas durante el resto de nuestras vidas?


El rostro de la anciana pareció iluminarse, resplandecer, como si durante un instante hubiera vuelto a ser una muchacha de diecinueve años enamorada.


—Claro que sí... –murmuró.


—Te quiero, amor mío –susurró él.


—Y yo a ti, mi vida...


Abilio cogió la copa de vino y la puso en la mano de la anciana.


—Bebe, Julia –dijo-. Brinda por nosotros, por nuestro futuro...


La señora Monroy, siempre con los ojos cerrados, dio un breve sorbo y luego, tras una pausa, apuró la copa de un lento trago. Abilio la cogió, la dejó sobre la mesa y tomó de nuevo la mano de la anciana.


—Eres tan hermosa... –murmuró-. Tan bonita...


Se inclinó hacia delante y la besó en la mejilla, y después en los labios, tan sólo un roce, como una caricia. La mujer esbozó una leve sonrisa y durante un largo minuto no se movió. De pronto, entreabrió los ojos, miró a Abilio a través de la niebla de sus dioptrías, sonrió con dulzura y susurró:


—Mi ángel...


Cerró los ojos de nuevo. Poco a poco, su respiración se fue volviendo más profunda y pausada, hasta desvanecerse. La mano de doña Julia quedó muerta en la mano de Abilio. El disco llegó a su fin y la habitación se sumió en el silencio. Durante varios minutos, el joven permaneció inmóvil, de rodillas, con la mano de la anciana entre las suyas y la mirada fija en aquel rostro arrugado, dulce, sonriente y yerto.


Al cabo de unos minutos, como saliendo de un trance, Abilio soltó la mano de la mujer, se puso en pie y comenzó a recoger los restos de la cena. Luego, con la mente en blanco, actuando por puro automatismo, fue a la cocina, lavó los platos y los cubiertos, los puso en su lugar y guardó en la nevera los restos de la comida. Acto seguido, tras esnifar una rayita, se dirigió al despacho, se aproximó a la caja fuerte, que continuaba abierta, y examinó su contenido.


Había mil seiscientos euros en billetes de cien y de cincuenta, y un joyero con anillos de diamantes, zafiros y rubíes engarzados en pendientes de oro, pulseras, colgantes, broches... la clase de joyas que un notario le compraría a su mujer. Una fortuna.


Durante largo rato, Abilio se quedó allí, de pie, contemplando aquel tesoro que sostenía entre las manos. De pronto, soltó un suspiro, volvió a meterlo todo en la caja fuerte, la cerró y puso el cuadro en su lugar. Luego, se apoyó en el escritorio y sacudió la cabeza.


Su hermano mayor tenía razón: era un blando, un tierno, un gilipollas. Se podía ser más capullo, pero habría que hacer un cursillo. La señora Monroy ya no necesitaba nada de aquello, y no tenía herederos; quién sabe adónde iría a parar todo eso... Sí, pero daba igual; Abilio sabía que si se quedaba con el dinero y las joyas, si robaba aunque sólo fuera una cucharilla de plata en aquella casa, jamás podría volver a mirarse al espejo sin morirse de vergüenza y nunca dejaría de ser un mierda.


Suspiró de nuevo, abandonó el despacho y se dirigió a la salida; pero antes de abrir la puerta, se detuvo. Estaba equivocado: había algo que debía llevarse. Dio media vuelta, fue a la cocina, cogió una tijera y se dirigió al salón. Lentamente, con infinito respeto, como si estuviera en un templo, se aproximó al cadáver de la anciana, desabrochó el guardapelo que reposaba sobre su exiguo pecho y lo dejó en la mesa. A continuación, cogió las tijeras y, con toda delicadeza, le cortó a la anciana un mechón de pelo. Por último, introdujo aquellos cabellos blancos en el guardapelo, junto a los de Carlos y Tomás, lo cerró y se lo colgó del cuello.


Nunca lo vendería, ni se lo regalaría a Loli ni a ninguna otra tía; lo llevaría siempre encima y, si algún día tenía un hijo, se lo daría a él y le contaría la historia de doña Julia, de su vida y de las personas a quienes amó.


Un blando, se dijo; eso es lo que eres: un puto blandengue de mierda.


Respiró profundamente y se dirigió a la salida; antes de cruzar la puerta del salón contempló por última vez el cuerpo de la anciana y dijo en voz baja:


—Feliz Navidad, señora Monroy...


Abandonó el piso, bajó la escalera y salió a la calle. Hacía mucho frío; se subió la cremallera de la chupa, incrustó las manos en los bolsillos y echó a andar sin saber muy bien adónde se dirigía. Ni siquiera se daba cuenta de las lágrimas que le nublaban la mirada.


Poco después, el ángel desapareció en la noche.