12.20.2017

Cuento de Navidad: La historia del indiano.


 
 

            La historia del indiano

            By César Mallorquí


            Sentado a la barra del bar, el hombre bebía su cerveza de forma extraña, a tragos pausados y cortos, cerrando los ojos y paladeándola como si degustara un vino exquisito. “Pero si sólo es una Mahou”, pensó Jorge, el camarero y dueño del local. “Qué tío tan raro...”.

            El bar se llamaba El Encuentro. Tenía una barra de mármol con seis taburetes altos frente a ella y, más allá, cinco mesas rodeadas de sillas, todas ahora desocupadas. Tras la barra, en lo alto, a lo largo de una fila de botellas situadas sobre un estante, luces de colores titilaban entre guirnaldas de espumillón oro y plata. En el ventanal que daba a la calle había dibujos navideños hechos con nieve artificial. Por los altavoces sonaba, tenue, un villancico. Colgado en una de las paredes, un viejo reloj de péndulo marcaba, entre tic-tac y tic-tac, las siete y treinta y seis de la tarde.

            Las siete y treinta y seis del veinticuatro de diciembre.

            Más allá del ventanal, la noche se había adueñado de la ciudad. Salvo por algún que otro viandante que caminaba apresurado rumbo a su hogar, la calle estaba vacía, sin apenas tráfico.

            El hombre, el último cliente que quedaba en el bar, apuró su cerveza, chasqueó la lengua y dijo:

            —¿Tendría la amabilidad de ponerme otra Mahou?

            —Claro, señor –respondió Jorge. Y tras una breve pausa añadió-: Pero voy a cerrar dentro de veinte minutos. Ya sabe, es Nochebuena...

            —Descuide –respondió el hombre con una sonrisa-. Acabaré antes.

            Jorge sacó una botella de cerveza del refrigerador y, mientras la servía en una copa, observó de soslayo a su cliente. Debía de tener sesenta y tantos años; era de mediana estatura y complexión fuerte, con el pelo entrecano peinado hacia atrás. Vestía un traje azul marino de impecable factura, camisa blanca de seda y corbata roja; todo lo cual, junto al abrigo de alpaca que había dejado en el taburete contiguo, revelaba su condición de persona adinerada.

            Cuando Jorge dejó la bebida sobre la barra, el hombre se quedó mirando la botella con expresión soñadora y murmuró:

            —Mahou Cinco Estrellas... Hacía siglos que no la probaba.

            Hablaba en perfecto castellano, pero con un leve acento que Jorge no supo identificar.

            —Usted no es de por aquí, ¿verdad? –dijo.

            El hombre le dedicó una sonrisa.

            —Pues sí y no –respondió-. Llegué ayer a Madrid. Vivo en Argentina, pero nací en España. De hecho vivía aquí, en el barrio.

            —¿En Chamberí?

            El hombre asintió.

            —En la calle Zurbarán, aquí al lado. Ahí estaba la casa de mis padres.

            —¿Y hacía mucho que no volvía?

            Durante un instante una nube de tristeza veló la sonrisa del hombre.

            —Me fui de España en 1973 –respondió-. De modo que hace cuarenta y cuatro años.

            —¿Y en todo ese tiempo nunca regresó? ¿Por qué? –preguntó Jorge, sorprendido. Y al instante añadió-: Disculpe, estoy siendo indiscreto.

            —Tranquilo; me gusta hablar. Pero, por favor, tuteémonos. –Le tendió la mano-. Me llamo Gonzalo Albero.

            —Jorge Corral –dijo Jorge, estrechándosela.

            —Encantado. ¿Puedo invitarte a una cerveza?

            —No, no, muchas gracias.

            Gonzalo se llevó la copa a los labios, cerró los ojos y paladeó un sorbo.

            —Adoro su sabor –murmuró-. De joven yo solía venir a este bar, ¿sabes? Pero entonces se llamaba Taberna Soria y era muy distinto. Había una barra de estaño ahí al fondo y vendían vino a granel. La verdad es que olía muchísimo a vino barato... El dueño era bizco y nunca sabías hacia qué lado miraba. –Frunció el ceño-. Ahora no recuerdo cómo se llamaba...

            —Gervasio García, pero todo el mundo le llamaba Tano. Me traspasó el local hace tres años.

            —¡Tano, eso es! Pues fue aquí, en el bar de Tano, donde aprendí a amar la cerveza. Siempre la misma marca, siempre Mahou... Luego, cuando me fui a Sudamérica, tuve que acostumbrarme a otras cervezas; la Mujica de Buenos Aires o la Costeña de Colombia. No son mejores ni peores, pero ésta... –Alzó la copa y contemplo el líquido al trasluz-. Ésta sabe a pasado, sabe a mi juventud.

            Dio un nuevo sorbo y guardó un breve silencio.

            —Perdona, estoy siendo maleducado –dijo-; aún no he contestado a tu pregunta. ¿Por qué no he regresado hasta ahora?... La verdad es que no lo sé. –Se encogió de hombros-. Supongo que nada me unía a España.

            —¿No tienes familia aquí?

            Gonzalo negó con la cabeza.

            —Soy hijo único. Mis padres fallecieron en el 72, en un accidente de autobús. Eran los porteros de la finca, el cuatro de Zurbarán, y ese año se fueron por primera vez de vacaciones. A Benidorm. A mitad de camino, el vehículo se salió de la carretera, rodó por un terraplén y murieron cuatro pasajeros. Entre ellos mis padres.

            —Lo siento.

            Gonzalo le quitó importancia con un ademán.

            —Fue hace mucho tiempo.

            —Pero alguien más debía de haber –insistió Jorge-. Amigos, alguna chica...

            Gonzalo asintió pausadamente.

            —Sí, había una chica –respondió-. Éramos novios, o algo así. Llevábamos casi un año saliendo. Ella tenía dieciocho y yo veinte. Era preciosa y muy dulce. En el 73 le pedí que se viniera conmigo a América, pero no se atrevió, o no quiso.

            —¿Y por qué te fuiste tú?

            —Por muchos motivos. Estaba estudiando arquitectura; mis padres hacían un gran esfuerzo para pagarme la carrera. –Sonrió-. No sabes lo orgullosos que estaban de mí. Pero cuando murieron me quedé sin dinero, sin casa y sin trabajo, así que no podía seguir en la universidad. Además, estaba la dictadura... Yo militaba en el PC. –Rió entre dientes-. Ahora me cuesta verme a mí mismo como comunista, pero entonces lo era. Cosas de la juventud, supongo; y también del franquismo. Tú eres muy joven; ¿qué años tienes, treinta?

            —Treinta y dos.

            —Naciste en la democracia, así que no puedes imaginarte cómo era aquello. Vivir bajo el régimen de Franco era... era como tener un peso encima todo el tiempo, asfixiándote. Además, al dejar la universidad ya no podía pedir más prórrogas de estudios, así que tendría que hacer el servicio militar. Y no estaba dispuesto a eso. Me fui de España y me convertí en prófugo.

            —Y no volviste a verla.

            —¿A mi novia? No, no la volví a ver. Durante un par de años nos carteamos, cada vez con menor frecuencia; hasta que un día me escribió para decirme que iba a casarse con otro.

            —Qué putada...

            —Fue un palo, no lo niego, pero... –Dio un largo sorbo a la cerveza-. No la culpo; hizo bien. Yo estaba lejos y por aquel entonces casi no podía mantenerme por mí mismo. No era la pareja ideal para nadie, eso seguro.

            —¿Y ahora? –preguntó Jorge con curiosidad-. ¿Vas a intentar encontrarla?

            Gonzalo dejó escapar un suspiro.

            —Antes de regresar a España me juré a mí mismo que no lo haría. ¿Para qué remover el pasado?, me dije. –Se encogió de hombros con una sonrisa de culpabilidad-. Pero esta mañana, nada más salir del hotel, lo primero que he hecho ha sido ir a su antigua casa. Aquí cerca, en el número doce de la calle General Goded.

            —¿General Goded?...

            —Ah, es cierto; le cambiaron el nombre, perdona. Ahora se llama General Arrando. Allí vivía ella con sus padres, en el segundo izquierda del número doce. Llamé por el telefonillo, pero los actuales inquilinos no sabían nada. Pregunté a otros vecinos y fue inútil; nadie había oído hablar de Alicia Rivera. Después de casi medio siglo es normal. –Bebió un sorbo de cerveza-. También he intentado encontrar a mis tres mejores amigos de aquel entonces; Leoncio López, Félix Pérez y Josemari Moreno. De Leoncio y de Félix no he encontrado ni rastro, y Josemari... –Su rostro se ensombreció-. Me han dicho que murió hará cosa de seis años. –Suspiró y agregó en voz baja-: Cuánto los he echado de menos...

            Hubo un silencio. Jorge había desviado la mirada y parecía abstraído en sus pensamientos. El péndulo del reloj, como un metrónomo, se fundía con la música navideña. Fuera, la ciudad guardaba silencio. Al cabo de unos segundos, Jorge le miró de nuevo y dijo:

            —¿Sabes qué, Gonzalo? Ahora sí que me voy a tomar esa cerveza. Pero no pagas tú; ni esta ni las demás: invita la casa. ¿Quieres otra?

            —No gracias, todavía me queda. –Señaló el reloj-. Pero ya son casi las ocho e ibas a cerrar.

            —¿Tienes prisa?

            —No qué va, pero tú...

            —Aún tengo algo de tiempo. Espera un momento.

            Jorge salió de detrás de la barra, le echó el pestillo a la entrada y puso el cartel de cerrado. Luego, apagó todas las luces menos las de la barra, sacó una cerveza, la sirvió en una copa y se acomodó en un taburete.

            —Por tu regreso –dijo, chocando su copa con la de Gonzalo. Tras dar un largo trago a la cerveza, agregó-: ¿Cómo fue tu vida en Sudamérica?

            Gonzalo arqueó las cejas.

            —Si te la cuento entera no llegarás a cenar –dijo.

            —Hazme un resumen. Perdona si me paso de curioso, pero eres una persona muy especial y has debido de llevar una vida apasionante.

            —Apasionante no sé, pero complicada desde luego. –Gonzalo hizo una pausa y prosiguió-: Primero estuve en Argentina. Hice todo tipo de trabajos, desde acarrear ganado hasta fregar platos, cualquier cosa para sobrevivir. Luego, en el 76, se produjo el golpe de estado de Videla. Irónico, ¿verdad? Yo, que huía de una dictadura, me vi metido de lleno en otra. Así que me trasladé a Colombia, donde entré en el negocio de la exportación de café. Ah, también estuve seis meses retenido por la guerrilla.

            —Qué horror...

            —Es una historia larga; fue incómodo, pero conocí gente muy interesante. En el 81 fui a Brasil y continué con el negocio del café; y también trabajé para una multinacional farmacéutica buscando nuevas especies vegetales en la Amazonia. Luego, en el 84, después de la dictadura de Videla, regresé a Argentina y... En fin, desde entonces para acá me he arruinado dos veces y he vuelto a levantar mi fortuna otras tantas. Hace poco vendí mis empresas y me retiré. Así que ya me ves; soy un simple jubilado.

            —¿Te casaste, tienes hijos?

            —Oh, sí. Me casé dos veces, con una argentina y con una chilena. Y ambos matrimonios acabaron en divorcio. Tengo dos hijos, uno con cada una, pero no los veo mucho. –Esbozó una sonrisa triste-. Sólo se acuerdan de mí cuando necesitan dinero. –Suspiró con resignación-. Supongo que no he sido demasiado buen marido ni demasiado buen padre.

            Hubo un silencio que ambos aprovecharon para apurar sus cervezas. Por los altavoces seguía sonado, bajito, un rosario de villancicos.

            —¿Y ahora qué vas a hacer? –preguntó Jorge-. ¿Te quedarás en España o volverás a Argentina?

            Gonzalo se encogió de hombros.

            —No lo sé –respondió-. Ni siquiera sé por qué he regresado. Supongo que quería recuperar algo que creía mío, pero aquí no hay nada para mí. La verdad es que me siento como un extranjero. Todo ha cambiado demasiado... –De repente, prestó     atención a la música-. El pequeño tamborilero...                 –musitó-. Hay cosas que no cambian; Raphael lo cantaba todas las navidades.

            —Y lo sigue cantando.

            —Eso está bien. Me gustan las cosas inmutables; son como boyas a las que aferrarte cuando el mar se encrespa. Brindo por Raphael y por lo que nunca cambia.

            Comenzó a alzar su copa, pero volvió a dejarla sobre la barra al advertir que estaba vacía.

            —¿Te sirvo otra? –preguntó Jorge.

            —No, gracias. Es tarde y te estoy entreteniendo.

            Sobrevino un silencio. Jorge contempló con fijeza a Gonzalo y preguntó.

            —¿Qué planes tienes para esta noche? ¿Dónde vas a cenar?

            —Supongo que estará todo cerrado, así que pediré algo al servicio de habitaciones del hotel. Estoy en el Santo Mauro, aquí al lado.

            Jorge frunció el ceño.

            —¿Quieres decir que vas a pasar la Nochebuena solo en la habitación de un hotel comiéndote un triste sándwich? Disculpa, Gonzalo, pero eso no puedo permitirlo. Te invito a cenar conmigo y con mi familia.

            Gonzalo parpadeó, sorprendido.

            —Eres muy amable; pero no puedo aceptar. Sería un abuso.

            —Para nada. Escucha, cenaremos en casa de mi hermana, cerca de aquí. Sólo estará mi familia; es buena gente, de verdad. En fin, mi cuñado se pone a veces un poco pesado, pero no es mal tío. Además mi hermana cocina como los ángeles.

            —No puede ser, Jorge –titubeó Gonzalo-. Me sentiría un intruso.

            —Tonterías. Nos harás un favor, en serio. Todas las nochebuenas, desde que tengo memoria, son iguales. Las mismas caras, los mismos comentarios, todo igual año tras año. Pero tú serás una novedad. Puedes contarnos historias de cuando te capturó la guerrilla, o de tus aventuras en la selva del Amazonas, o lo que quieras. Serás... como un regalo de Papá Noel. Eso: un regalo.

            —Pero no cuentan conmigo...

            —No te preocupes; mi hermana siempre prepara comida de sobra; no pasaremos hambre. –Jorge sonrió de oreja a oreja y dio un palmetazo sobre la barra-. Hecho –dijo-. Voy a llamar para decir que te apuntas. Perdona un momento...

            Se incorporó, sacó un móvil del bolsillo y, mientras pulsaba las teclas, se dirigió al fondo del local. Tras una breve pausa, comenzó a hablar en voz baja con alguien. Desde donde estaba, Gonzalo no podía escuchar lo que decía. Al poco, Jorge guardó el teléfono y volvió junto a él.

            —Ya está; ningún problema, nos esperan encantados –dijo-. Ahora voy a acabar de cerrar esto y a cambiarme de ropa. ¿Quieres otra Mahou mientras esperas?

            Gonzalo sonrió.

            —Ya que insistes...

            Quince minutos después, tras echar el cierre del local, subieron al coche de Jorge y arrancaron. La noche era fría; suspendida en el firmamento, la Luna en cuarto creciente dibujaba una sonrisa.

            —¿Dónde vive tu hermana? –preguntó Gonzalo.

            —En Andrés Mellado, cerca de la Ciudad Universitaria. Llegaremos enseguida.

            Las calles estaban desiertas, había muy poco tráfico. Durante unos minutos, Gonzalo guardó silencio mientras contemplaba –recordándolo al tiempo- el paisaje urbano que se divisaba a través del parabrisas.

            —Te lo agradezco muchísimo, Jorge –dijo-. Si quieres que te diga la verdad, a mí tampoco me hacía gracia estar solo esta noche. Es todo un detalle por tu parte. Pero no puedo evitar sentirme un entrometido...

            —Tonterías –replicó Jorge-. Serás el alma de la reunión, ya lo verás.

            —¿Tienes mucha familia?

            —No, qué va; somos muy pocos. Estaremos mi hermana Carmen, su marido Nicolás, sus hijos Diego y Marcos y mi madre.

            —¿Y tu padre?

            —Murió hace cuatro años. Un cáncer galopante.

            —Lo lamento... ¿No estás casado?

            Jorge negó, sonriente, con la cabeza.

            —Soltero y sin compromiso –dijo; y añadió en tono de broma-: Si conoces a alguna millonaria, soy todo un partido.

            Apenas cinco minutos después, llegaron a su destino. Tras aparcar, se aproximaron a un portal y Jorge pulsó un botón del telefonillo.

            —Somos nosotros –dijo cuando una voz de mujer respondió a la llamada a través del altavoz.

            La puerta se desbloqueó con un zumbido eléctrico; entraron en el portal, remontaron unos escalones y subieron en el ascensor hasta el segundo piso. Jorge pulsó el timbre de la derecha y, casi al instante, una pareja les abrió la puerta.

            —Mi hermana Carmen y mi cuñado Nicolás. –dijo Jorge, presentándolos, mientras entraban en el recibidor-. Mi amigo es Gonzalo Albero y viene de América.

            Intercambiaron besos y apretones de manos. Luego, Carmen colgó el abrigo y la cazadora de los recién llegados en un perchero y los invitó a pasar al salón. Era una habitación de mediano tamaño, amueblada con un sofá, dos sillones y una mesita. En el otro extremo había una mesa de comedor dispuesta para la cena con siete servicios sobre un mantel de hilo blanco. En un rincón chispeaban la luces de un árbol de Navidad, y sobre un aparador se desplegaba un pequeño Belén. Sentados en el suelo frente a la televisión, dos niños de corta edad jugaban con una consola.

            —Marcos, Diego –los llamó su madre-. Venid a saludar a nuestro invitado.

            Sin hacerle el menor caso, los niños siguieron jugando.

            —Déjelos –intervino Gonzalo-; hoy es su noche. La Navidad es para los niños.

            Carmen suspiró con resignación.

            —Más que la Navidad, su fiesta debe de ser Halloween –bromeó-. Son un par de demonios.

            —¿Dónde está mamá? –le preguntó Jorge.

            —En la cocina –respondió Carmen-, preparando mayonesa. Dice que la de bote sabe a química.

            —Voy a buscarla.

            Jorge abandonó el salón. Carmen y Nicolás se quedaron mirando a su invitado con sendas sonrisas, sin decir nada, como si esperaran algo de él.

            —Les agradezco su amabilidad al invitarme –dijo Gonzalo al cabo de unos segundos-. Son muy generosos conmigo.

            —Quite, quite –respondió Carmen-; es un placer.

            —Eso, un placer –corroboró Nicolás.

            Y siguieron contemplándolo en silencio, sonrientes y expectantes. Al poco, sonaron unas voces aproximándose.

            —Qué pesado eres, Jorge –decía una mujer-. Se me va a cortar la mayonesa.

            —No se te va a cortar nada, mamá –replicaba Jorge-. Venga, quiero enseñarte algo.

            —¿El qué?

            —Ya lo verás.

            Jorge entró en el salón acompañado por una mujer de unos sesenta años. Tenía el pelo corto, teñido de castaño, los ojos del color de la miel y un rostro que aún conservaba rastros de un pasado esplendor. Vestía con elegancia, aunque llevaba puesto un viejo delantal de cocina. Al ver a Gonzalo, la mujer puso cara de sorpresa; evidentemente, no le habían avisado de que iban a tener un invitado. Tras una breve vacilación, le dirigió a su hijo una mirada interrogadora.

            —Mírale bien, mamá –dijo Jorge, sonriente, señalando a Gonzalo con un ademán-. ¿No lo reconoces?

            La mujer volvió la mirada hacia el desconocido y entrecerró los ojos. De pronto, al cabo de unos segundos, la expresión de su rostro se transformó en sorpresa e incredulidad.

            —¿Gonzalo?... –dijo en voz baja, sin apartar la mirada de él.

            Los ojos de Gonzalo se dilataron, asombrados.

            —Alicia... –musitó.

            Durante un largo minuto, el hombre y la mujer se miraron en silencio, sonriendo como niños, absortos el uno en el otro. El salón, las personas que los rodeaban, el mundo entero había dejado de existir y sólo estaban ellos dos. El tiempo se detuvo y luego dio marcha atrás, devolviéndolos durante un instante a su extraviada juventud.

            Luego, sin dejar de sonreír, se aproximaron lentamente y se fundieron en una abrazo cuarenta y cuatro años postergado.
 

 

           

12.24.2016

Doña Julia y los pobres



 
 
 
         Doña Julia y los pobres
 
          By César Mallorquí

 

 

          Aquella mañana, como solía hacer, Julia salió de su casa tirando de un carrito de la compra y se dirigió al mercado. Pero ésa no era una mañana normal; era la mañana del veinticuatro de diciembre, la mañana previa a la Nochebuena, la mañana que daba paso a las fiestas navideñas. Y a Julia le gustaban tanto aquellas fechas...

          Julia tenía setenta y cuatro años; era bajita, algo gordita, con el pelo teñido de castaño para espantar las canas, siempre recogido en un moño, y, aunque la vida le había castigado mucho, una perenne sonrisa instalada en los labios. Era risueña, algo pizpireta, muy parlanchina.

          --Buenos días, señora Julia –la saludó Matías, el panadero, cuando pasó delante de su tienda-. Y felices fiestas.

          --Felices fiestas, hijo. Y feliz noche, para ti y tu familia.

          Todo el mundo quería a Julia. Al principio, cuando se instalaron en el barrio, sólo era la esposa de Germán, el carnicero, una mujer amable y discreta que atendía la caja de la carnicería y a la que nadie prestaba demasiada atención. Pero luego, cuando, siete años atrás, Germán murió y su comercio tuvo que cerrar, Julia se convirtió, poco a poco, en la viuda más popular del barrio.

          No es de extrañar; siempre dispuesta a echar una mano, Julia ayudaba en la iglesia, visitaba a enfermos, recogía ropa y alimentos para los necesitados y participaba en toda suerte de actos caritativos. Gracias a su carácter optimista, a su buen corazón y a su entrega a los demás, Julia se ganó el afecto de sus convecinos, convirtiéndose en algo así como el alma de la comunidad.

          Aunque el mercado se encontraba a apenas tres manzanas de su casa, Julia tardó mucho en llegar, pues constantemente se encontraba con conocidos y se detenía para intercambiar con ellos felicitaciones y buenos deseos. Ese era el precio de la popularidad, un precio de Julia pagaba de muy buen grado. Y es que a Julia le gustaba la gente, en todos los sentidos.

          Al entrar en el mercado, la sucesión de encuentros prosiguió, obligándola a saludar a los encargados de todos los puestos por donde cruzaba. Aunque “obligándola” no es la palabra adecuada, pues ya ha quedado claro que a Julia aquello le encantaba. Finalmente, logró llegar a su destino, la verdulería y frutería de Cosme.

          --Benditos los ojos, señora Julia –la saludó éste, sonriente-. Está usted muy guapa esta mañana. Se nota que ya es Navidad.

          --Ay hijo, muchas gracias –rió ella-. Pero no soy guapa, sino vieja. Aunque no te voy a rechazar el piropo, porque dicen que quien rehúsa un halago es porque quiere oírlo dos veces.

          --Quite, quite; está usted hecha un bombón.

          --Un bombón un poco pasado –volvió a reír-. Pero gracias otra vez, y felices fiestas, hijo.

          --Felices fiestas también para usted, señora Julia. Dígame, ¿qué se le ofrece?

          --Quería una lombarda y bien grande. Es para le cena de esta noche.

          --¿Tiene invitados?

          --Sí. Seremos cuatro.

          --¿Familia?

          --Todo el mundo es mi familia, hijo.

          Con una sonrisa en los labios, Cosme eligió su mejor y más morada lombarda y, tras pesarla, la dejó sobre el mostrador.

          --¿Algo más, señora Julia?

          --Dos manzanas golden, docena y media de pimientos del piquillo, una cebolla y una cabeza de ajos.

          Cosme sirvió el pedido y lo introdujo en una bolsa, pero añadió algo más: cuatro orondas chirimoyas. Al ir a meterlo todo en el carrito, Julia dijo extrañada:

          --¿Pero qué es esto, Cosme? No te he pedido chirimoyas...

          --Es un regalo, señora Julia. Ahora están en sazón, riquísimas. Para que se acuerde de mí esta noche.

          --Siempre me acuerdo de ti. Pero gracias, hijo; eres muy amable.

          --Y usted una santa, señora Julia. Una santa.

          A continuación, Julia se dirigió al contiguo puesto de ultramarinos y, tras intercambiar las felicitaciones de rigor, compró mantequilla, leche, pan, una lata de tomate y huevos. También añadió dos botellas de vino tinto, el más barato que encontró envasado en cristal, porque no le parecía adecuado el brick para una noche tan señalada. Luego, tras pensárselo un poco, agregó una botella de El Gaitero.

          Antes de abandonar el mercado, Julia revisó su monedero. Había gastado más de lo previsto, pero no importaba; en esas fechas había que tirar la casa por la ventana. Además tenía invitados a los que agasajar.

          Al salir al exterior, Julia buscó con la mirada a Braulio, Dimas y Carmen; los había conocido la semana anterior allí, en la entrada del mercado, pero ahora no se veía ni rastro de ellos. Aún era temprano, pensó con un leve encogimiento de hombros; y echó a andar de regreso a casa.

          Como ya había saludado a casi todo el mundo que tenía que saludar, Julia pudo caminar sin interrupciones, fijándose en las huellas de la Navidad que la rodeaban por todas partes. Las guirnaldas de bombillas, ahora apagadas, que, como un dosel eléctrico, engalanaban la calle; las marquesinas publicitarias con motivos navideños; las notas de un villancico flotando en el aire; las tiendas adornadas con bolas de colores y espumillón...

          Al pasar frente a la sastrería de Abilio Sánchez se detuvo. Era el comercio más antiguo del barrio, y su dueño, un anciano chapado a la antigua, siempre adornaba el escaparate de la misma manera: rodeado de telas, con montañas de cheviot castaño y praderas de franela verde, un nacimiento clásico. El niño Jesús en una cuna de paja, la Virgen, San José, el asno y el buey.

          A Julia le entusiasmaba todo lo relacionado con la Navidad; los Papá Noel, las bolas de colores, los árboles ataviados de luces o el muérdago, pero prefería los motivos de siempre, el Belén, los Reyes Magos, con sus pajes y camellos, el acebo, la estrella... Por eso le gustaba tanto aquel escaparate; es cierto que las figuritas estaban desproporcionadas –el niño Jesús era más grande que el buey-, pero eso no importaba, porque ese viejo nacimiento le recordaba a su infancia y primera juventud.

          Tras un melancólico suspiro, Julia echó a andar de nuevo. Cuando llegó a su casa se detuvo un instante y contempló la tienda que había a la derecha del portal, bajo un ajado letrero que rezaba: Carnicería Germán Gutierrez. Una persiana metálica, ahora tiznada de graffitis, sellaba el local desde que, hacía casi ocho años, su marido enfermó demasiado para seguir llevándolo.

          Con un nuevo suspiro, abrió el portal y remontó los dos tramos de escalera que conducían a la primera planta, donde se encontraba su hogar. Era un viejo piso de noventa metros cuadrados, con el suelo de parqué y los techos altos, adornados con frisos de escayola. Todo estaba igual que cuando vivía Germán; de hecho, muy pocas cosas habían cambiado desde que, casi medio siglo atrás, compraron el piso. El comedor de estilo castellano, con la vitrina donde Julia exhibía su colección de figuritas de cristal, los muebles del salón que había heredado de sus padres, la Última Cena de Da Vinci reproducida en plata, el dormitorio, con aquella cama de matrimonio que cada vez parecía más grande y solitaria... Todo igual, menos Germán.

          Julia guardó la compra en la cocina y luego pasó el resto de la mañana ocupada en las tareas del hogar. Aquella noche tenía invitados y quería que la casa estuviera impecable. Comió temprano y ligero, un consomé y una tortilla, pues por la noche cenaría fuerte y no quería hacer excesos. Después, tras fregar los cacharros, comenzó a preparar la cena. Mientras hervía la lombarda, cocinó el relleno de los pimientos y aderezó la salsa de tomate. Luego, guisó la lombarda con trozos de manzana. Un par de horas más tarde ya lo tenía todo listo para darle el último toque y servirlo.

          Aseó la cocina y se dirigió al salón para descansar un ratito. Tomó asiento en un sillón de pana verde, frente a la cómoda donde había instalado el Belén, y paseó la mirada por las montañas de corcho, la estrella de purpurina, la gruta con el nacimiento... Cerró los ojos y a punto estuvo de quedarse dormida, pero entonces recordó que tenía un compromiso y se pellizcó las mejillas para espabilarse. Su vecina del tercero derecha, Marga, se había luxado una muñeca y tenía dificultades para preparar la cena, así que Julia se ofreció a ayudarla. A las cinco en punto, salió de casa y subió al tercero para cumplir su promesa.

          En ocasiones, Julia se preguntaba si su dedicación a los demás no sería más un acto de egoísmo que de altruismo. Cuando falleció Germán, Julia se quedó completamente sola. No habían tenido hijos y carecían de parientes cercanos; tampoco contaban con demasiados amigos. En fin, Julia tenía unos primos en Atarés, el pueblo de Huesca donde nació, pero les había perdido la pista cuando, hacía casi cincuenta años, emigró a Madrid. Por lo demás, era hija única, sus padres habían muerto hacía mucho y no tenía familia política, pues Germán también era hijo único y emigrante. Al morir su marido, Julia se quedó irremediablemente sola.

          Entonces, en vez de encerrarse a rumiar su soledad, comenzó a frecuentar la iglesia y la casa parroquial, las organizaciones vecinales y las entidades caritativas; se abrió al mundo, dispuesta a tenderle la mano a cualquiera que se lo pidiese, y el mundo le devolvió el gesto colmándola de cariño y amistad. Pero Julia, a veces, no podía evitar preguntarse si lo que hacía, ese volcarse en los demás, era fruto de la bondad o de la necesidad de compañía. Aunque, en el fondo, ¿qué importaba?

          Regresó a casa a las siete y media de la tarde, puso la mesa con el mejor mantel, la vajilla buena -la de la Cartuja de Sevilla- y la cubertería de plata, y luego se dirigió al dormitorio para cambiarse de ropa y acicalarse. Quería estar lo más presentable posible para sus invitados.

          Sus invitados... La primera Nochebuena que pasó sola, tras la muerte de Germán, fue terrible. La casa vacía y silenciosa, con el fantasma del recuerdo de su marido impregnando cada rincón del lugar... La segunda Nochebuena fue aún peor, todavía más solitaria. Es cierto que, por entonces, ya tenía muchos amigos, y que varios de ellos la habían invitado a cenar en sus casas, pero Julia no había aceptado, pues pensaba que esas fechas eran para estar en familia, y sabía que se sentiría más una intrusa que una invitada.

          Entonces recordó una campaña muy popular en su juventud, allá por los años 50: Esta Navidad siente a un pobre a su mesa. ¡Sí, esa era la solución!, pensó alborozada. Además, una solución muy a su estilo, pues haría una buena obra y, al tiempo, aliviaría su necesidad de compañía.

          El primer mendigo al que invitó fue una mujer tímida y discreta llamada Rosario. La encontró pidiendo limosna por el barrio. Al año siguiente invitó a Gabriel, un joven que llevaba dos años huido de su casa. Después llegaron Dolores y Arturo, un matrimonio que, tras perder sus trabajos y ser desahuciados de su hogar, dormían en un portal. Por último, el año anterior había cenado con un pobre de edad madura llamado Leoncio, un hombre con cara de tortuga, agradable y educado, pero al que se le iba la cabeza con quizá excesiva frecuencia.

          Y este año Julia había encontrado a Carmen. Tenía treinta y tantos años de edad, aunque aparentaba el doble, y estaba pidiendo limosna en una de las puertas del mercado. Julia le dio unos céntimos y entabló conversación con ella. Parecía agradable, así que la invitó a cenar en Nochebuena. A Carmen se le iluminó la mirada, pero un instante después su rostro se ensombreció.

          --Muchas gracias, señora –dijo-. Pero tengo dos amigos, Braulio y Dimas, y no puedo dejarlos solos esa noche...

          A Julia se le enterneció aún más el corazón. Incluso estando en la miseria aquella mujer albergaba sentimientos tan nobles como la amistad. Preguntó por sus amigos, y Carmen le dijo que estaban a la vuelta de la esquina, en la otra entrada del mercado, así que fueron a reunirse con ellos. Resultaron ser dos hombres correctos y respetuosos; Braulio un cuarentón de aspecto tosco y Dimas más joven, aunque de edad indefinida. Finalmente, Julia los invitó a los tres.

          Más tarde sintió una punzada de arrepentimiento por aquella decisión, pues tres invitados encarecerían la cena y le darían mucho más trabajo, pero luego pensó que ese esfuerzo valía la pena si servía para hacer felices, aunque solo fuera durante una noche, a unos pobres desamparados.

          A las ocho y media, después de que Julia se pusiera su mejor traje de los domingos y justo cuando acaba de darse los últimos toques de maquillaje, sonó el zumbido del portero automático. Eran sus invitados. Les abrió el portal y, cuando llamaron al timbre, la puerta.

          Y ahí, al otro lado del umbral., se encontraban los tres, con aire tímido y apocado. Estaban todo lo aseados que su condición les permitía; Braulio y Dimas se habían rasurado, y Carmen incluso había aplicado algo de colorete a su ajado rostro. Con el corazón enternecido por aquel intento de estar presentables, Julia los invitó a pasar.

          --¿Queréis unas cervecitas? –preguntó una vez que sus invitados estuvieron instalados en el salón.

          Los tres asintieron con aire cohibido. Julia fue a la cocina, puso a calentar la lombarda y regresó al salón con tres botellas de cerveza e igual número de vasos en una bandeja.

          --¿No bebe usted, señora? –preguntó Carmen.

          --Ay no, hija. El médico me lo ha prohibido; pero disfrutaré igual viéndoos a vosotros.

          Durante unos minutos los tres mendigos bebieron en silencio, pausadamente, salvo Carmen, que apuró su cerveza de tres largos tragos.

          --Es una casa muy bonita, señora –dijo Braulio, mirando en derredor-. Se nota que tiene usted posibles.

          --Tenía, hijo, tenía –rió Julia-. Cuando vivía mi difunto Germán nunca nos faltó el dinero. La carnicería iba bien, no podíamos quejarnos. Pero luego la enfermedad de mi marido se llevó por delante nuestro ahorros; y después, cuando falleció, me encontré con una pensión de viudedad miserable. Apenas puedo vivir con lo que me dan; solo os diré que el recibo de la luz supone la mitad de la pensión. –Suspiró-. Después de morir Germán tuve que renunciar a muchas cosas...

          --¿La carnicería de abajo era la de su señor esposo? –preguntó Braulio.

          --Sí.

          --¿Y el local es suyo? En propiedad, quiero decir.

          --Así es; lo heredé.

          --¿Y por qué no lo vende? Así saldría usted de apuros.

          --Ay, no hijo, no podría. Me han hecho ofertas, pero esa tienda es todo lo que me queda de mi Germán. No puedo deshacerme de ella. Hay tantos recuerdos...

          Y Julia comenzó a recordar en voz alta. Les habló de su infancia en el pueblo, de su traslado a Madrid para trabajar como ayudante de enfermería, de cómo conoció a Germán, de su noviazgo... Cuando el carillón que descansaba en la cómoda, junto al Belén, hizo sonar nueve veces sus campanitas, Julia interrumpió el monólogo y les invitó a pasar al comedor para cenar.

          --¿Quiere que la ayude en la cocina, señora? –se ofreció Carmen.

          --No hija, gracias. Puedo hacerlo sola; así siento que aún sirvo para algo.

          Mientras los invitados se acomodaban en torno a la mesa del comedor, Julia fue a la cocina, sacó la lombarda del horno y puso los pimientos a calentar. Acto seguido regresó al comedor y sirvió la lombarda. Luego, tras descorchar una botella de vino, comenzaron a cenar; y Julia prosiguió, entre bocado y bocado, desgranando sus recuerdos.

          Acabado el entrante, Julia recogió los platos sucios y se dirigió a la cocina. Entonces Dimas, que hasta entonces apenas había despegado los labios (aunque, en realidad, nadie salvo Julia lo había hecho), se volvió hacia Braulio y preguntó:

          --¿Ya?

          --Todavía no.

          --No me jodas; si esa vieja sigue contándonos su vida se me va a reventar la cabeza...

          --Tranquilo, hombre. Después de cenar.

          --No le hagáis daño –dijo Carmen. Apuró su copa de un trago y agregó-: Es una buena mujer.

          --No le vamos a hacer daño –replicó Braulio en voz baja-. La ataremos, la amordazaremos, nos llevaremos todo lo que haya de valor y al irnos dejaremos la puerta abierta para que la encuentren los vecinos. No le va a pasar nada.

          --¿Y por qué no lo hacemos ya? –insistió Dimas.

          --Porque quiero acabar de cenar, hostias. Qué pesado eres...

          --No le hagáis daño –repitió Carmen sirviéndose su cuarta copa de vino-. Que os conozco y sois muy bestias.

          --Y tú una borracha –replicó Braulio-. Deja ya de pimplar, que te vas a agarrar un pedo.

          --Que te den por culo –contestó Carmen.

          En ese momento escucharon los pasos de la anciana aproximándose y guardaron silencio.

          --El plato principal –anunció Julia al entrar en el comedor. Dejó sobre la mesa la fuente que sostenía entre las manos y dijo-: Pimientos rellenos.

          --¿De Bacalao? –preguntó Braulio.

          --Uy no, qué va. Siendo mi marido carnicero, siempre los he rellenado de carne. Espero que os gusten.

          Sirvió los pimientos y empezaron a comer.

          --Están cojonu... buenísimos, señora –dijo Carmen con la voz algo enturbiada por el alcohol-. ¿De qué es la carne?

          --De cerdo, hija, de cerdo, que la ternera está por las nubes. –Julia suspiró-. Cuando vivía mi marido comíamos ternera de la mejor siete días a la semana. Pero luego, al enviudar, con la miseria de pensión que me dan, sólo podía comprar carne en ocasiones especiales, como ésta...

          Mientras daban cuenta de los pimientos, Julia se enredó en un largo soliloquio sobre las privaciones que pasaba a causa del escaso montante de su pensión; pero, al terminar, recuperó su habitual buen humor.

          --Basta de tristezas –dijo sonriente-. Es Nochebuena y hay que estar alegres. Voy a por el postre, para que nos endulce la vida.

          Julia recogió los platos y fue a la cocina, para regresar al poco con una bandeja en la que había una botella de sidra El Gaitero, cuatro copas y una fuente con turrón de Jijona y polvorones. Dejó los dulces en el centro de la mesa y sirvió la sidra en las copas; hasta arriba en las de sus invitados y un culín en la suya.

          --Sólo un poquito –dijo-, para mojarme los labios y brindar. –Alzó su copa-. ¡Feliz Navidad, amigos!

          --Feliz Navidad, señora –respondieron los tres mendigos al unísono.

          Y vaciaron sus copas. Luego, mientras Julia las rellenaba de sidra, empezaron a comer el turrón y los polvorones. Diez minutos más tarde, cuando ya no quedaba ningún dulce sobre la mesa, Braulio intercambió una mirada con Dimas y se incorporó.

          --Mire señora... –comenzó a decir.

          Pero enmudeció al instante. De repente, la habitación se había puesto a dar vueltas a su alrededor. Entreabrió los labios, soltó un débil gemido y se derrumbó inconsciente.

          Alarmado, Dimas se puso en pie.

          --Pero qué cojones...

          Sólo pudo dar dos pasos antes de caer al suelo, tan inconsciente como su compañero. Siempre sonriente, Julia volvió la mirada y vio que Carmen yacía sobre la mesa, con la cara incrustada en el plato de postre, profundamente dormida. No era de extrañar; pensó; había disuelto en la sidra somníferos suficientes para tumbar a tres caballos.

          Dejó escapar un largo suspiro, se incorporó, caminó hasta la sala de estar, cogió un cojín y regresó al comedor. Luego, con un nuevo suspiro, puso el cojín sobra la boca y la nariz de Braulio y apretó con fuerza. Unos minutos más tarde, tras debatirse un poco, el hombre dejó de respirar. Repitió la operación con Dimas y finalizó el trabajo asfixiando a Carmen. Curiosamente, fue ella la que más se resistió, tanto, que Julia temió que fuera a despertarse; pero finalmente siguió el mismo camino que sus compañeros sin llegar a recuperar la consciencia.

          Julia contempló los tres cadáveres con una sonrisa beatífica.

          --Ya no sufriréis más –murmuró. Consultó su reloj y añadió-: Uy, qué tarde es. Tengo que darme prisa...

          Abandonó el comedor y regresó al poco empujando la silla de ruedas que usaba su marido cuando se quedó paralítico. Luego volvió a salir y trajo la grúa portátil que utilizaba para mover a Germán. Le puso el arnés al cuerpo de Braulio, lo levantó con la grúa y lo colocó en la silla. Acto seguido, empujó la silla hacia el fondo de la casa.

          Allí, en la habitación contigua a la cocina, había una plataforma elevadora que conducía directamente a la carnicería. Cuando Germán perdió el uso de las piernas, se empeñó en seguir llevando la tienda; pero no podía acceder a ella a causa de las escaleras, así que hizo construir aquella plataforma para poder seguir trabajando. Había costado un montón de dinero, igual que la grúa, las dos sillas de ruedas (la manual y la eléctrica) y los innumerables médicos privados a los que recurrió Germán para intentar ponerle remedio a su dolencia. Eso acabó con los ahorros familiares.

          A veces, Julia pensaba que de haber sabido que iba a producirse ese dispendio, y que el tacaño de su marido pagaba lo mínimo a la Seguridad Social, no habría matado a Germán de la misma manera. Pero fue lo mejor que se le ocurrió para no despertar sospechas.

          La toxina botulínica es el veneno más potente que existe; basta menos de un nanogramo de toxina por kilo de peso corporal para matar a una persona. Y un nanogramo es la milmillonésima parte de un gramo... Pero Julia no quería matar a Germán, al menos no de repente, pues la súbita muerte de un hombre sano podría levantar suspicacias.

          Sin embargo, en dosis más reducidas la toxina botulímica produce, entre otros síntomas, cólicos, nauseas, vómitos, dificultades respiratorias y parálisis de las extremidades inferiores. Pero lo mejor de todo era que los médicos confundían con frecuencia el botulismo -un mal decididamente anticuado, después de todo- con algún tipo de enfermedad autoinmune, como el síndrome de Guillain-Barré o la miastenia gravis. Es decir: una causa natural.

          Gracias a sus conocimientos de enfermería, Julia cultivó botulina en un trozo de jamón cocido en mal estado. Luego diluyó varias veces la toxina hasta conseguir dosis no letales y comenzó a administrárselas a Germán en las comidas. Al cabo de un mes, su marido ya no podía caminar. Un año más tarde, cuando se cansó de cuidarle y ya todo el mundo sabía que estaba muy enfermo, Julia aumentó la dosis y Germán murió sin que nadie sospechase que había sido asesinado. Ni siquiera le hicieron la autopsia.

          Lo gracioso era que Julia ya ni se acordaba de por qué le había matado...

          Espantando los recuerdos con un cabeceo, Julia descendió en la plataforma hasta la carnicería y empujó la silla hacia la trastienda, donde, detrás de una mesa de despiece, había dos grandes cámaras frigoríficas. La de la izquierda era un congelador y la otra un refrigerador. Abrió la de la derecha, entró con la silla y la inclinó hacia delante para dejar caer al suelo el cuerpo de Braulio. Acto seguido, subió al comedor y repitió el mismo proceso con los cadáveres de Dimas y de Carmen.

          Finalmente, Julia contempló los cuerpos que se amontonaban en el suelo de la cámara refrigeradora y se prometió a sí misma que nunca volvería a invitar a más de un pobre. Tres eran demasiado trabajo; tardaría más de una semana en despiezarlos. Además ya tenía suficiente carne.

          Cerró la puerta del refrigerador y echó a andar hacia la plataforma, pero en el último momento recordó algo. Su vecina Marga, agradecida por la ayuda, había insistido en invitarla a comer en su casa el día de Año Nuevo, y Julia aceptó con la condición de preparar ella el plato principal, una de sus especialidades: solomillo al jerez.

          Se dio la vuelta, regresó a la trastienda y abrió la puerta del congelador. Una vaharada de aire helado la rodeó al entrar en la cámara. Se detuvo y paseó la mirada por los anaqueles metálicos donde se amontonaban las piezas de carne. Allí, sobre una balda, había seis piernas –cuatro de hombre y dos de mujer-, junto a cinco brazos masculinos. Más allá, guardados en bolsas de plástico, hígados, riñones, mollejas, corazones y toda suerte de vísceras. En el techo, colgando de unos ganchos, cuatro costillares.

          Y en la balda superior, presidiendo la cámara, cinco cabezas congeladas: la de Rosario, la de Gabriel, la de Dolores, la de Arturo y la de Leoncio, sus invitados durante las cuatro últimas nochebuenas.

          Julia contempló con una cariñosa sonrisa aquellos cráneos decapitados, todos con los ojos cerrados, como si durmieran un plácido sueño helado. Después de tanto tiempo, eran casi su familia. Con un suave suspiro, Julia se aproximó a uno de los anaqueles y cogió un solomillo, rígido por el frío. Leyó la etiqueta que le puso cuatro años atrás: era el solomillo de Rosario, un mujer muy dulce y muy tierna. Ése serviría.

          Lo metió en una bolsa de El Corte Inglés, salió de la cámara, cerró la puerta, subió a su piso en la plataforma y guardó el solomillo en la nevera, para que se descongelara lentamente, como debe hacerse si no quieres estropear la carne. Luego, después de lavarse las manos y retocarse el maquillaje, se puso el abrigo, una bufanda y un pañuelo, cogió el bolso y salió a la calle. Se detuvo un instante frente al portal y consultó su reloj: faltaban siete minutos para que dieran las doce.

Siempre sonriente, Julia echó a andar hacia la iglesia; si se daba prisa, llegaría antes de que diera comienzo la Misa del Gallo.