12.24.2013

Embajada de buena voluntad




            Embajada  de buena voluntad
            By César Mallorquí

            Érase una vez una civilización extraterrestre situada a decenas de años luz de distancia. Dado que su idioma es absolutamente impronunciable, los llamaremos “ofiucos”, porque su estrella natal se encuentra más o menos hacia la constelación de Ofiuco, y no porque se parezcan lo más mínimo a las serpientes, ya que en realidad son bípedos de algo menos de un metro de altura con cierta apariencia de gnomos.

            La cultura ofiuco era muy antigua y muy sabia; dominaban el viaje estelar, controlaban la energía de los soles, el espacio-tiempo era para ellos un juego de niños. Además, los ofiucos eran extremadamente pacíficos y bondadosos; quizá porque su especie no provenía de carnívoros ni omnívoros, sino de simpáticos frugívoros nacidos en un planeta plagado de árboles frutales. Seres agradables; la clase de vecinos galácticos que te gustaría tener.

            A lo largo de su expansión por el espacio, los ofiucos se habían encontrado con otras dos razas alienígenas inteligentes, los taurianos y los geminianos, tan vegetarianas y amables como ellos, pero mucho menos evolucionadas. Llegado el momento, los ofiucos ayudaron a ambas culturas, aterrizando en sus planetas, contactando con ellas y colmándolas de regalos tecnológicos que potenciaron exponencialmente su calidad de vida. Y es que, por si todavía no ha quedado claro, los ofiucos eran encantadores.

            Aunque, para ser fieles a la verdad, no fueron dos las especies alienígenas con que se toparon; hubo una tercera, situada en una vulgar estrella de una desangelada esquina de la galaxia: los terrestres. Pero es que la cultura de la Tierra era un inmenso enigma.

            Los ofiucos descubrieron la civilización terrestre cuando captaron sus primeras emisiones de televisión: la retransmisión de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Para unos seres tan inteligentes, fue coser y cantar traducir los distintos idiomas humanos, pero supuso un auténtico quebradero de cabeza entender lo que decían.

            Los ofiucos poseían dos características que les diferenciaban radicalmente de los humanos. En primer lugar, no solo no practicaban ninguna forma de violencia, sino que además eran incapaces de concebirla. Para ellos, la idea de agredir a un ser vivo, y no digamos ya matarlo, era tan absurda como un triángulo de cuatro lados.

            De ahí el shock cuando descubrieron que los humanos comían... ¡animales muertos! Los técnicos que contemplaron por primera vez las imágenes de un banquete humano, aún tienen pesadillas. Pero el pasmo y el horror fueron aún mayores cuando comprobaron que los terrestres no solo mataban animales, sino que también se mataban entre sí, tanto de forma individual como colectiva, mediante algo llamado “guerra”. Aquello era inexplicable. ¿Cómo una especie carnívora podía haber evolucionado hacia la inteligencia? Y, sobre todo, ¿cómo una especie tan desaforadamente violenta no se había destruido a sí misma hacía mucho tiempo?

            La segunda peculiaridad ofiuca era su incapacidad para mentir o para desarrollar cualquier forma de ficción. De nuevo, la mera idea de expresar voluntariamente algo distinto a la realidad les resultaba inconcebible.

            Por eso, partían de la base de que todo lo que veían en la transmisiones terrestres de televisión, desde los anuncios hasta las telecomedias, era fiel reflejo de la realidad, lo cual les sumía en el desconcierto. Los dibujos animados, en particular, les traían de cabeza.

            En resumen: eran incapaces de entender a los humanos.

            Debido a ello, aunque el momento adecuado para contactar con una especie alienígena era cuando dicha especie desarrollaba el viaje espacial, el 21 de julio de 1969, tras la llegada de los terrestres a su satélite, los ofiucos no hicieron nada, a la espera de que un comité de expertos resolviese los enigmas que planteaban los humanos.

            Finalmente, tras años de debate, el comité llegó a una conclusión. Para ello, resultó fundamental el análisis de dos productos audiovisuales: Star Wars y Star Trek. Ambos mostraban a los humanos viajando entre las estrellas, pero los ofiucos sabían que los humanos aún no dominaban el vuelo estelar, de modo que aquello no podía ser real. Ésa fue la Piedra Rosetta que les dio la clave para descifrar el misterio.

            El comité de expertos dictaminó que los terrestres habían desarrollado una extraña forma de arte basada en la ficción, en la mentira. Una conclusión acertada, pero excesiva, pues a partir de entonces, los ofiucos decidieron que todo lo que veían en las imágenes de televisión era, o podía ser, falso, incluyendo los telediarios o los documentales sobre la Segunda Guerra Mundial.

            Despejado el panorama, los ofiucos se pusieron manos a la obra para hacer lo que más les gustaba hacer: ayudar a los demás. Iban a enviar un embajador de buena voluntad a la Tierra, pero el asunto no era tan fácil. Había muchas cuestiones que resolver.

            En primer lugar, el aspecto. Los ofiucos eran bajitos y verdes, pero no especialmente feos; no obstante, sabían que su apariencia podía alarmar a los terrestres, así que construyeron un robot de camuflaje con apariencia humana, dentro del cual viajaría el embajador. Ahora bien, ¿qué clase de apariencia humana tendría el robot? Tras largos debates, los ofiucos decidieron que el humano más apreciado por sus congéneres era un anciano indistintamente llamado San Nicolás, Santa Claus o Papá Noel. Esa elección tenía ventajas añadidas: por un lado, Santa Claus se dedicaba a hacer regalos, algo que coincidía con la forma de ser de los ofiucos; por otro, el embajador podría instalarse cómodamente en la enorme tripa del robot.

            En segundo lugar, el punto de aterrizaje. Tras un riguroso análisis de las emisiones televisivas, los expertos determinaron que la zona terrestre con mayor concentración de poder era un lugar llamado Estados Unidos. En concreto, la ciudad de Nueva York.

            En tercer lugar, la identificación del líder. ¿Ante quién debía presentarse el embajador para entregarle los regalos, quién era el jefe supremo de los terrestres? La conclusión de los expertos redujo las alternativas a tres nombres. El líder de los terrestres podía ser, por orden de probabilidad: 1. Jesucristo, 2. Superman, 3. Barak Obama. Y es que, reconozcámoslo, los ofiucos no acababan de pillarle el punto a los terráqueos.

            En cuarto lugar, el momento del contacto. Aquello fue más sencillo; todos los expertos coincidieron en que durante la época del año llamada Navidad era cuando los terrestres se mostraban más conciliadores y pacíficos. Además, en esa época se conmemoraba el nacimiento de su más probable líder, Jesucristo, algo que también estaba relacionado de algún extraño modo con Santa Claus.

            En quinto lugar, los obsequios. Dos de ellos estaban claros; eran por así decirlo el kit básico necesario para promover una cultura a un estado evolutivo más elevado: una Placa Mnemónica y un Ultracubo. La Placa Mnemónica era un acumulador de datos que contenía toda la avanzadísima ciencia y la no menos avanzada tecnología de los ofiucos. En cuanto al Ultracubo, se trataba de una megabatería, de una pila a lo bestia que contenía toda la energía de un sol. Los ofiucos escogían un sistema solar deshabitado, exprimían todo el jugo energético de su estrella, como si fuera una naranja cósmica, y lo almacenaban en el interior de un Ultracubo.

            De modo que esos eran los grandes regalos de los ofiucos: sabiduría y energía limpia y segura para cientos de miles de años. Pero los ofiucos, siempre tan detallistas, añadieron un tercer obsequio, un detalle no demasiado práctico, pero agradable para quien lo recibiese. Un gesto de buena voluntad, por así decirlo. Según habían deducido de las emisiones de televisión, lo que más le gustaba a los terrestres era el oro, así que el tercer regalo era un transmutador que convertía cualquier material en oro puro.

            En sexto y último lugar, el embajador. Tras un riguroso proceso de selección, los ofiucos escogieron a su mejor experto en relaciones alienígenas, un individuo al que, ante la imposibilidad de traducir su verdadero nombre, llamaremos Quark, por el sencillo motivo de que suena científico.

            Una vez completados todos los preparativos, cuando llegó el momento preciso, los ofiucos embarcaron en un platillo volador a Quark, junto con el traje robot y los regalos, y lo enviaron a la Tierra. Dieciocho día después, al anochecer del 24 de diciembre, el platillo aterrizó tras una arboleda de Kane’s Park, al sur del Bronx. Nadie presenció el acontecimiento, pues la nave espacial estaba insonorizada y protegida bajo un manto de invisibilidad; además el lugar de aterrizaje fue elegido por ser una de las zonas más solitarias y aisladas de Nueva York.

            Nada más tomar tierra, Quark se dispuso diligentemente a comenzar su misión. Se introdujo en la panza del robot Santa Claus y se conectó a él mediante enlace neuronal. A continuación, comprobó su funcionamiento estirando y encogiendo los brazos y las piernas, como si hiciera gimnasia.

            —¡Jo, jo, jo! –dijo para asegurarse de que el sistema de fonación estaba en orden.

            Todo marchaba como un reloj. Quark, manejando el robot desde su interior, cogió los obsequios y los introdujo en el saco de Santa Claus. Incluso a él le resultaba sorprendente que unos objetos tan valiosos tuvieran un aspecto tan insignificante. La Placa Mnemónica era una lámina rectangular de metal, de 8 centímetros de largo por cuatro de ancho. El Ultracubo era un cubo de 21,5 centímetros de lado, con protuberancias en cinco de sus caras y un montón de ruedecitas, palancas y botones en la sexta. El Transmutador era un tubo de 14 centímetros de largo por 8 de diámetro, con un orificio de entrada en un extremo, otro de salida en el lado contrario y un botón en el centro. En conjunto, sólo pesaban 19 kilos y 148 gramos, pero bastaban para elevar a una raza a las más altas cumbres de la civilización.

            Quark abandonó el platillo cargando con el saco y se detuvo en la explanada que había en el centro del parque. El lugar estaba desierto. Tanto detrás de él como a su izquierda y derecha estaba el mar, así que el único camino viable era seguir la mal asfaltada carretera que, jalonada por postes telefónicos de madera, se dirigía recta hacia el noroeste. El embajador echó a andar.

            Había coches y camiones aparcados a ambos lados del camino, y una sucesión de humildes casas de una o dos plantas que se alzaban entre solares y descampados. El primer ser humano con que se encontró fue un joven chicano que caminaba en dirección contraria.

            —¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad! –le dijo Quark con una sonrisa-. ¿Podrías llevarme ante tu líder?

            —Que te den por culo, viejo de mierda –respondió el joven pasando de largo.

            Como experto en el tema, Quark sabía que los alienígenas no siempre se comportaban de forma razonable, así que siguió andando impertérrito. Los siguientes humanos que se cruzaron en su camino fueron dos negros que, ignorándole abiertamente, ni siquiera se molestaron en insultarle. Con el cuarto tuvo algo más de suerte, aunque no mucha. Era un viejo borracho que caminaba haciendo eses mientras mascullaba algo incomprensible.

            —¡Jo, jo, jo! –le saludó Quark-. ¡Feliz Navidad!

            El viejo se detuvo y le miró fijamente, tambaleándose como un tentetieso.

            —La Navidad es una conspiración del gobierno –dijo con voz estropajosa-. Hay mensajes ocultos en los villancicos..., para lavarnos el cerebro y... y extraernos los fluidos vitales y quitarnos el dinero con impuestos...

            Huelga decir que Quark no entendió nada; y no porque aquel viejo fuese un alienígena, sino porque lo que decía era sencillamente incomprensible.

            —¿Podrías llevarme ante tu líder, por favor? –dijo el embajador.

            El viejo frunció el ceño hasta adquirir la apariencia de una gárgola.

            —¡¿Líder?! –exclamó-. ¡Los americanos somos libres, no tenemos líderes! –Le miró con una ceja alzada-. No serás un comunista, ¿eh?... Vistes de rojo, eres un sucio comunista y... y has venido a follarte a nuestras hijas y a nuestras hermanas... ¡Pero no lo conseguirás! ¡Os vencimos en la Segunda Guerra Mundial, y en Vietnam y... y... y en Irak...!

            Tras escuchar durante unos minutos la balbuceante e incomprensible confusión histórica del viejo, Quark se dio la vuelta y siguió andando.

            —¡No huyas, puerco ruso! –le gritó el borracho-. ¡Os vamos a meter una bomba atómica por el culo!

            Qué extraña manía tenían los terrestres con el culo, pensó Quark. Al parecer, aquella misión iba a ser más compleja de lo que en principio había supuesto.

            Unos minutos más tarde, cuando el sol ya se había ocultado tras el horizonte, el embajador se topó con el ser humano más amable que había encontrado hasta el momento, una encantadora anciana negra que caminaba por la acera cargando con una bolsa de la compra.

            —¡Jo, jo, jo! –la saludó Quark-. ¡Feliz Navidad!

            —Feliz Navidad para ti también –respondió ella con una dulce sonrisa-. Qué estupendo disfraz llevas; eres el mejor Santa Claus que he visto nunca.

            —Gracias. ¿Tendrías la amabilidad de llevarme ante tu líder?

            —¿Mi líder? –La anciana arqueó las cejas, confundida-. ¿Qué líder?

            Bien, había llegado el momento de poner a prueba las conjeturas de los sabios ofiucos.

            —Jesucristo –respondió Quark.

            La sonrisa de la anciana se volvió pura miel.

            —Oh, qué tierno –dijo-. Estás buscando al buen Jesús...

            —Sí.

            —Pues entonces, ya le has encontrado, hermano.

            Quark miró a un lado y a otro.

            —¿Dónde está? –preguntó.

            —En tu corazón.

            ¿Jesucristo estaba en el interior de una víscera? Aquello, se mirase como se mirase, no tenía el menor sentido.

            —Me temo que debe de haber algún problema semántico en nuestra comunicación –dijo Quark-. Quiero entrevistarme con su líder, Jesucristo, en persona. ¿Dónde se encuentra?

            —Jesús está en todas partes.

            —Comprendo. Pero, ¿ahora en concreto?

            La anciana frunció levemente el entrecejo. Sin duda, era un Santa Claus fabuloso, con esas mejillas sonrosadas y esos cabellos de algodón, tan regordete y aterciopelado que daban ganas de abrazarle, pero empezaba a parecer un poco cortito.

            —Jesucristo está en el cielo –respondió la anciana pacientemente-, sentado a la diestra de su padre.

            —En el cielo –repitió Quark, cada vez más confuso-. ¿Podría indicarme en qué planeta exactamente?

            —En ningún planeta, por Dios. Hablo del paraíso de los justos.

            Aquella charla estaba tomando un rumbo manifiestamente oscuro, así que Quark decidió cambiar el enfoque.

            —Quizá no estoy buscando a Jesucristo –dijo-. ¿Podrías llevarme ante la presencia de Superman?

            La sonrisa de la anciana se esfumó instantáneamente.

            —Superman... –repitió en tono sombrío.

            —Sí. El hombre de acero. Clark Kent. Kar-El. Llévame ante él, por favor.

            La anciana alzó una mano y blandió un reprobador dedo frente a la nariz de Santa Claus.

            —Debería darte vergüenza –le espetó-. Burlarte así de una pobre mujer.

            —No me burlo. ¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad! Sólo quiero entrevistarme con Superman.

            — ¿Tú eres tonto o te lo haces?

            Al parecer, tampoco era ése el camino correcto.

            —¿Barak Obama? –tanteó Quark-. ¿Es tu líder? ¿Te importaría llevarme ante su presencia?

            —¿Pero tú de qué manicomio te has escapado?

            La anciana, visiblemente enfadada, dio una patadita en el suelo y se alejó mascullando algo por lo bajo.

            Inasequible al desaliento, Quark continuó caminando. Sus siguientes encuentros con humanos fueron muy similares a los anteriores: la mayoría no le hizo el menor caso, y los que se lo hacían no tardaban en desentenderse de él, por lo general insultándole. Una pandilla de puertorriqueños estuvo a punto de darle una paliza, pero un coche patrulla pasó por delante y los pandilleros escaparon a la carrera. Algo después, una mujer se echó a gritar y le roció los ojos con un espray de pimienta; afortunadamente, eran los ojos del robot, no los de Quark, pero aun así fue una experiencia muy turbadora.

            Un par de horas más tarde, Quark comenzó a experimentar emociones muy similares a las humanas: sobre todo, frustración y desánimo. Y quizá un poquito de irritación. Pese a ello, y aunque era ya noche cerrada y las calles estaban desiertas, el embajador no estaba dispuesto a darse por vencido, así que siguió caminando. Lo que no sabía es que, sin darse cuenta, su errático deambular le estaba conduciendo a Morris Heights, una de las zonas más peligrosas del sur del Bronx.

            De pronto, al doblar una esquina, Quark se encontró en una calle mucho más animada. Había varios locales abiertos, de cuyo interior brotaba música, y un buen número de humanos paseando por la acera. En concreto, se fijó en cuatro hembras de piel oscura que parecían ser especialmente sociables, pues entablaban breves conversaciones con todos los machos que pasaban por su lado. Alentado por tan prometedora actitud, Quark se aproximó a una de ellas, una hembra con el pelo teñido de rubio que, pese al frío reinante, se cubría con una muy sucinta vestimenta.

            —¡Jo, jo, jo! –la saludó-. ¡Feliz Navidad!

            —Hola, guapo –dijo la mujer, cuyo nom de guerre era Daisy-. ¿Quieres pasar un buen rato?

            —Sí, gracias –respondió educadamente Quark-. ¿Podrías llevarme ante tu líder?

            —Claro, cariño; yo te llevo adónde quieras. Pero te va a costar cincuenta pavos.

            ¿Pavos?...

            —¿Tengo que darte cincuenta aves de corral? –preguntó Quark, extrañado.

            —Vaya, qué graciosillo nos ha salido el nene. Cincuenta dólares. Cien si quieres un completo, por delante y por detrás, chupa-chupa y una cubana con las tetas. Te va a encantar, créeme; soy una máquina de follar.

            Al iniciar la misión, Quark era consciente de que habría dificultades de comunicación con los terrestres, pero ni en la peor de sus pesadillas hubiera imaginado que aquellos alienígenas fueran tan incomprensibles. De lo que había dicho la hembra sólo había entendido una palabra: “dólares”. Unidades de cambio.

            —¿Quieres oro? –preguntó.

            —Oro, plata, pasta, parné... –Daisy se encogió de hombros-. Cincuenta por media hora y cien por un completo. Venga, anímate, cariño; lo pasarás bien.

            —De acuerdo. Gracias.

            Quark extrajo del saco el transmutador, cogió un puñado de tierra, lo vertió en el orificio de entrada, apretó el botón y, al cabo de unos segundos, una esfera de oro del tamaño de una canica salió por el otro extremo.

            —¿Es suficiente? –preguntó, entregándosela a la hembra.

            Daisy contempló con desconcierto la esfera dorada que sostenía entre los dedos.

            —¿Pero qué coño es esto? –murmuró.

            —Oro –respondió Quark-. Lo que me has pedido para llevarme ante tu líder. ¿Es suficiente?

            Daisy estuvo a punto de mandarle a tomar por culo..., pero lo cierto era que aquella bolita parecía oro de verdad.

            —Espera un momento, guapo –dijo-. Ahora vuelvo.

            Y echó a andar en busca de su chulo.

            Se llamaba Washington Smith, pero todo el mundo le conocía como F-Dog. Tenía treinta y tantos años, era negro, alto y delgado; vestía un abrigo largo de imitación de piel de leopardo, se cubría con un sombrero blanco de alas anchas y calzaba botas de vaquero. Era puro ritmo. Porque lo que más le gustaba del mundo a F-Dog era el hip hop; de hecho, su apodo provenía de sus dos raperos favoritos, Icecube y Snoop Dogg. Había mezclado los nombres a su manera y había obtenido “Frozen Dog”, pero como nadie lo pillaba acabaron llamándole F-Dog. O sencillamente Dog. Sea como fuere, F-Dog consideraba que una vida escrupulosamente dedicada a la delincuencia era imprescindible para triunfar en el mundo del rap, así que aceptaba de buen grado su labor como proxeneta, considerándola sólo un paso más en el ascenso al estrellato. Ascenso que empezaba a demorarse demasiado, aunque F-Dog lo atribuía, no a su evidente falta de talento, sino a carecer de los contactos adecuados y a la mala suerte.

            Cuando Daisy se aproximó a él, F-Dog estaba apoyado en una esquina, fumando un cigarrillo mientras vigilaba distraídamente el trabajo de sus chicas.

            —Ese tío de ahí –le dijo Daisy, tendiéndole la bolita-, el gordo vestido de Santa Claus, quiere pagarme con esto. Dice que es oro.

            F-Dog cogió la esfera y la examinó con un escepticismo que, a los pocos segundos, se transformó en desconcierto. Lamió la bolita, la mordió y llegó a la sorprendente conclusión de que aquello, en efecto, era puro oro. Más o menos una onza, lo que al cambio actual equivalía a unos... ¡1200 dólares!

            —¿Te ha dado esto por echar un polvo? –dijo, asombrado.

            —Y pregunta si es suficiente –asintió Daisy-. Es un tío muy raro, Dog. Ha cogido del saco una especie de tubo, ha echado tierra por un lado y por el otro ha salido esa bola. Yo creo que está pirado.

            El proxeneta reflexionó durante unos segundos. Un loco era una cosa, pensó, pero un loco con oro era otra muy distinta.

            —Vamos a hablar con él –decidió.

            Y se aproximaron a Quark.

            —Te gusta mi chica, ¿eh? –le dijo F-Dog.

            —Es una hembra muy agradable –respondió educadamente el embajador.

            —Daisy es la bomba, colega; lo mejor de lo mejor. Ni te imaginas lo que sabe hacer con la boca.

            —Habla muy bien –asintió Quark, temiendo que la conversación volviese a derivar hacia lo incomprensible.

            —Sí, tiene don de lenguas. –F-Dog le guiñó un ojo-. Me gusta tu oro, colega, pero no es bastante. Daisy vale por lo menos el doble.

            —De acuerdo.

            Quark sacó el transmutador, echó un puñado de tierra en un extremo, recogió la canica de oro que salió por el otro y se la entregó al proxeneta.

            —¿Es suficiente? –preguntó.

            F-Dog lamió y mordió la bolita. Era tan de oro como la otra.

            —¿Qué es eso, colega? –preguntó a su vez, señalando el transmutador.

            —Un transmutador –respondió Quark-. Convierte cualquier material en oro. Es un regalo para vuestro líder.

            Como es natural, F-Dog no se lo creyó; pero lo que sí creyó es que en el interior de aquel tubo había más esferas de oro.

            —Aguarda un momento, colega.

            F-Dog cogió a Daisy del brazo y se alejó unos pasos.

            —Llévatelo a tu apartamento –le susurró al oído-. Le invitas a una copa y le das una dosis de lo que tú y yo sabemos. Cuando se quede dormido, me llamas.

            Dicho esto, el proxeneta regresó junto a Quark y le dijo:

            —De acuerdo, tío; Daisy es toda tuya.

            —¿Me llevará ante vuestro líder?

            —Te llevará adónde tú quieras, colega. Y sin prisas, tómate todo el tiempo que te venga en gana. Y pídele cualquier cosa, por sucia que sea; a Daisy le van las guarradas. Te aconsejo que se la metas por el culo, eso te va a encantar.

            Una vez más, Quark no entendió absolutamente nada, salvo que la obsesión de los terrestres con el culo empezaba a resultar patológica. Desconcertado, respondió con lo que ya era su mantra sagrado:

            —¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad!

            —Sí, eso, feliz Navidad para ti también, colega. Hala, a darle gusto al pajarito.

            Acto seguido, Daisy cogió a Quark del brazo y, procurando que sus pechos se apretaran lo más posible contra él, le condujo a su hogar, que se encontraba en un edificio de apartamentos situado a la vuelta de la esquina. Era un diminuto estudio con tres exiguas habitaciones: un salón-cocina, un dormitorio y un cuarto de baño.

            —Ponte cómodo,  cariño –le dijo Daisy-. Voy a servir unas copas.

            Quark contempló con extrañeza los muebles baratos y los dibujos de Vargas con chicas desnudas colgando de las paredes.

            —¿Va a venir aquí tu líder? –preguntó.

            —Claro, cariño. Vendrá quien tú quieras que venga.

            Daisy sirvió dos vasos de whisky e, interponiendo su cuerpo para que Quark no viera lo que hacía, añadió a uno de ellos una generosa dosis de escopolamina.

            —Toma, cariño –dijo, tendiéndole la bebida drogada.

            —No, gracias –respondió Quark.

            —Venga, te relajará.

            —No tengo sed, gracias.

            Daisy puso cara de desilusión.

            —¿No vas a beber conmigo?

            El embajador titubeó.

            —¿Es una norma social, costumbre o hábito? –preguntó.

            —Claro. Un caballero no puede permitir que una chica beba sola.

            —De acuerdo.

            Quark cogió el vaso que le ofrecía la mujer y se lo bebió de un trago. Aunque, claro, en realidad no lo bebió él, sino el robot, y el whisky drogado no fue a parar a ningún estómago, sino a una bolsa de residuos.

            —Vaya, qué prisa tienes –dijo Daisy, guiñándole un ojo con picardía-. Siéntate, cariño. Voy a acicalarme un poco; enseguida vuelvo.

            Contoneándose provocativamente, la mujer se introdujo en el cuarto de baño. Acto seguido, se sentó en la taza del váter y se dispuso a esperar a que la droga hiciera efecto. Siete minutos más tarde, tiró de la cadena, abrió la puerta... y, para su sorpresa, descubrió que el Santa Claus, en vez de haberse quedado dormido, seguía de pie en medio del salón, con el saco a la espalda.

            —¿Cuándo vendrá tu líder? –preguntó Quark.

            —Enseguida, cariño –respondió Daisy, desconcertada-. Eh... ¿cómo te llamas?

            —Santa Claus, San Nicolás, Papá Noel.

            —Vale, sin nombres. –Le cogió de la mano y tiró de él hacia el dormitorio-. Venga, Santa, vamos a divertirnos un poco.

            En el dormitorio había una cama, más dibujos de Vargas en las paredes y una lámpara con una bombilla roja luciendo sobre una mesilla de Ikea. Nada más entrar, Daisy se aproximó a la cama y se quitó lentamente el vestido hasta quedarse únicamente con un diminuto tanga.

            —Quítate la ropa, cariño –dijo con voz insinuante.

            —No, gracias.

            —¿Prefieres hacerlo vestido así? Te van los jueguecitos, ¿eh?

            —No estoy seguro –respondió Quark, contemplando con horror las curvas de la hembra. Los humanos eran desagradables vestidos, pero desnudos resultaban repugnantes, así que añadió-: ¿Tendrías la amabilidad de cubrirte las glándulas mamarias?

            —¿Ahora eres tímido?

            Daisy se aproximó a él caminando como una gata y le puso una mano en la entrepierna.

            Cuando los ingenieros ofiucos diseñaron el robot Santa Claus, se esforzaron en que todas sus partes visibles fueran idénticas a la anatomía humana,  pero en las zonas que estaban ocultas por la ropa sencillamente no pusieron nada. Y eso fue lo que encontró Daisy cuando le tocó la entrepierna: nada.

            —Eh... –musitó, dando un paso atrás.

            —¿Es esto una norma social, costumbre o hábito? –preguntó el embajador.

            —Pero si no tienes... –Daisy sacudió la cabeza, alucinada-. ¿Cómo coño querías follar?

            De pronto, Quark lo comprendió.

            —¿Se supone que debemos copular? –preguntó.

            —¿Copular?... Sí, coño, a eso has venido, ¿no?, a echar un polvo.

            —No. He venido a encontrarme con tu líder.

            —Pero de qué líder hablas, no te entiendo...

            —Tu líder. El jefe, la autoridad, el caudillo, el preboste, el amo, el cacique, el pez gordo, el emperador, el zar, el rey, el césar, el faraón, el bajá de tres colas, el arconte, el mikado, el sátrapa, el sultán, el mandamás, el tirano, el paladín, el supremo, el kan, el presidente...

            —¿Obama? –le interrumpió Daisy.

            —Sí, Barak Obama –asintió Quark, sintiendo que por fin un rayo de luz perforaba las tinieblas-. ¿Es tu líder?

            —Es el presidente de Estados Unidos...

            —¿Podrías llevarme ante su presencia?

            —¿Quieres que te lleve a ver a Barak Obama?

            —Sí. Gracias.

            Daisy sacudió la cabeza. Aquel tipo estaba aún más loco de lo que parecía.

            —Pero hombre, si el presidente no vive en Nueva York.

            —¿No? ¿Dónde vive?

            —En Washington, en la Casa Blanca.

            Quark reflexionó durante unos segundos. Así que se había equivocado de ciudad... Bueno, eso tenía fácil solución.

            —Gracias amable señora –dijo, echando a andar hacia la salida-. Ahora tengo que ir a Washington. Adiós.

            —Espera, no te vayas... –intentó contenerle Daisy.

            —¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad! –repuso Quark.

            Y abandonó el apartamento.

            Daisy, por su parte, cogió a toda prisa el móvil y telefoneó a su proxeneta.

            —Se ha ido, Dog –dijo-. Le he dado escopolamina para dormir a un caballo, pero el tío ni se ha enterado.

            —Joder, ¿y por qué no le has entretenido? –replicó F-Dog.

            —Porque está capado, coño, es un eunuco. ¿Cómo quieres que le entretenga, jugando al ajedrez?

            —¿Un eunuco...?

            —Y está como una cabra. Quiere ver a Barak Obama y ha dicho que se va a Washington.

            En ese preciso instante, F-Dog vio que Quark cruzaba la calle, recorriendo a la inversa el camino por el que había llegado.

            —Vale, nena; luego hablamos.

            F-Dog guardó el móvil y echó a correr en pos del Santa Claus. Le alcanzó un par de manzanas más adelante.

            —Eh, colega, espera –le dijo, acercándose a él.

            Quark se detuvo.

            —¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad! –le saludó.

            —Sí, sí, felices fiestas y todo eso. Oye, colega, ¿qué pasa? ¿No te ha gustado Daisy? Porque tengo otras chicas que te volverán loco.

            —Daisy me ha ayudado mucho. Gracias.

            —Ya, pero no puedes irte así. Somos amigos, ¿no? Oye, ¿dónde está eso que hace oro? ¿Cómo lo llamabas?

            —Transmutador.

            —Sí, eso. ¿Dónde lo tienes?

            —En el saco.

            —¿Y qué más llevas ahí?

            —Una Placa Mnemónica y un Ultracubo. Son regalos para tu líder.

            —Pero mi líder está muy lejos. ¿Por qué no me los das a mí?

            —Porque tú no eres Barak Obama.

            F-Dog miró a su alrededor; la oscuridad era casi completa en aquella mal iluminada y solitaria zona del Bronx.

            —Ya, es cierto, no soy Obama –dijo-. Pero tengo esto.

            Sacó algo del bolsillo y el brillo de la hoja de un estilete destelló en la oscuridad. Quark miró el cuchillo, miró a F-Dog y dijo:

            —¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad!

            —¡Cállate hijo de puta!

            F-Dog nunca había matado a nadie, pero a fin de cuentas el asesinato era un paso lógico más en su camino a la cima del hip hop, así que se abalanzó sobre Quark y le propinó cuatro navajazos en el estómago.

            Pero sucedieron varias cosas decididamente extrañas. En primer lugar, la hoja del estilete penetró fácilmente en la pseudocarne, pero chocó a los pocos centímetros contra la coraza del robot. En segundo lugar, las heridas no sangraron. Por último, aquel loco vestido de Santa Claus se quedó completamente inmóvil, sin dar el más leve respingo ni exhalar siquiera un gemidito.

            —No soy comestible –dijo Quark.

            —Será cabrón...

            F-Dog habría preferido no hacer ruido, pero no le quedaba más remedio, de modo que sacó del bolsillo interior del abrigo una automática Glock de nueve milímetros y le descerrajó dos tiros en la cabeza.

            Las balas rebotaron inofensivamente contra la coraza del robot.

            —¿Es esto una norma social, costumbre o hábito? –preguntó Quark

            F-Dog se lo quedó mirando boquiabierto. Durante un instante, se le pasó por la cabeza que aquel tipo quizá fuese el auténtico Santa Claus. Pero no, sólo era el bicho más raro que había visto en su vida. Aunque no parecía tener muchas luces...

            —De acuerdo, colega, perdona –dijo, guardando la pistola-. Te había tomado por un terrorista, pero ya veo que eres legal. Escucha, yo soy miembro del servicio de seguridad del presidente.

            —¿Conoces a Barak Obama?

            —Claro, tío. ¿No ves que los dos somos negros? Aquí todos los negros nos conocemos.

            Eso sonaba lógico.

            —¿Podrías llevarme ante él? –preguntó Quark.

            —Sí, por supuesto. Pero hay un problema: las normas.

            —¿Qué normas?

            —Las de seguridad, colega. Es por esos regalos que llevas en el saco; alguno de ellos podría ser una bomba. No es que yo lo crea, ¿eh?, porque somos amigos y sé que eres un tío cojonudo, pero mis jefes andan con la mosca detrás de la oreja y no se fían de nadie. Es por los comunistas y por esos árabes locos que estrellan aviones contra los rascacielos, ya sabes. El caso es que no se le puede dar nada al presidente sin revisarlo antes.

            —¿Qué debo hacer? –preguntó Quark.

            —Te voy a ayudar, colega. Como he dicho, soy miembro del servicio secreto del presidente, y resulta que mi cuartel general secreto está aquí cerca. Allí pueden inspeccionar los regalos.

            —Vale. Llévame, por favor. Gracias.

            F-Dog sacudió la cabeza con fingida pesadumbre.

            —Lo siento, colega, pero tú no puedes ir.

            —¿Por qué?

            —Porque es un cuartel general secreto y si fueras dejaría de ser secreto.

            Eso también sonaba lógico.

            —¿Qué hago entonces?

            —Ya te he dicho que te iba a ayudar. Somos amigos, ¿no? Mira, tú me das el saco a mí, yo lo llevo al cuartel general, lo escaneamos y, cuando comprobemos que no hay nada raro, vuelvo a buscarte con los regalos y nos vamos los dos a Washington a ver el presidente. ¿Qué te parece?

            Quark reflexionó durante unos segundos.

            —De acuerdo –dijo, entregándole el saco-. Gracias.

            —No hay por qué darlas, colega –repuso F-Dog mientras se alejaba-. Tardaré diez minutos en volver, quince como mucho. Tú no te muevas de aquí.

            Y desapareció en la oscuridad de la noche.

            Tres horas y media más tarde, Quark llegó a la conclusión de que algo no marchaba bien. Quizá aquel humano había sufrido un accidente, o puede que practicase esa extraña costumbre terrestre de expresar cosas distintas a la realidad. En cualquiera de ambos casos, parecía muy improbable que pudiera recuperar los obsequios. Su misión había fracasado.

            El embajador se dio la vuelta y echó a andar de regreso a Kane’s Park. Llegó allí bien entrada la madrugada, subió al platillo, salió del robot, se sentó a los mandos y despegó. Nadie fue testigo de aquello, pues la zona estaba desierta y la nave espacial, como señalamos al principio de esta historia, era invisible.

            Una hora más tarde, cuando el platillo volador dejaba atrás las estribaciones del Sistema Solar, Quark tuvo que reconocerse a sí mismo que estaba un poco preocupado. No por el fracaso de su embajada –ya habría otras-, ni por la pérdida de la Placa Menmónica y el Transmutador –ambos objetos podían duplicarse con facilidad-; lo que le inquietaba era el Ultracubo. A fin de cuentas, contenía la energía de una estrella y si alguien lo abría...

            Pero, ¿quién iba a ser tan idiota para abrir un Ultracubo? Hacía falta estar muy loco para girar un cuarto a la izquierda la rueda del transfundidor, bajar la palanquita del generador de fluzo, desplazar arriba el mando del dimensionador, ignorar la luz violeta de peligro y pulsar sucesivamente el primer botón del energómetro, el tercero del flasher, el segundo del tripster y el quinto del rotor de fotoalimentación. Sólo así podía abrirse un Ultracubo, y nadie en su sano juicio haría tal cosa.

            Muy lejos de allí, a 7.529 millones de kilómetros de distancia, en su agradable apartamento del Bronx, F-Dog estaba sentado en el salón, con un cubo lleno de esferas de oro a sus pies. Porque, por increíble que pareciese, aquel gordo loco había dicho la verdad: ese chisme, el transmutador, convertía cualquier cosa en oro. Así que F-Dog había pasado las últimas horas introduciendo en el aparato todo lo que tenía en su casa, desde la tierra de las macetas hasta macarrones, azúcar, lentejas o cereales, y ahora tenía casi ocho kilos de oro puro.

            ¡Era rico y lo iba a ser aún más! Por fin podría comprar los contactos necesarios para triunfar en el mundo del espectáculo, tendría un Ferrari, y una mansión en Berverly Hills, y follaría con actrices de Hollywood. Esa iba a ser la mejor Navidad de su vida.

            Pero, por desgracia, ya no tenía a mano nada que pudiese meter por el orificio de entrada del transmutador (no se le ocurrió probar con agua, que también servía), así que lo dejó a un lado y examinó los otros dos objetos que había en el saco. La Placa Mnemónica le pareció sólo un trozo de metal y lo tiró a la basura (adiós a la más elevada ciencia y la más avanzada tecnología), pero el Ultracubo, sin embargo, le llamó la atención. Era pesado, y las cosas pesadas suelen ser valiosas, pero además estaba lleno de mandos con los que se podía jugar. Así que estuvo más de media hora manipulando aquel cacharro al buen tun tun sin que sucediera absolutamente nada.

            Cansado de ese juego, F-Dog probó por última vez. Giró un cuarto a la izquierda una ruedecita, bajó una palanca y desplazó un mando hacia arriba. De pronto, una luz violeta se encendió.

            Vaya, pensó F-Dog; por fin pasaba algo. Alentado por aquella novedad, se fijó en que había cuatro filas verticales con nueve botones cada una. Pulsándolos al azar, oprimió el primer botón de la primera fila, el tercero de la segunda, el segundo de la tercera y... y el quinto de la cuarta.

            Lejos de allí, en los confines del Sistema Solar, las alarmas del platillo volador comenzaron a sonar cuando la nave fue alcanzada por el brutal destello energético. Rápidamente, Quark conectó el telescopio y enfocó con él la Tierra, pero ya no había Tierra. En su lugar, una pequeña estrella brillaba con un intensísimo fulgor paulatinamente decreciente.

            —Vaya... –musitó Quark.

            Unos minutos después, cuando el resplandor se extinguió, de la Tierra y su satélite sólo quedaban cenizas.

            Pensativo, Quark desconectó el telescopio y perdió la mirada. Iba a tener que dar muchas explicaciones cuando volviese con los suyos...

            Hizo un gesto que era el equivalente alienígena de un encogimiento de hombros. En cualquier caso, y aunque no fuese un pensamiento muy apropiado para un ofiuco, tras las horas que había pasado con los humanos, Quark no albergaba la menor duda de que la desaparición del planeta Tierra y de la especie que lo habitaba tampoco suponían una gran pérdida.

 



           

12.24.2012

Supernavidad



Supernavidad

By César Mallorquí

Las grandes historias, y ésta lo es, suelen tener muchos comienzos distintos. Podríamos empezar, por ejemplo, relatando lo que ocurrió la noche del 25 de diciembre, cuando los cielos de la Tierra se llenaron de OVNIS. En el sentido literal de la palabra: Objetos Voladores No Identificados. ¿Una invasión extraterrestre? No, ni mucho menos; cuando finalmente los objetos fueron identificados, su naturaleza resultó infinitamente más extraña y perturbadora que cualquier flota de platillos volantes.

El caso es que miles de inexplicables objetos surcaron los cielos del planeta aquella noche. Uno de ellos sobrevoló Madrid hacia el oeste, en dirección al Palacio de la Moncloa. Dos cazas del ejército intentaron abatirlo, pero el objeto los hizo explotar en el aire mediante un rojizo rayo letal. Luego, deceleró y se posó suavemente en los jardines de la residencia del presidente. Al instante, docenas de agentes de seguridad lo rodearon apuntándole con sus armas.

Un hombre voluminoso, con barba y pelo largo, bajó lentamente del vehículo. En una mano llevaba una ametralladora Mk 48 y en la otra un saco; a su derecha había un extraño animal y a su izquierda un ser inverosímil. Los agentes amartillaron los percutores y le conminaron a que tirara su arma y se pusiera de rodillas. Ignorando la orden, el hombre esbozó una sonrisa torcida, escupió sobre la hierba y dijo:

—Venga, alegradme la noche...

Sí, podríamos comenzar por ahí; pero también podríamos retroceder unos días en el tiempo, hasta el instante en que Pablito encontró el cadáver de su padre junto a un frasco de barbitúricos vacío. O quizá sea mejor remontarnos mucho más atrás, al siglo XVIII, cuando el mago y alquimista Cornelius Meister decidió fabricar el talismán más poderoso jamás creado.

Fue el trabajo de toda una vida. Meister, nacido en Colonia en 1723, en el seno de una adinerada familia de mercaderes, se dedicó desde su más temprana juventud al estudio de las artes oscuras y la alquimia. En 1758, tras fallecer su padre y recibir la herencia que le correspondía como primogénito, Meister vendió el negocio familiar, se deshizo de su casa y de la mayor parte de sus bienes, y emprendió un viaje que duraría más de tres décadas. Por aquel entonces, Meister ya había asimilado todos los conocimientos posibles sobre nigromancia, y se consideraba, por tanto, capacitado para construir el objeto mágico más poderoso del mundo. No obstante, precisaba antes reunir los materiales necesarios para su confección, una larga serie de prodigiosos ingredientes que, por desgracia, se hallaban ocultos y desperdigados a lo largo y ancho del planeta.

Durante treinta y un años, Meister recorrió la mayor parte los países de Europa, y las estepas de Rusia, y las cumbres del Himalaya, y el árido altiplano tibetano, y la India, y Oriente Medio, y el norte de África, y finalmente España, pues era en Toledo donde residía el alquimista hebreo Ben Abbás, en cuyo poder se encontraba el último elemento que Meister necesitaba para construir su talismán: un fragmento de carbón de la zarza ardiente que se le apareció a Moisés en el monte Horeb.

Una vez adquirida esa reliquia a un precio exorbitante, Meister instaló su hogar y su laboratorio en una casa situada no muy lejos de la antigua Sinagoga del Tránsito, y se entregó en cuerpo y alma a la meticulosa elaboración del talismán. Tardó un año en concluir el trabajo.

Era un icono, una pintura que representaba el mandala más poderoso que Meister había descubierto durante su peregrinación por Tíbet y Nepal, pero reproducido como si se tratara de una vidriera gótica. Para realizarlo, uso, entre otros extraordinarios ingredientes, pigmentos tales como sangre de dragón, savia de mandrágora, polvo de hadas, tintura de salamandra, leche de quimera, aceite del Huerto de los Olivos o el nácar extraído de la cáscara de uno de los caracoles que cubrieron la cabeza del Buda para protegerle del calor. Y, por supuesto, carbón de zarza sagrada. Como lienzo utilizó un retal del manto del profeta Mahoma, y confeccionó el bastidor con cedro del Líbano extraído del Arca de la Alianza. Para el marco usó madera de otro arca, la de Noé, cuyo pecio encontró en la cumbre del monte Ararat. El hierro de los clavos era del martillo de Thor, y los adornos de bronce, con inscripciones de jeroglíficos egipcios, procedían del mágico caldero de Cerridwen.

Una vez terminado, el talismán no resultaba nada impresionante: un pequeño icono cuadrado de diecisiete centímetros de lado con un aspecto más extraño que bonito. Sin embargo, era el objeto más poderoso que jamás había existido sobre la Tierra, un objeto capaz de conceder un deseo cada cien años a cualquiera que lo pronunciara en voz alta frente a él.

En efecto, el icono parecía insignificante, pero Meister, que para entonces contaba sesenta y siete años de edad, notaba a flor de piel el inmenso poder que irradiaba. Así que, sentado en su laboratorio frente al talismán recién concluido, el alquimista se dispuso a formular su más anhelado deseo, que, como no podía ser de otra forma, era la eterna juventud.

Pero el azar es un bromista cruel, y justo en el instante en que abría la boca para formular el deseo, una vena se rompió en su cerebro y Meister se desplomó sobre el suelo, eternamente muerto en vez de eternamente joven.

Días después, encontraron su cadáver y lo enterraron en una fosa común. Sus bienes fueron robados y sus pertenencias vendidas. Nadie, por supuesto, conocía el poder del icono, así que fue pasando de mano en mano sin que persona alguna le prestara especial atención Y, curiosamente, nadie formuló un deseo frente a él; aunque eso no resulta tan extraño si tenemos en cuenta que el talismán estuvo la mayor parte del tiempo perdido en polvorientos almacenes, desvanes y tiendas de antigüedades.

Nadie formuló un deseo, en efecto... hasta la tarde del 24 de diciembre de 1912. Por aquel entonces, el icono estaba en poder de don Isidoro Fernández Tordesillas, a la sazón notario y registrador de la villa de Madrid, así como discreto miembro de una logia masónica. Don Isidoro lo había encontrado, cinco años atrás, en una chamarilería cercana a su casa. No sabía lo que era, y distaba mucho de parecerle decorativo, pero las inscripciones egipcias le recordaron los símbolos masónicos, así que lo compró por un duro y lo colgó en su despacho, perdido entre sus numerosos diplomas. Y durante cinco años nadie formuló un deseo; al menos no como debía formularse: de forma expresa y con total convicción.

Don Isidoro, aparte de notario, registrador y masón, era muy aficionado a los encantos femeninos. Estaba casado con doña Rosario Blázquez Cuenca, una devota dama de la burguesía madrileña con la que había tenido cinco hijos; lo que no le impedía mantener en secreto una larga serie de amantes, la última de las cuales era una joven costurera a la que había puesto un piso en la calle Leganitos.

Como dice el refrán popular, antes se pilla a un mentiroso que a un cojo, afirmación que vale también para los adúlteros promiscuos. El 24 de diciembre de 1912, alguien, quién sabe quién, puede que las malas lenguas, un amigo entrometido o quizá la propia costurera, alguien, como decíamos, le hizo llegar a doña Rosario, a media tarde, un mensaje anónimo que revelaba las infidelidades de su marido. Fue un acto de gran crueldad, si tenemos en cuenta que ese anónimo le había sido remitido nada más y nada menos que en un día tan entrañable como la Nochebuena.

El caso es que doña Rosario irrumpió en el despacho de su marido, donde éste se hallaba hojeando la prensa, y le echó en cara lo que había descubierto. En realidad, hacía tiempo que la buena mujer andaba con la mosca detrás de la oreja -el anónimo no había hecho más que confirmar sus sospechas-, así que la discusión fue monumental. Y en un momento dado, cuando el reloj de péndulo marcaba las cinco y veintiséis, doña Rosario, con lágrimas en los ojos y el corazón lleno de despecho, le espetó a su marido: “¡Ojalá te murieses!”.

Lo dijo frente al icono Meister. De forma expresa y con gran convicción.

Aunque nadie lo percibió, durante un instante la estructura misma de la realidad trepidó.

Y acto seguido, don Isidoro, como fulminado por un rayo, cayó muerto al suelo. El forense dictaminó que la causa de la deceso había sido un paro cardiaco, pero la viuda, doña Rosario, aunque se repetía a sí misma que aquello era obra del azar y la casualidad, no podía evitar albergar la nada desatinada sospecha de que entre su deseo de muerte y la muerte de su marido existía una relación de causa y efecto. Una idea aparentemente absurda que, en el fondo, reconozcámoslo, no le resultaba del todo desagradable.

Así se agotó el primer deseo concedido por el icono Meister, de modo que deberemos esperar cien años más para conocer el segundo, que es el que realmente nos interesa. Durante ese tiempo, el talismán, desprovisto temporalmente de poder, prosiguió su viaje a través del tiempo y el espacio, de propietario en propietario. Tras fallecer doña Rosario a finales de la década de los 40, el icono fue heredado por el hijo mayor, Gregorio, que lo tuvo almacenado en un desván durante más de cuarenta años.

En 1992, al morir Gregorio, el contenido del desván fue vendido y el icono acabó en un anticuario del Rastro, donde permaneció dieciséis años sin que nadie lo comprase. Hasta que un domingo de 2008 apareció por la tienda un hombre llamado Pablo Morán, acompañado por su hijo de cuatro años, y lo adquirió.

Pablo Morán tenía entonces treinta y ocho años, y trabajaba como administrativo en una caja de ahorros; pero su espíritu no era, ni mucho menos, el de un aburrido burócrata, sino el de un soñador. Pablo tenía alma de aventurero; fantaseaba con viajes a lugares lejanos y exóticos, con civilizaciones desaparecidas, con magia y hechizos, con aventuras más allá de la razón. Por eso se fijó en el icono, porque era antiguo y misterioso. Le preguntó cuánto valía al dueño de la tienda y éste, intentando sacar el máximo rendimiento a un objeto en apariencia invendible, respondió que cuatrocientos euros.

Pablo sólo llevaba encima ciento setenta y cinco, así que le dijo al dueño que ésa era la máxima cantidad que podía ofrecerle. El anticuario, harto de un artículo que llevaba más de tres lustros acumulando polvo en su tienda, aceptó al instante. Aquella tarde, ya en su casa, Pablo colgó el talismán en un rincón de la sala de estar, entre una estantería de Ikea y la reproducción de un cuadro de Lempicka. Al terminar, acarició la cabeza de su hijo y, señalando el icono, dijo:

—Mira, Pablito; quizá sea un objeto mágico.

No sabía lo acertado que estaba; en fin, el icono ya no era mágico, pero sólo faltaban cuatro años para que volviese a serlo. Aunque eso, claro, no lo sabía nadie.

Poco después, Pablo se arrepintió de aquella compra tan absurda e impulsiva. La crisis financiera llegó como un tsunami y se llevó por delante su empleo. Hubo un ERE y le pusieron en la calle junto a trescientos trabajadores más. Al principio se lo tomó con optimismo, pensando que pronto encontraría otro trabajo, pero no fue así. Pasó el tiempo y se acabó el subsidio, y él no dejaba de mandar currículos y solicitudes de empleo que jamás eran atendidas. Su mujer tuvo que empezar a trabajar, cuidando niños, limpiando casas, lo que fuese para intentar conseguir un poco de dinero. Pero Pablo no encontraba nada, era como si hubiese dejado de existir, como si se hubiese convertido en un fantasma intangible e invisible. Contaban con la ayuda de sus familias, claro, pero Pablo no podía soportar la vergüenza de ver cómo su mujer se mataba por un salario de miseria, de no poder darle a su hijo todo lo que le gustaría haberle dado, de sentirse un inútil sin presente ni futuro. Así que un día, tres años y medio después de perder su trabajo, durante la noche del 17 de diciembre de 2012, Pablo Morán tiró la toalla y se tragó un frasco entero de Pentobarbital.

Y así, por fin, llegamos a su hijo, Pablito Morán, el protagonista de esta historia, un chico normal y corriente de ocho años.

Aunque, para ser fieles a la verdad, Pablito no era del todo normal ni demasiado corriente, porque, pese a su corta edad, ya era un obseso, un fanático, un entusiasta de los cómics de superhéroes, quizá el friki más precoz de la historia. La culpa de esa desmedida afición la tuvo su padre, que había conservado todos sus tebeos de la niñez y se los leía a su hijo cuando éste todavía ignoraba las claves del alfabeto. De hecho, los recuerdos más antiguos de Pablito eran su padre leyendo en voz alta mientras él contemplaba hipnotizado las imágenes de aquellos héroes hipermusculados vestidos con ceñidos trajes de colores chillones.

Luego, cuando aprendió a leer, Pablito se sumergió por entero en el mundo de las viñetas. Como ya no dependía de su padre, dedicaba cada minuto libre de su existencia a leer y releer aquellos viejos tebeos, o los nuevos que le regalaban, o los que le prestaban sus primos. Su héroe favorito era Superman, porque le encantaba imaginarse a sí mismo con esos poderes, pero también le gustaba Batman, porque aunque no tenía poderes era más oscuro y siniestro. Y Spiderman, que siempre estaba de broma, y Iron Man con esa armadura tan chula, y Los 4 Fantásticos, y Hulk, y Linterna Verde, y el Capitán América, y Wonder Woman, y Flash, y Lobezno, y Daredevil, y los X-Men, y el Doctor Extraño, y Flecha Verde... La lista de sus personajes favoritos era vasta y variada. Y no sólo se trataba de tebeos, claro, sino también de las películas de superhéroes que le había regalado su tío Óscar y que veía una y otra vez en el reproductor de DVD’s. Pablito había nacido en una época dorada para los aficionados a los vigilantes enmascarados.

Aquella pasión suya por los tebeos parecía inofensiva, y sus padres la contemplaban con simpatía, pero daba pie a ciertas confusiones, como por ejemplo en lo que atañe a la divinidad. Sus padres no eran especialmente religiosos –o lo eran de una forma vaga-, así que nunca le inculcaron creencia alguna. Aún así, Pablito había oído hablar de Cristo, como es natural; pero lo había interpretado a su manera. Como si fuera un superhéroe. Además, por lo que sabía, la historia de Cristo se parecía un poco a la de Superman. Los dos tenían padres que estaban en el cielo. Los dos vivían en familias de adopción. Los dos tenían identidades secretas -Superman era Clark Kent, un periodista, y Cristo era Jesús de Nazaret, un carpintero (aunque a veces también se hacía llamar Mesías)-. Los dos defendían a los débiles y luchaban contra la injusticia. Los se enfrentaban a supervillanos, como Lex Luthor, o Satanás y los romanos. Los dos tenían superpoderes...

Ahí la cosa se complicaba un poco. Los poderes de Superman estaban claros, pero los de Cristo no tanto. Caminaba por las aguas -eso molaba-, y curaba a los enfermos, y hacía magia, aunque no mucha. No estaba claro si volaba o no. Y había muerto y luego resucitado, algo que solía pasarle a los superhéroes, incluido Superman. Ah, y Cristo tenía una mascota, un pájaro. Lo malo es que era una paloma. Porque un águila o un halcón infunden respeto; pero, ¿una paloma?... Aunque, claro, puede que la mascota de Cristo fuese una enorme paloma gigante con garras de adamantium.

En cualquier caso, ¿Cristo tenía superfuerza? ¿Y para qué servía la cruz? Bueno, era su emblema, como la S de Superman, la araña de Spiderman o el murciélago de Batman; pero, aparte de eso, ¿qué utilidad tenía? Dada su forma de avión, quizá Cristo la usase para volar. Aunque también parecía un mazo, como el martillo de Thor, así que Pablito se imaginó al Mesías machacando romanos a base de contundentes golpes de cruz.

Un día, Pablito vio en un mercadillo un tebeo que contaba la vida de Jesús y lo compró, contento de haber encontrado por fin la respuesta a todas sus dudas. Sin embargo, tras leerlo atentamente, la única conclusión a la que llegó es que Cristo, como superhéroe, era muy aburrido. Y se olvidó por completo del asunto.

Hasta la Navidad de 2011, cuando tenía siete años y una duda se clavó en su mente. Poco antes de Nochebuena, fue en busca de su padre y le preguntó:

—Santa Claus y los Reyes Magos le traen regalos a todas las familias, ¿no papá?

—Claro.

—¿Y cuántas familias hay en el mundo? ¿Millones?

—Supongo.

—Entonces, si tienen que llevar regalos a millones de familias en una sola noche, ¿cómo lo hacen? No puede darles tiempo...

Pablo sonrió; ésa era la típica pregunta que tarde o temprano todos lo niños formulan, así que le ofreció la misma respuesta que muchos años atrás le había dado su propio padre (que también era un soñador):

—No olvides que son mágicos, Pablito. Pueden estar en muchos lugares a la vez.

Pablito se quedó con la boca abierta. Ese don, la ubicuidad (aunque no conocía la palabra, sí el concepto), era muy parecido al superpoder de un superhéroe. Además, ahora que caía, Santa Claus, aparte de volar, tenía su casa cerca del Polo Norte, igual que la Fortaleza de la Soledad de Superman. A lo mejor eran vecinos... Y en cuanto a los Reyes Magos, qué demonios, eran magos, ¿no?, como el Doctor Extraño, el Doctor Fate o Zatanna. A Pablito nunca se le había ocurrido incluir a Santa, Melchor, Gaspar y Baltasar en la categoría de “superhéroes”, pero era indudable que poseían superpoderes. Cierto es que carecían de identidades secretas, pero no todos los superhéroes las tienen, como Estela Plateada o Los 4 Fantásticos. En realidad, el único problema era que no luchaban contra el mal; regalaban cosas, lo cual estaba muy bien, pero no repartían tortas entre los villanos.

—Además –prosiguió Pablo-, no están solos. A Santa Claus le ayudan los elfos Bendegums, y a los Reyes Magos sus pajes. Y no son los únicos que reparten regalos. Por ejemplo, en el País Vasco lo hace el Olentzero, en Italia Santa Lucía o la Bruja Befana y en Alemania quien trae los regalos es el Niño Jesús. Eso en cuanto a los niños que se han portado bien, claro, porque ¿sabes lo que les pasa a los que se portan mal?

—Les traen carbón.

Pablo negó con la cabeza.

—Eso es una leyenda –dijo-. En realidad, en el trineo de Santa Claus viaja alguien más: un demonio llamado Krampus que castiga a los niños que han sido malos. –Le guiñó un ojo-. Pero tú has sido bueno, ¿verdad Pablito?

El niño asintió. Claro que era bueno; a fin de cuentas, procuraba seguir fielmente la ética de los superhéroes, lo que le obligaba a hacer todo lo posible por incrementar su fuerza y su valor, colaborar con la justicia, mantener en absoluto secreto el código de los superhombres y observar todos los principios del buen ciudadano, como rezaba el juramento de los Supermen de América.

Tras despedirse, Pablito fue a su dormitorio, se tumbó en el suelo y, mientras jugaba con una figurita articulada de Superman, simulando que volaba, reflexionó sobre lo que le había contado su padre. Había sido una charla muy reveladora, sobre todo en lo que respecta a Santa Claus. Al parecer, le acompañaba un demonio vengador, Krampus, así que en cierto modo Santa sí que era un justiciero. Pero, por lo visto, sólo hacía justicia entre los niños, lo que no resultaba ni demasiado valeroso ni excesivamente justo. ¿Por qué sólo a los niños? ¿Acaso los adultos no se portaban mal?

Otra cuestión interesante era que el Niño Jesús también repartía regalos. En la mente de Pablito, como sabemos, había cierta confusión entre Cristo y Superman, así que supuso que el Niño Jesús era el equivalente a Superboy. Pero el Niño Jesús repartía millones de regalos en una sola noche, así que debía de poseer el superpoder de la ubicuidad, y como Cristo era el Niño Jesús de mayor, también debía de tenerlo. Así pues, Clark Kent, alias Superman, tenía superfuerza, rayos X en los ojos y podía volar, mientras que Jesús de Nazaret, alias Cristo, caminaba sobre el agua, hacía magia y podía estar en muchos sitios distintos a la vez. Ah, y Superboy tenía un superperro llamado Krypto, mientras que al Niño Jesús le acompañaba una superpaloma llamada Espíritu. Todo cuadraba.

Y así, de esa sencilla manera, el muchacho concilió la teología con los superhéroes.

Un año más tarde, el 17 de diciembre, Pablito se despertó a las seis menos cuarto de la mañana, mucho más temprano de lo habitual. No sabía qué le había desvelado, pero se sentía raro, como Spiderman con el instinto arácnido zumbando a toda pastilla. Aún no había amanecido y hacía frío. Se puso las zapatillas y, al salir al pasillo vio que había una luz encendida en la sala. Se dirigió allí, abrió la puerta, y vio a su padre sentado en el sofá, inerte, con la cabeza caída sobre el pecho. Encima de la mesa, un vaso con un poco de agua y al lado un frasco vacío de Pentobarbital.

Pablito no sabía lo que eran los barbitúricos, ni lo que ese frasco vacío significaba. Tampoco entendía por qué su padre estaba tan inmóvil, ni por que no abría los ojos cuando intentaba despertarle, ni por qué tenía la piel tan fría. Asustado, corrió a despertar a su madre. Luego, todo fueron gritos, llanto, lamentos y confusión.

Su padre había muerto, eso decían. Pero Pablito no podía creérselo; su padre no estaba enfermo, ni había sufrido un accidente, no le pasaba nada. ¿Cómo podía morirse, así, de repente?

Tres días más tarde, después de celebrarse el funeral, un grupo de amigos y familiares se reunió en la casa. Pablito estaba harto de que le acariciaran la cabeza o le pellizcaran las mejillas, así que hizo todo lo posible por pasar inadvertido, como por ejemplo ocultarse debajo de una mesa del salón. Y fue allí, cuando todos creían que él no estaba, donde escuchó algo que le llenó de desconcierto. Decían, entre susurros, que su padre se había suicidado.

Suicidio. Pablito conocía esa palabra; significaba matarse a uno mismo. Pero eso era absurdo, ¿por qué iba a querer matarse su padre? No tenía sentido. De modo que, cuando todo el mundo se fue, Pablito se lo preguntó directamente a su madre. “¿Papá se ha suicidado?”. La pobre mujer tragó saliva y lo negó enérgicamente, pero había algo en ella -el temblor de los labios, las lágrimas agolpándose en la frontera de los párpados- que desmentía sus palabras. Pablito no la creyó, pero tampoco se atrevía a no creerla.

Al día siguiente, por la mañana, fue a verle el buenazo de su tío Óscar, el hermano de su padre. Le traía una pila de nuevos cómics de superhéroes y el DVD de la película de Los Vengadores.

—Aún no es Navidad... –dijo el niño.

—No son regalos de Navidad –respondió tío Óscar-. Son regalos porque sí, porque somos amigos.

Estaban solos en el cuarto de Pablito, sentados en la cama. El niño contempló los tebeos y el DVD y luego miró a su tío con gran seriedad.

—¿De verdad somos amigos? –preguntó.

—Claro que sí, ya lo sabes.

—Entonces no puedes mentirme. ¿Papá se suicidó?

El hombre parpadeó un par de veces.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Lo he oído. Mamá dice que es mentira, pero me parece que es porque cree que soy demasiado pequeño. ¿Me cuentas la verdad, por favor?

Tío Óscar desvió la mirada y respiró profundamente.

—Sí –dijo en voz baja-; tu padre se suicidó.

Pablito sintió que se le retorcía el estómago.

—¿Por qué? –dijo.

El hombre tardó mucho en responder.

—¿Sabes, Pablito? –repuso al fin-; en realidad no quería matarse, pero le obligaron a hacerlo. ¿Has oído hablar de la crisis económica?

—Sí.

—¿Sabes lo que es?

—La gente no tiene dinero.

—Exacto. Las empresas despiden a sus empleados, como le pasó a tu padre, y no hay trabajo ni dinero; muchos incluso se quedan sin casa. Pero ¿sabes por qué se produjo la crisis?

—No.

—Pues porque hay gente, personas malas, que se aprovechan de los demás. Son monstruos con forma humana que no tienen piedad y sólo les mueve la codicia. Quieren tenerlo todo, quedárselo todo, como si pudieran comerse el mundo. Ellos abusaron de la gente buena, de los débiles; les engañaron. Ellos cambiaron las reglas para ganar siempre. Ellos arruinaron la economía. Ellos acorralaron a tu padre, le quitaron todo lo que tenía, incluso la esperanza, y le obligaron a matarse.

—¿Quiénes son?

Tío Óscar se encogió de hombros.

—Los amos del universo –respondió con amargo sarcasmo-. Banqueros, políticos, financieros, empresarios, constructores, millonarios... los que tienen poder. Y sus lacayos, claro.

—Pero si son tan malos, ¿por qué no los detiene la policía?

—Porque son muy poderosos, Pablito, y están por encima de la ley.

—¿Como si fueran supervillanos?

El hombre asintió.

—Así es –dijo; y tras un suspiro añadió-: Los supervillanos mataron a tu padre.

Hubo un largo silencio. De pronto, Pablito advirtió la lágrima que resbalaba por la mejilla de su tío, así que se acercó a él, le besó y le dio las gracias. Por los tebeos, por la película y por la verdad.

Aquella noche a Pablito le costó conciliar el sueño; tenía muchas cosas en las que pensar. Desde la muerte de su padre, ahora se daba cuenta, no había derramado ni una lágrima. Pero es que los superhéroes no lloran, luchan por lo que creen justo en vez de quedarse en un rincón gimoteando como nenazas. Además, ahora sentía muchísima más rabia que pena, una rabia infinita que le estrangulaba el corazón y le robaba el aliento.

Pablito encendió la luz de la mesilla, bajó de la cama, cogió de un estante todas sus figuras articuladas de superhéroes –más de cuarenta-, las puso sobre la colcha y se quedó mirándolas. Si pudiera convocar a aquellos enmascarados para que castigaran a los supervillanos... pero no podía. Por mucho que adorase los cómics, Pablito era plenamente consciente de que los superhéroes no existían. Sólo eran dibujos en un papel, o actores disfrazados, porque en el mundo real no había superhéroes. Aunque sí supervillanos, lo cual se le antojaba tremendamente injusto.

Abrumado por la frustración, Pablito volvió a poner las figuras en su lugar, se metió en la cama y apagó la luz. Se sentía impotente; deseaba con todas sus fuerza hacer algo, pero no sabía qué ni cómo. Entonces, cuando estaba a punto de sucumbir a lo peor que puede sucumbir un superhéroe –echarse a llorar-, tuvo una idea. Los vigilantes enmascarados no eran reales, pero había otros seres igual de poderosos que sí lo eran... ¡Bingo! Había encontrado la solución.

Así fue como un niño de ocho años dio el primer paso hacia la más extraña crisis mundial de la historia.

El plan que había elaborado Pablito comenzó al día siguiente, cuando su madre fue a verle y le dijo:

—Con todo lo que... lo que ha pasado, se nos ha olvidado escribir la carta a Papá Noel. ¿Lo hacemos ahora?

El niño negó con la cabeza.

—No quiero ningún regalo.

—Pero, ¿por qué? Venga, no digas tonterías; eres un niño y en Navidad los niños deben tener regalos.

—No voy a pedir nada. Y no puedes obligarme

La mujer vio tal determinación en el rostro de su hijo que no fue capaz de seguir insistiendo.

—Bueno, como quieras –aceptó-. Pero supongo que, de todas formas, Papá Noel te dejará algún regalo sorpresa...

—Pues no pienso abrirlo. No quiero regalos, mamá.

Y así quedó zanjada la discusión. La mujer, cansada de estar cansada, suspiró y abandonó el cuarto, pensando que su hijo aún estaba muy afectado por la muerte de su padre, y confiando en que, gracias a su juventud, pronto lo superaría.

Estaba equivocada. Pablito sí que quería un regalo, pero no un regalo cualquiera, sino la clase de regalo que no se le puede contar a una madre, porque lo impedía el código de los superhéroes.

Vale, de acuerdo, los vigilantes enmascarados no existen. No hay un Superman, ni un Capitán Marvel, ni un Spiderman. Pero hay otros personajes con superpoderes que sí existen en la vida real: Santa Claus, los Reyes Magos y el Niño Jesús. Bueno, un compañero de clase le había dicho a Pablito que ni Papá Noel ni los Reyes Magos existían, y que los regalos los ponían los padres; pero eso era imposible. Todo el mundo decía que eran reales, y todo el mundo no puede estar equivocado, ¿verdad?

Claro que existían Santa, el niño y los magos; lo que pasaba es que no habían desarrollado todo su potencial. Tenían superpoderes –lo de la ubicuidad molaba un montón-, pero en vez de utilizarlos para luchar contra el mal, los empleaban en premiar o castigar a los niños, lo que a esas alturas a Pablito le parecía una completa estupidez, un despilfarro de poderes. Porque, vamos a ver, por muy malo que fuese un niño, ¿qué daño podía hacer? Muy poco, y desde luego no el suficiente para justificar la intervención de seres con poderes sobrehumanos. Santa, el niño y los magos tenían muy buenas intenciones, qué duda cabe, pero habían perdido el norte. Podían hacer mucho más de lo que hacían. Y él, Pablito, iba a corregir su error.

Bastaba con solicitar el regalo adecuado.

Por eso Pablito no quería pedir nada más, para no desperdiciar obsequios y centrarse sólo en lo que realmente importaba. Y por eso eligió la víspera de Navidad para formular su deseo, porque así, haciéndolo en el último momento, se aseguraría de que lo tuvieran muy fresco en la memoria los superseres a quienes estaba destinado.

La noche del 24 cenarían en casa con los tíos y los abuelos, así que la madre de Pablito se encerró en la cocina por la tarde y comenzó los preparativos, ocasión que Pablito aprovechó para llevar adelante su plan en soledad y sin interrupciones. A las cinco y veinte, fue al salón y descolgó del árbol una figurita que representaba a Papá Noel; luego, se aproximó al Belén y se quedó mirándolo. Melchor, Gaspar y Baltasar, con sus camellos y sus pajes, eran como un superequipo, pensó; como la Liga de la Justicia, o los Cuatro Fantásticos. Podrían llamarse “Los Tres Fabulosos”, “Los Reyes de la Justicia”, o algo así. Además, como venían de oriente, seguro que sabían kung fu, como el superhéroe Puño de Hierro.

Por desgracia, los Reyes Magos llegaban el seis de enero, y Pablito no quería esperar tanto tiempo, así que no tuvo más remedio que prescindir de ellos. Serían su plan B, por si fallaba el de aquella noche. No obstante, el Niño Jesús, igual que Santa Claus, repartía regalos el 25, así que cogió la pequeña figurita del bebé que descansaba en la cuna del pesebre, se dirigió al sofá donde había muerto su padre y puso sobre él las figuras de Santa y de Niño.

Estaba a un metro escaso de distancia del Icono Meister que colgaba de la pared.

Pablito se arrodilló y abrió la boca para pedir el regalo que más deseaba, el más importante de su corta vida: justicia para su padre. Si lo hubiera hecho en ese momento, no habría pasado nada, porque eran las cinco y veinticuatro de la tarde, y aún faltaban dos minutos para que el talismán recuperara su poder. Pero en el último instante, Pablito se interrumpió. Había algo que no estaba bien.

Iba a pedir justicia, pero ¿era eso lo que quería? Si fuera Superman, sí, sin duda querría justicia. Pero él no era Superman; su historia se parecía mucho más a la de Batman. Bruce Wayne, de niño, había presenciado cómo un ladrón asesinaba a su padres, y por eso de mayor se había convertido en justiciero. Era casi lo mismo que le había pasado a él. Así que, por primera vez en su existencia, Pablito se sintió más identificado con el hombre murciélago que con el hombre de acero. Y Batman no querría justicia. Batman exigiría venganza.

Ah, “venganza”, una palabra afilada como una cuchilla de afeitar. Si Pablito hubiera pedido justicia, las cosas habrían sido muy diferentes; pero no lo hizo, y eso cambió al mundo.

En ese momento, a las cinco y veintiséis, ocurrió: se cumplió un siglo desde el último (y primer) deseo, y el talismán recuperó su inmenso poder. Si Pablito hubiera sido un iniciado, como Cornelius Meister, habría sentido la intensa aura mágica como un cosquilleo eléctrico en la piel; pero sólo era un niño normal y corriente, así que no notó nada.

Pero sí tomó una decisión. Abrió la boca y formuló su deseo:

—Voy a pedirte algo muy importante, Santa Claus. A ti, Niño Jesús, nunca te he pedido nada, pero te lo voy a pedir ahora. Unos supervillanos mataron a mi padre, ahí, donde estáis vosotros. La policía no puede hacer nada, porque los malos son muy poderosos, y eso no es justo. Pero vosotros sois más poderosos que ellos y por eso el regalo que os pido es que venguéis a mi padre y castiguéis a los supervillanos. Por favor, por favor, por favor, hacedme ese regalo...

Ese fue su deseo. Lo formuló frente al Icono Meister de forma expresa y con profunda convicción.

Cien años antes, cuando el talismán concedió el primer deseo, la realidad trepidó casi imperceptiblemente. Pero hacer que a un notario cuarentón y pasado de peso le diese un infarto no era nada comparado con lo que había pedido el niño, pues el deseo de Pablito suponía alterar severamente unas cuantas leyes de la física. Así que, durante unos segundos, la realidad onduló, se plegó, se retorció, crujió y se arrugó, para desplegarse acto seguido con algunas de sus reglas básicas corregidas. Pablito notó aquel terremoto dimensional, pero lo tomó como una buena señal. Lo cierto es que el inusitado fenómeno fue percibido por todos los seres humanos que pueblan el planeta y, aunque nunca se pudo explicar, no pocos llegaron a la –acertada- conclusión de que entre el fenómeno y los terribles sucesos acontecidos aquella noche existía algún misterioso vínculo.

Tras formular el deseo, Pablito volvió a poner las figuras en su lugar y se fue a su cuarto para seguir leyendo los cómics que le había regalado tío Óscar. Aquella noche, después de la cena familiar, Pablito se fue temprano a la cama. Estaba nervioso y expectante, pero también cansado, de modo que se durmió nada más cerrar los ojos.

A las doce en punto de la noche del 25 de diciembre de 2012, los cielos del planeta se llenaron repentinamente de objetos voladores no identificados.

Y así volvemos al comienzo de esta historia. Uno de esos objetos aterrizó en los jardines del Palacio de la Moncloa y de él descendió un hombre voluminoso con un fusil de asalto y un saco, acompañado por dos extraños seres. Lo que no dijimos entonces es que aquel objeto volador era un trineo tirado por nueve renos, ni que los dos seres extraños eran un diablo denominado Krampus y un reno llamado Rudolph, ni que el hombre voluminoso (en realidad gordo) tenía el pelo y la barba canos e iba vestido de rojo y blanco. Era Santa Claus, San Nicolás, Papá Noel, como queramos llamarle; el afable y bondadoso anciano que traía juguetes a los niños. Pero ahora la expresión de su rubicundo rostro distaba mucho de ser afable y mucho menos bondadosa.

—Venga, alegradme la noche... –les dijo a los agentes de seguridad que le rodeaban apuntándole con sus armas, al tiempo que les encañonaba con la suya.

Los agentes comenzaron a disparar y no dejaron de hacerlo hasta vaciar los cargadores. No sirvió para nada: las balas rebotaban inofensivamente contra aquellos tres seres imposibles. Entonces Santa dijo:

—¡Jo, jo, jo!

Y abatió de una ráfaga a la primera línea de agentes. Simultáneamente, Krampus, el demonio con cuernos de antílope y el rostro cubierto por una máscara de madera, se abalanzó sobre los guardias y comenzó a despedazarlos con su afiladas garras. En cuanto a Rudolph, su morro se iluminó y de él brotó una especie de rayo láser rojo que segaba los cuerpos por la mitad como si fueran de mantequilla.

Apenas diez segundos después, no quedaba ningún agente vivo en los jardines de la Moncloa. Sin decir nada, Santa Claus y sus dos acompañantes echaron a andar hacia la residencia del Presidente de Gobierno. Encontraron resistencia, por supuesto, y puertas cerradas a cal y canto; pero la resistencia fue neutralizada y las puertas volaron por los aires gracias al lanzacohetes que Santa extrajo de su saco.

Finalmente, llegaron al bunker subterráneo donde las fuerzas de seguridad habían ocultado al Presidente y a su familia. La puerta era de acero de veinte centímetros de grosor, pero el rayo letal de Rudolph apenas tardó un minuto en abrir en ella un agujero de dos metros de diámetro. Los guardias que protegían el bunker les dispararon desde el interior, pero Krampus se abalanzó sobre ellos y los hizo trocitos en un santiamén. Entonces, Santa Claus entró en el refugio con lentitud y se encaró con el Presidente, que estaba en un rincón, mirándole con estupor –aunque lo cierto es que el Presidente siempre parecía estupefacto-.

—Has sido muy malo, Mariano –dijo Santa Claus, encañonándole con su fusil-. Eres cómplice de la muerte de Pablo Morán.

—¿Qui-quién es Pablo Morán? –balbuceó el Presidente.

—Eso es lo peor de todo –repuso Santa Claus-; que ni siquiera sabes quién es.

Y apretó el gatillo. El Presidente cayó al suelo en medio de un charco de sangre, convertido en el cadáver más atónito del mundo.

Mientras esto sucedía, una miríada de clones de Santa Claus llevaron a cabo una sucesión de ataques simultáneos cuyos objetivos eran todos los miembros del gobierno, desde ministros hasta jefes de gabinete, pasando por los distintos gobiernos autonómicos y municipales (y sin olvidar a los dos Presidentes anteriores y sus gabinetes). Pero aquella masacre no se limitó a los políticos ni a España, no, ni mucho menos. Ocurrió en gran parte del planeta y a una variada gama de personas.

De hecho, el país que más ataques de Santas sufrió fue Estados Unidos (cuyos cazas y misiles fueron destruidos en el aire por los rayos letales de los Rudolph), seguido muy de cerca por la Unión Europea. En el resto de las naciones, las incursiones fueron mucho menos numerosas, pero no menos sangrientas. Aquel insólito ejército de Santa Claus se desperdigó por el mundo irrumpiendo en mansiones privadas y edificios públicos, acabando con la vida de políticos, sí, y banqueros, y financieros, y empresarios, y constructores, y millonarios, e inversores, y brokers, y economistas, y ejecutivos, y especuladores, así como, en menor medida, representantes de una variada gama de oficios que iba desde periodistas hasta contables, pasando por policías, funcionarios, jueces y abogados.

La única excepción a este desastre fue Alemania; no en cuanto a número de muertes, ni en la atrocidad de las mismas, pues Alemania y España fueron los países de la Unión Europea con mayor cantidad de víctimas. Sin embargo, por los cielos de Alemania no voló ni un solo Santa Claus. En su lugar, una horda de Niños Jesús se abatió sobre el país como una plaga. Dicen que los cuerpos despedazados de los miembros del gobierno se encontraron desperdigados en un radio de doce kilómetros alrededor del Bundestag, y que el castigo que sufrió la clase financiera e industrial germana superó con creces los horrores de la Segunda Guerra Mundial. No obstante, no fueron los Niños Jesús quienes causaron directamente aquellas muertes, sino sus sanguinarias mascotas, una escuadrilla de gigantescas palomas mutantes con garras de adamantium.

Más adelante, los terribles acontecimientos de aquella noche fueron denominados la Gran Masacre de Navidad. Dado el carácter tan global y disperso del suceso, nunca se llegó a determinar con exactitud el número total de víctimas, aunque los cálculos más conservadores las estimaban en entre seis y nueve millones. Cómo es lógico, nadie encontró jamás una explicación medianamente plausible a lo que había pasado; sobre todo cuando, al analizar las múltiple grabaciones y fotografías que se habían realizado de los Santa Claus, se descubrió que no eran distintas personas disfrazadas de la misma manera, sino la misma persona repetida millones de veces (y lo mismo podía decirse de los demonios, los trineos, los renos, los Niños Jesús y las palomas mutantes).

Eso no quiere decir, por supuesto, que no se propusieran cientos de explicaciones, a cual más estrafalaria, desde una invasión extraterrestre hasta la profecía maya, aunque finalmente la teoría más aceptada fue la más sencilla: un castigo divino. Porque a nadie se le escapó que la práctica totalidad de las víctimas pertenecían a la élite económica o a la clase política, así que una cruzada divina para castigar varios pecados capitales entraba dentro de lo razonable.

Dada la capital relevancia de los fallecidos, y su inmenso número, muchos creyeron que el mundo entraría en una crisis aún más profunda que la ya existente, pero no fue así. La humanidad, igual que la naturaleza, detesta el vacío, de modo que una nueva generación de hombres y mujeres ocupó con rapidez los puestos que habían dejado vacantes las víctimas de la Masacre de Navidad.

Pero no hay mayor moralista que el miedo, y la idea del castigo divino se había instalado sólidamente en el inconsciente colectivo, así que esa nueva generación de oligarcas y políticos comenzó a gobernar el mundo de una forma más justa, social y humana. No porque fueran mejores que los anteriores, ni más justos, ni más sociales, ni más humanos, sino sencillamente porque estaban literalmente acojonados ante la posibilidad de que los Santa Claus volviesen (ese es el efecto que suelen provocar los superhéroes). Así fue cómo el mundo, tras una de las masacres más bárbaras y extrañas de la historia, recuperó la esperanza e inició una nueva era de paz y prosperidad.

Pero, ¿y Pablito? Pablito era el niño más feliz del mundo. Se sentía como Batman después de darle una paliza al Jocker.

Y así, amigos míos, concluye este meritorio cuento, al que lo único que cabe reprochar es que sólo sea eso, un cuento.