12.24.2010
Cuento de Navidad: El ángel y la señora Monroy
El ángel y la señora Monroy
por César Mallorquí
La noche era un desierto salpicado de luces de colores. Guarecido del frío en un portal situado enfrente de la casa, Abilio lió un canuto, lo encendió con el mismo Bic que había empleado para ablandar la china y fumó lentamente, reteniendo el humo en los pulmones tras cada calada, con la mirada fija en las ventanas del bajo derecha. A lo lejos sonaba un villancico; el reloj de una iglesia hizo tañer diez veces su campana. Abilio llevaba más de una hora ahí plantado, sin hacer nada salvo fumar y vigilar. A sus veintitrés años de edad había aprendido que, cuando vas a dar un palo, toda precaución es poca.
Por eso había elegido aquella casa, el bajo derecha, porque pertenecía a una vieja viuda ricachona que a lo mejor, si había suerte, guardaba sus ahorros debajo del colchón o en el tarro de la harina. Y por eso había escogido aquella fecha, el veinticuatro de diciembre, porque esa noche todo el mundo está a lo suyo, en su casa; y si no se encuentra en su casa, es que estará cenando con un familiar y no volverá hasta pasadas las doce.
Las ventanas del bajo derecha habían permanecido oscuras todo el rato; además, Abilio había pulsado un par de veces el botón del portero automático sin obtener respuesta. La casa estaba vacía. No obstante, Abilio decidió esperar un cuarto de hora más, no fuera a ser que algún vecino rezagado le sorprendiera en plena faena.
Mientras aguardaba, repasó sus planes para la noche. Había quedado con Loli en recogerla a la una en casa de sus viejos; luego, irían a la fiesta que daba Lucas en su chabolo y pasarían la puta Nochebuena de juerga, poniéndose ciegos de todo, y quizá, quién sabe, puede que acabaran echando un polvo. Sonriendo ante tan prometedoras perspectivas, Abilio buscó en un bolsillo de su cazadora la cajita de pastillas Valda donde guardaba su particular farmacia; la abrió y examinó el contenido. Cinco gramos de costo, dos pirulas, un tripi y una papelina de farlopa. Suficiente para pasar una buena noche, aunque hacerse con todo aquello le había dejado sin un céntimo.
Pero daba igual; aquel piso del barrio de Salamanca le llenaría de nuevo los bolsillos. Si había suerte, encontraría efectivo; y si no, se llevaría los objetos más valiosos, aunque eso supondría hacerle una visita a Montoya, el perista, lo cual le haría a llegar tarde a la fiesta. Pero daba igual; ese piso era una perita en dulce. No había ni seguridad ni alarmas: un juego de niños. Entrar, pillar la pasta, las joyas y la plata, y abrirse.
A las diez y cuarto, Abilio sacó la papelina, cogió una pizca de coca con una esquina del carnet de identidad y se metió un tirito. Químicamente estimulado, guardó la farlopa y se dirigió al portal situado enfrente. Apenas tardó un minuto en abrir la puerta; de algo tenía que servirle el módulo de cerrajería que había estudiado cuando era adolescente.
Entró en el portal y, sin encender la luz, remontó una escalera de mármol blanco cubierta en su tramo central por una alfombra marrón. Era un edificio antiguo, de principios del siglo pasado, pero aún conservaba casi intacto todo su esplendor burgués. Abilio se detuvo ante la puerta de la derecha, sacó una pequeña linterna y la encendió. El haz de luz iluminó un rótulo situado bajo el timbre: Julia Monroy Luque, viuda de Martínez-Urquijo. La vieja podrida de pasta.
Durante unos segundos Abilio se quedó inmóvil, atento a los sonidos, pero sólo escuchó un rumor de voces y música procedente de los pisos superiores. Luego, sujetando la linterna entre los dientes, se acuclilló frente a la cerradura, la manipuló con las ganzúas y abrió la puerta. Sin solución de continuidad, entró en la casa, cerró a su espalda y de nuevo se inmovilizó.
El piso se hallaba a oscuras y en completo silencio. La vieja debía de estar cenando con sus hijos y sus nietos, tan ricamente, supuso Abilio. Paseó el haz de la linterna a su alrededor y comprobó que estaba en un vestíbulo; a la derecha había un largo pasillo y a la izquierda una puerta de madera con cristales esmerilados. Abilio la abrió y se adentró en un salón tan anticuado como lujoso; muebles de roble y cerezo, sillones de cuero, alfombras orientales, óleos colgando de las paredes... Abilio se aproximó a una vitrina; estaba llena de objetos de plata, pero eso lo dejaría para el final. Lo primero eran las joyas y la pasta, y ambas cosas solían encontrarse en los dormitorios.
Abilio salió del salón, se internó en el pasillo y abrió la primera puerta de la derecha; era un dormitorio, probablemente de invitados, pues, tras una rápida inspección, comprobó que no había nada en la mesilla ni en los armarios. Regresó al pasillo y entreabrió la puerta de la izquierda. Lo primero que le llamó la atención fue que, aunque la habitación estaba a oscuras, había un pequeño arbolito de Navidad sintético con las guirnaldas encendidas. El intermitente resplandor de las luces de colores se reflejaban en las estanterías repletas de libros que cubrían las paredes. Debía de ser un despacho...
De pronto, Abilio oyó algo a su derecha, un ruido ahogado, y abrió la puerta del todo. Al fondo de la habitación había un escritorio de madera y, sentada tras él en un sillón de cuero castaño, una anciana le miraba horrorizada a través de unas lentes de montura metálica.
Durante un segundo nadie se movió, como el fotograma congelado de una comedia de enredos. Un instante después, el cerebro de Abilio le ordenó a sus piernas que se dieran la vuelta y salieran de najas, pero justo en ese momento la anciana puso los ojos en blanco y, tras un débil gemido, se desplomó sobre el escritorio.
Abilio arqueó las cejas. La vieja se había desmayado; cojonudo, era el momento de abrirse. Quizá incluso tuviera tiempo de pillar la plata del salón... Se dio la vuelta y avanzó unos pasos hacia el vestíbulo, pero se detuvo de nuevo. ¿Y si no era un desmayo? ¿Y si a la vieja le había dado un tabardillo, un infarto o algo así? Durante unos segundos permaneció inmóvil, titubeante. Bueno, se dijo, y si le había dado un jamacuco, ¿a él qué le importaba? Además, ¿qué coño hacía la puñetera vieja encerrada a oscuras en su casa? En cualquier caso, debía de haberse llevado un susto de muerte al ver aparecer de repente a un desconocido...
Casi sin darse cuenta de lo que hacía, Abilio regresó al despacho y se aproximó a la anciana, que seguía caída sobre el escritorio. Se inclinó sobre ella y la examinó con atención; tenía los ojos cerrados y no se movía, pero respiraba con suavidad. Ni había muerto ni parecía enferma; sólo estaba inconsciente. Abilio se incorporó; entonces advirtió que en el escritorio, sobre una escribanía de bronce y cuero, había cuatro objetos: un botellín de agua mineral, un frasco de cristal lleno de cápsulas amarillas, una pluma Mont Blanc y una breve nota manuscrita. Abilio iluminó el papel con la linterna y lo leyó.
—¡La hostia puta! –musitó con los ojos como platos.
Intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca. Se inclinó sobre la nota y la leyó de nuevo.
“A quien pueda interesar: Yo, Julia Monroy Luque, en plenitud de mis facultades mentales, he decidido voluntariamente poner fin a mi vida. Les ruego que disculpen las molestias”.
Debajo, una pulcra firma de colegio de monjas. Abilio cogió el frasco de cristal y leyó la etiqueta: Nembutal 100 mg.
—La hostia puta... –repitió, ahora susurrando.
Si de algo sabía era de drogas; Nembutal, también llamado pentobarbital sódico; un barbitúrico de caballo, el favorito de los suicidas. Dejó de nuevo el frasco sobre la escribanía, se apoyó en el escritorio e intentó pensar, pero tenía la cabeza vacía. Y la boca seca. Necesitaba beber algo. Le echó un vistazo al botellín de agua mineral, pero no estaba abierto y no le parecía bien abrirlo, así que salió del despacho y buscó la cocina.
Se encontraba al fondo del pasillo. Era grande, con el suelo ajedrezado, las paredes de baldosín blanco y electrodomésticos anticuados. Tras encender la luz, Abilio bebió directamente del grifo del fregadero; al acabar, se fijó en que había un cazo sobre la cocina de gas. Lo destapó; era una crema de marisco. En el horno había una fuente con pollo relleno. Todo frío. Abrió el frigorífico, un viejo Westinghouse, y comprobó que sólo había huevos, lechuga, tomates, leche de soja y poco más. Ni una maldita cerveza.
Cerró la puerta de la nevera y permaneció unos instantes indeciso. ¿Qué demonios estaba haciendo ahí?, pensó. Tenía que irse, eso era lo único sensato. Pero antes, un tirito; sacó la papelina, trazó una rayita de coca sobre el mármol de la encimera y la esnifó con su último billete de diez euros enrollado. Luego, apagó la luz, salió de la cocina y de nuevo se paralizó. La luz del despacho estaba encendida. La vieja había recuperado el conocimiento. Procurando no hacer ruido, con suma cautela, Abilio caminó hacia el despacho y asomó la cabeza por la puerta. La anciana estaba de pie, junto al escritorio; al verle, se llevó una mano a la cara y retrocedió.
—¿Quién eres? –preguntó.
—Me llamo Abilio –respondió el joven, adentrándose un par de pasos en el despacho.
—¿Qué haces aquí, cómo has entrado?
—Pues... he forzado la cerradura, señora.
La anciana alzó levemente una ceja; parecía asustada, pero no histérica, como suelen ponerse las viejas cuando se sienten en peligro.
—Has venido a robar... –dijo en tono más sereno, como si la perspectiva de ser desvalijada la tranquilizase.
—Creí que el piso estaba vacío –asintió Abilio-. Pero no se preocupe, señora, que soy pacífico, ¿eh? No me va la violencia, así que no voy a hacerle nada, se lo juro.
La anciana desvió la mirada y respiró profundamente; luego, se aproximó a un cuadro situado justo detrás del escritorio y lo apartó, haciéndolo girar sobre unas invisibles bisagras. Detrás había una pequeña caja fuerte empotrada; la mujer marcó la combinación y abrió la puerta del cofre. A continuación, se apartó unos pasos y dijo:
—Ahí hay joyas y dinero. Cógelo. Coge lo que quieras y vete.
Abilio le echó un vistazo a la caja y luego miró a la anciana. Era menuda, con el pelo blanco recogido en un moño y el rostro lleno de arrugas. Los ojos, empequeñecidos por las lentes, se adivinaban azules. Debía de tener setenta y tantos años.
—No me voy a llevar nada, señora –dijo Abilio.
La anciana le miró con extrañeza.
—¿No has entrado a robar?
—Sí, pero... ya no.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
Abilio parpadeó, confundido. Buena pregunta; ¿qué demonios estaba haciendo?
—Usted es Julia Monroy, ¿verdad? –preguntó.
—Sí.
—Ya, pues... –Señaló la nota que yacía sobre el escritorio-. He leído lo que ha escrito.
Doña Julia miró la nota y palideció; luego, se sentó en el sillón y cerró los ojos. No dijo nada. Abilio la contempló en silencio durante largo rato. Era tan frágil como un pajarito, tan pulcra, tan delicada... parecía de peluche, como una anciana de juguete. A Abilio le recordó a su abuela. Bueno, no del todo, claro; su abuela tenía pinta de bruja y los dientes corroídos por las caries, pero era una buena mujer que siempre le trató con cariño, algo que no podía afirmar del resto de sus parientes.
—¿Por qué se quiere usted matar? –preguntó finalmente.
La anciana abrió los ojos y le miró con seriedad.
—Creo que eso no es asunto tuyo –dijo-. Ahora, llévate lo que quieras, o no te lleves nada, pero vete. Es mi casa y deseo estar sola.
—Pero...
—Vete.
Abilio dejó escapar un suspiro y se encogió de hombros.
—Como quiera –dijo.
Echó a andar hacia la salida, pero se detuvo nada más traspasar la puerta. Tras un instante de duda, se dio la vuelta, entró de nuevo en el despacho y, ante los sorprendidos ojos de la anciana, se sentó en una silla, frente a ella, con el escritorio de por medio.
—Pues no me voy –declaró-. Mire, señora, dice usted que no es asunto mío, y es verdad, no lo era. Pero he leído la nota y ahora sé que tiene pensado quitarse de en medio con Nembutal, así que si me largase sería como... no sé, como si la dejara morir.
Doña Julia le miró con perplejidad.
—Eres un ladrón muy raro –dijo-. Escucha, no me conoces, ni yo a ti; no tienes que hacer nada. Vete, por favor.
—No –repuso Abilio cruzándose de brazos-. Primero cuénteme por qué quiere matarse.
La anciana respiró hondo, armándose de paciencia.
—¿Y si llamo a la policía? –dijo.
El joven hizo un gesto vago.
—Ya le he dicho que no soy violento –respondió-, así que si quiere llamar a la pasma no se lo voy a impedir. Pero tampoco me iré. Entonces vendrán los maderos, y yo les contaré lo que piensa hacer usted. A mí me llevarán a la trena y a usted a un loquero. Chungo para los dos. –Se inclinó hacia delante y compuso una sonrisa amistosa-. Mire, señora, usted quiere matarse y seguro que tiene una buena razón. Cuéntemela y la dejaré tranquila.
—Pero, ¿a ti qué te importa? –preguntó ella, un tanto irritada.
—Pues no lo sé... pero me importa.
Doña Julia cerró los ojos y suspiró con cansancio. Tras un largo silencio, dijo:
—¿Si te lo cuento te irás?
—Le doy mi palabra.
—De acuerdo. –La anciana respiró hondo y dijo-: Tengo setenta y cuatro años. Mi único hijo, mi nuera y mis dos nietos murieron a causa de un accidente de automóvil en 1999. Tres años después falleció Carlos, mi marido. Estoy sola y la soledad duele. No espero nada del futuro, salvo más soledad. ¿Te parecen suficientes motivos para desear la muerte?
Abilio se acarició la nuca.
—Joder, qué putada... Perdone, eh... Quiero decir que siento mucho lo de su familia. Pero supongo que tendrá más parientes, amigos...
—Mis tres hermanos eran mayores que yo y todos han muerto, igual que mis tíos. Tengo un par de primos en Cataluña, pero hace tiempo que perdimos el contacto y ni siquiera sé si aún viven. En cuanto a mis amigos... en realidad eran amigos de Carlos y, por tanto, me superaban en edad. Los que aún están... bueno, digamos que no están muy bien. Alguno ni siquiera recuerda cómo atarse los zapatos.
Abilio respiró hondo y soltó el aire lentamente.
—Entonces –dijo- ¿siempre está sola?
—Durante el día viene una asistenta, Cecilia, para hacer la casa y cocinar, y por la noche suele dormir aquí una enfermera. Hoy, por ser el día que es, le he dado la noche libre.
Y también para poder quitarse de en medio sin que nadie la moleste, pensó Abilio.
—¿Sabe lo que creo, señora? –dijo-. Que es normal que a uno le entre el muermo viviendo solo en un pisazo tan grande. ¿Por qué no se va a una residencia de ancianos? Las hay cojonudas... perdón, muy buenas, y supongo que usted puede pagárselo. Hay gente de su edad y podría hacer amigos.
Doña Julia esbozó una sonrisa irónica.
—Claro –repuso-, no se me ocurre nada que anime más a seguir viviendo que la perspectiva de ir a parar a un cementerio de elefantes. –Movió levemente la cabeza de un lado a otro-. Bueno, ya te lo he contado. Ahora cumple tu palabra y vete.
Abilio negó con la cabeza.
—Un momento, un momento –dijo-. Quiero entenderlo bien, señora. Vamos a ver, sus hijos y sus nietos murieron hace... once años, y su esposo ocho. Y hoy, de repente, el día de Nochebuena, decide usted matarse. ¿Por qué ahora, después de tanto tiempo?
—Supongo que llega un día en que el vaso se colma, en que te fallan las fuerzas... Qué más da.
—Ya, pero ¿por qué precisamente en Nochebuena?
La anciana desvió la mirada. Tras una pausa, respondió en voz baja:
—Hoy hace cincuenta y cinco años que Carlos me pidió la mano.
—Y está depre –replicó Abilio-. ¿Sabe?, el otro día oí en la radio que en las Navidades hay más suicidios. Por lo visto, a la gente que está jodida... perdón, deprimida, le entra muy mal rollo al ver a todo el mundo alegre, y además echa de menos a los difuntos... Seguro que después de las fiestas ve usted las cosas de otra...
—Tengo cáncer –le interrumpió la anciana.
—¿Qué?...
—No te lo había contado todo. Hace dos meses me diagnosticaron un cáncer.
Abilio parpadeó, confuso.
—¿Qué... qué clase de cáncer? –preguntó.
—La clase de cáncer que no se cura –respondió doña Julia con serenidad-; la clase de cáncer que te acaba causando un gran sufrimiento; la clase de cáncer que te lleva al hospital, donde te consumes poco a poco, sedada hasta la inconciencia, convertida en una grotesca caricatura de lo que eras. Esa clase de cáncer. Como mucho me quedan cuatro o cinco meses de vida, y no quiero acabar así. ¿Puedes entender eso?
Abilio apoyó los codos en las rodillas y paseó la mirada por el entramado geométrico de la alfombra persa que cubría la tarima.
—Sí, señora –musitó-; lo entiendo.
Sobrevino un largo silencio; un silencio hecho de lágrimas evaporadas y suspiros, un silencio dolorido y oscuro. Al cabo de unos minutos, doña Julia, con la mirada extraviada, dijo más para sí misma que para Abilio:
—Escribí la nota de suicidio poco después de las cinco de la tarde, cuando se fue Cecilia. Desde entonces hasta que llegaste tú he estado sentada aquí, en el despacho de Carlos, mirando las cápsulas del frasco, sin decidirme a dar el paso final. Y no porque le tenga miedo a la muerte, no... Pero cuando yo desaparezca, todos mis recuerdos se desvanecerán conmigo. Todos los instantes hermosos, todos los momentos de felicidad, o de dolor, toda la intimidad, todo lo que he vivido, la memoria de Carlos y de Tomás, y de mis nietos, todo eso morirá cuando yo muera. Y me parece horrible, injusto... Por eso me cuesta tanto hacer lo que tengo que hacer, porque al matarme a mí misma los mataré también a ellos. –Suspiró-. Me da miedo que me falte el valor...
Abilio contempló a la anciana sin saber qué decir. En cierto modo sentía envidia; a él también le gustaría tener algún recuerdo que mereciera ser conservado. Doña Julia advirtió la expresión de abatimiento que se había instalado en el rostro del joven y permitió que sus labios se curvaran en una sonrisa.
—¿Cómo has dicho que te llamas? –preguntó.
—Abilio, señora.
—Eres una buena persona, Abilio.
El joven soltó una risita amarga.
—Soy un mangui –replicó-; un ladrón de tres al cuarto.
—La única persona de quien, según la Biblia, tenemos constancia que esté en el cielo, es Dimas, precisamente un ladrón.
—¿Cree usted en Dios, señora?
—Hasta el accidente sí; a fin de cuentas me educaron las monjas. Pero luego... la fe se desvaneció. Me gustaría pensar que después de la muerte voy a reencontrarme con mis seres queridos, pero por desgracia ya no me queda ese consuelo. ¿Y tú, crees en Dios?
Abilio se encogió de hombros.
—Creo –dijo- que si Dios existiese sería para majarle a hostias. Y perdone mi lenguaje, señora.
Doña Julia soltó una carcajada de cristal.
—No te disculpes; lo has expresado muy bien.
Hubo un nuevo silencio.
—Ya puedes irte, Abilio –dijo la anciana con suavidad-. Gracias por tus buenas intenciones.
El joven respiró profundamente y se incorporó.
—Vale –dijo-; me abro. Pero antes, ¿puedo ir al tigre? Al retrete, quiero decir.
—Claro. La segunda puerta a la izquierda.
Era un cuarto de baño enorme, tan anticuado como el resto de la casa. Bañera de hierro esmaltado, grifería decimonónica y los sanitarios unos Roca del pleistoceno. Abilio se sentó en el váter, sacó del bolsillo la caja de pastillas junto con un mechero y se lió rápidamente un porro, que procedió a fumarse acto seguido con taciturnas caladas.
La vida es una mierda, pensó. Una puta, puta, puta mierda. Poco a poco, la laxitud del hachís le fue invadiendo. Se recostó contra la pared, cerró los ojos y siguió fumando despacio. Entonces, sin saber cómo, se le ocurrió algo. Una idea absurda. Una locura. Consultó el peluco: pasaban veinte minutos de las once. Suspiró. Le dio las últimas caladas al canuto, arrojó la colilla a la taza y tiró de la cadena. Luego fue al lavabo, se enjabonó las manos, se echó agua en la cara y se secó. Volvió a sacar la caja de pastillas y la abrió. Una china, dos pastis, un ácido y la papelina. Trazó una raya de coca en el espejito que encontró sobre una balda y luego añadió otra; tenía que estar espabilado. Esnifó dos veces, una por cada fosa nasal, y respiró hondo. Se miró al espejo.
—Estás gilipollas, chaval –le espetó a su reflejo.
Salió del cuarto de baño y regresó al despacho. La anciana parecía no haber movido ni un músculo durante su ausencia. Abilio se sentó de nuevo frente a ella y dijo:
—Usted no me ha preguntado nada.
La anciana le miró con extrañeza.
—No te entiendo...
—Pues que es Nochebuena y, en vez de estar cenando con la familia, he venido aquí a robar. ¿No se pregunta por qué?
—La verdad es que no. –Doña Julia se encogió ligeramente de hombros-. ¿Por qué; no tienes familia?
—Sí, sí que la tengo. Mi viejo se largó hace ocho años, cuando yo tenía quince, y no he vuelto a verle; por suerte, porque lo único que recuerdo de él son las palizas que nos daba a mis hermanos y a mí. Mi vieja se enrolló unos años después con un cabrón que, a las primeras de cambio, intentó follarse a mi hermana Carmen... Disculpe; hablo muy mal. El caso es que mi vieja tragó y le perdonó, y yo me fui de casa. De eso hace cuatro años y no he vuelto a aparecer por ahí. En cuanto a mis hermanos, por lo que sé el mayor está en la trena; Carmen, que siempre fue la más lista, emigró a Barcelona, y Antonio, el pequeño, le da al jaco, es yonqui. Ni siquiera sé si aún está vivo. –Hizo una pausa-. ¿Qué más?... Ah, sí, tengo una piba, un rollete; se llama Loli y es buena tía, pero acabará dándose cuenta de que soy un mierda y me dejará tirado. Yo... bueno, intenté ser honrado y trabajé durante un tiempo en una cerrajería, pero me fui al paro hace tres años y desde entonces he andado a salto de mata, dando palos para sobrevivir. Y... aquí estoy.
Doña Julia puso cara de circunstancias.
—Lamento mucho lo que me cuentas –dijo-. Pero que tu vida haya sido difícil no me consuela lo más mínimo.
—No lo decía por eso, sino para que supiera que yo también estoy solo y... Bueno, antes fui a la cocina y vi que había sopa y pollo...
—Lo preparó Cecilia antes de irse.
—Pues tiene muy buena pinta y, en fin, como hoy es Nochebuena, y usted y yo estamos solos, se me había ocurrido que podría invitarme a cenar.
La anciana se lo quedó mirando con las cejas alzadas, como si no acabara de creerse lo que había oído, y rió suavemente.
—Vamos a ver, Abilio –dijo-: Entras en mi casa para robar, te metes en mi vida sin pedir permiso y, además, ¿pretendes que te invite a cenar?
—Pues... sí. Es que, además, se me ha ocurrido otra cosa. Verá, ha dicho usted que le da palo que sus recuerdos se pierdan, ¿verdad? Bueno, pues podría contármelos a mí.
—¿Qué?
—Que si me cuenta su vida, si me habla de su esposo y de su familia, yo lo recordaré. Ya sé que no soy la clase de tío que usted elegiría para conservar sus recuerdos, pero... bueno, antes ha dicho que no soy del todo mala persona y, además, tampoco tiene mucho donde escoger.
Hubo un silencio. Durante unos segundos, la anciana y el joven se miraron a los ojos, con fijeza, como si intentaran hablar sin palabras; y, de repente, la atmósfera de aquel despacho lleno de libros jurídicos pareció estremecerse, cargarse de electricidad. Puede que entonces la señora Monroy comprendiese lo que iba a hacer Abilio, puede que no; el caso es que dijo:
—Ahora no tengo hambre...
—Pues cenamos más tarde, no se preocupe. ¿Le importa que me quite la chupa? Es que aquí hace tela de calor. –Abilio se despojó de la cazadora y la colgó del respaldo de la silla-. Bueno, ¿por dónde empezamos? –prosiguió-. Usted ha dicho antes que hoy es el aniversario del día en que se le declaró su esposo. ¿Cómo fue?
La anciana parpadeó, y bajó la mirada con timidez, como si un repentino acceso de pudor le impidiera hablar. Luego, tras un largo silencio, suspiró, sonrió y dijo:
—Fue en 1955. Carlos tenía veintiséis años y yo diecinueve. Llevábamos tres de relaciones, a la espera de que él aprobase la oposición. Se había examinado en el 54, pero suspendió, así que volvió a presentarse a finales de noviembre del siguiente año, pero aún no sabíamos el resultado. Pasó el tiempo y llegó la Nochebuena. Aquella mañana, me telefoneó temprano para invitarme a dar un paseo por el Retiro; dijo que pasaría a buscarme a las diez y media. Por aquel entonces yo vivía con mis padres en la calle Zurbano, cerca de Almagro. Carlos me recogió en un taxi que nos dejó en el paseo de coches del Retiro. Supongo que debería de haberme figurado algo, porque Carlos solía andar corto de dinero y siempre iba en metro o en tranvía, nunca en taxi; pero ni lo pensé. La mañana era soleada, aunque fría, y había muy poca gente en el parque. Fuimos paseando hasta la Casita del Pescador y nos sentamos en un banco. Recuerdo que había un pobre tocando el violín...
—¿Qué tocaba? –la interrumpió Abilio.
—Un villancico; Noche de paz. Lo interpretaba muy mal, pero a mí me sonaba precioso... De pronto, Carlos me dijo que ya se habían hecho públicos los resultados de la oposición. “¿Y?”, le pregunté. Y él contestó: “Estás hablando con un notario”. Luego, antes de que yo pudiera reaccionar, se puso de rodillas, me entregó un estuche con este anillo –mostró el fino aro de oro con un minúsculo diamante que llevaba en el anular-, me cogió de la mano y dijo: “Querida Julia, te estoy entregando mi corazón. Si lo aceptas, me harás el hombre más feliz del mundo. ¿Quieres compartir conmigo alegrías y tristezas durante el resto de nuestras vidas?”.
Joder, qué cursilada, pensó Abilio. Pero tomó nota mental de cada palabra.
—Le dije que sí, por supuesto –prosiguió doña Julia-, y me eché a llorar de alegría. Esa misma tarde Carlos vino a casa para hablar con mis padres y solicitarles formalmente mi mano. Nos casamos cinco meses más tarde, en San Fermín de los Navarros. Qué bonita estaba la iglesia...
Superada la reticencia inicial, fue como si un dique se rompiera dando paso a una riada de recuerdos. Saltando de un momento a otro, sin más ilación que el puro sentimiento, la anciana le habló de su boda, del viaje que hicieron a San Sebastián, de lo que sintió al ver por primera vez la cara de su hijo, de unas vacaciones en la Bretaña, del dolor por la muerte de sus padres, de una enorme Luna llena que vio flotando sobre el lago de Bañolas, de su frustrado deseo de tener más hijos, de un perro que tuvo cuando era niña, del día en que su hijo se casó, del aniversario que ella y Carlos pasaron en París, del nacimiento de sus nietos, del accidente, de una puesta de sol en un cementerio, de la muerte de su marido, de su primer beso y también del último... No hubo ninguna revelación, ninguna confidencia extraordinaria; tan solo la memoria de una vida normal llena de instantes cotidianos.
Al cabo de una hora, aprovechando una pausa, doña Julia le propuso a Abilio que fueran al salón, donde estarían más cómodos. Mientras se dirigían allí, el joven consultó el reloj de su móvil: la una menos veinte; le iba a dar plantón a Loli. Desconectó el teléfono.
Se instalaron en sendos sillones de cuero viejo, junto a un reloj de péndulo que hacía tic-tac pegado a la pared; pero antes, doña Julia cogió unos cuantos álbumes de fotos para enseñárselos a Abilio. Ahí estaba la vida de la anciana resumida en una sucesión de imágenes congeladas en sales de plata. La boda, el viaje de novios, el nacimiento de Tomás, su bautizo, cumpleaños, la primera comunión, viajes, la graduación, otra boda, más nacimientos y, finalmente, lápidas y cementerios.
—Qué jodida es la vida... –comentó Abilio tras cerrar el último álbum.
—La vida es una historia que siempre acaba mal –repuso ella.
—Y para algunos también empieza como el culo –replicó él.
Doña Julia asintió.
—Es verdad. Pero eso tiene remedio. Aunque tu vida haya sido muy dura, eres joven y las cosas pueden cambiar. Lo importante es vivir y haber vivido. Carlos, Tomás, mis nietos... ya no están, pero estuvieron y, durante un tiempo, los tuve a mi lado. Luego, contra toda lógica, les sobreviví. Pero permanecen aquí –dijo, llevándose una mano al corazón.
Entonces sacó de debajo de la blusa un colgante y se lo mostró a Abilio. Era un guardapelo. Lo abrió; contenía dos pequeños mechones, uno oscuro y otro claro.
—El de la izquierda es de Carlos –dijo-, y el de la derecha de Tomás. De pequeño era muy rubio. –Sonrió-. Parezco del siglo XIX llevando un guardapelo, pero me reconforta.
Tras cerrarlo, permitió que quedara colgando por encima de la blusa. Perdió la mirada y suspiró quedamente. El reloj de pared marcaba la una y veinticinco.
—Bueno –dijo Abilio-, ¿qué tal si cenamos?
—No suelo cenar, pero hazlo tú si quieres.
—Venga, señora, que es Nochebuena y no me apetece cenar solo. La crema de marisco huele que alimenta. Aunque sólo sea eso, tómese una tacita.
—Por hacerte compañía –cedió la anciana.
Abilio abandonó el salón y recorrió el pasillo. Al llegar a la altura del despacho, entró en él, cogió el frasco de Nembutal, lo contempló durante unos segundos y se lo guardó en un bolsillo. A continuación, se dirigió a la cocina, puso a calentar la crema y encendió el horno. Revisando la alacena, encontró una botella de vino tinto y la puso en una bandeja, junto con una jarra de agua, los cubiertos, los platos y un par de copas.
Cuando regresó junto a los fogones la crema de marisco estaba hirviendo. Apagó el fuego y vertió parte la sopa en una taza; después, sacó la caja de pastillas, la abrió, cogió el tripi -un cuadradito de papel secante con un Mr. Smile impreso- y con ayuda de unas tijeras cortó una cuarta parte. Con eso bastaría; tampoco era cosa de que la buena mujer empezara a ver elefantes rosa.
Con un cuchillo afilado picó muy fino el cuarto de ácido, lo echó en la crema y la revolvió hasta que los trocitos de secante se deshicieron. Luego, se metió dos tiritos para espabilarse, puso la comida en la bandeja y se dirigió a la sala. Doña Julia seguía sentada, contemplando de nuevo uno de los álbumes de fotos. Abilio sirvió la comida en la mesa baja que había frente a los sillones y luego miró en derredor, buscando el equipo de sonido.
—¿Qué música le gusta, señora Monroy? –dijo.
La anciana apartó la mirada de las fotografías y parpadeó, como si le hubiera sorprendido la pregunta.
—Los Beatles –respondió. Y acto seguido se echó a reír ante la cara de sorpresa que puso Abilio-. ¿Qué esperabas que dijese? –preguntó-. ¿Antonio Machín? Siempre me gustaron los Beatles; a fin de cuentas, sólo tengo cinco o seis años más que Paul McCartney.
—¿Y a su esposo también le gustaban?
—No, qué va. Carlos era aficionado a los tangos, los escuchaba a todas horas. –Sonrió-. No sabes lo mucho que llegué a odiar a Gardel.
—¿Y no hay algún grupo o algún cantante que les gustara a los dos?
—Sí, Frank Sinatra. Lo oíamos mucho juntos, sobre todo durante los primeros años de matrimonio.
—¿Tiene algo suyo?
—Supongo que sí. Allí, en la boiserie.
Abilio se aproximó al mueble. Sobre uno de los estantes había un amplificador, una pletina y un giradiscos, pero ni rastro de un reproductor de compactos; y del MP3 ni hablemos. A la izquierda, en otra balda, se alineaba una fila de viejos discos. Vinilos; era como viajar en el tiempo. Al poco de revolver entre ellos, encontró lo que buscaba: The Sinatra Christmas Album. Villancicos; lo más apropiado. Encendió el amplificador, puso el disco en el plato, posó la aguja al principio del surco y la hermosa voz de Frankie comenzó a entonar Jingle Bells en los altavoces.
—Tómese la crema, señora Monroy –dijo Abilio cuando regresó junto a la anciana-. Se le va a enfriar.
Doña Julia probó media cucharada con cierta reticencia, como si lo hiciera por compromiso, pero el sabor pareció animarla, pues finalmente se tomó toda la taza. Abilio, por su parte, apenas probó el pollo relleno; estaba bueno, pero la farlopa le había quitado el hambre. Aunque no sólo era la farlopa...
Hablaron mientras cenaban; de la vida de la anciana, de los muertos, de los tiempos que se fueron y ya nunca volverán. Abilio hacía preguntas, se interesaba por tal o cual anécdota, le tiraba de la lengua, y la anciana hablaba y hablaba, rememorando el pasado. Al cabo de un rato, la cara A del disco llegó a su fin y Abilio se levantó para darle la vuelta. Cuando regresó al sillón, doña Julia se le quedó mirando fijamente durante unos segundos y, de pronto, se echó a reír. Fue un ataque de risa en toda la regla, una imparable sucesión de carcajadas. Joder, que colocón tiene la vieja, pensó Abilio mientras contemplaba cómo la anciana se estremecía y lloraba de hilaridad.
—Dios mío, no puedo parar de reír... –musitó entre jadeos doña Julia, aprovechando un receso en las carcajadas.
—¿Qué le hace tanta gracia, señora? –preguntó Abilio.
—La situación. Tú y yo, aquí... es absurdo...
Y volvió a echarse a reír sin freno, como si todo el júbilo del mundo se hubiese concentrado en ella. De pronto, enmudeció y se enjugó los ojos con el dorso de la mano.
—Me siento muy rara... –dijo.
—Tranquila, señora –repuso Abilio, inclinándose hacia ella-. Todo va bien. Déjese llevar.
La anciana le miró con desconcierto.
—Me has puesto algo en la comida... –musitó.
—Sí.
—¿Qué?
—Algo bueno. Algo que le ayudará.
—Pero...
—Shhhh –siseó Abilio-. No hable. Apoye la cabeza, cierre los ojos y relájese.
La anciana obedeció y permaneció unos instantes inmóvil. De pronto, abrió los ojos y se quedó mirando a Abilio con las cejas alzadas y las pupilas brillantes, como si acabara de comprender algo.
—Ya lo entiendo –dijo-. Eres un ángel.
Abilio se echó a reír.
—Disculpe, señora, pero me parezco a un ángel lo que un huevo a una castaña.
—Lo eres, eres un ángel...
—¿No decía que había perdido la fe?
—Sí, pero lo ángeles existen; lo que pasa es que no son como creíamos que eran. Parecen personas normales que llevan una vida normal; incluso ellos mismos se creen gente corriente, pero un buen día sucede algo y de repente despliegan las alas. Y hacen magia... Eres un ángel, Abilio.
El joven exhaló una bocanada de aire y asintió con la cabeza.
—Vale, señora, me ha pillado: soy un ángel. Su ángel.
—Lo sabía...
—Y como soy su ángel, debe hacerme caso. Recuéstese en el sillón y cierre los ojos.
La anciana hizo lo que le pedía. Abilio tendió las manos y le quitó suavemente las gafas.
—Sin las lentes no veo nada –murmuró doña Julia.
—Mejor –dijo Abilio en voz baja-. Escuche, señora Monroy, lo que le he puesto en la comida es algo así como una poción mágica que hace viajar en el tiempo. Ahora quiero que se concentre en la Nochebuena de hace cincuenta y cinco años, que lo recuerde todo, desde que se despertó hasta que Carlos se le declaró. ¿Vale?
—Sí...
—Bien. ¿Cómo empezó la mañana?
—Me desperté a eso de las ocho y cuarto. Papá ya se había ido a trabajar y mamá estaba en la cocina, desayunando. Café con leche y pan tostado; olía muy bien...
Mientras la mujer hablaba con los ojos cerrados, y Sinatra cantaba el Adeste Fidelis, Abilio cogió la botella de vino y sirvió una copa hasta la mitad. Luego, sacó del bolsillo el frasco de Nembutal, lo abrió, cogió una de las cápsulas amarillas, separó las dos partes y vertió en el vino el polvo blanco que había en su interior. Cogió otra cápsula y repitió la operación, y luego otra, y otra...
—...cuando telefoneó Carlos para invitarme a pasear sentí una alegría enorme –decía doña Julia, los ojos cerrados y el rostro arrebolado de felicidad-. No esperaba verle, así que corrí a mi cuarto para cambiarme de ropa. Tardé mucho en decidir qué ponerme...
Abilio sabía por propia experiencia lo sugestionable que uno se vuelve al tomar ácido lisérgico, y también era consciente de lo extraordinariamente vívidas que eran las imágenes mentales provocadas por la droga. La anciana estaba reviviendo el pasado tan intensamente que a veces dejaba de hablar, encandilada por algún retazo de memoria. Entonces, en voz bajita, casi susurrando, Abilio la animaba a seguir, y ella recuperaba el hilo de lo que probablemente había sido el día más feliz de su existencia. Y entre tanto, él continuaba vaciando una cápsula tras otra en la copa de vino.
La música cambió y el viejo Sinatra comenzó a entonar los melancólicos acordes de Silent Night.
Treinta cápsulas. Con eso debería bastar. Abilio revolvió el vino con una cucharilla para disolver el barbitúrico.
—...llegamos a la Casita del Pescador. Un pobre hombre, un anciano, tocaba el violín junto a un parterre marchito...
—Tocaba Noche de paz –susurró Abilio.
—Sí...
—Y se sentaron en un banco, y Carlos le dijo: “estás hablando con un notario”.
—Sí...
—Entonces Carlos se puso de rodillas y la cogió de la mano...
Abilio se puso de rodillas y tomó la mano de la anciana; luego, en voz baja, procurando disimular el timbre barriobajero de su acento, dijo:
—Querida Julia, te estoy entregando mi corazón. Si lo aceptas, me harás el hombre más feliz del mundo. ¿Quieres compartir conmigo alegrías y tristezas durante el resto de nuestras vidas?
El rostro de la anciana pareció iluminarse, resplandecer, como si durante un instante hubiera vuelto a ser una muchacha de diecinueve años enamorada.
—Claro que sí... –murmuró.
—Te quiero, amor mío –susurró él.
—Y yo a ti, mi vida...
Abilio cogió la copa de vino y la puso en la mano de la anciana.
—Bebe, Julia –dijo-. Brinda por nosotros, por nuestro futuro...
La señora Monroy, siempre con los ojos cerrados, dio un breve sorbo y luego, tras una pausa, apuró la copa de un lento trago. Abilio la cogió, la dejó sobre la mesa y tomó de nuevo la mano de la anciana.
—Eres tan hermosa... –murmuró-. Tan bonita...
Se inclinó hacia delante y la besó en la mejilla, y después en los labios, tan sólo un roce, como una caricia. La mujer esbozó una leve sonrisa y durante un largo minuto no se movió. De pronto, entreabrió los ojos, miró a Abilio a través de la niebla de sus dioptrías, sonrió con dulzura y susurró:
—Mi ángel...
Cerró los ojos de nuevo. Poco a poco, su respiración se fue volviendo más profunda y pausada, hasta desvanecerse. La mano de doña Julia quedó muerta en la mano de Abilio. El disco llegó a su fin y la habitación se sumió en el silencio. Durante varios minutos, el joven permaneció inmóvil, de rodillas, con la mano de la anciana entre las suyas y la mirada fija en aquel rostro arrugado, dulce, sonriente y yerto.
Al cabo de unos minutos, como saliendo de un trance, Abilio soltó la mano de la mujer, se puso en pie y comenzó a recoger los restos de la cena. Luego, con la mente en blanco, actuando por puro automatismo, fue a la cocina, lavó los platos y los cubiertos, los puso en su lugar y guardó en la nevera los restos de la comida. Acto seguido, tras esnifar una rayita, se dirigió al despacho, se aproximó a la caja fuerte, que continuaba abierta, y examinó su contenido.
Había mil seiscientos euros en billetes de cien y de cincuenta, y un joyero con anillos de diamantes, zafiros y rubíes engarzados en pendientes de oro, pulseras, colgantes, broches... la clase de joyas que un notario le compraría a su mujer. Una fortuna.
Durante largo rato, Abilio se quedó allí, de pie, contemplando aquel tesoro que sostenía entre las manos. De pronto, soltó un suspiro, volvió a meterlo todo en la caja fuerte, la cerró y puso el cuadro en su lugar. Luego, se apoyó en el escritorio y sacudió la cabeza.
Su hermano mayor tenía razón: era un blando, un tierno, un gilipollas. Se podía ser más capullo, pero habría que hacer un cursillo. La señora Monroy ya no necesitaba nada de aquello, y no tenía herederos; quién sabe adónde iría a parar todo eso... Sí, pero daba igual; Abilio sabía que si se quedaba con el dinero y las joyas, si robaba aunque sólo fuera una cucharilla de plata en aquella casa, jamás podría volver a mirarse al espejo sin morirse de vergüenza y nunca dejaría de ser un mierda.
Suspiró de nuevo, abandonó el despacho y se dirigió a la salida; pero antes de abrir la puerta, se detuvo. Estaba equivocado: había algo que debía llevarse. Dio media vuelta, fue a la cocina, cogió una tijera y se dirigió al salón. Lentamente, con infinito respeto, como si estuviera en un templo, se aproximó al cadáver de la anciana, desabrochó el guardapelo que reposaba sobre su exiguo pecho y lo dejó en la mesa. A continuación, cogió las tijeras y, con toda delicadeza, le cortó a la anciana un mechón de pelo. Por último, introdujo aquellos cabellos blancos en el guardapelo, junto a los de Carlos y Tomás, lo cerró y se lo colgó del cuello.
Nunca lo vendería, ni se lo regalaría a Loli ni a ninguna otra tía; lo llevaría siempre encima y, si algún día tenía un hijo, se lo daría a él y le contaría la historia de doña Julia, de su vida y de las personas a quienes amó.
Un blando, se dijo; eso es lo que eres: un puto blandengue de mierda.
Respiró profundamente y se dirigió a la salida; antes de cruzar la puerta del salón contempló por última vez el cuerpo de la anciana y dijo en voz baja:
—Feliz Navidad, señora Monroy...
Abandonó el piso, bajó la escalera y salió a la calle. Hacía mucho frío; se subió la cremallera de la chupa, incrustó las manos en los bolsillos y echó a andar sin saber muy bien adónde se dirigía. Ni siquiera se daba cuenta de las lágrimas que le nublaban la mirada.
Poco después, el ángel desapareció en la noche.
1.27.2010
Introducción de El juego de los herejes
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Nota del autor: Las novelas de Carmen Hidalgo están narradas por su protagonista. Sin embargo, El juego de los herejes comienza con una introducción en tercera persona. Ésta es:
Génesis
El editor Germán Bosco regresó a su piso a las diez menos veintiséis de la noche del viernes uno de diciembre, exactamente dos horas antes de morir asesinado. La precisión de ese lapso de tiempo se debió exclusivamente al azar, pues Bosco ignoraba por completo la alarmante proximidad de su muerte, y el hombre que iba a matarle tampoco sabía que debería hacerlo, aunque, por supuesto, estaba preparado para ello. Siempre estaba preparado para matar.
La casa, un viejo piso de ciento ochenta metros cuadrados situado en el centro de Madrid, se hallaba oscura y silenciosa cuando el editor cruzó la puerta de entrada. Su mujer, acompañada por sus dos hijos, había viajado aquella tarde a San Sebastián para pasar el fin de semana con sus padres, así que Bosco disponía de toda la casa para él solo, una suerte de pacífica intimidad de la que rara vez podía gozar.
El editor encendió la luz del vestíbulo y, mientras se despojaba del abrigo y la chaqueta, no pudo evitar contemplarse en el espejo del viejo perchero-paragüero de madera que se alzaba frente a la entrada. Su reflejo le devolvió la imagen de un hombre de mediana estatura, próximo al medio siglo de edad, con el pelo escaso y entrecano, el rostro regordete y un abultado estómago interponiéndose en la caída natural de la corbata. Debería hacer más ejercicio, apuntarse quizá a un gimnasio, se dijo por enésima vez, sin decidirse, como siempre, a fijar el momento de cumplir dichas promesas.
Bosco encendió las luces de la sala y se dirigió a la pequeña habitación atestada de libros que le servía de despacho; una vez allí, se acomodó tras el escritorio, conectó el ordenador y, aunque ya lo había hecho apenas una hora antes, comenzó a revisar y contestar su correo electrónico. Media hora más tarde, el telefonillo del portero automático sonó, anunciando la llegada de la visita que el editor esperaba. Bosco regresó al vestíbulo y pulsó el botón que abría el portal; luego, volvió a ponerse la americana y aguardó. Un par de minutos después, el timbre de la entrada rasgó con su ding-dong el silencio de la casa.
El editor abrió la puerta y, durante unos instantes, se quedó mirando confundido a los tres hombres que se hallaban al otro lado del umbral. Uno de ellos, el que estaba situado en el centro, era un cincuentón de baja estatura, muy menudo, con el cráneo totalmente calvo y los ojos agazapados tras unas gruesas gafas de miope con montura de concha. A su derecha se alzaba el polo opuesto, un hombre de unos cuarenta años, grande y fuerte, con el pelo moreno, abundante y rizado, que se apoyaba en un bastón de madera; a su izquierda permanecía hierático un treintañero de rasgos orientales con una anticuada cartera de cuero en una mano. Los tres vestían idénticos trajes negros y fue precisamente su número lo que desconcertó a Bosco, pues aguardaba a una persona, no a un trío.
—¿Don Germán Bosco? –preguntó el hombrecillo calvo con una sonrisa amable.
—Eh..., sí soy yo. ¿Vienen ustedes de parte del padre Lafuente?
—Así es –asintió el hombrecillo-. Mi nombre es Abraham Vargas; el caballero oriental se llama Zhang Wei y procede de Taiwán; mi otro acompañante es el señor Joao Oliveira, de Brasil. ¿Podemos pasar?
Bosco musitó un “por supuesto” y les invitó a entrar con un ademán; luego, tras cerrar la puerta, les condujo al salón. Vargas y Zhang se acomodaron en el sofá, Oliveira en una butaca de cuero rojo y Bosco frente a él, en un asiento gemelo.
—¿Desean tomar algo? –preguntó el editor-. ¿Una café, una cerveza...?
—No, muchas gracias –repuso Vargas-. Es tarde; si le parece, podemos pasar directamente al asunto que nos ocupa. Según nos ha contado el padre Lafuente, usted preside una editorial dedicada a temas esotéricos. Ediciones Grimorio creo que se llama.
—En realidad, no nos dedicamos exactamente al esoterismo –replicó Bosco-. Nosotros preferimos llamarlo historia alternativa o intrahistoria.
—De acuerdo –asintió Vargas-; intrahistoria pues. El padre Lafuente nos ha dicho que uno de los autores de su editorial acaba de escribir un libro donde defiende una teoría... digamos que inusual.
—El escritor se llama Sebastián Gálvez. ¿Le conocen?
—No, lo siento.
—Es nuestro autor estrella, por así decirlo; el que más libros vende. En su nuevo ensayo propone, en efecto, una revisión histórica muy audaz. En fin, estoy acostumbrado a publicar textos un tanto sensacionalistas, pero en este caso, Gálvez afirma que todo es cierto y asegura que tiene pruebas que lo demuestran. Por eso le pregunté a mi amigo, el padre Lafuente, si conocía a algún experto que pudiera asesorarme.
—El señor Zhang –dijo Vargas, señalando al oriental- es doctor en Estudios Semíticos y especialista en Arqueología Bíblica. Estoy convencido de que se trata de la persona más adecuada para orientarle.
Bosco intentó escrutar el inescrutable rostro del taiwanés y se encogió de hombros.
—Muy bien –dijo-. ¿Quieren que les haga un resumen del libro?
—No es necesario; el padre Lafuente ya nos lo ha contado por encima. Lo que sí necesitaríamos es examinar el texto. ¿Lo tiene usted aquí?
—Sí, pero... ¿lo van a leer ahora?
—No tardaremos mucho. Aunque, claro, quizá estemos molestando a su familia...
—No, no; mi familia está pasando fuera el fin de semana. Aguarden un momento.
Bosco se dirigió a su despacho y regresó un minuto más tarde con una carpeta y un montón de folios impresos sin encuadernar. Tras acomodarse de nuevo en la butaca, dejó la carpeta sobre una mesita y le entregó los folios a Vargas.
—Son casi trecientas cincuenta páginas –advirtió.
—He seguido cursos de lectura rápida –repuso el hombrecillo-. Acabaré en seguida.
A continuación, se ajustó las gafas con las dos manos y comenzó a examinar el texto. Según pudo comprobar Bosco, Vargas no había mentido cuando aseguró que leía rápido, pues cada hoja le duraba apenas diez segundos. De vez en cuando, se detenía para cuchichear algo en voz baja con el oriental y luego continuaba leyendo a un ritmo endiablado. No obstante, por muy deprisa que leyese, contemplar cómo alguien descifraba un texto era un espectáculo sumamente aburrido, así que el editor se levantó tres veces; una para ir al servicio, otra para examinar de nuevo el correo electrónico y la tercera para beber un vaso de agua, el último de su existencia. Finalmente, después de media hora larga de lectura, Vargas dejó los folios sobre la mesa y, tras intercambiar unas palabras en voz baja con Zhang, se quedó mirando al editor con los brazos cruzados y el semblante serio.
—¿Y bien? –preguntó Bosco.
—¿Alguien más conoce este texto? –preguntó a su vez el hombrecillo.
—Por lo que yo sé, no; mis socios aún no lo han leído. Bueno, ¿qué opina?
—Que es un completo disparate –sentenció Vargas-. Un cúmulo de insensateces.
—Gálvez es historiador –replicó Bosco-, y el texto parece muy documentado.
—Los datos básicos son en general correctos, pero esa historia de los mandeos es ridícula y las conclusiones... en fin, no son más que un montón de tonterías sin base histórica alguna.
El editor se acarició, pensativo, el mentón.
—Gálvez afirma que tiene pruebas –repuso.
—¿Qué clase de pruebas?
Bosco sacó de la carpeta una hoja escrita a mano y se la entregó al hombrecillo.
—Junto con el texto –dijo-, Gálvez me envió esta nota. Como puede comprobar, asegura que tiene el manuscrito.
Vargas le echó un rápido vistazo a la carta y la dejó encima de la mesa, junto a los folios.
—¿Ha visto usted ese manuscrito? –preguntó.
—No.
—¿Ha hablado con el escritor desde que recibió el texto?
—Hace una semana que lo intento, pero no logro dar con él.
Vargas entrecruzó los dedos de las manos y esbozó una sonrisa paternal.
—Me temo que el señor Gálvez es víctima de un engaño –dijo-. Si realmente tiene el documento, se tratará sin duda de una falsificación. Le aseguro que en los estudios bíblicos no existe la menor referencia a ese supuesto “legado mandeo”. Es un fraude, puede estar seguro.
El editor dejó escapar un suspiro.
—Supongo que tiene razón –musitó-. Es demasiado bonito para ser verdad.
Vargas le miró con el ceño fruncido.
—¿Le parece bonito lo que sostiene el libro de Gálvez? –preguntó.
—Editorialmente sí, por supuesto. Si fuera verdad, sería un bombazo.
—Pero no es verdad, así que supongo que no va a publicarlo.
El editor parpadeó, como si no acabara de entender lo que decía el hombrecillo.
—Claro que voy a publicarlo.
—¿Aún sabiendo que todo es mentira?
Bosco se encogió de hombros.
—Muchos de los libros que publicamos son mil veces más insensatos que éste –dijo-. En el fondo, yo creo que la mayor parte de nuestros lectores no se los toma en serio; los leen porque son divertidos y luego se olvidan de ellos. En cualquier caso, un nuevo libro de Gálvez nos garantiza como mínimo entre quince y veinte mil ejemplares vendidos, lo cual, para una editorial pequeña como la nuestra, no está nada mal.
Vargas respiró profundamente y, tras intercambiar una mirada con Zhang, comentó:
—El padre Lafuente nos ha asegurado que es usted un hombre religioso.
—Lo soy. Católico practicante.
—¿Y, aún así, va a publicar un libro que contiene graves ofensas para su propia fe?
Bosco se removió en su asiento; aquella reunión estaba comenzando a ser incómoda.
—La editorial no es sólo mía, tengo socios –se excusó-; así que, como comprenderá, no puedo permitir que mis creencias personales afecten al negocio. Además, ya le hemos pagado a Gálvez un generoso anticipo por el libro. –Consultó su reloj-. Les agradezco mucho su ayuda, caballeros, pero se está haciendo tarde...
Ignorando la explicita invitación a marcharse, Vargas fijó en el editor las dos puntas de aguja en que las gruesas lentes convertían sus pupilas.
—¿Hay algo que podamos hacer o decir para que cambie de idea acerca de la publicación de ese libelo? –preguntó, pronunciando muy despacio las palabras.
¡Libelo!; aquello estaba pasando de castaño a oscuro, pensó Bosco.
—La decisión está tomada, lo siento. Y ahora, si me disculpan, les agradecería que me dejaran solo. Es tarde y quisiera descansar.
Ignorándole de nuevo, Vargas bajó la mirada al suelo; al cabo de unos instantes de apesadumbrado silencio, alzó la cabeza, miró a Oliveira, cerró los ojos –como si le abrumara la decisión que acababa de tomar- y asintió un par de veces con la cabeza.
Entonces, Oliveira, siempre silencioso, sujetó su bastón con una mano, desenroscó la empuñadura con la otra y extrajo del interior del fuste un largo tubo de madera. Bosco se puso en pie y, contemplando con extrañeza al brasileño, preguntó:
—Oiga, ¿qué está haciendo?...
Imperturbable, Oliveira se llevó un extremo del tubo a la boca, apuntó el otro extremo hacia el editor y sopló con fuerza. Al instante, un diminuto dardo surcó el aire y se clavó en el cuello de Bosco. Éste dio un paso atrás, se arrancó el dardo del cuello, lo contempló con alarmada extrañeza y masculló:
—¿Pero qué...?
No pudo completar la frase pues, de pronto, la garganta se le bloqueó, las piernas dejaron de sostenerle y se derrumbó sobre el suelo, boca arriba, exánime. No estaba muerto, sino paralizado, aunque la vida se le escapaba a chorros conforme el veneno se extendía por su corriente sanguínea.
Vargas se incorporó, cogió el dardo del suelo y se lo entregó a Oliveira. Luego, se arrodilló junto al editor y, mirándole a los ojos, dijo:
—Lo siento, no había más remedio. Será mejor que se arrepienta de sus pecados, pues dentro de poco tendrá que rendir cuenta de ellos.
Acto seguido, sacó del bolsillo un frasquito de cristal, lo destapó, se untó los dedos con el líquido que contenía y trazó unos signos sobre la frente y las manos del moribundo. Mientras lo hacía, pronunciaba en voz baja una letanía. Poco después, cuando el veneno paralizó los músculos que movían los pulmones, Bosco exhaló, literalmente, su último aliento y murió. Faltaban veintiséis minutos para la medianoche.
Sin mediar palabra, los tres hombres se pusieron en pie y fueron en busca del despacho del editor. Cuando lo encontraron, procedieron a registrarlo minuciosamente, procurando no desordenar nada. Zhang se acomodó frente al ordenador y, tras examinar los archivos de texto y los correos electrónicos, hizo un backup con ayuda del disco duro externo que llevaba en la cartera. Veinte minutos más tarde, abandonaron el despacho, recogieron el manuscrito y la carta de Gálvez, y salieron del piso dejándolo tal y como lo habían encontrado.
Y ahí se quedó el editor Germán Bosco, tirado en el suelo, con los ojos muy abiertos y las cejas arqueadas en un gesto de sorpresa, como si aún no acabara de creerse que estaba total y definitivamente muerto.
La casa, un viejo piso de ciento ochenta metros cuadrados situado en el centro de Madrid, se hallaba oscura y silenciosa cuando el editor cruzó la puerta de entrada. Su mujer, acompañada por sus dos hijos, había viajado aquella tarde a San Sebastián para pasar el fin de semana con sus padres, así que Bosco disponía de toda la casa para él solo, una suerte de pacífica intimidad de la que rara vez podía gozar.
El editor encendió la luz del vestíbulo y, mientras se despojaba del abrigo y la chaqueta, no pudo evitar contemplarse en el espejo del viejo perchero-paragüero de madera que se alzaba frente a la entrada. Su reflejo le devolvió la imagen de un hombre de mediana estatura, próximo al medio siglo de edad, con el pelo escaso y entrecano, el rostro regordete y un abultado estómago interponiéndose en la caída natural de la corbata. Debería hacer más ejercicio, apuntarse quizá a un gimnasio, se dijo por enésima vez, sin decidirse, como siempre, a fijar el momento de cumplir dichas promesas.
Bosco encendió las luces de la sala y se dirigió a la pequeña habitación atestada de libros que le servía de despacho; una vez allí, se acomodó tras el escritorio, conectó el ordenador y, aunque ya lo había hecho apenas una hora antes, comenzó a revisar y contestar su correo electrónico. Media hora más tarde, el telefonillo del portero automático sonó, anunciando la llegada de la visita que el editor esperaba. Bosco regresó al vestíbulo y pulsó el botón que abría el portal; luego, volvió a ponerse la americana y aguardó. Un par de minutos después, el timbre de la entrada rasgó con su ding-dong el silencio de la casa.
El editor abrió la puerta y, durante unos instantes, se quedó mirando confundido a los tres hombres que se hallaban al otro lado del umbral. Uno de ellos, el que estaba situado en el centro, era un cincuentón de baja estatura, muy menudo, con el cráneo totalmente calvo y los ojos agazapados tras unas gruesas gafas de miope con montura de concha. A su derecha se alzaba el polo opuesto, un hombre de unos cuarenta años, grande y fuerte, con el pelo moreno, abundante y rizado, que se apoyaba en un bastón de madera; a su izquierda permanecía hierático un treintañero de rasgos orientales con una anticuada cartera de cuero en una mano. Los tres vestían idénticos trajes negros y fue precisamente su número lo que desconcertó a Bosco, pues aguardaba a una persona, no a un trío.
—¿Don Germán Bosco? –preguntó el hombrecillo calvo con una sonrisa amable.
—Eh..., sí soy yo. ¿Vienen ustedes de parte del padre Lafuente?
—Así es –asintió el hombrecillo-. Mi nombre es Abraham Vargas; el caballero oriental se llama Zhang Wei y procede de Taiwán; mi otro acompañante es el señor Joao Oliveira, de Brasil. ¿Podemos pasar?
Bosco musitó un “por supuesto” y les invitó a entrar con un ademán; luego, tras cerrar la puerta, les condujo al salón. Vargas y Zhang se acomodaron en el sofá, Oliveira en una butaca de cuero rojo y Bosco frente a él, en un asiento gemelo.
—¿Desean tomar algo? –preguntó el editor-. ¿Una café, una cerveza...?
—No, muchas gracias –repuso Vargas-. Es tarde; si le parece, podemos pasar directamente al asunto que nos ocupa. Según nos ha contado el padre Lafuente, usted preside una editorial dedicada a temas esotéricos. Ediciones Grimorio creo que se llama.
—En realidad, no nos dedicamos exactamente al esoterismo –replicó Bosco-. Nosotros preferimos llamarlo historia alternativa o intrahistoria.
—De acuerdo –asintió Vargas-; intrahistoria pues. El padre Lafuente nos ha dicho que uno de los autores de su editorial acaba de escribir un libro donde defiende una teoría... digamos que inusual.
—El escritor se llama Sebastián Gálvez. ¿Le conocen?
—No, lo siento.
—Es nuestro autor estrella, por así decirlo; el que más libros vende. En su nuevo ensayo propone, en efecto, una revisión histórica muy audaz. En fin, estoy acostumbrado a publicar textos un tanto sensacionalistas, pero en este caso, Gálvez afirma que todo es cierto y asegura que tiene pruebas que lo demuestran. Por eso le pregunté a mi amigo, el padre Lafuente, si conocía a algún experto que pudiera asesorarme.
—El señor Zhang –dijo Vargas, señalando al oriental- es doctor en Estudios Semíticos y especialista en Arqueología Bíblica. Estoy convencido de que se trata de la persona más adecuada para orientarle.
Bosco intentó escrutar el inescrutable rostro del taiwanés y se encogió de hombros.
—Muy bien –dijo-. ¿Quieren que les haga un resumen del libro?
—No es necesario; el padre Lafuente ya nos lo ha contado por encima. Lo que sí necesitaríamos es examinar el texto. ¿Lo tiene usted aquí?
—Sí, pero... ¿lo van a leer ahora?
—No tardaremos mucho. Aunque, claro, quizá estemos molestando a su familia...
—No, no; mi familia está pasando fuera el fin de semana. Aguarden un momento.
Bosco se dirigió a su despacho y regresó un minuto más tarde con una carpeta y un montón de folios impresos sin encuadernar. Tras acomodarse de nuevo en la butaca, dejó la carpeta sobre una mesita y le entregó los folios a Vargas.
—Son casi trecientas cincuenta páginas –advirtió.
—He seguido cursos de lectura rápida –repuso el hombrecillo-. Acabaré en seguida.
A continuación, se ajustó las gafas con las dos manos y comenzó a examinar el texto. Según pudo comprobar Bosco, Vargas no había mentido cuando aseguró que leía rápido, pues cada hoja le duraba apenas diez segundos. De vez en cuando, se detenía para cuchichear algo en voz baja con el oriental y luego continuaba leyendo a un ritmo endiablado. No obstante, por muy deprisa que leyese, contemplar cómo alguien descifraba un texto era un espectáculo sumamente aburrido, así que el editor se levantó tres veces; una para ir al servicio, otra para examinar de nuevo el correo electrónico y la tercera para beber un vaso de agua, el último de su existencia. Finalmente, después de media hora larga de lectura, Vargas dejó los folios sobre la mesa y, tras intercambiar unas palabras en voz baja con Zhang, se quedó mirando al editor con los brazos cruzados y el semblante serio.
—¿Y bien? –preguntó Bosco.
—¿Alguien más conoce este texto? –preguntó a su vez el hombrecillo.
—Por lo que yo sé, no; mis socios aún no lo han leído. Bueno, ¿qué opina?
—Que es un completo disparate –sentenció Vargas-. Un cúmulo de insensateces.
—Gálvez es historiador –replicó Bosco-, y el texto parece muy documentado.
—Los datos básicos son en general correctos, pero esa historia de los mandeos es ridícula y las conclusiones... en fin, no son más que un montón de tonterías sin base histórica alguna.
El editor se acarició, pensativo, el mentón.
—Gálvez afirma que tiene pruebas –repuso.
—¿Qué clase de pruebas?
Bosco sacó de la carpeta una hoja escrita a mano y se la entregó al hombrecillo.
—Junto con el texto –dijo-, Gálvez me envió esta nota. Como puede comprobar, asegura que tiene el manuscrito.
Vargas le echó un rápido vistazo a la carta y la dejó encima de la mesa, junto a los folios.
—¿Ha visto usted ese manuscrito? –preguntó.
—No.
—¿Ha hablado con el escritor desde que recibió el texto?
—Hace una semana que lo intento, pero no logro dar con él.
Vargas entrecruzó los dedos de las manos y esbozó una sonrisa paternal.
—Me temo que el señor Gálvez es víctima de un engaño –dijo-. Si realmente tiene el documento, se tratará sin duda de una falsificación. Le aseguro que en los estudios bíblicos no existe la menor referencia a ese supuesto “legado mandeo”. Es un fraude, puede estar seguro.
El editor dejó escapar un suspiro.
—Supongo que tiene razón –musitó-. Es demasiado bonito para ser verdad.
Vargas le miró con el ceño fruncido.
—¿Le parece bonito lo que sostiene el libro de Gálvez? –preguntó.
—Editorialmente sí, por supuesto. Si fuera verdad, sería un bombazo.
—Pero no es verdad, así que supongo que no va a publicarlo.
El editor parpadeó, como si no acabara de entender lo que decía el hombrecillo.
—Claro que voy a publicarlo.
—¿Aún sabiendo que todo es mentira?
Bosco se encogió de hombros.
—Muchos de los libros que publicamos son mil veces más insensatos que éste –dijo-. En el fondo, yo creo que la mayor parte de nuestros lectores no se los toma en serio; los leen porque son divertidos y luego se olvidan de ellos. En cualquier caso, un nuevo libro de Gálvez nos garantiza como mínimo entre quince y veinte mil ejemplares vendidos, lo cual, para una editorial pequeña como la nuestra, no está nada mal.
Vargas respiró profundamente y, tras intercambiar una mirada con Zhang, comentó:
—El padre Lafuente nos ha asegurado que es usted un hombre religioso.
—Lo soy. Católico practicante.
—¿Y, aún así, va a publicar un libro que contiene graves ofensas para su propia fe?
Bosco se removió en su asiento; aquella reunión estaba comenzando a ser incómoda.
—La editorial no es sólo mía, tengo socios –se excusó-; así que, como comprenderá, no puedo permitir que mis creencias personales afecten al negocio. Además, ya le hemos pagado a Gálvez un generoso anticipo por el libro. –Consultó su reloj-. Les agradezco mucho su ayuda, caballeros, pero se está haciendo tarde...
Ignorando la explicita invitación a marcharse, Vargas fijó en el editor las dos puntas de aguja en que las gruesas lentes convertían sus pupilas.
—¿Hay algo que podamos hacer o decir para que cambie de idea acerca de la publicación de ese libelo? –preguntó, pronunciando muy despacio las palabras.
¡Libelo!; aquello estaba pasando de castaño a oscuro, pensó Bosco.
—La decisión está tomada, lo siento. Y ahora, si me disculpan, les agradecería que me dejaran solo. Es tarde y quisiera descansar.
Ignorándole de nuevo, Vargas bajó la mirada al suelo; al cabo de unos instantes de apesadumbrado silencio, alzó la cabeza, miró a Oliveira, cerró los ojos –como si le abrumara la decisión que acababa de tomar- y asintió un par de veces con la cabeza.
Entonces, Oliveira, siempre silencioso, sujetó su bastón con una mano, desenroscó la empuñadura con la otra y extrajo del interior del fuste un largo tubo de madera. Bosco se puso en pie y, contemplando con extrañeza al brasileño, preguntó:
—Oiga, ¿qué está haciendo?...
Imperturbable, Oliveira se llevó un extremo del tubo a la boca, apuntó el otro extremo hacia el editor y sopló con fuerza. Al instante, un diminuto dardo surcó el aire y se clavó en el cuello de Bosco. Éste dio un paso atrás, se arrancó el dardo del cuello, lo contempló con alarmada extrañeza y masculló:
—¿Pero qué...?
No pudo completar la frase pues, de pronto, la garganta se le bloqueó, las piernas dejaron de sostenerle y se derrumbó sobre el suelo, boca arriba, exánime. No estaba muerto, sino paralizado, aunque la vida se le escapaba a chorros conforme el veneno se extendía por su corriente sanguínea.
Vargas se incorporó, cogió el dardo del suelo y se lo entregó a Oliveira. Luego, se arrodilló junto al editor y, mirándole a los ojos, dijo:
—Lo siento, no había más remedio. Será mejor que se arrepienta de sus pecados, pues dentro de poco tendrá que rendir cuenta de ellos.
Acto seguido, sacó del bolsillo un frasquito de cristal, lo destapó, se untó los dedos con el líquido que contenía y trazó unos signos sobre la frente y las manos del moribundo. Mientras lo hacía, pronunciaba en voz baja una letanía. Poco después, cuando el veneno paralizó los músculos que movían los pulmones, Bosco exhaló, literalmente, su último aliento y murió. Faltaban veintiséis minutos para la medianoche.
Sin mediar palabra, los tres hombres se pusieron en pie y fueron en busca del despacho del editor. Cuando lo encontraron, procedieron a registrarlo minuciosamente, procurando no desordenar nada. Zhang se acomodó frente al ordenador y, tras examinar los archivos de texto y los correos electrónicos, hizo un backup con ayuda del disco duro externo que llevaba en la cartera. Veinte minutos más tarde, abandonaron el despacho, recogieron el manuscrito y la carta de Gálvez, y salieron del piso dejándolo tal y como lo habían encontrado.
Y ahí se quedó el editor Germán Bosco, tirado en el suelo, con los ojos muy abiertos y las cejas arqueadas en un gesto de sorpresa, como si aún no acabara de creerse que estaba total y definitivamente muerto.
(...)
11.06.2007
José Mallorquí: el hombre tras la máscara.
En ocasiones, cuando yo era pequeño, entraba en el despacho de mi padre procurando no hacer ruido y le observaba trabajar. Era todo un espectáculo. Mi padre, sentado frente a una máquina de escribir eléctrica, pulsaba el teclado a toda velocidad, más rápido que una buena mecanógrafa, aunque sólo utilizaba cuatro dedos (el índice y el corazón de cada mano). Pero lo llamativo no era la velocidad, sino las pausas, lo que ocurría cuando no escribía. En esos momentos, mi padre comenzaba a recitar en voz baja los diálogos que acto seguido convertiría en tinta sobre papel, y gesticulaba con ambas manos, y su rostro se transfiguraba en un mosaico de expresiones.
Él no se daba cuenta de que yo estaba allí, espiándole; de hecho, creo que no era consciente de nada de lo que había o sucedía a su alrededor. En realidad, estaba en otro lugar, era otras personas, vivía diferentes vidas, las que brotaban como un torrente de su inagotable imaginación. Jamás he visto a nadie concentrarse tanto en su trabajo.
Mi padre se llamaba José Mallorquí y fue el hombre que creó a César de Echagüe, El Coyote. Viví con él durante diecinueve años; luego, se fue para siempre, igual que algún día nos iremos todos, aunque su muerte resultó algo más dramática de lo normal. ¿Le conocí realmente? Supongo que no; yo era muy joven por aquel entonces y él, para mí, era más un arquetipo –el padre- que una persona. A decir verdad, la opinión que ahora tengo sobre mi padre se forjó a posteriori, en los años que siguieron a su muerte, conforme la edad y la experiencia me fueron permitiendo comprenderle mejor. ¿Conozco su obra? Imagino que más que la mayoría, pero desde luego menos que algunos de sus lectores más entusiastas, como he podido comprobar a lo largo del tiempo.
Sin embargo, yo estuve allí, viéndole trabajar, formé parte de su familia y fui testigo de algunos de sus momentos de gloria y de los breves años de dolor y declive que precedieron a su final. Supongo que eso me da algún crédito para hablar sobre él. Su recuerdo dejó en mí, y en mis hermanos, una huella indeleble, pero también en otra mucha gente y, si he de ser sincero, no estoy seguro de saber por qué. Mi padre era un hombre tímido y callado, amante de la soledad y poco dado a las efusiones. Sin embargo, todos los que le conocieron, incluso aquellos que lo trataron poco, le recuerdan con particular cariño. Entonces, ¿qué tenía de especial?
Las páginas que siguen a esta introducción intentarán explicar, aunque sea mínimamente, a José Mallorquí como ser humano y como escritor, si es que en su caso había alguna diferencia entre ambos aspectos.
El Hombre
Mi padre era de mediana estatura, grueso, corpulento, con un cráneo redondo y macizo en el que destacaban una gran calva y las gruesas lentes de miope que cabalgaban sobre una nariz más bien chata. Durante la mayor parte de su vida usó bigote, pero luego, durante los últimos años, cuando llegaron las canas, se lo afeitó. Nunca me acostumbré a verle sin él; de algún modo, me parecía que a su rostro le faltaba algo sustancial, como si en vez de un rasurado hubiera sufrido una amputación.
Si reviso viejas fotos familiares, veo en ellas a un joven miope, con grandes entradas, delgado y atlético, que practicaba la natación, el esquí y el montañismo. Pero también compruebo que lo del deporte duró poco y mi padre, superado el régimen forzoso de la guerra, no tardó en adquirir el rotundo volumen corporal que le caracterizaría durante el resto de su vida. Le encantaba comer y lo hacía con un apetito sobrehumano. Incluso más adelante, cuando le diagnosticaron diabetes, mi padre siguió regalándose con copiosos banquetes cada vez que lograba zafarse de la férrea vigilancia de mi madre (debía de ser una diabetes muy tolerable, pues su salud nunca se resintió por los frecuentes excesos).
José Mallorquí Figuerola nació en Barcelona el 12 de febrero de 1913. Era lo que por aquel entonces se llamaba, en tono más bien despectivo, hijo natural. Su padre, José Serra Farré, jamás le reconoció, así que tuvo que adoptar los apellidos de su madre, Eulalia Mallorquí Figuerola. Fue un hijo no deseado, razón por la cual sus progenitores optaron por quitárselo de encima; primero pasó al cuidado de un ama de cría, Isidra; después al de doña Ramona, a la que él siempre consideraría su abuela, aunque no lo era; por último, ingresó como interno en el colegio de los salesianos.
Mi padre nunca hablaba de su infancia ni de su primera juventud. Supongo que fue una época muy difícil para él, que le avergonzaba ser hijo natural, que le hería recordar el escaso amor que recibió de sus padres. Lo que conozco de aquellos tiempos lo sé por haberlo leído, no porque él me lo contara. Creo que mi padre hizo siempre todo lo posible por olvidar su niñez y, sin embargo, el niño triste y tímido que fue estuvo siempre con él, hasta el día de su muerte.
Sé que mi padre fue un mal estudiante, que a los catorce años abandonó el colegio y entró a trabajar en la firma de electrodomésticos Marelli, como meritorio, y que luego ejerció idénticas funciones en la fábrica de productos químicos Foret. Sé que en algún momento de su adolescencia se convirtió en un apasionado de la lectura, que leía sin ningún orden todo lo que caía en sus manos: Zane Grey, Oliver Corwood, Dumas, Peter Keyne, Zola, Galdós, Alarcón, Guido de Verona, Blasco Ibañez (a quién admiraba profundamente y de quien siempre conservó una foto dedicada), Palacio Valdés, Jardiel Poncela... Sé que en 1931 murió su madre y que, tras recibir una no despreciable herencia, dejó el trabajo y se regaló un par de años de buena vida, convirtiéndose en un joven sportman entregado a la natación, al ski, al montañismo, al ciclismo, los viajes y, en resumen, a no hacer nada.
Sé que luego, en 1933, una vez dilapidada la herencia de su madre, mi padre se vio de repente sin dinero, sin oficio y sin ninguna clase de preparación, situación que resolvió de una manera que sólo cabe calificar de absurda, aunque a la larga demostró ser providencial. En la editorial Molino buscaban traductores de inglés, pero mi padre sólo sabía francés, así que se puso de acuerdo con un amigo, natural de Inglaterra, que hablaba francés, pero nada de español. La cosa funcionaba así: el amigo traducía del inglés al francés y mi padre lo trasladaba al castellano. Una locura, pero funcionó. Mi padre fue contratado por Molino y, mediante ese peculiar método, tradujo una novela de Sabatini. No obstante, como la necesidad de contar con un colaborador resultaba muy onerosa, mi padre prescindió de su amigo inglés para la siguiente traducción que le encargaron, una novela de Agatha Christie. ¿Qué hizo? Aprender inglés. ¿Cómo? Con la ayuda de un diccionario. José Mallorquí aprendió inglés con un simple diccionario. Parece increíble.
Sé que mi padre trabajó exclusivamente como traductor hasta 1936, y que ese mismo año, el veintitrés de diciembre, se casó con mi madre, Leonor del Corral. Mucha tiempo después, examinando viejos documentos y cartas familiares, descubrí que el noviazgo de mis padres no fue sencillo, pues mi abuela materna se opuso siempre a la relación de su hija con un joven traductor al que le auguraba un negro porvenir. Y es que mi abuela, aparte de ser idiota, carecía del don de la profecía. Mi padre jamás le perdonó a su suegra el trato despectivo que le dispensó al principio y, durante los últimos años de su vida, dejó de dirigirle la palabra. Por el contrario, mi padre sentía un gran afecto por su suegro, el crítico teatral y periodista Carlos del Corral.
Mi padre hablaba muy poco del periodo de la guerra, y casi todo lo que contaba eran anécdotas sin especial relevancia. Sé que rompió sus gafas de miope para eludir el frente, que fue prófugo durante unos meses, que pasó mucha hambre, que la guerra le horrorizó, pero que, al tiempo, jamás se sintió tan vivo. Eso es todo lo que sé. Ah, y algo más: el día que se acabó la guerra, mi padre se bebió de un trago una botella de aceite de oliva. Supongo que aquel litro de aceite sumó los primeros gramos a lo que más adelante, y ya para siempre, sería una considerable obesidad.
Sin embargo, fue durante la guerra cuando mi padre comenzó a dar sus primeros pasos como escritor. Al principio fueron unas cuantas narraciones breves destinadas al público infantil y juvenil que aparecieron en la Serie Popular Molino. Luego, a partir del 37, comenzó a escribir una serie de novelas cortas sobre temas deportivos, que no se publicarían hasta el 39, bajo el título de La Novela Deportiva. Por esas mismas fechas, mi padre asumió la dirección editorial de Narraciones Terroríficas, una revista pulp publicada por Molino para la que traducía cuentos extraídos de la norteamericana Weird Tales y en la que incluyó, sin cobrarlos, diecisiete relatos suyos.
Más adelante, entre 1940 y 1941, publicó once biografías de conquistadores españoles en la colección Historia y Leyenda. Cabe suponer que esta incursión en la historia de la América hispana sería decisiva a la hora de forjar su posterior visión del western. Pero antes de acometer el género que le dio la fama, mi padre probó suerte con el relato policiaco; publicó cuatro novelas largas en Biblioteca Oro... y las cuatro fracasaron. Ése, creo, fue su mayor revés como escritor. Adoraba el género detectivesco, pero no estaba dotado para él; su fuerte nunca fue la arquitectura del argumento, sino la composición de los personajes.
Sin embargo, fue a partir de ese fracaso cuando las cosas comenzaron a encarrilarse. La Guerra Mundial dificultaba la adquisición de derechos de autor, de modo que Pablo Molino decidió incorporar escritores españoles a su colección Hombres Audaces, entre ellos a mi padre. Así surgió la serie Tres Hombres Buenos, en un principio destinada a ser una imitación del Pete Rice de Gridley, pero que desde el principio adquirió personalidad propia, ya que invertía los términos usuales del western: en vez de rubios yanquis, los héroes eran hispanos (un español, un portugués y un mexicano). Ese mismo año, mi padre inauguraría en la misma colección la serie Duke, cuyo protagonista era una mezcla de Doc Savage y Donald Lam.
En 1943, Germán Plaza le encargó la colección Novelas del Oeste para la recién nacida Editorial Clíper. En otoño de ese año, apareció en dicha colección una novela sobre un vengador enmascarado llamada El Coyote y firmada con el seudónimo de Carter Mulford. La novela no tuvo especial éxito, fue una más entre tantas, pero... Un año más tarde, mi padre propuso crear una colección centrada en el personaje, primero a Pablo Molino, que rechazó la idea, y después a Germán Plaza, que la aceptó. La serie inició su andadura en septiembre de 1944. El resto ya es historia.
El Coyote se convirtió en el mayor éxito de la literatura popular española del siglo XX y transformó a mi padre en el escritor más popular y conocido de España. Pero sobre este asunto se ha escrito mucho, y nada valioso puedo añadir. Poco a poco, el éxito de El Coyote fue declinando hasta que, ciento noventa y dos títulos después, la serie se dio por clausurada. Corría el año 1953. Desde el 49, mi padre había probado fortuna con otras series –Pueblos del Oeste, Jíbaro y la colección Futuro-, pero ninguna de ellas obtuvo la resonancia que había conseguido El Coyote.
Y aquí llegamos a una encrucijada, a un punto de inflexión donde la vida de mi padre, y por ende la de nuestra familia, dio un brusco giro. También fue un momento importante para mí, pues nací ese año, en 1953, justo después de que El Coyote muriera. Quizá por eso, en honor suyo, llevo su nombre, César.
A finales del 53, comprendiendo que la literatura popular –que él mismo había contribuido a desarrollar- se hallaba en declive, mi padre decidió que lo más oportuno era cambiar de aires. A comienzos de 1954 recibió una llamada del productor Eduardo Manzanos, proponiéndole adaptar al cine algunas de sus novelas. En verano de aquel mismo año, Manuel Aznar, directivo de la SER, le invitó a trabajar para la cadena desde los estudios de Radio Madrid.
La incursión de mi padre en el mundo del cine fue escasamente fructífera. Eran los tiempos del gazpacho-western, un género que jamás produjo ni un solo título medianamente presentable, y su caso no iba a ser la excepción. Cabalgando con la muerte, Tres hombres buenos, El vengador de California, El valle de los hombres de piedra, El Coyote... Ninguna de las películas en las que participó mi padre se salvó de la catástrofe. Es cierto que los medios de producción eran paupérrimos, que los directores y los actores eran de tercera fila, que no existía la menor pretensión de calidad; pero también es verdad que mi padre no estaba dotado para el guión cinematográfico. Su estilo se basaba en el diálogo, en la palabra, y el eje del cine es la imagen.
De todas las películas que contaron con la colaboración de José Mallorquí, o estuvieron basadas en sus novelas, sólo tres poseen algo de entidad: Dos cuentos para dos (1947), de Luis Lucía, protagonizada por los entrañables Tony Leblanc y Pepe Isbert; Brandy, dirigida por un primerizo José Luis Borau y, por último, la póstuma Morir... dormir... tal vez soñar (1976), de Manuel Mur Oti. Éste último film está basado en un programa dramático especial que mi padre escribió para la SER y que fue candidato al Premio Italia, un galardón internacional de radio que otorgaba la RAI. Con independencia de la calidad de la película, recuerdo que en aquel guión mi padre incluyó gran cantidad de elementos autobiográficos. A través de un tratamiento onírico, la historia narra una saga que abarca cincuenta años de la vida de una familia, de 1916 a 1966. Creo que mi padre se reflejó a sí mismo, de alguna forma, en ese guión; no tanto siendo fiel a su vida, como convirtiéndola en lo que a él le hubiera gustado que fuese.
En cualquier caso, el resto de las películas son perfectamente olvidables, y mi padre fue muy consciente de ello: por eso, a mediados del 54, aceptó la oferta de Aznar y comenzó a colaborar con la SER, resucitando a unos viejos amigos: César Guzmán y Joao da Silveira, dos de los tres Hombres Buenos (Diego de Abriles fue drásticamente licenciado). Así surgió uno de los seriales míticos de la radiodifusión española: Dos hombres buenos. Aún ahora, después de casi medio siglo, todavía me encuentro con gente que recuerda con cariño aquel serial, y cómo corrían del colegio a casa para oírlo. Alguien dijo que España se paralizaba durante media hora todas las tardes, pues nadie quería perderse Dos hombres buenos.
Esta radionovela fue un gran éxito y, además, acompañó a mi padre hasta su muerte, aunque transformándose mucho a lo largo de las dos décadas que permaneció en antena. Además, significó el comienzo de un brillante carrera en la que, durante los siguientes dieciocho años, mi padre creó radionovelas como El Coyote, Los Bustamante, Historias Deportivas, Último sol, Don Juan se quiere casar, La sangre de los Yberon, Lydia o Lorena Harding, y programas especiales como La marcha del tiempo, La historia del disco, La Tierra antes de Adán, La vida de Carlos Gardel, España o La vuelta al mundo. Todos sus programas radiofónicos tuvieron un extraordinario éxito y gracias a ellos obtuvo dos veces el Premio Ondas (1954 y 1964) y el Premio Nacional de Radio (1965). Además, mi padre no se limitaba a escribir los guiones, sino que también los dirigía. Le preocupaba extraordinariamente la interpretación, los efectos especiales, la música y el ritmo narrativo. Sus guiones estaban plagados de notas técnicas, escritas con obsesiva minuciosidad, que mostraban hasta qué punto comprendía la importancia del sonido inarticulado en la narración radiofónica.
Recuerdo que a mediados de los sesenta, mientras escribía y dirigía los guiones de La Tierra antes de Adán, un programa de divulgación sobre la prehistoria, mi padre tropezó con un problema técnico: al llegar al periodo jurásico tuvo que plantearse cómo reproducir la “voz” de los dinosaurios. Después de muchísimas pruebas, tras varios días de trabajo constante, encontró la solución mezclando los sonidos de diversos animales (rugidos de león, barritos de elefante, incluso mugidos de toro) y reproduciéndolos al revés. El resultado era espectacular. Aquellos terribles bramidos que brotaban de la radio sólo podían proceder de los saurios titánicos que dominaron la Tierra durante millones de años. Aún ahora, cuando los recuerdo, me ponen los pelos de punta.
El desmesurado interés de mi padre por los aspectos técnicos de la narración radiofónica le llevó a reunir una inmensa discoteca de música country, y también una amplia colección de discos de efectos especiales, auténticos catálogos sonoros de ruidos. Recuerdo que, en cierta ocasión, durante una calmada tarde de verano, mis dos hermanos mayores, con la divertida complicidad de mi padre, volvieron los altavoces del equipo de música hacia la calle e hicieron sonar a toda potencia la llegada de una locomotora de vapor a una estación. Jamás he visto rostros tan perplejos como los que mostraban nuestros vecinos mientras se asomaban a los balcones en busca de un enigmático tren fantasma.
Anécdotas aparte, creo que la principal contribución de mi padre a la historia de la radio no residió tanto en la calidad literaria de sus guiones, que era mucha, sino en su modo de concebir la narración radiofónica. De hecho, inventó una forma nueva de lenguaje en la que el efecto especial y la música no eran meramente descriptivos, sino que actuaban como imágenes y metáforas sonoras, integrándose plenamente en el proceso narrativo del relato. José Mallorquí fue uno de los hombres que forjaron la edad de oro de la radio, un meticuloso creador que aportó nuevas vías a un género -la narrativa radiofónica- que, por desgracia, tenía fijada ya su fecha de extinción.
Pero antes de que eso sucediese, una nueva vida se abrió ante mi padre. De entrada, se trasladó, junto con el resto de la familia, a Madrid, primero a un piso de la calle Modesto Lafuente, después a otro de la calle Españoleto. Ignoro por qué, pero a mi padre le gustaba mucho más Madrid que la Barcelona donde nació. De hecho, le molestaba profundamente todo lo que oliese a nacionalismo catalán, y se enorgullecía de ser un gran españolista. Tanto es así que, pese a que hablaba catalán con fluidez, no le oí emplear esa lengua más allá de dos o tres veces.
El caso es que amaba Madrid. Le gustaba pasear por sus calles, visitar sus museos y monumentos, recorrer sus tiendas y fotografiar la ciudad, todos sus lugares, desde todos los ángulos posibles. Madrid era un sueño para él y, una vez instalado en la capital, su modo de vida cambió notablemente, entre otras cosas porque en aquel momento estaba ganando más dinero que nunca. Mi padre jamás tuvo problemas económicos, al menos no por mucho tiempo. Se ganó bien la vida como traductor y mucho mejor cuando el éxito de El Coyote le sonrió, pero fue su trabajo para la SER el mejor remunerado de todos. Eso se notó, entre otras cosas, en los niveles de automoción que, progresivamente, fue alcanzando la familia.
Al principio, mi padre tenía una Vespa con sidecar. En mis más remotos y neblinosos recuerdos, me veo a mí mismo en ese sidecar, junto a mi madre, con mi padre al manillar y uno de mis hermanos sentado a horcajadas detrás de él; todos, en particular yo, pasando un frío terrible. Más adelante, mi padre decidió que la Vespa se quedaba pequeña, y compró una Sanglas, también con sidecar. Después llegó la SEAT con los Seiscientos y él fue de los primeros españoles en comprarse uno. Sólo había un pequeño problema: no sabía conducir ni tenía carné. La solución fue sencilla: el director de la Guardia Civil de tráfico, de no recuerdo qué ciudad cercana a Madrid, era un gran admirador suyo. Y le regaló el carné de conducir sin pasar examen alguno. En conclusión, mi padre no tenía ni puñetera idea de manejar un coche. Después del Seiscientos llegó un Seat 1400, y luego un 1500, y otro Seiscientos, y un Dos Caballos, y un Seat 850. y un MG, y todos esos automóviles los condujo igual de mal. Baste decir que sostenía la absurda teoría de que, por la noche, no había que usar nunca las luces largas, pues al pasar a cortas se veía peor. En el fondo fue un milagro que sólo tuviera un accidente grave, un aparatoso vuelco en el que yo participé y donde, afortunadamente, nadie sufrió excesivos daños.
Detengámonos aquí un instante. Hasta el momento, la mayor parte de lo que he narrado lo supe indirectamente, pero de lo que cuente a partir de ahora fui testigo. Yo viví con José Mallorquí desde finales de los cincuenta hasta comienzos de los setenta. ¿Cómo era?
Era un hombre al que la timidez le hacía parecer reservado, aunque no distante. Solía sumirse en prolongados silencios, pero disfrutaba de la conversación y el debate. Era serio y, al tiempo, estaba dotado de un extraordinario sentido del humor. Tenía una voz extraña, cascada, como de arena, y hablaba en voz muy baja; todo ello, unido a una leve sordera, le planteaba ciertos problemas de comunicación con los demás, por eso se apoyaba mucho en mi madre para su vida social. Y es que mi madre era la relaciones públicas de la familia, una mujer dotada de un extraordinario encanto.
Mi padre estaba profundamente enamorado de mi madre. Más que eso: la necesitaba. Se había criado sin recibir el cariño de sus padres, y el amor de su mujer lo era todo para él. No estoy exagerando, ni entregándome al tópico; mi padre dependía de mi madre a un nivel casi simbiótico y si de algo estoy seguro es de que lo más importante para él, lo fundamental, era su esposa, no sus hijos. Y no es que no nos quisiera; nos quería y mucho, pero no nos necesitaba, al menos no tanto como a ella.
Si tuviera que definir a mi padre con una única palabra, ésta sería “paradoja”. Su vida y su carácter, la esencia misma de su personalidad, todo ello era una suma de contrastes, de actitudes antitéticas. Mi padre era uno de los hombres más pacíficos que he conocido, y sin embargo coleccionaba armas de fuego. Era un gran trabajador, y basta con enumerar su obra para constatarlo, pero siempre dilataba lo más posible el momento de ponerse a trabajar. Era un hombre extremadamente desordenado –su despacho estaba constantemente sumido en el caos-, pero también era un coleccionista nato que mantenía en perfecto orden sus múltiples y diversas colecciones (monedas, latas de cerveza, botellines de whisky, pistolas, vitolas de puro... y, sobre todo, sellos de correo). Era radicalmente abstemio, pero siempre tenía en casa cajas enteras de las más diversas bebidas alcohólicas. Era un hombre de ideas conservadoras, y sin embargo había un componente profundamente anarquista en su actitud vital.
Mi padre solía levantarse muy temprano, a eso de las siete de la mañana, todos los días, incluso los festivos. Se aseaba concienzudamente (era un maniático de la higiene), desayunaba y se encerraba en su despacho. No para trabajar, sino para leer. Se sentaba en un sillón, encendía una pipa y se enfrascaba en un libro durante una o dos horas. Solía leer a autores ingleses y americanos, directamente en inglés, y textos de Historia. Entre las nueve y las diez de la mañana comenzaba a escribir, en una Olivetti eléctrica, hasta las dos de la tarde. Comía, veía un poco de televisión y luego, a las cuatro, regresaba a su despacho, donde trabajaba hasta las nueve o las diez de la noche. Cenaba, otro poquito de TV, y a las doce, como muy tarde, se iba a la cama. Las mañanas de los sábados solía dedicarlas a resolver asuntos fuera de casa. Los fines de semana le gustaba coger el coche y hacer viajes cortos por los alrededores de Madrid (Segovia, Toledo, Gredos, Cuenca...). Y es que a mi padre le encantaba viajar. Sobre todo en coche, para riesgo de propios y extraños.
Solíamos veranear en Santander, pues allí vivían dos de los mejores amigos de mis padres, Antonio Martínez e Isabel González, también escritores de novela popular (más conocidos por sus seudónimos César Torre y Patricia Montes). Durante aquellas largas vacaciones -de dos meses o más-, mi padre no paraba de moverse. Pese a su obesidad, era un gran caminante que no cesaba de hacer excursiones por los alrededores, de visitar monumentos y conocer pueblos. Lo cierto es que, cuando se encontraba de vacaciones, le costaba mucho estarse quieto. De hecho, algunas de esas vacaciones fueron en realidad largas peregrinaciones (toda la cornisa cantábrica, toda Galicia, toda Andalucía, todo Levante...). Ahora, con la perspectiva del tiempo, creo que fue durante aquellos viajes cuando más feliz y relajado vi a mi padre.
Uno de sus rasgos más característicos era la generosidad, aunque en esto, como en todo, también se mostraba paradójico. No soportaba prestar sus cosas, nunca lo hacía. Le pedías, por ejemplo, su pluma y se negaba en redondo a prestártela. Pero al día siguiente podías estar seguro de que te regalaría una espléndida Mont Blanc. Le encantaba hacer regalos, por cualquier motivo, y a todo el mundo, no sólo a su familia. El último obsequio que me hizo, unos meses antes de morir, fue un Rolex. Sencillamente, porque sí. Aunque la verdad es que le encantaban los relojes. Enfrente de Radio Madrid se encuentra la Unión Relojera Suiza, uno de los lugares preferidos de mi padre. Iba allí a pasar el rato; miraba relojes y charlaba con los dependientes (llegó a ser muy amigo suyo). Cuando murió, encontramos entre sus cosas cinco o seis relojes sin usar. Los había comprado porque le apetecía comprarlos, no eran para él ni para nadie. ¿Por qué esa extraña fijación con los relojes? Nunca lo he sabido.
Su generosidad se manifestaba también en las propinas. Había leído en algún lugar que lo correcto era dar propinas por un montante equivalente al veinte por ciento de la consumición, y esa regla la llevaba a rajatabla. Un 20% de propina en la España de los sesenta era una barbaridad, y no es de extrañar que mi padre fuera el cliente más popular de cuantos restaurantes frecuentaba. Y es que, si quiero ser fiel a la verdad, mi padre era un derrochador nato. Ganaba mucho dinero, sí, pero se lo gastaba a manos llenas. ¿En qué? En caprichos, en restaurantes, en regalos, en viajes... resumiendo, en vivir lo mejor posible. Jamás ahorró ni un duro, y ahora, con la perspectiva del tiempo, creo que hizo muy bien. Qué demonios, sólo se vive una vez.
Una de las debilidades de mi padre eran los animales. En casa tuvimos periquitos, peces, perros e incluso una gallina (aunque a ésta última, si mal no recuerdo, nos la comimos –era el regalo de un admirador rural-). En la vida de mi padre siempre hubo uno o dos perros; Bari, Bari II, Paty, Jack, Tarik... En el alféizar de la ventana de su despacho, mi padre dejaba montoncitos de alpiste, para alimentar a las golondrinas. Más de una vez le acompañé a los montes del Pardo para dar de comer a los ciervos. Y también al zoológico; una vez, estando en la vieja Casa de Fieras del Retiro, un mono logró escapar de su jaula y arrebatarle a mi padre la bolsa de pan duro que llevaba. En otra ocasión, mientras visitábamos un pueblo de Segovia, vimos a un galgo extremadamente delgado que paseaba por la calle con aire triste. Sin pensárselo un segundo, mi padre entró en una carnicería, compró un montón de despojos y se los ofreció al galgo. ¿Alguien ha visto alguna vez a un perro flaco dejar de comer porque ya no puede más? Yo sí; aquel galgo, cuando había devorado más o menos la mitad de la carne, contempló lo que quedaba con impotente desolación, eructó sonoramente y se tumbó a la sombra para hacer la digestión. Entonces apareció su dueño y se puso hecho una furia. El buen hombre pensaba salir a cazar liebres al día siguiente, precisamente con aquel perro que, ahora, resoplaba feliz de puro hartazgo, absolutamente incapaz de realizar ningún esfuerzo cinegético durante mucho, mucho tiempo. El cazador estaba indignado, pero mi padre –amigo de los perros y enemigo de la caza-, le puso a parir por no alimentar al animal y se marchó dignamente. Le gustaban mucho los animales, sí; era miembro de la Sociedad Protectora y de Adena, le bastaba con ver a un perro vagabundo para que los ojos se le llenaran de lágrimas y promovió encendidas cruzadas contra la fiesta taurina. En ese aspecto, era todo un carácter.
¿Y qué puedo decir en cuanto a su formación intelectual? Mi padre era autodidacta; poseía una gran cultura, pero muy deslavazada. Le interesaba mucho la Historia, y probablemente fue el máximo experto español en Historia de Estados Unidos. De hecho, en cierta ocasión conoció a un historiador norteamericano y apostaron a ver quién sabía más sobre el Oeste estadounidense. Ganó mi padre, pues contestó a todas las preguntas del yanqui y formuló una que su contrincante no supo responder: Davy Crockett murió en El Álamo, pero ¿dónde nació? (lo siento, yo tampoco lo sé).
Aparte de la Historia, mi padre era un entusiasta de la Geografía. Estuvo suscrito al National Geographic desde los años cincuenta y reunió una excelente colección de cartografía. Le interesaba mucho la literatura anglosajona y poseía una gran biblioteca, en la que, por supuesto, abundaban los libros de documentación. También mostraba un gran interés por la arquitectura medieval y por la pintura clásica (su criterio estético no pasó del impresionismo). Visitaba museos con frecuencia, en particular el Lázaro Galdiano de Madrid, y en cuanto a la música... me temo que ahí sus gustos no eran muy sofisticados. Prácticamente sólo escuchaba country y tangos. Era, por otro lado, un entusiasta del cine, sobre todo del cine clásico norteamericano y, en particular, del western. Como no podía ser de otra forma, admiraba profundamente a John Ford, pero también a Peckinpah, a Lean, a Chaplin, a Keaton o a Kubrick.
Mi padre era un gran aficionado a la fotografía y llegó a reunir un equipo fotográfico realmente sofisticado. Sin embargo, en lo que respecta a esta afición, su evolución fue tan extraña como inexplicable. Después de su muerte, encontré un buen número de fotografías en blanco y negro realizadas por él en Barcelona, durante los años cuarenta. Son unas fotos excelentes, dignas en algún caso de figurar, por ejemplo, en una exposición de la Agencia Magnum. Hay en ellas un evidente cuidado en la elección del motivo, en el encuadre, en la composición, en la luz. Son muy buenas, de verdad, no me ciega el amor de hijo. Sin embargo, a partir de los años cincuenta, decidió cambiar calidad por cantidad. Desde ese momento, la economía de varios laboratorios de revelado madrileños pasó a depender de mi padre. Hacía cientos, miles de fotografías, todas ellas realizadas sin el menor cuidado estético. Fotografiaba a su familia, a sus amigos, a los conocidos, a la gente que pasaba por la calle, a las calles sin gente, a las cosas, a los animales, a las plantas. En fin, lo fotografiaba todo. ¿Por qué lo hacía? Nunca lo he sabido; por darle gusto al dedo, supongo. Sin embargo, esa manía fotográfica tuvo, al menos para mí, un curioso rédito: poseo un álbum con trescientas sesenta y cinco fotografías mías, una por cada día de mi primer año de vida.
Y ahora, abramos un nuevo paréntesis. Este pequeño artículo no tiene, en realidad, una pretensión biográfica. Me he limitado a intentar ofrecer una visión general sobre el José Mallorquí que yo conocí. Quizá lo he hecho demasiado deslavazadamente, sin excesivo orden. Pero así es como conocemos a la gente, mediante la suma de diversas impresiones obtenidas de forma desordenada. También es cierto que el punto de vista que he escogido para hablar de mi padre es el de un observador externo, una mirada incluso un poco superficial. Pero no pretendo hacer psicología de salón, no me siento capaz de explicar a mi padre.
Durante los primeros años de mi vida, mi padre gozaba, tras su éxito en la novela popular, de una nueva época de esplendor como guionista de radio. Fueron unos años de optimismo para la familia Mallorquí. Pero ahora llega el momento que menos deseo recordar. La decadencia final de mi familia, el drama de mis padres. Creo que fue allá por el sesenta y siete cuando mi madre comenzó a sentirse mal. Acudió al médico y unos análisis revelaron la terrible noticia: mieloma múltiple. Cáncer de sangre. Mi madre estaba condenada a muerte.
El optimismo se esfumó de mi casa como una nube de humo arrastrada por un vendaval. Los viajes cesaron, la buena vida se remansó, el ambiente se volvió enrarecido. Mi padre estaba destrozado y más de una vez le vi llorar a escondidas, cuando creía que nadie le miraba.
Mi madre, que siempre fue una mujer gruesa, adelgazó mucho y se fue debilitando poco a poco, como una llama que se extingue. Poco antes de morir, a los cincuenta y seis años de edad, se sacó el carné de conducir, cumpliendo así un deseo que había ido relegando desde su juventud.
Finalmente, en junio de 1971, Leonor del Corral, la mujer que le prestó su nombre a la primera esposa de don César de Echagüe, murió en un hospital. Yo estaba allí, y sé que su muerte estuvo presidida por un especial dramatismo. Mi madre se hallaba en coma y si aún vivía era porque estaba conectada a un respirador, una máquina cuyo rítmico sonido podíamos escuchar con claridad desde la sala de espera donde nos encontrábamos mi padre, mis dos hermanos, mi cuñada Teresa y yo.
A última hora de la tarde entró un médico y nos informó de que mi madre jamás saldría del coma y que, aun en el caso de que lograra sobrevivir, lo haría como un vegetal, pues su cerebro había estado demasiado tiempo sin oxígeno. Luego, el médico le pidió permiso a mi padre para desconectar el respirador. Mi padre, los ojos llenos de lágrimas, asintió con un desolado cabeceo y el médico abandonó la sala de espera. Al poco, el sonido del respirador se interrumpió bruscamente. Mi madre había muerto. Los tres hermanos nos abrazamos a nuestro padre y juntos lloramos en silencio. Fue terrible.
Sin embargo, aquel mismo día, sucedió algo que jamás he podido olvidar, algo sorprendente, casi inexplicable, en cierto modo mágico. Abandonamos el hospital y nos dirigimos a casa. Al llegar, mi padre nos contempló demudado y dijo que tenía que trabajar. Se encerró en su despacho y José Carlos, mi hermano mayor, fue con él. Al cabo de unos minutos, mi padre le dijo a mi hermano: “Vete. No me voy a matar”. Y comenzó a escribir.
Por aquel entonces, mi padre era el autor de los guiones de un programa de radio llamado Miss Moniker, un serial de humor. Aquella tarde, la tarde en que había muerto su esposa, mi padre escribió un guión de Miss Moniker. Al día siguiente, mis hermanos y yo lo leímos, y puedo asegurar que aquel guión estaba lleno de humor y de ingenio, de frescura y de optimismo, y estoy seguro de que nadie, leyéndolo, podría jamás imaginar que era la obra de un hombre destrozado.
Esto que acabo de contar no es una mera anécdota; es la única explicación que hay en este artículo sobre quién y cómo era mi padre. José Mallorquí vivía en dos mundos; uno de ellos sólo existía dentro de su cabeza, y era ahí, en ese universo interior, el único lugar donde podía encontrar algo de paz.
El año y medio que siguió a la muerte de mi madre fue terriblemente triste. Mi padre se convirtió en una sombra de lo que fue; llenó la casa con retratos de su mujer, visitaba constantemente su tumba, se sumió en un prolongado estado de melancolía. Para colmo, la radio estaba cambiando y, frente al empuje de la TV, las radionovelas perdían cada vez más oyentes.
En diciembre de 1971, mi padre viajó con mi hermano mayor a Londres. Le encantó esa ciudad, y aquel viaje pareció animarle un poco. Ahí se produjo la última anécdota que recuerdo de él. Mi padre estaba con el dependiente de una tienda londinense, cuando se acercó a él mi hermano y le preguntó algo. Mi padre respondió y, entonces, el dependiente puso cara de asombro, mientras que mi padre se ruborizaba como una damisela. ¿Qué había pasado? Pues que mi padre podía leer y escribir perfectamente en inglés, pero jamás lo había hablado, así que desconocía por completo la pronunciación del idioma. Entonces, para poder comunicarse con los nativos, fingía ser sordomudo y recurría al inglés escrito, que sí dominaba. Al responder mi padre, en voz alta, a la pregunta de mi hermano, el dependiente descubrió la farsa; todavía debe de comentar lo excéntricos que somos los españoles.
Durante 1972 sobrevino la postrer desgracia. Un problema de espalda le impidió a mi padre escribir a máquina; a partir de ese momento tuvo que contratar a una secretaria y dictar sus guiones. Ya no podía ejercer su oficio del modo que siempre lo había hecho. La depresión se abatió sobre él como un mazazo; ni siquiera el nacimiento de Leonor, su primera nieta, le devolvió un ápice de alegría. Le dolía la pérdida de su mujer, le dolía la espalda, estaba cansado de vivir. De aquella época recuerdo el pasaje de una carta que mi padre le escribió a Juana Ginzo: “A veces creo que me retiraría a un convento, de no ser por lo mucho que me aburren las misas”. Incluso en la desesperación, un último rasgo de humor.
Una mañana de noviembre, Mary, la muchacha de servicio, me despertó a primera hora y, con el rostro desencajado, me dijo que a mi padre le pasaba algo. Salté de la cama y, repentinamente espabilado, eché a correr hacia el dormitorio principal. Allí se encontraba el practicante que, a diario, le administraba a mi padre la insulina que necesitaba para controlar su diabetes. El buen hombre sacudía la cabeza, abatido, y no cesaba de musitar: “pobrecito, pobrecito”...
Volví la vista hacia la cama. Mi padre estaba tumbado, con la cabeza ladeada y el brazo derecho extendido. Parecía dormir. Las sábanas estaban empapadas de sangre y yo pensé que mi padre había vomitado. Contemple al practicante y quise preguntarle por qué no hacía nada, por qué se quedaba ahí parado, pero el hombre seguía sacudiendo la cabeza mientras repetía con un hilo de voz: “pobrecito, pobrecito”.
Miré de nuevo a mi padre. Estaba tan inmóvil... No sé cuánto tiempo transcurrió; supongo que sólo unos segundos, pero a mí se me antojaron siglos. Y, de pronto, lo vi. Había estado ahí todo el rato, bien visible, pero mi cerebro se negaba a registrarlo: en su mano derecha, mi padre empuñaba una pistola Astra del calibre nueve. Era un arma muy grande y podía verse con absoluta claridad; sin embargo, tardé unos quince o veinte segundos en advertir su presencia. Supongo que uno no ve lo que no quiere ver.
Dije algo, no recuerdo qué, y descargué un puñetazo contra un mueble. Abandoné el dormitorio, fui a la sala de estar, me dejé caer en un sillón, oculté la cara entre las manos y permití que las lágrimas fluyeran. Lloraba por mi padre, pero aquel fogonazo, aquella bala, no sólo había significado el punto final de la vida de José Mallorquí; junto con él murieron César de Echagüe, Duke Straley, Joao da Silveira, miss Moniker, Pablo Rido y todos los cientos, quizá miles, de personajes que vivían en el interior de la mente del escritor.
Antes de matarse, mi padre escribió una nota, terrible en su simplicidad y pragmatismo: “No puedo más. Me mato. En el cajón de mi mesa hay cheques firmados”. En vez de firmar con su nombre, puso: “Papá”. Y debajo, como algo recordado en el último momento, escribió: “Perdón”.
Si existiera vida después de la muerte, cosa que dudo profundamente, pero si existiera un paraíso en el más allá, no me cabe duda de que mi padre estaría allí, junto a mi madre, con todos sus perros, rodeado de relojes, viajando por celestiales carreteras donde el no saber conducir no supusiera problema alguno, y reuniéndose de vez en cuando con Diamantes Wardell para echar una manos de poker, o con don Goyo Paz para discutir acaloradamente, o con el querido don César, el gran amigo de siempre, para charlar un rato y brindar por los viejos tiempos; don César con una copa de vino californiano, mi padre con un vaso de burbujeante Coca cola.
La Máscara
Si aceptamos que las personas somos como una de esas muñecas rusas que contiene una versión más pequeña de sí misma, que a su vez contiene otra muñeca aún más reducida, y así sucesivamente hasta llegar un diminuto núcleo, si aceptamos que somos eso, entonces podemos estar seguros de que José Mallorquí fue siempre un niño tímido y solitario, falto de afecto, que llegado el momento se puso la máscara de adulto y, poco después, el antifaz de escritor de éxito. Pero no caigamos en la tentación de creer que lo único verdadero fue el niño, porque la máscara de escritor, con el tiempo, llegó a convertirse en un rostro auténtico.
Estoy seguro de que mi padre era un hombre de grandes inseguridades, pero con igual certeza puedo afirmar que jamás dudó de su valía como escritor. Y es lógico: había tenido tanto éxito, había sido tan alabado por sus lectores, que en ese aspecto se sentía seguro. Mi padre se consideraba a sí mismo un buen escritor. ¿Lo era realmente?
No pretendo realizar aquí un ejercicio de crítica sobre la obra de José Mallorquí; ni soy la persona apropiada para hacerlo, ni éste es el lugar adecuado. No obstante, poseo una ventaja sobre cualquier posible crítico: yo vi trabajar a mi padre (¿recuerdan el comienzo de este artículo?), y eso me enseñó algo sobre su método de escritura. Y en el fondo, creo, esa forma de trabajar fue lo que le convirtió en un escritor memorable.
Existen muchos modos de enjuiciar una creación literaria. Por ejemplo, cabe preguntarse qué se proponía el autor y luego comprobar si ha logrado plasmarlo en el texto. Desde este punto de vista, mi padre era un escritor que voluntariamente decidió dedicarse a la novela popular, en una época en la que el género dominante era el pulp. Es cierto que ese género ha producido una inmensa mayoría de obras deleznables redactadas por escritores semi-analfabetos. Muchos recordamos con cariño a personajes tan entrañables como La Sombra o Doc Savage, pero al leer ahora las novelas de Maxwell Grant y Lester Dent se comprueba lo rematadamente malas que eran. Sí, en el pulp hay muchísima basura, pero como en todo estercolero, entre los despojos pueden encontrarse diamantes perdidos. En las amarillentas páginas de las revistas pulp iniciaron su carrera autores de la talla de Dashiell Hammett, Kurt Vonnegut, Philip K. Dick, Fredric Brown o Conan Doyle.
Pues bien, a esa estirpe de escritores populares creo yo que perteneció mi padre. Probó fortuna en todos los géneros, salvo en el erótico, aunque es cierto que no en todos obtuvo buenos resultados. La novela policíaca se le dio muy mal, por motivos que luego veremos. La ciencia ficción, que promovió con la pionera colección Futuro, tampoco le brindó ningún éxito. Casi todo lo que escribió dentro de este género fueron adaptaciones de autores norteamericanos, y hay que reconocer que sus novelas de creación personal –las del Capitán Rido, por ejemplo- estaban ya anticuadas cuando fueron escritas (aun así, poseen un encantador sabor retro). Con respecto a sus relatos de terror, son ingenuos y poco habilidosos, pero recordemos que fueron escritos al comienzo de su carrera.
En cuanto a la novela romántica, ahí si que los resultados fueron brillantes. No escribió muchas, pero El despertar de la Cenicienta sigue siendo hoy una novela deliciosa. Con respecto a las Novelas Deportivas... Bueno, quizá ahora huelan un poco a naftalina, pero conservan intacto todo el ingenuo optimismo con que las escribió un joven barcelonés aspirante a escritor. Y la serie Duke; puro pulp, sí: una versión de Doc Savage infinitamente mejor escrita y mucho más divertida.
Y llegamos a las novelas del Oeste, claro. Ahí es donde mi padre demostró su maestría, no sólo elevando hasta las nubes la calidad de la novela popular española, sino inventando, o contribuyendo a inventar, un género nuevo: el western latino. Lo mejor de la producción de José Mallorquí se circunscribe a este género, pero no voy a hablar de El Coyote, ni de los Tres hombres buenos, ni de Pueblos del Oeste. Sobre ello ya se ha escrito mucho. De lo que quiero hablar es de cómo escribía mi padre.
Él era un escritor pulp, pero ¿qué significa eso? Significa trabajar mucho, escribir casi tres novelas al mes (El Coyote, por ejemplo, era una publicación quincenal, a lo que hay que añadir los números extraordinarios y los títulos destinados a otras series). Ese ritmo de trabajo tiene consecuencias, claro.
En primer lugar, afecta a los argumentos. La construcción y diseño de la trama, atar los cabos, decidir el punto de vista de la novela, planificar el ritmo y el tono, y, en resumen, todo lo que constituye eso que llaman “carpintería narrativa”, es uno de los aspectos más laboriosos y lentos de la escritura. Además, mientras el autor se dedica a tales menesteres, no escribe (a lo sumo, toma notas). Y nada de eso podía permitírselo un escritor tan prolífico como mi padre; sencillamente, porque no tenía tiempo para hacerlo.
Ahí radicaba el problema de sus novelas policíacas, pues ese género exige un rigor en el diseño de la trama que mi padre estaba lejos de ofrecer. De hecho, los argumentos suelen ser lo más flojo de sus novelas. En la serie de El Coyote, por ejemplo, es frecuente que muchos títulos posean comienzos impactante, llenos de posibilidades y atractivo, pero también es habitual que el desarrollo de la novela acabe defraudando las expectativas argumentales levantadas, o que, sencillamente, la trama se vaya por los cerros de Úbeda.
El problema de la construcción de argumentos afectó a la gran mayoría de los escritores pulp (¿alguien ha comprendido del todo la trama de El sueño eterno?); sin embargo, muchos de ellos insistieron en toparse una y otra vez con el mismo muro al basar la eficacia de sus obras en unos argumentos cada vez más endebles y tópicos. Mi padre, afortunadamente, eligió otro camino. La línea argumental le importaba poco, y a cambio basculó todo el peso de su narrativa hacia la composición de los personajes, los diálogos y las situaciones. Una sabia decisión, porque no se pueden improvisar los argumentos, pero, cuando se dispone del talento adecuado, basta con dejar fluir libremente la imaginación para componer atractivas personalidades, chispeantes charlas y sorprendentes situaciones.
El Coyote es un excelente ejemplo de esta estrategia narrativa. Los argumentos básicos son tópicos y repetitivos: venganza, ambición, odio, violencia y unas gotitas de amor. No obstante, las líneas argumentales eran para mi padre un mero pretexto destinado a que los personajes interactuaran. En numerosas ocasiones, don César se entrega a largos soliloquios que nada tienen que ver con la trama; habla por el mero placer de hablar. Pero al ser don César un personaje tan extraordinario, el lector se interesa por lo que dice. Con frecuencia, caracteres secundarios adquieren un inesperado protagonismo, y no es raro que la trama derive hacia situaciones muy lejanas de los planteamientos iniciales.
Ahí residía el talento de mi padre, en su capacidad de recrear todo un mundo y sus habitantes, un universo que, como la vida misma, carece de argumento, pero está lleno de color y de vida. No nos interesan tanto las peripecias de El Coyote como la personalidad de su alter ego; no es cada título de la serie, en concreto, lo que nos atrae, sino la suma de todos ellos. Vistas así las cosas, El Coyote no sería un serie de ciento noventa y dos novelas, sino una única novela, incompleta y desordenada, compuesta por ciento noventa y dos largos capítulos.
A esta estrategia narrativa, mi padre añadió un rasgo que, en realidad, formaba parte de su propia personalidad: intentar ver las cosas desde un punto de vista distinto al habitual. Cuando se propuso escribir novelas del Oeste no se conformó con imitar a los escritores norteamericanos, como hicieron tantos otros, sino que desde el principio se planteó las cosas con una óptica distinta. Es como si hubiera dicho: “¿Queréis novelas del Oeste? De acuerdo, pero las escribiré a mi modo. ¿Los yanquis lo hacen desde un punto de vista yanqui? Pues yo, que soy español, lo haré desde un punto de vista español”. Pero eso no es todo: cuando mi padre escribió sobre el mito de Don Juan, lo hizo recreando el personaje no como un mujeriego, sino como un mujeriego que quería dejar de serlo (Don Juan se quiere casar). Jíbaro Vargas no es un héroe, sino todo lo contrario, y el Oeste que se describe en sus novelas es exactamente lo opuesto a la romántica imagen que proponía el Hollywood de aquella época. En realidad, ese afán de originalidad alcanzaba al diseño de los caracteres -no cabe duda de que personajes como César de Echagüe o Duke Straley son intrínsecamente paradójicos- e incluso a sus propios nombres (Crisóstomo Sepúlveda de Simón Ostolaza y Sánchez Bohórquez, por poner un ejemplo extremo).
En definitiva, los argumentos de las novelas de José Mallorquí suelen ser esquemáticos y tópicos, pero siempre están presentados desde una óptica distinta a la usual. La originalidad de su obra, por tanto, no proviene de la materia narrativa en sí misma, sino del modo en que se contempla dicha materia.
Otro problema que plantea la necesidad de mantener un ritmo alto de escritura es el estilo. Cuando se han de escribir una docena o más de páginas diarias, resulta prácticamente imposible corregir el material (y más en aquellos tiempos, cuando no había procesadores de texto).
Hace unos años, revisando los (innumerables) papeles de mi padre, encontré un puñado de copias a papel carbón de sus manuscritos originales (textos mecanografiados de El Coyote, Jíbaro Vargas o Novelas del Oeste). Al examinarlos descubrí que prácticamente carecían de correcciones –no más de quince o veinte por original-, y casi todas ellas consistían en errores tipográficos o tachaduras de texto. Es decir, que las novelas de mi padre se transcribían directamente del primer borrador a la imprenta, sin pasar antes por el tamiz de la corrección estilística.
El talón de Aquiles de la mayor parte de los escritores pulp reside en su prosa. La escasez de tiempo impide corregir los textos, y estos suelen adolecer de torpeza formal y numerosos errores técnicos. Algunos autores populares intentan remediar este problema impostando el estilo, retorciendo la prosa para darle ínfulas y solemnidad (los barrocos e hiperadjetivados textos de Robert Howard son un buen ejemplo de esto). Otros, por el contrario, renuncian a toda pretensión de estilo y escriben con la mayor simpleza posible (sirva de ilustración la infantil prosa que Lester Dent puso al servicio de su Doc Savage).
Mi padre optó por una tercera alternativa. Su prosa es voluntariamente sobria; elude la complejidad formal, pues sabe que esa forma de escribir requiere un pulido que él no tiene tiempo de aplicar. Sin embargo, no renuncia a los efectos estilísticos; lo que hace es reducir sus elementos al mínimo número imprescindible. Se trata de una prosa dotada de gran economía expresiva.
La necesidad de “escribir de un tirón” implica, por otro lado, estructurar mentalmente, con mucha precisión, el texto que se va a escribir. Eso, en el caso de mi padre, se traducía en el milimétrico orden de su prosa: cada frase encaja con la siguiente como las cuentas de un collar. Además, al ser mi padre un impenitente lector, su muy correcto castellano está dotado de una sintaxis precisa, una sencilla claridad y una notoria pureza que elude tanto los barbarismos como las frases hechas.
Ahora bien, esta técnica estilística que he intentado esbozar no es algo que se aplique de forma consciente. Mi padre tuvo que automatizar todo el proceso para poder aplicarlo de forma fluida mientras trabajaba.
Automatizar, ésa es la palabra clave.
Como hemos visto, mi padre no se ceñía a la rigidez de un argumento, sino que dejaba volar libremente su imaginación produciendo un constante flujo de personajes, diálogos y situaciones. En cierto modo, si nos paramos a pensarlo, el modo de trabajar de mi padre era muy similar a la escritura automática que preconizaban Breton y los surrealistas.
Ahora, regresemos un momento al comienzo de este artículo. ¿Recuerdan lo mucho que me fascinaba de pequeño ver trabajar a mi padre? Gesticulaba y murmuraba, tan concentrado en lo que estaba haciendo que ni siquiera se percataba de mi presencia. Era tal su grado de abstracción que, cuando yo traía malas notas del colegio, aprovechaba los momentos en que él estaba trabajando para entregarle la cartilla. Mi padre, literalmente en otro mundo, estampaba su firma sin darse realmente cuenta de lo que estaba firmando.
En realidad, lo cierto es que cuando mi padre escribía parecía sumirse en una especie de leve trance, y al verle en ese estado, la mirada perdida y los labios pronunciando palabras inaudibles, uno se daba perfecta cuenta de que aquel hombre, mi padre, se hallaba muy lejos de la realidad, inmerso en un mundo interior totalmente inaccesible para los demás.
Por eso, y aquí literatura y vida se mezclan, el día que murió su mujer, mi padre buscó refugio en el único lugar donde la realidad no podía herirle; con los ojos bañados en lágrimas, se sentó ante la máquina de escribir, insertó papel en el tambor, posó los dedos en el teclado, extravió la mirada, se sumió poco a poco en el familiar trance, y entró en el universo de Miss Moniker, un lugar apacible donde su mujer realmente no había muerto.
Más adelante, cuando un problema de espalda le impidió escribir, aquel último consuelo, la capacidad de evadirse del mundo real, le fue vedado. Entonces, mi padre, cansado de vivir en una mundo que ya no le gustaba, decidió redactar él mismo el último párrafo de su existencia.
Una noche, se levantó de la cama, fue a su despacho, eligió su pistola más potente, regresó al dormitorio y se suicidó. Quizá la suya fue una de las formas más literarias de morir.
Epílogo
Mi padre fue un escritor muy prolífico. Escribió muchísimas novelas; tantas, que probablemente ni siquiera él conociera su número. Como es lógico, no todos los títulos brillaron a igual altura.
Sin lugar a dudas, su creación más famosa fue El Coyote; sin embargo, yo no creo que sea la mejor. Es cierto que el personaje de don César es extraordinario, y que algunos secundarios son igualmente excelentes. También es verdad que la recreación de ese mundo decadente, la vieja California, es un hallazgo. No obstante, tengo la sensación de que, llegado un momento, el personaje del Coyote, el enmascarado, dejó de interesarle a mi padre. Debía mantenerlo, pues era la razón de ser de la serie, pero en el fondo le estorbaba. A mi modo de ver, esa tensión entre la riqueza de los personajes frente la simplicidad del concepto de “justiciero enmascarado”, acabó por perjudicar a la serie. Y también el cansancio inherente a su larga duración, por supuesto.
Si tuviera que elegir las mejores obras de mi padre, no escogería títulos individuales, sino cuatro series; o, mejor dicho, tres series y un serial. Estos son:
En primer lugar, Las aventuras de Pancho Cruz. Se trata de trece relatos cortos que aparecieron, como relleno, en diversos números de El Coyote y Nuevo Coyote. Su protagonista, Pancho Cruz, es una especie de pícaro transportado al Oeste. Feo, sucio, ladrón, timador, ruin, traidor, pendenciero... pero simpático. Es, sin duda, el mayor antihéroe creado por mi padre, y uno de los personajes más radicales aparecidos en el seno de la literatura popular. Sus historias, vagamente surrealistas, están llenas de ironía y de un perverso y estimulante humor negro. Lo cierto es que, en su género, esta pequeña serie es una auténtica obra maestra.
En segundo lugar, escojo Duke. De antemano reconozco que, literariamente, no está ni de lejos entre lo mejor de mi padre, pero se trata, al menos para mí, de una colección con mucho encanto. La serie Duke consta de diez novelas, publicadas todas ellas en Hombres Audaces Nuevos Héroes, entre los años 1943 y 1946. Duke Straley es un multimillonario neoyorquino (aunque de madre española) que se dedica a resolver casos policíacos de corte más o menos fantástico. En realidad, el personaje es una mezcla de diversos héroes pulp. Tiene algo de Doc Savage, sobre todo por los múltiples gadgets tecnológicos que utiliza, algo del Fu Man Chú de Rohmer y un poco del Donald Lam de Stanley Gardner.
Duke posee todo el sabor de las viejas novelas pulp norteamericanas, pero está mucho mejor escrita que sus referentes del otro lado del océano. Adolece, por supuesto, de gran parte de los defectos propios del género –ingenuidad, tramas disparatadas, exceso de truculencia-, pero está escrita con convicción y buen ritmo, y desprende una tonificante aura de optimismo y vitalidad. Además, Duke Straley, el protagonista de la serie, es un claro antecedente de lo que sería poco después el más famoso personaje creado por mi padre, don César de Echagüe. En efecto, ambos tienen sangre española, ambos son multimillonarios, ambos dedican sus esfuerzos a hacer justicia, ambos juegan con frecuencia a las paradojas y, por último, ambos suelen expresar sus opiniones mediante retorcidas parábolas. Quien haya leído Duke y El Coyote verá enseguida las grandes similitudes que existen entre ambos personajes. Por decirlo así, Duke Straley sería un César de Echagüe más joven e impetuoso (igual que, supongo, lo era su autor).
La tercera serie es Jíbaro Vargas. En su momento no fue un éxito inmediato de ventas (aunque sí en Italia y Austria), y no es de extrañar, pues se trata de un personaje y de una imagen del western muy adelantados a su época. En efecto, Juan Vargas, el protagonista de la serie, es un ser acomplejado, autodestructivo, violento, incluso desagradable. Se trata más bien de un animal –él mismo se compara con un perro- sangriento y vengativo, un personaje amargado y hosco, lleno de aristas, que se mueve en un Oeste ominoso donde los únicos valores imperantes son la ambición, el deseo y la crueldad.
De hecho, Jíbaro Vargas es en realidad un habilidoso cruce entre el western y el thriller -en su variante hard boiled-, y su propósito no es tanto ilustrar las peripecias del héroe –antihéroe en este caso-, como ofrecer una mirada sarcástica y muy critica de la humanidad. La serie duró un año (1951-1952) y sólo alcanzó doce títulos; sin embargo, probablemente sea la gran obra maestra de José Mallorquí.
Y, por último, el serial: Miss Moniker. Desde el principio de su carrera como guionista de radio, mi padre había mantenido un serial de media hora de duración patrocinado por Muebles López (por aquel entonces, una conocida empresa madrileña). Al principio, sus protagonistas fueron los famosos Dos hombres buenos, pero andando el tiempo, otros personajes, antes secundarios, tomaron las riendas del serial. Hacia finales de los sesenta, la protagonista era una mujer llamada Miss Moniker, propietaria de un rancho en California y miembro de una familia tan desmesuradamente amplia como extravagante.
Mi padre escribió ese serial para Juana Ginzo; ella era la protagonista absoluta, pero la acompañaban un buen número de personajes secundarios deliciosamente estrafalarios: Sokol, su ayudante, un bruto sin dos dedos de frente; Nube Negra, un viejísimo hechicero apache que tenía varias esposas adolescentes; Madame Zeleste, una auténtica hechicera...
Miss Moniker, según la describía mi padre, era la Sherezade del Oeste. El serial carecía casi por completo de argumento, pues la mayor parte de su contenido se basaba en las historias que Miss Moniker contaba, generalmente a Sokol, sobre su inconcebible familia. Eran historias delirantes, barrocas, llenas de humor, historias dentro de historias dentro de historias, como en El manuscrito encontrado en Zaragoza, de Potocki; una auténtica explosión de fantasía y locura.
Creo que fue en Miss Moniker donde mi padre llevó al límite esa “escritura automática” de la que antes hablaba. El serial era un flujo constante de ideas expresadas con total libertad creativa, todo él respiraba surrealismo y humor absurdo. Ni siquiera el Oeste que mostraba –pese al rigor que mi padre confería a las descripciones- era un Oeste medianamente auténtico, sino una imagen deformada de la realidad. Estoy convencido de que Miss Moniker fue uno de los programas más originales y creativos de la historia de la radio.
Y esto es todo... No, realmente no es todo, claro. Supongo que en esta breve lista de lo mejor de mi padre debería haber incluido el ciclo Tombstone, de Pueblos del Oeste, y muchas otras novelas sueltas. Pero no trataba de ser exhaustivo, sino de recordar las obras de mi padre que dejaron en mí mejor recuerdo.
Por desgracia, gran parte de su producción se ha perdido para siempre. De sus veinte años dedicados a la radio tan sólo quedan algunas cintas magnetofónicas y un puñado de guiones. El resto ya no existe.
O quizá sí, porque es posible que las ondas de radio que transportaban sus programas lograran atravesar, al menos parcialmente, la ionosfera terrestre, y extenderse por el espacio más allá del Sistema Solar. De ser así, los programas que escribió José Mallorquí, mi padre, estarían alcanzando ahora las estrellas más cercanas a la Tierra, inconcebiblemente tenues, pero aún tangibles.
Exactamente igual que su autor.
César Mallorquí. Madrid, primavera de 2000
Él no se daba cuenta de que yo estaba allí, espiándole; de hecho, creo que no era consciente de nada de lo que había o sucedía a su alrededor. En realidad, estaba en otro lugar, era otras personas, vivía diferentes vidas, las que brotaban como un torrente de su inagotable imaginación. Jamás he visto a nadie concentrarse tanto en su trabajo.
Mi padre se llamaba José Mallorquí y fue el hombre que creó a César de Echagüe, El Coyote. Viví con él durante diecinueve años; luego, se fue para siempre, igual que algún día nos iremos todos, aunque su muerte resultó algo más dramática de lo normal. ¿Le conocí realmente? Supongo que no; yo era muy joven por aquel entonces y él, para mí, era más un arquetipo –el padre- que una persona. A decir verdad, la opinión que ahora tengo sobre mi padre se forjó a posteriori, en los años que siguieron a su muerte, conforme la edad y la experiencia me fueron permitiendo comprenderle mejor. ¿Conozco su obra? Imagino que más que la mayoría, pero desde luego menos que algunos de sus lectores más entusiastas, como he podido comprobar a lo largo del tiempo.
Sin embargo, yo estuve allí, viéndole trabajar, formé parte de su familia y fui testigo de algunos de sus momentos de gloria y de los breves años de dolor y declive que precedieron a su final. Supongo que eso me da algún crédito para hablar sobre él. Su recuerdo dejó en mí, y en mis hermanos, una huella indeleble, pero también en otra mucha gente y, si he de ser sincero, no estoy seguro de saber por qué. Mi padre era un hombre tímido y callado, amante de la soledad y poco dado a las efusiones. Sin embargo, todos los que le conocieron, incluso aquellos que lo trataron poco, le recuerdan con particular cariño. Entonces, ¿qué tenía de especial?
Las páginas que siguen a esta introducción intentarán explicar, aunque sea mínimamente, a José Mallorquí como ser humano y como escritor, si es que en su caso había alguna diferencia entre ambos aspectos.
El Hombre
Mi padre era de mediana estatura, grueso, corpulento, con un cráneo redondo y macizo en el que destacaban una gran calva y las gruesas lentes de miope que cabalgaban sobre una nariz más bien chata. Durante la mayor parte de su vida usó bigote, pero luego, durante los últimos años, cuando llegaron las canas, se lo afeitó. Nunca me acostumbré a verle sin él; de algún modo, me parecía que a su rostro le faltaba algo sustancial, como si en vez de un rasurado hubiera sufrido una amputación.
Si reviso viejas fotos familiares, veo en ellas a un joven miope, con grandes entradas, delgado y atlético, que practicaba la natación, el esquí y el montañismo. Pero también compruebo que lo del deporte duró poco y mi padre, superado el régimen forzoso de la guerra, no tardó en adquirir el rotundo volumen corporal que le caracterizaría durante el resto de su vida. Le encantaba comer y lo hacía con un apetito sobrehumano. Incluso más adelante, cuando le diagnosticaron diabetes, mi padre siguió regalándose con copiosos banquetes cada vez que lograba zafarse de la férrea vigilancia de mi madre (debía de ser una diabetes muy tolerable, pues su salud nunca se resintió por los frecuentes excesos).
José Mallorquí Figuerola nació en Barcelona el 12 de febrero de 1913. Era lo que por aquel entonces se llamaba, en tono más bien despectivo, hijo natural. Su padre, José Serra Farré, jamás le reconoció, así que tuvo que adoptar los apellidos de su madre, Eulalia Mallorquí Figuerola. Fue un hijo no deseado, razón por la cual sus progenitores optaron por quitárselo de encima; primero pasó al cuidado de un ama de cría, Isidra; después al de doña Ramona, a la que él siempre consideraría su abuela, aunque no lo era; por último, ingresó como interno en el colegio de los salesianos.
Mi padre nunca hablaba de su infancia ni de su primera juventud. Supongo que fue una época muy difícil para él, que le avergonzaba ser hijo natural, que le hería recordar el escaso amor que recibió de sus padres. Lo que conozco de aquellos tiempos lo sé por haberlo leído, no porque él me lo contara. Creo que mi padre hizo siempre todo lo posible por olvidar su niñez y, sin embargo, el niño triste y tímido que fue estuvo siempre con él, hasta el día de su muerte.
Sé que mi padre fue un mal estudiante, que a los catorce años abandonó el colegio y entró a trabajar en la firma de electrodomésticos Marelli, como meritorio, y que luego ejerció idénticas funciones en la fábrica de productos químicos Foret. Sé que en algún momento de su adolescencia se convirtió en un apasionado de la lectura, que leía sin ningún orden todo lo que caía en sus manos: Zane Grey, Oliver Corwood, Dumas, Peter Keyne, Zola, Galdós, Alarcón, Guido de Verona, Blasco Ibañez (a quién admiraba profundamente y de quien siempre conservó una foto dedicada), Palacio Valdés, Jardiel Poncela... Sé que en 1931 murió su madre y que, tras recibir una no despreciable herencia, dejó el trabajo y se regaló un par de años de buena vida, convirtiéndose en un joven sportman entregado a la natación, al ski, al montañismo, al ciclismo, los viajes y, en resumen, a no hacer nada.
Sé que luego, en 1933, una vez dilapidada la herencia de su madre, mi padre se vio de repente sin dinero, sin oficio y sin ninguna clase de preparación, situación que resolvió de una manera que sólo cabe calificar de absurda, aunque a la larga demostró ser providencial. En la editorial Molino buscaban traductores de inglés, pero mi padre sólo sabía francés, así que se puso de acuerdo con un amigo, natural de Inglaterra, que hablaba francés, pero nada de español. La cosa funcionaba así: el amigo traducía del inglés al francés y mi padre lo trasladaba al castellano. Una locura, pero funcionó. Mi padre fue contratado por Molino y, mediante ese peculiar método, tradujo una novela de Sabatini. No obstante, como la necesidad de contar con un colaborador resultaba muy onerosa, mi padre prescindió de su amigo inglés para la siguiente traducción que le encargaron, una novela de Agatha Christie. ¿Qué hizo? Aprender inglés. ¿Cómo? Con la ayuda de un diccionario. José Mallorquí aprendió inglés con un simple diccionario. Parece increíble.
Sé que mi padre trabajó exclusivamente como traductor hasta 1936, y que ese mismo año, el veintitrés de diciembre, se casó con mi madre, Leonor del Corral. Mucha tiempo después, examinando viejos documentos y cartas familiares, descubrí que el noviazgo de mis padres no fue sencillo, pues mi abuela materna se opuso siempre a la relación de su hija con un joven traductor al que le auguraba un negro porvenir. Y es que mi abuela, aparte de ser idiota, carecía del don de la profecía. Mi padre jamás le perdonó a su suegra el trato despectivo que le dispensó al principio y, durante los últimos años de su vida, dejó de dirigirle la palabra. Por el contrario, mi padre sentía un gran afecto por su suegro, el crítico teatral y periodista Carlos del Corral.
Mi padre hablaba muy poco del periodo de la guerra, y casi todo lo que contaba eran anécdotas sin especial relevancia. Sé que rompió sus gafas de miope para eludir el frente, que fue prófugo durante unos meses, que pasó mucha hambre, que la guerra le horrorizó, pero que, al tiempo, jamás se sintió tan vivo. Eso es todo lo que sé. Ah, y algo más: el día que se acabó la guerra, mi padre se bebió de un trago una botella de aceite de oliva. Supongo que aquel litro de aceite sumó los primeros gramos a lo que más adelante, y ya para siempre, sería una considerable obesidad.
Sin embargo, fue durante la guerra cuando mi padre comenzó a dar sus primeros pasos como escritor. Al principio fueron unas cuantas narraciones breves destinadas al público infantil y juvenil que aparecieron en la Serie Popular Molino. Luego, a partir del 37, comenzó a escribir una serie de novelas cortas sobre temas deportivos, que no se publicarían hasta el 39, bajo el título de La Novela Deportiva. Por esas mismas fechas, mi padre asumió la dirección editorial de Narraciones Terroríficas, una revista pulp publicada por Molino para la que traducía cuentos extraídos de la norteamericana Weird Tales y en la que incluyó, sin cobrarlos, diecisiete relatos suyos.
Más adelante, entre 1940 y 1941, publicó once biografías de conquistadores españoles en la colección Historia y Leyenda. Cabe suponer que esta incursión en la historia de la América hispana sería decisiva a la hora de forjar su posterior visión del western. Pero antes de acometer el género que le dio la fama, mi padre probó suerte con el relato policiaco; publicó cuatro novelas largas en Biblioteca Oro... y las cuatro fracasaron. Ése, creo, fue su mayor revés como escritor. Adoraba el género detectivesco, pero no estaba dotado para él; su fuerte nunca fue la arquitectura del argumento, sino la composición de los personajes.
Sin embargo, fue a partir de ese fracaso cuando las cosas comenzaron a encarrilarse. La Guerra Mundial dificultaba la adquisición de derechos de autor, de modo que Pablo Molino decidió incorporar escritores españoles a su colección Hombres Audaces, entre ellos a mi padre. Así surgió la serie Tres Hombres Buenos, en un principio destinada a ser una imitación del Pete Rice de Gridley, pero que desde el principio adquirió personalidad propia, ya que invertía los términos usuales del western: en vez de rubios yanquis, los héroes eran hispanos (un español, un portugués y un mexicano). Ese mismo año, mi padre inauguraría en la misma colección la serie Duke, cuyo protagonista era una mezcla de Doc Savage y Donald Lam.
En 1943, Germán Plaza le encargó la colección Novelas del Oeste para la recién nacida Editorial Clíper. En otoño de ese año, apareció en dicha colección una novela sobre un vengador enmascarado llamada El Coyote y firmada con el seudónimo de Carter Mulford. La novela no tuvo especial éxito, fue una más entre tantas, pero... Un año más tarde, mi padre propuso crear una colección centrada en el personaje, primero a Pablo Molino, que rechazó la idea, y después a Germán Plaza, que la aceptó. La serie inició su andadura en septiembre de 1944. El resto ya es historia.
El Coyote se convirtió en el mayor éxito de la literatura popular española del siglo XX y transformó a mi padre en el escritor más popular y conocido de España. Pero sobre este asunto se ha escrito mucho, y nada valioso puedo añadir. Poco a poco, el éxito de El Coyote fue declinando hasta que, ciento noventa y dos títulos después, la serie se dio por clausurada. Corría el año 1953. Desde el 49, mi padre había probado fortuna con otras series –Pueblos del Oeste, Jíbaro y la colección Futuro-, pero ninguna de ellas obtuvo la resonancia que había conseguido El Coyote.
Y aquí llegamos a una encrucijada, a un punto de inflexión donde la vida de mi padre, y por ende la de nuestra familia, dio un brusco giro. También fue un momento importante para mí, pues nací ese año, en 1953, justo después de que El Coyote muriera. Quizá por eso, en honor suyo, llevo su nombre, César.
A finales del 53, comprendiendo que la literatura popular –que él mismo había contribuido a desarrollar- se hallaba en declive, mi padre decidió que lo más oportuno era cambiar de aires. A comienzos de 1954 recibió una llamada del productor Eduardo Manzanos, proponiéndole adaptar al cine algunas de sus novelas. En verano de aquel mismo año, Manuel Aznar, directivo de la SER, le invitó a trabajar para la cadena desde los estudios de Radio Madrid.
La incursión de mi padre en el mundo del cine fue escasamente fructífera. Eran los tiempos del gazpacho-western, un género que jamás produjo ni un solo título medianamente presentable, y su caso no iba a ser la excepción. Cabalgando con la muerte, Tres hombres buenos, El vengador de California, El valle de los hombres de piedra, El Coyote... Ninguna de las películas en las que participó mi padre se salvó de la catástrofe. Es cierto que los medios de producción eran paupérrimos, que los directores y los actores eran de tercera fila, que no existía la menor pretensión de calidad; pero también es verdad que mi padre no estaba dotado para el guión cinematográfico. Su estilo se basaba en el diálogo, en la palabra, y el eje del cine es la imagen.
De todas las películas que contaron con la colaboración de José Mallorquí, o estuvieron basadas en sus novelas, sólo tres poseen algo de entidad: Dos cuentos para dos (1947), de Luis Lucía, protagonizada por los entrañables Tony Leblanc y Pepe Isbert; Brandy, dirigida por un primerizo José Luis Borau y, por último, la póstuma Morir... dormir... tal vez soñar (1976), de Manuel Mur Oti. Éste último film está basado en un programa dramático especial que mi padre escribió para la SER y que fue candidato al Premio Italia, un galardón internacional de radio que otorgaba la RAI. Con independencia de la calidad de la película, recuerdo que en aquel guión mi padre incluyó gran cantidad de elementos autobiográficos. A través de un tratamiento onírico, la historia narra una saga que abarca cincuenta años de la vida de una familia, de 1916 a 1966. Creo que mi padre se reflejó a sí mismo, de alguna forma, en ese guión; no tanto siendo fiel a su vida, como convirtiéndola en lo que a él le hubiera gustado que fuese.
En cualquier caso, el resto de las películas son perfectamente olvidables, y mi padre fue muy consciente de ello: por eso, a mediados del 54, aceptó la oferta de Aznar y comenzó a colaborar con la SER, resucitando a unos viejos amigos: César Guzmán y Joao da Silveira, dos de los tres Hombres Buenos (Diego de Abriles fue drásticamente licenciado). Así surgió uno de los seriales míticos de la radiodifusión española: Dos hombres buenos. Aún ahora, después de casi medio siglo, todavía me encuentro con gente que recuerda con cariño aquel serial, y cómo corrían del colegio a casa para oírlo. Alguien dijo que España se paralizaba durante media hora todas las tardes, pues nadie quería perderse Dos hombres buenos.
Esta radionovela fue un gran éxito y, además, acompañó a mi padre hasta su muerte, aunque transformándose mucho a lo largo de las dos décadas que permaneció en antena. Además, significó el comienzo de un brillante carrera en la que, durante los siguientes dieciocho años, mi padre creó radionovelas como El Coyote, Los Bustamante, Historias Deportivas, Último sol, Don Juan se quiere casar, La sangre de los Yberon, Lydia o Lorena Harding, y programas especiales como La marcha del tiempo, La historia del disco, La Tierra antes de Adán, La vida de Carlos Gardel, España o La vuelta al mundo. Todos sus programas radiofónicos tuvieron un extraordinario éxito y gracias a ellos obtuvo dos veces el Premio Ondas (1954 y 1964) y el Premio Nacional de Radio (1965). Además, mi padre no se limitaba a escribir los guiones, sino que también los dirigía. Le preocupaba extraordinariamente la interpretación, los efectos especiales, la música y el ritmo narrativo. Sus guiones estaban plagados de notas técnicas, escritas con obsesiva minuciosidad, que mostraban hasta qué punto comprendía la importancia del sonido inarticulado en la narración radiofónica.
Recuerdo que a mediados de los sesenta, mientras escribía y dirigía los guiones de La Tierra antes de Adán, un programa de divulgación sobre la prehistoria, mi padre tropezó con un problema técnico: al llegar al periodo jurásico tuvo que plantearse cómo reproducir la “voz” de los dinosaurios. Después de muchísimas pruebas, tras varios días de trabajo constante, encontró la solución mezclando los sonidos de diversos animales (rugidos de león, barritos de elefante, incluso mugidos de toro) y reproduciéndolos al revés. El resultado era espectacular. Aquellos terribles bramidos que brotaban de la radio sólo podían proceder de los saurios titánicos que dominaron la Tierra durante millones de años. Aún ahora, cuando los recuerdo, me ponen los pelos de punta.
El desmesurado interés de mi padre por los aspectos técnicos de la narración radiofónica le llevó a reunir una inmensa discoteca de música country, y también una amplia colección de discos de efectos especiales, auténticos catálogos sonoros de ruidos. Recuerdo que, en cierta ocasión, durante una calmada tarde de verano, mis dos hermanos mayores, con la divertida complicidad de mi padre, volvieron los altavoces del equipo de música hacia la calle e hicieron sonar a toda potencia la llegada de una locomotora de vapor a una estación. Jamás he visto rostros tan perplejos como los que mostraban nuestros vecinos mientras se asomaban a los balcones en busca de un enigmático tren fantasma.
Anécdotas aparte, creo que la principal contribución de mi padre a la historia de la radio no residió tanto en la calidad literaria de sus guiones, que era mucha, sino en su modo de concebir la narración radiofónica. De hecho, inventó una forma nueva de lenguaje en la que el efecto especial y la música no eran meramente descriptivos, sino que actuaban como imágenes y metáforas sonoras, integrándose plenamente en el proceso narrativo del relato. José Mallorquí fue uno de los hombres que forjaron la edad de oro de la radio, un meticuloso creador que aportó nuevas vías a un género -la narrativa radiofónica- que, por desgracia, tenía fijada ya su fecha de extinción.
Pero antes de que eso sucediese, una nueva vida se abrió ante mi padre. De entrada, se trasladó, junto con el resto de la familia, a Madrid, primero a un piso de la calle Modesto Lafuente, después a otro de la calle Españoleto. Ignoro por qué, pero a mi padre le gustaba mucho más Madrid que la Barcelona donde nació. De hecho, le molestaba profundamente todo lo que oliese a nacionalismo catalán, y se enorgullecía de ser un gran españolista. Tanto es así que, pese a que hablaba catalán con fluidez, no le oí emplear esa lengua más allá de dos o tres veces.
El caso es que amaba Madrid. Le gustaba pasear por sus calles, visitar sus museos y monumentos, recorrer sus tiendas y fotografiar la ciudad, todos sus lugares, desde todos los ángulos posibles. Madrid era un sueño para él y, una vez instalado en la capital, su modo de vida cambió notablemente, entre otras cosas porque en aquel momento estaba ganando más dinero que nunca. Mi padre jamás tuvo problemas económicos, al menos no por mucho tiempo. Se ganó bien la vida como traductor y mucho mejor cuando el éxito de El Coyote le sonrió, pero fue su trabajo para la SER el mejor remunerado de todos. Eso se notó, entre otras cosas, en los niveles de automoción que, progresivamente, fue alcanzando la familia.
Al principio, mi padre tenía una Vespa con sidecar. En mis más remotos y neblinosos recuerdos, me veo a mí mismo en ese sidecar, junto a mi madre, con mi padre al manillar y uno de mis hermanos sentado a horcajadas detrás de él; todos, en particular yo, pasando un frío terrible. Más adelante, mi padre decidió que la Vespa se quedaba pequeña, y compró una Sanglas, también con sidecar. Después llegó la SEAT con los Seiscientos y él fue de los primeros españoles en comprarse uno. Sólo había un pequeño problema: no sabía conducir ni tenía carné. La solución fue sencilla: el director de la Guardia Civil de tráfico, de no recuerdo qué ciudad cercana a Madrid, era un gran admirador suyo. Y le regaló el carné de conducir sin pasar examen alguno. En conclusión, mi padre no tenía ni puñetera idea de manejar un coche. Después del Seiscientos llegó un Seat 1400, y luego un 1500, y otro Seiscientos, y un Dos Caballos, y un Seat 850. y un MG, y todos esos automóviles los condujo igual de mal. Baste decir que sostenía la absurda teoría de que, por la noche, no había que usar nunca las luces largas, pues al pasar a cortas se veía peor. En el fondo fue un milagro que sólo tuviera un accidente grave, un aparatoso vuelco en el que yo participé y donde, afortunadamente, nadie sufrió excesivos daños.
Detengámonos aquí un instante. Hasta el momento, la mayor parte de lo que he narrado lo supe indirectamente, pero de lo que cuente a partir de ahora fui testigo. Yo viví con José Mallorquí desde finales de los cincuenta hasta comienzos de los setenta. ¿Cómo era?
Era un hombre al que la timidez le hacía parecer reservado, aunque no distante. Solía sumirse en prolongados silencios, pero disfrutaba de la conversación y el debate. Era serio y, al tiempo, estaba dotado de un extraordinario sentido del humor. Tenía una voz extraña, cascada, como de arena, y hablaba en voz muy baja; todo ello, unido a una leve sordera, le planteaba ciertos problemas de comunicación con los demás, por eso se apoyaba mucho en mi madre para su vida social. Y es que mi madre era la relaciones públicas de la familia, una mujer dotada de un extraordinario encanto.
Mi padre estaba profundamente enamorado de mi madre. Más que eso: la necesitaba. Se había criado sin recibir el cariño de sus padres, y el amor de su mujer lo era todo para él. No estoy exagerando, ni entregándome al tópico; mi padre dependía de mi madre a un nivel casi simbiótico y si de algo estoy seguro es de que lo más importante para él, lo fundamental, era su esposa, no sus hijos. Y no es que no nos quisiera; nos quería y mucho, pero no nos necesitaba, al menos no tanto como a ella.
Si tuviera que definir a mi padre con una única palabra, ésta sería “paradoja”. Su vida y su carácter, la esencia misma de su personalidad, todo ello era una suma de contrastes, de actitudes antitéticas. Mi padre era uno de los hombres más pacíficos que he conocido, y sin embargo coleccionaba armas de fuego. Era un gran trabajador, y basta con enumerar su obra para constatarlo, pero siempre dilataba lo más posible el momento de ponerse a trabajar. Era un hombre extremadamente desordenado –su despacho estaba constantemente sumido en el caos-, pero también era un coleccionista nato que mantenía en perfecto orden sus múltiples y diversas colecciones (monedas, latas de cerveza, botellines de whisky, pistolas, vitolas de puro... y, sobre todo, sellos de correo). Era radicalmente abstemio, pero siempre tenía en casa cajas enteras de las más diversas bebidas alcohólicas. Era un hombre de ideas conservadoras, y sin embargo había un componente profundamente anarquista en su actitud vital.
Mi padre solía levantarse muy temprano, a eso de las siete de la mañana, todos los días, incluso los festivos. Se aseaba concienzudamente (era un maniático de la higiene), desayunaba y se encerraba en su despacho. No para trabajar, sino para leer. Se sentaba en un sillón, encendía una pipa y se enfrascaba en un libro durante una o dos horas. Solía leer a autores ingleses y americanos, directamente en inglés, y textos de Historia. Entre las nueve y las diez de la mañana comenzaba a escribir, en una Olivetti eléctrica, hasta las dos de la tarde. Comía, veía un poco de televisión y luego, a las cuatro, regresaba a su despacho, donde trabajaba hasta las nueve o las diez de la noche. Cenaba, otro poquito de TV, y a las doce, como muy tarde, se iba a la cama. Las mañanas de los sábados solía dedicarlas a resolver asuntos fuera de casa. Los fines de semana le gustaba coger el coche y hacer viajes cortos por los alrededores de Madrid (Segovia, Toledo, Gredos, Cuenca...). Y es que a mi padre le encantaba viajar. Sobre todo en coche, para riesgo de propios y extraños.
Solíamos veranear en Santander, pues allí vivían dos de los mejores amigos de mis padres, Antonio Martínez e Isabel González, también escritores de novela popular (más conocidos por sus seudónimos César Torre y Patricia Montes). Durante aquellas largas vacaciones -de dos meses o más-, mi padre no paraba de moverse. Pese a su obesidad, era un gran caminante que no cesaba de hacer excursiones por los alrededores, de visitar monumentos y conocer pueblos. Lo cierto es que, cuando se encontraba de vacaciones, le costaba mucho estarse quieto. De hecho, algunas de esas vacaciones fueron en realidad largas peregrinaciones (toda la cornisa cantábrica, toda Galicia, toda Andalucía, todo Levante...). Ahora, con la perspectiva del tiempo, creo que fue durante aquellos viajes cuando más feliz y relajado vi a mi padre.
Uno de sus rasgos más característicos era la generosidad, aunque en esto, como en todo, también se mostraba paradójico. No soportaba prestar sus cosas, nunca lo hacía. Le pedías, por ejemplo, su pluma y se negaba en redondo a prestártela. Pero al día siguiente podías estar seguro de que te regalaría una espléndida Mont Blanc. Le encantaba hacer regalos, por cualquier motivo, y a todo el mundo, no sólo a su familia. El último obsequio que me hizo, unos meses antes de morir, fue un Rolex. Sencillamente, porque sí. Aunque la verdad es que le encantaban los relojes. Enfrente de Radio Madrid se encuentra la Unión Relojera Suiza, uno de los lugares preferidos de mi padre. Iba allí a pasar el rato; miraba relojes y charlaba con los dependientes (llegó a ser muy amigo suyo). Cuando murió, encontramos entre sus cosas cinco o seis relojes sin usar. Los había comprado porque le apetecía comprarlos, no eran para él ni para nadie. ¿Por qué esa extraña fijación con los relojes? Nunca lo he sabido.
Su generosidad se manifestaba también en las propinas. Había leído en algún lugar que lo correcto era dar propinas por un montante equivalente al veinte por ciento de la consumición, y esa regla la llevaba a rajatabla. Un 20% de propina en la España de los sesenta era una barbaridad, y no es de extrañar que mi padre fuera el cliente más popular de cuantos restaurantes frecuentaba. Y es que, si quiero ser fiel a la verdad, mi padre era un derrochador nato. Ganaba mucho dinero, sí, pero se lo gastaba a manos llenas. ¿En qué? En caprichos, en restaurantes, en regalos, en viajes... resumiendo, en vivir lo mejor posible. Jamás ahorró ni un duro, y ahora, con la perspectiva del tiempo, creo que hizo muy bien. Qué demonios, sólo se vive una vez.
Una de las debilidades de mi padre eran los animales. En casa tuvimos periquitos, peces, perros e incluso una gallina (aunque a ésta última, si mal no recuerdo, nos la comimos –era el regalo de un admirador rural-). En la vida de mi padre siempre hubo uno o dos perros; Bari, Bari II, Paty, Jack, Tarik... En el alféizar de la ventana de su despacho, mi padre dejaba montoncitos de alpiste, para alimentar a las golondrinas. Más de una vez le acompañé a los montes del Pardo para dar de comer a los ciervos. Y también al zoológico; una vez, estando en la vieja Casa de Fieras del Retiro, un mono logró escapar de su jaula y arrebatarle a mi padre la bolsa de pan duro que llevaba. En otra ocasión, mientras visitábamos un pueblo de Segovia, vimos a un galgo extremadamente delgado que paseaba por la calle con aire triste. Sin pensárselo un segundo, mi padre entró en una carnicería, compró un montón de despojos y se los ofreció al galgo. ¿Alguien ha visto alguna vez a un perro flaco dejar de comer porque ya no puede más? Yo sí; aquel galgo, cuando había devorado más o menos la mitad de la carne, contempló lo que quedaba con impotente desolación, eructó sonoramente y se tumbó a la sombra para hacer la digestión. Entonces apareció su dueño y se puso hecho una furia. El buen hombre pensaba salir a cazar liebres al día siguiente, precisamente con aquel perro que, ahora, resoplaba feliz de puro hartazgo, absolutamente incapaz de realizar ningún esfuerzo cinegético durante mucho, mucho tiempo. El cazador estaba indignado, pero mi padre –amigo de los perros y enemigo de la caza-, le puso a parir por no alimentar al animal y se marchó dignamente. Le gustaban mucho los animales, sí; era miembro de la Sociedad Protectora y de Adena, le bastaba con ver a un perro vagabundo para que los ojos se le llenaran de lágrimas y promovió encendidas cruzadas contra la fiesta taurina. En ese aspecto, era todo un carácter.
¿Y qué puedo decir en cuanto a su formación intelectual? Mi padre era autodidacta; poseía una gran cultura, pero muy deslavazada. Le interesaba mucho la Historia, y probablemente fue el máximo experto español en Historia de Estados Unidos. De hecho, en cierta ocasión conoció a un historiador norteamericano y apostaron a ver quién sabía más sobre el Oeste estadounidense. Ganó mi padre, pues contestó a todas las preguntas del yanqui y formuló una que su contrincante no supo responder: Davy Crockett murió en El Álamo, pero ¿dónde nació? (lo siento, yo tampoco lo sé).
Aparte de la Historia, mi padre era un entusiasta de la Geografía. Estuvo suscrito al National Geographic desde los años cincuenta y reunió una excelente colección de cartografía. Le interesaba mucho la literatura anglosajona y poseía una gran biblioteca, en la que, por supuesto, abundaban los libros de documentación. También mostraba un gran interés por la arquitectura medieval y por la pintura clásica (su criterio estético no pasó del impresionismo). Visitaba museos con frecuencia, en particular el Lázaro Galdiano de Madrid, y en cuanto a la música... me temo que ahí sus gustos no eran muy sofisticados. Prácticamente sólo escuchaba country y tangos. Era, por otro lado, un entusiasta del cine, sobre todo del cine clásico norteamericano y, en particular, del western. Como no podía ser de otra forma, admiraba profundamente a John Ford, pero también a Peckinpah, a Lean, a Chaplin, a Keaton o a Kubrick.
Mi padre era un gran aficionado a la fotografía y llegó a reunir un equipo fotográfico realmente sofisticado. Sin embargo, en lo que respecta a esta afición, su evolución fue tan extraña como inexplicable. Después de su muerte, encontré un buen número de fotografías en blanco y negro realizadas por él en Barcelona, durante los años cuarenta. Son unas fotos excelentes, dignas en algún caso de figurar, por ejemplo, en una exposición de la Agencia Magnum. Hay en ellas un evidente cuidado en la elección del motivo, en el encuadre, en la composición, en la luz. Son muy buenas, de verdad, no me ciega el amor de hijo. Sin embargo, a partir de los años cincuenta, decidió cambiar calidad por cantidad. Desde ese momento, la economía de varios laboratorios de revelado madrileños pasó a depender de mi padre. Hacía cientos, miles de fotografías, todas ellas realizadas sin el menor cuidado estético. Fotografiaba a su familia, a sus amigos, a los conocidos, a la gente que pasaba por la calle, a las calles sin gente, a las cosas, a los animales, a las plantas. En fin, lo fotografiaba todo. ¿Por qué lo hacía? Nunca lo he sabido; por darle gusto al dedo, supongo. Sin embargo, esa manía fotográfica tuvo, al menos para mí, un curioso rédito: poseo un álbum con trescientas sesenta y cinco fotografías mías, una por cada día de mi primer año de vida.
Y ahora, abramos un nuevo paréntesis. Este pequeño artículo no tiene, en realidad, una pretensión biográfica. Me he limitado a intentar ofrecer una visión general sobre el José Mallorquí que yo conocí. Quizá lo he hecho demasiado deslavazadamente, sin excesivo orden. Pero así es como conocemos a la gente, mediante la suma de diversas impresiones obtenidas de forma desordenada. También es cierto que el punto de vista que he escogido para hablar de mi padre es el de un observador externo, una mirada incluso un poco superficial. Pero no pretendo hacer psicología de salón, no me siento capaz de explicar a mi padre.
Durante los primeros años de mi vida, mi padre gozaba, tras su éxito en la novela popular, de una nueva época de esplendor como guionista de radio. Fueron unos años de optimismo para la familia Mallorquí. Pero ahora llega el momento que menos deseo recordar. La decadencia final de mi familia, el drama de mis padres. Creo que fue allá por el sesenta y siete cuando mi madre comenzó a sentirse mal. Acudió al médico y unos análisis revelaron la terrible noticia: mieloma múltiple. Cáncer de sangre. Mi madre estaba condenada a muerte.
El optimismo se esfumó de mi casa como una nube de humo arrastrada por un vendaval. Los viajes cesaron, la buena vida se remansó, el ambiente se volvió enrarecido. Mi padre estaba destrozado y más de una vez le vi llorar a escondidas, cuando creía que nadie le miraba.
Mi madre, que siempre fue una mujer gruesa, adelgazó mucho y se fue debilitando poco a poco, como una llama que se extingue. Poco antes de morir, a los cincuenta y seis años de edad, se sacó el carné de conducir, cumpliendo así un deseo que había ido relegando desde su juventud.
Finalmente, en junio de 1971, Leonor del Corral, la mujer que le prestó su nombre a la primera esposa de don César de Echagüe, murió en un hospital. Yo estaba allí, y sé que su muerte estuvo presidida por un especial dramatismo. Mi madre se hallaba en coma y si aún vivía era porque estaba conectada a un respirador, una máquina cuyo rítmico sonido podíamos escuchar con claridad desde la sala de espera donde nos encontrábamos mi padre, mis dos hermanos, mi cuñada Teresa y yo.
A última hora de la tarde entró un médico y nos informó de que mi madre jamás saldría del coma y que, aun en el caso de que lograra sobrevivir, lo haría como un vegetal, pues su cerebro había estado demasiado tiempo sin oxígeno. Luego, el médico le pidió permiso a mi padre para desconectar el respirador. Mi padre, los ojos llenos de lágrimas, asintió con un desolado cabeceo y el médico abandonó la sala de espera. Al poco, el sonido del respirador se interrumpió bruscamente. Mi madre había muerto. Los tres hermanos nos abrazamos a nuestro padre y juntos lloramos en silencio. Fue terrible.
Sin embargo, aquel mismo día, sucedió algo que jamás he podido olvidar, algo sorprendente, casi inexplicable, en cierto modo mágico. Abandonamos el hospital y nos dirigimos a casa. Al llegar, mi padre nos contempló demudado y dijo que tenía que trabajar. Se encerró en su despacho y José Carlos, mi hermano mayor, fue con él. Al cabo de unos minutos, mi padre le dijo a mi hermano: “Vete. No me voy a matar”. Y comenzó a escribir.
Por aquel entonces, mi padre era el autor de los guiones de un programa de radio llamado Miss Moniker, un serial de humor. Aquella tarde, la tarde en que había muerto su esposa, mi padre escribió un guión de Miss Moniker. Al día siguiente, mis hermanos y yo lo leímos, y puedo asegurar que aquel guión estaba lleno de humor y de ingenio, de frescura y de optimismo, y estoy seguro de que nadie, leyéndolo, podría jamás imaginar que era la obra de un hombre destrozado.
Esto que acabo de contar no es una mera anécdota; es la única explicación que hay en este artículo sobre quién y cómo era mi padre. José Mallorquí vivía en dos mundos; uno de ellos sólo existía dentro de su cabeza, y era ahí, en ese universo interior, el único lugar donde podía encontrar algo de paz.
El año y medio que siguió a la muerte de mi madre fue terriblemente triste. Mi padre se convirtió en una sombra de lo que fue; llenó la casa con retratos de su mujer, visitaba constantemente su tumba, se sumió en un prolongado estado de melancolía. Para colmo, la radio estaba cambiando y, frente al empuje de la TV, las radionovelas perdían cada vez más oyentes.
En diciembre de 1971, mi padre viajó con mi hermano mayor a Londres. Le encantó esa ciudad, y aquel viaje pareció animarle un poco. Ahí se produjo la última anécdota que recuerdo de él. Mi padre estaba con el dependiente de una tienda londinense, cuando se acercó a él mi hermano y le preguntó algo. Mi padre respondió y, entonces, el dependiente puso cara de asombro, mientras que mi padre se ruborizaba como una damisela. ¿Qué había pasado? Pues que mi padre podía leer y escribir perfectamente en inglés, pero jamás lo había hablado, así que desconocía por completo la pronunciación del idioma. Entonces, para poder comunicarse con los nativos, fingía ser sordomudo y recurría al inglés escrito, que sí dominaba. Al responder mi padre, en voz alta, a la pregunta de mi hermano, el dependiente descubrió la farsa; todavía debe de comentar lo excéntricos que somos los españoles.
Durante 1972 sobrevino la postrer desgracia. Un problema de espalda le impidió a mi padre escribir a máquina; a partir de ese momento tuvo que contratar a una secretaria y dictar sus guiones. Ya no podía ejercer su oficio del modo que siempre lo había hecho. La depresión se abatió sobre él como un mazazo; ni siquiera el nacimiento de Leonor, su primera nieta, le devolvió un ápice de alegría. Le dolía la pérdida de su mujer, le dolía la espalda, estaba cansado de vivir. De aquella época recuerdo el pasaje de una carta que mi padre le escribió a Juana Ginzo: “A veces creo que me retiraría a un convento, de no ser por lo mucho que me aburren las misas”. Incluso en la desesperación, un último rasgo de humor.
Una mañana de noviembre, Mary, la muchacha de servicio, me despertó a primera hora y, con el rostro desencajado, me dijo que a mi padre le pasaba algo. Salté de la cama y, repentinamente espabilado, eché a correr hacia el dormitorio principal. Allí se encontraba el practicante que, a diario, le administraba a mi padre la insulina que necesitaba para controlar su diabetes. El buen hombre sacudía la cabeza, abatido, y no cesaba de musitar: “pobrecito, pobrecito”...
Volví la vista hacia la cama. Mi padre estaba tumbado, con la cabeza ladeada y el brazo derecho extendido. Parecía dormir. Las sábanas estaban empapadas de sangre y yo pensé que mi padre había vomitado. Contemple al practicante y quise preguntarle por qué no hacía nada, por qué se quedaba ahí parado, pero el hombre seguía sacudiendo la cabeza mientras repetía con un hilo de voz: “pobrecito, pobrecito”.
Miré de nuevo a mi padre. Estaba tan inmóvil... No sé cuánto tiempo transcurrió; supongo que sólo unos segundos, pero a mí se me antojaron siglos. Y, de pronto, lo vi. Había estado ahí todo el rato, bien visible, pero mi cerebro se negaba a registrarlo: en su mano derecha, mi padre empuñaba una pistola Astra del calibre nueve. Era un arma muy grande y podía verse con absoluta claridad; sin embargo, tardé unos quince o veinte segundos en advertir su presencia. Supongo que uno no ve lo que no quiere ver.
Dije algo, no recuerdo qué, y descargué un puñetazo contra un mueble. Abandoné el dormitorio, fui a la sala de estar, me dejé caer en un sillón, oculté la cara entre las manos y permití que las lágrimas fluyeran. Lloraba por mi padre, pero aquel fogonazo, aquella bala, no sólo había significado el punto final de la vida de José Mallorquí; junto con él murieron César de Echagüe, Duke Straley, Joao da Silveira, miss Moniker, Pablo Rido y todos los cientos, quizá miles, de personajes que vivían en el interior de la mente del escritor.
Antes de matarse, mi padre escribió una nota, terrible en su simplicidad y pragmatismo: “No puedo más. Me mato. En el cajón de mi mesa hay cheques firmados”. En vez de firmar con su nombre, puso: “Papá”. Y debajo, como algo recordado en el último momento, escribió: “Perdón”.
Si existiera vida después de la muerte, cosa que dudo profundamente, pero si existiera un paraíso en el más allá, no me cabe duda de que mi padre estaría allí, junto a mi madre, con todos sus perros, rodeado de relojes, viajando por celestiales carreteras donde el no saber conducir no supusiera problema alguno, y reuniéndose de vez en cuando con Diamantes Wardell para echar una manos de poker, o con don Goyo Paz para discutir acaloradamente, o con el querido don César, el gran amigo de siempre, para charlar un rato y brindar por los viejos tiempos; don César con una copa de vino californiano, mi padre con un vaso de burbujeante Coca cola.
La Máscara
Si aceptamos que las personas somos como una de esas muñecas rusas que contiene una versión más pequeña de sí misma, que a su vez contiene otra muñeca aún más reducida, y así sucesivamente hasta llegar un diminuto núcleo, si aceptamos que somos eso, entonces podemos estar seguros de que José Mallorquí fue siempre un niño tímido y solitario, falto de afecto, que llegado el momento se puso la máscara de adulto y, poco después, el antifaz de escritor de éxito. Pero no caigamos en la tentación de creer que lo único verdadero fue el niño, porque la máscara de escritor, con el tiempo, llegó a convertirse en un rostro auténtico.
Estoy seguro de que mi padre era un hombre de grandes inseguridades, pero con igual certeza puedo afirmar que jamás dudó de su valía como escritor. Y es lógico: había tenido tanto éxito, había sido tan alabado por sus lectores, que en ese aspecto se sentía seguro. Mi padre se consideraba a sí mismo un buen escritor. ¿Lo era realmente?
No pretendo realizar aquí un ejercicio de crítica sobre la obra de José Mallorquí; ni soy la persona apropiada para hacerlo, ni éste es el lugar adecuado. No obstante, poseo una ventaja sobre cualquier posible crítico: yo vi trabajar a mi padre (¿recuerdan el comienzo de este artículo?), y eso me enseñó algo sobre su método de escritura. Y en el fondo, creo, esa forma de trabajar fue lo que le convirtió en un escritor memorable.
Existen muchos modos de enjuiciar una creación literaria. Por ejemplo, cabe preguntarse qué se proponía el autor y luego comprobar si ha logrado plasmarlo en el texto. Desde este punto de vista, mi padre era un escritor que voluntariamente decidió dedicarse a la novela popular, en una época en la que el género dominante era el pulp. Es cierto que ese género ha producido una inmensa mayoría de obras deleznables redactadas por escritores semi-analfabetos. Muchos recordamos con cariño a personajes tan entrañables como La Sombra o Doc Savage, pero al leer ahora las novelas de Maxwell Grant y Lester Dent se comprueba lo rematadamente malas que eran. Sí, en el pulp hay muchísima basura, pero como en todo estercolero, entre los despojos pueden encontrarse diamantes perdidos. En las amarillentas páginas de las revistas pulp iniciaron su carrera autores de la talla de Dashiell Hammett, Kurt Vonnegut, Philip K. Dick, Fredric Brown o Conan Doyle.
Pues bien, a esa estirpe de escritores populares creo yo que perteneció mi padre. Probó fortuna en todos los géneros, salvo en el erótico, aunque es cierto que no en todos obtuvo buenos resultados. La novela policíaca se le dio muy mal, por motivos que luego veremos. La ciencia ficción, que promovió con la pionera colección Futuro, tampoco le brindó ningún éxito. Casi todo lo que escribió dentro de este género fueron adaptaciones de autores norteamericanos, y hay que reconocer que sus novelas de creación personal –las del Capitán Rido, por ejemplo- estaban ya anticuadas cuando fueron escritas (aun así, poseen un encantador sabor retro). Con respecto a sus relatos de terror, son ingenuos y poco habilidosos, pero recordemos que fueron escritos al comienzo de su carrera.
En cuanto a la novela romántica, ahí si que los resultados fueron brillantes. No escribió muchas, pero El despertar de la Cenicienta sigue siendo hoy una novela deliciosa. Con respecto a las Novelas Deportivas... Bueno, quizá ahora huelan un poco a naftalina, pero conservan intacto todo el ingenuo optimismo con que las escribió un joven barcelonés aspirante a escritor. Y la serie Duke; puro pulp, sí: una versión de Doc Savage infinitamente mejor escrita y mucho más divertida.
Y llegamos a las novelas del Oeste, claro. Ahí es donde mi padre demostró su maestría, no sólo elevando hasta las nubes la calidad de la novela popular española, sino inventando, o contribuyendo a inventar, un género nuevo: el western latino. Lo mejor de la producción de José Mallorquí se circunscribe a este género, pero no voy a hablar de El Coyote, ni de los Tres hombres buenos, ni de Pueblos del Oeste. Sobre ello ya se ha escrito mucho. De lo que quiero hablar es de cómo escribía mi padre.
Él era un escritor pulp, pero ¿qué significa eso? Significa trabajar mucho, escribir casi tres novelas al mes (El Coyote, por ejemplo, era una publicación quincenal, a lo que hay que añadir los números extraordinarios y los títulos destinados a otras series). Ese ritmo de trabajo tiene consecuencias, claro.
En primer lugar, afecta a los argumentos. La construcción y diseño de la trama, atar los cabos, decidir el punto de vista de la novela, planificar el ritmo y el tono, y, en resumen, todo lo que constituye eso que llaman “carpintería narrativa”, es uno de los aspectos más laboriosos y lentos de la escritura. Además, mientras el autor se dedica a tales menesteres, no escribe (a lo sumo, toma notas). Y nada de eso podía permitírselo un escritor tan prolífico como mi padre; sencillamente, porque no tenía tiempo para hacerlo.
Ahí radicaba el problema de sus novelas policíacas, pues ese género exige un rigor en el diseño de la trama que mi padre estaba lejos de ofrecer. De hecho, los argumentos suelen ser lo más flojo de sus novelas. En la serie de El Coyote, por ejemplo, es frecuente que muchos títulos posean comienzos impactante, llenos de posibilidades y atractivo, pero también es habitual que el desarrollo de la novela acabe defraudando las expectativas argumentales levantadas, o que, sencillamente, la trama se vaya por los cerros de Úbeda.
El problema de la construcción de argumentos afectó a la gran mayoría de los escritores pulp (¿alguien ha comprendido del todo la trama de El sueño eterno?); sin embargo, muchos de ellos insistieron en toparse una y otra vez con el mismo muro al basar la eficacia de sus obras en unos argumentos cada vez más endebles y tópicos. Mi padre, afortunadamente, eligió otro camino. La línea argumental le importaba poco, y a cambio basculó todo el peso de su narrativa hacia la composición de los personajes, los diálogos y las situaciones. Una sabia decisión, porque no se pueden improvisar los argumentos, pero, cuando se dispone del talento adecuado, basta con dejar fluir libremente la imaginación para componer atractivas personalidades, chispeantes charlas y sorprendentes situaciones.
El Coyote es un excelente ejemplo de esta estrategia narrativa. Los argumentos básicos son tópicos y repetitivos: venganza, ambición, odio, violencia y unas gotitas de amor. No obstante, las líneas argumentales eran para mi padre un mero pretexto destinado a que los personajes interactuaran. En numerosas ocasiones, don César se entrega a largos soliloquios que nada tienen que ver con la trama; habla por el mero placer de hablar. Pero al ser don César un personaje tan extraordinario, el lector se interesa por lo que dice. Con frecuencia, caracteres secundarios adquieren un inesperado protagonismo, y no es raro que la trama derive hacia situaciones muy lejanas de los planteamientos iniciales.
Ahí residía el talento de mi padre, en su capacidad de recrear todo un mundo y sus habitantes, un universo que, como la vida misma, carece de argumento, pero está lleno de color y de vida. No nos interesan tanto las peripecias de El Coyote como la personalidad de su alter ego; no es cada título de la serie, en concreto, lo que nos atrae, sino la suma de todos ellos. Vistas así las cosas, El Coyote no sería un serie de ciento noventa y dos novelas, sino una única novela, incompleta y desordenada, compuesta por ciento noventa y dos largos capítulos.
A esta estrategia narrativa, mi padre añadió un rasgo que, en realidad, formaba parte de su propia personalidad: intentar ver las cosas desde un punto de vista distinto al habitual. Cuando se propuso escribir novelas del Oeste no se conformó con imitar a los escritores norteamericanos, como hicieron tantos otros, sino que desde el principio se planteó las cosas con una óptica distinta. Es como si hubiera dicho: “¿Queréis novelas del Oeste? De acuerdo, pero las escribiré a mi modo. ¿Los yanquis lo hacen desde un punto de vista yanqui? Pues yo, que soy español, lo haré desde un punto de vista español”. Pero eso no es todo: cuando mi padre escribió sobre el mito de Don Juan, lo hizo recreando el personaje no como un mujeriego, sino como un mujeriego que quería dejar de serlo (Don Juan se quiere casar). Jíbaro Vargas no es un héroe, sino todo lo contrario, y el Oeste que se describe en sus novelas es exactamente lo opuesto a la romántica imagen que proponía el Hollywood de aquella época. En realidad, ese afán de originalidad alcanzaba al diseño de los caracteres -no cabe duda de que personajes como César de Echagüe o Duke Straley son intrínsecamente paradójicos- e incluso a sus propios nombres (Crisóstomo Sepúlveda de Simón Ostolaza y Sánchez Bohórquez, por poner un ejemplo extremo).
En definitiva, los argumentos de las novelas de José Mallorquí suelen ser esquemáticos y tópicos, pero siempre están presentados desde una óptica distinta a la usual. La originalidad de su obra, por tanto, no proviene de la materia narrativa en sí misma, sino del modo en que se contempla dicha materia.
Otro problema que plantea la necesidad de mantener un ritmo alto de escritura es el estilo. Cuando se han de escribir una docena o más de páginas diarias, resulta prácticamente imposible corregir el material (y más en aquellos tiempos, cuando no había procesadores de texto).
Hace unos años, revisando los (innumerables) papeles de mi padre, encontré un puñado de copias a papel carbón de sus manuscritos originales (textos mecanografiados de El Coyote, Jíbaro Vargas o Novelas del Oeste). Al examinarlos descubrí que prácticamente carecían de correcciones –no más de quince o veinte por original-, y casi todas ellas consistían en errores tipográficos o tachaduras de texto. Es decir, que las novelas de mi padre se transcribían directamente del primer borrador a la imprenta, sin pasar antes por el tamiz de la corrección estilística.
El talón de Aquiles de la mayor parte de los escritores pulp reside en su prosa. La escasez de tiempo impide corregir los textos, y estos suelen adolecer de torpeza formal y numerosos errores técnicos. Algunos autores populares intentan remediar este problema impostando el estilo, retorciendo la prosa para darle ínfulas y solemnidad (los barrocos e hiperadjetivados textos de Robert Howard son un buen ejemplo de esto). Otros, por el contrario, renuncian a toda pretensión de estilo y escriben con la mayor simpleza posible (sirva de ilustración la infantil prosa que Lester Dent puso al servicio de su Doc Savage).
Mi padre optó por una tercera alternativa. Su prosa es voluntariamente sobria; elude la complejidad formal, pues sabe que esa forma de escribir requiere un pulido que él no tiene tiempo de aplicar. Sin embargo, no renuncia a los efectos estilísticos; lo que hace es reducir sus elementos al mínimo número imprescindible. Se trata de una prosa dotada de gran economía expresiva.
La necesidad de “escribir de un tirón” implica, por otro lado, estructurar mentalmente, con mucha precisión, el texto que se va a escribir. Eso, en el caso de mi padre, se traducía en el milimétrico orden de su prosa: cada frase encaja con la siguiente como las cuentas de un collar. Además, al ser mi padre un impenitente lector, su muy correcto castellano está dotado de una sintaxis precisa, una sencilla claridad y una notoria pureza que elude tanto los barbarismos como las frases hechas.
Ahora bien, esta técnica estilística que he intentado esbozar no es algo que se aplique de forma consciente. Mi padre tuvo que automatizar todo el proceso para poder aplicarlo de forma fluida mientras trabajaba.
Automatizar, ésa es la palabra clave.
Como hemos visto, mi padre no se ceñía a la rigidez de un argumento, sino que dejaba volar libremente su imaginación produciendo un constante flujo de personajes, diálogos y situaciones. En cierto modo, si nos paramos a pensarlo, el modo de trabajar de mi padre era muy similar a la escritura automática que preconizaban Breton y los surrealistas.
Ahora, regresemos un momento al comienzo de este artículo. ¿Recuerdan lo mucho que me fascinaba de pequeño ver trabajar a mi padre? Gesticulaba y murmuraba, tan concentrado en lo que estaba haciendo que ni siquiera se percataba de mi presencia. Era tal su grado de abstracción que, cuando yo traía malas notas del colegio, aprovechaba los momentos en que él estaba trabajando para entregarle la cartilla. Mi padre, literalmente en otro mundo, estampaba su firma sin darse realmente cuenta de lo que estaba firmando.
En realidad, lo cierto es que cuando mi padre escribía parecía sumirse en una especie de leve trance, y al verle en ese estado, la mirada perdida y los labios pronunciando palabras inaudibles, uno se daba perfecta cuenta de que aquel hombre, mi padre, se hallaba muy lejos de la realidad, inmerso en un mundo interior totalmente inaccesible para los demás.
Por eso, y aquí literatura y vida se mezclan, el día que murió su mujer, mi padre buscó refugio en el único lugar donde la realidad no podía herirle; con los ojos bañados en lágrimas, se sentó ante la máquina de escribir, insertó papel en el tambor, posó los dedos en el teclado, extravió la mirada, se sumió poco a poco en el familiar trance, y entró en el universo de Miss Moniker, un lugar apacible donde su mujer realmente no había muerto.
Más adelante, cuando un problema de espalda le impidió escribir, aquel último consuelo, la capacidad de evadirse del mundo real, le fue vedado. Entonces, mi padre, cansado de vivir en una mundo que ya no le gustaba, decidió redactar él mismo el último párrafo de su existencia.
Una noche, se levantó de la cama, fue a su despacho, eligió su pistola más potente, regresó al dormitorio y se suicidó. Quizá la suya fue una de las formas más literarias de morir.
Epílogo
Mi padre fue un escritor muy prolífico. Escribió muchísimas novelas; tantas, que probablemente ni siquiera él conociera su número. Como es lógico, no todos los títulos brillaron a igual altura.
Sin lugar a dudas, su creación más famosa fue El Coyote; sin embargo, yo no creo que sea la mejor. Es cierto que el personaje de don César es extraordinario, y que algunos secundarios son igualmente excelentes. También es verdad que la recreación de ese mundo decadente, la vieja California, es un hallazgo. No obstante, tengo la sensación de que, llegado un momento, el personaje del Coyote, el enmascarado, dejó de interesarle a mi padre. Debía mantenerlo, pues era la razón de ser de la serie, pero en el fondo le estorbaba. A mi modo de ver, esa tensión entre la riqueza de los personajes frente la simplicidad del concepto de “justiciero enmascarado”, acabó por perjudicar a la serie. Y también el cansancio inherente a su larga duración, por supuesto.
Si tuviera que elegir las mejores obras de mi padre, no escogería títulos individuales, sino cuatro series; o, mejor dicho, tres series y un serial. Estos son:
En primer lugar, Las aventuras de Pancho Cruz. Se trata de trece relatos cortos que aparecieron, como relleno, en diversos números de El Coyote y Nuevo Coyote. Su protagonista, Pancho Cruz, es una especie de pícaro transportado al Oeste. Feo, sucio, ladrón, timador, ruin, traidor, pendenciero... pero simpático. Es, sin duda, el mayor antihéroe creado por mi padre, y uno de los personajes más radicales aparecidos en el seno de la literatura popular. Sus historias, vagamente surrealistas, están llenas de ironía y de un perverso y estimulante humor negro. Lo cierto es que, en su género, esta pequeña serie es una auténtica obra maestra.
En segundo lugar, escojo Duke. De antemano reconozco que, literariamente, no está ni de lejos entre lo mejor de mi padre, pero se trata, al menos para mí, de una colección con mucho encanto. La serie Duke consta de diez novelas, publicadas todas ellas en Hombres Audaces Nuevos Héroes, entre los años 1943 y 1946. Duke Straley es un multimillonario neoyorquino (aunque de madre española) que se dedica a resolver casos policíacos de corte más o menos fantástico. En realidad, el personaje es una mezcla de diversos héroes pulp. Tiene algo de Doc Savage, sobre todo por los múltiples gadgets tecnológicos que utiliza, algo del Fu Man Chú de Rohmer y un poco del Donald Lam de Stanley Gardner.
Duke posee todo el sabor de las viejas novelas pulp norteamericanas, pero está mucho mejor escrita que sus referentes del otro lado del océano. Adolece, por supuesto, de gran parte de los defectos propios del género –ingenuidad, tramas disparatadas, exceso de truculencia-, pero está escrita con convicción y buen ritmo, y desprende una tonificante aura de optimismo y vitalidad. Además, Duke Straley, el protagonista de la serie, es un claro antecedente de lo que sería poco después el más famoso personaje creado por mi padre, don César de Echagüe. En efecto, ambos tienen sangre española, ambos son multimillonarios, ambos dedican sus esfuerzos a hacer justicia, ambos juegan con frecuencia a las paradojas y, por último, ambos suelen expresar sus opiniones mediante retorcidas parábolas. Quien haya leído Duke y El Coyote verá enseguida las grandes similitudes que existen entre ambos personajes. Por decirlo así, Duke Straley sería un César de Echagüe más joven e impetuoso (igual que, supongo, lo era su autor).
La tercera serie es Jíbaro Vargas. En su momento no fue un éxito inmediato de ventas (aunque sí en Italia y Austria), y no es de extrañar, pues se trata de un personaje y de una imagen del western muy adelantados a su época. En efecto, Juan Vargas, el protagonista de la serie, es un ser acomplejado, autodestructivo, violento, incluso desagradable. Se trata más bien de un animal –él mismo se compara con un perro- sangriento y vengativo, un personaje amargado y hosco, lleno de aristas, que se mueve en un Oeste ominoso donde los únicos valores imperantes son la ambición, el deseo y la crueldad.
De hecho, Jíbaro Vargas es en realidad un habilidoso cruce entre el western y el thriller -en su variante hard boiled-, y su propósito no es tanto ilustrar las peripecias del héroe –antihéroe en este caso-, como ofrecer una mirada sarcástica y muy critica de la humanidad. La serie duró un año (1951-1952) y sólo alcanzó doce títulos; sin embargo, probablemente sea la gran obra maestra de José Mallorquí.
Y, por último, el serial: Miss Moniker. Desde el principio de su carrera como guionista de radio, mi padre había mantenido un serial de media hora de duración patrocinado por Muebles López (por aquel entonces, una conocida empresa madrileña). Al principio, sus protagonistas fueron los famosos Dos hombres buenos, pero andando el tiempo, otros personajes, antes secundarios, tomaron las riendas del serial. Hacia finales de los sesenta, la protagonista era una mujer llamada Miss Moniker, propietaria de un rancho en California y miembro de una familia tan desmesuradamente amplia como extravagante.
Mi padre escribió ese serial para Juana Ginzo; ella era la protagonista absoluta, pero la acompañaban un buen número de personajes secundarios deliciosamente estrafalarios: Sokol, su ayudante, un bruto sin dos dedos de frente; Nube Negra, un viejísimo hechicero apache que tenía varias esposas adolescentes; Madame Zeleste, una auténtica hechicera...
Miss Moniker, según la describía mi padre, era la Sherezade del Oeste. El serial carecía casi por completo de argumento, pues la mayor parte de su contenido se basaba en las historias que Miss Moniker contaba, generalmente a Sokol, sobre su inconcebible familia. Eran historias delirantes, barrocas, llenas de humor, historias dentro de historias dentro de historias, como en El manuscrito encontrado en Zaragoza, de Potocki; una auténtica explosión de fantasía y locura.
Creo que fue en Miss Moniker donde mi padre llevó al límite esa “escritura automática” de la que antes hablaba. El serial era un flujo constante de ideas expresadas con total libertad creativa, todo él respiraba surrealismo y humor absurdo. Ni siquiera el Oeste que mostraba –pese al rigor que mi padre confería a las descripciones- era un Oeste medianamente auténtico, sino una imagen deformada de la realidad. Estoy convencido de que Miss Moniker fue uno de los programas más originales y creativos de la historia de la radio.
Y esto es todo... No, realmente no es todo, claro. Supongo que en esta breve lista de lo mejor de mi padre debería haber incluido el ciclo Tombstone, de Pueblos del Oeste, y muchas otras novelas sueltas. Pero no trataba de ser exhaustivo, sino de recordar las obras de mi padre que dejaron en mí mejor recuerdo.
Por desgracia, gran parte de su producción se ha perdido para siempre. De sus veinte años dedicados a la radio tan sólo quedan algunas cintas magnetofónicas y un puñado de guiones. El resto ya no existe.
O quizá sí, porque es posible que las ondas de radio que transportaban sus programas lograran atravesar, al menos parcialmente, la ionosfera terrestre, y extenderse por el espacio más allá del Sistema Solar. De ser así, los programas que escribió José Mallorquí, mi padre, estarían alcanzando ahora las estrellas más cercanas a la Tierra, inconcebiblemente tenues, pero aún tangibles.
Exactamente igual que su autor.
César Mallorquí. Madrid, primavera de 2000
6.10.2007
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