12.24.2016

Doña Julia y los pobres



 
 
 
         Doña Julia y los pobres
 
          By César Mallorquí

 

 

          Aquella mañana, como solía hacer, Julia salió de su casa tirando de un carrito de la compra y se dirigió al mercado. Pero ésa no era una mañana normal; era la mañana del veinticuatro de diciembre, la mañana previa a la Nochebuena, la mañana que daba paso a las fiestas navideñas. Y a Julia le gustaban tanto aquellas fechas...

          Julia tenía setenta y cuatro años; era bajita, algo gordita, con el pelo teñido de castaño para espantar las canas, siempre recogido en un moño, y, aunque la vida le había castigado mucho, una perenne sonrisa instalada en los labios. Era risueña, algo pizpireta, muy parlanchina.

          --Buenos días, señora Julia –la saludó Matías, el panadero, cuando pasó delante de su tienda-. Y felices fiestas.

          --Felices fiestas, hijo. Y feliz noche, para ti y tu familia.

          Todo el mundo quería a Julia. Al principio, cuando se instalaron en el barrio, sólo era la esposa de Germán, el carnicero, una mujer amable y discreta que atendía la caja de la carnicería y a la que nadie prestaba demasiada atención. Pero luego, cuando, siete años atrás, Germán murió y su comercio tuvo que cerrar, Julia se convirtió, poco a poco, en la viuda más popular del barrio.

          No es de extrañar; siempre dispuesta a echar una mano, Julia ayudaba en la iglesia, visitaba a enfermos, recogía ropa y alimentos para los necesitados y participaba en toda suerte de actos caritativos. Gracias a su carácter optimista, a su buen corazón y a su entrega a los demás, Julia se ganó el afecto de sus convecinos, convirtiéndose en algo así como el alma de la comunidad.

          Aunque el mercado se encontraba a apenas tres manzanas de su casa, Julia tardó mucho en llegar, pues constantemente se encontraba con conocidos y se detenía para intercambiar con ellos felicitaciones y buenos deseos. Ese era el precio de la popularidad, un precio de Julia pagaba de muy buen grado. Y es que a Julia le gustaba la gente, en todos los sentidos.

          Al entrar en el mercado, la sucesión de encuentros prosiguió, obligándola a saludar a los encargados de todos los puestos por donde cruzaba. Aunque “obligándola” no es la palabra adecuada, pues ya ha quedado claro que a Julia aquello le encantaba. Finalmente, logró llegar a su destino, la verdulería y frutería de Cosme.

          --Benditos los ojos, señora Julia –la saludó éste, sonriente-. Está usted muy guapa esta mañana. Se nota que ya es Navidad.

          --Ay hijo, muchas gracias –rió ella-. Pero no soy guapa, sino vieja. Aunque no te voy a rechazar el piropo, porque dicen que quien rehúsa un halago es porque quiere oírlo dos veces.

          --Quite, quite; está usted hecha un bombón.

          --Un bombón un poco pasado –volvió a reír-. Pero gracias otra vez, y felices fiestas, hijo.

          --Felices fiestas también para usted, señora Julia. Dígame, ¿qué se le ofrece?

          --Quería una lombarda y bien grande. Es para le cena de esta noche.

          --¿Tiene invitados?

          --Sí. Seremos cuatro.

          --¿Familia?

          --Todo el mundo es mi familia, hijo.

          Con una sonrisa en los labios, Cosme eligió su mejor y más morada lombarda y, tras pesarla, la dejó sobre el mostrador.

          --¿Algo más, señora Julia?

          --Dos manzanas golden, docena y media de pimientos del piquillo, una cebolla y una cabeza de ajos.

          Cosme sirvió el pedido y lo introdujo en una bolsa, pero añadió algo más: cuatro orondas chirimoyas. Al ir a meterlo todo en el carrito, Julia dijo extrañada:

          --¿Pero qué es esto, Cosme? No te he pedido chirimoyas...

          --Es un regalo, señora Julia. Ahora están en sazón, riquísimas. Para que se acuerde de mí esta noche.

          --Siempre me acuerdo de ti. Pero gracias, hijo; eres muy amable.

          --Y usted una santa, señora Julia. Una santa.

          A continuación, Julia se dirigió al contiguo puesto de ultramarinos y, tras intercambiar las felicitaciones de rigor, compró mantequilla, leche, pan, una lata de tomate y huevos. También añadió dos botellas de vino tinto, el más barato que encontró envasado en cristal, porque no le parecía adecuado el brick para una noche tan señalada. Luego, tras pensárselo un poco, agregó una botella de El Gaitero.

          Antes de abandonar el mercado, Julia revisó su monedero. Había gastado más de lo previsto, pero no importaba; en esas fechas había que tirar la casa por la ventana. Además tenía invitados a los que agasajar.

          Al salir al exterior, Julia buscó con la mirada a Braulio, Dimas y Carmen; los había conocido la semana anterior allí, en la entrada del mercado, pero ahora no se veía ni rastro de ellos. Aún era temprano, pensó con un leve encogimiento de hombros; y echó a andar de regreso a casa.

          Como ya había saludado a casi todo el mundo que tenía que saludar, Julia pudo caminar sin interrupciones, fijándose en las huellas de la Navidad que la rodeaban por todas partes. Las guirnaldas de bombillas, ahora apagadas, que, como un dosel eléctrico, engalanaban la calle; las marquesinas publicitarias con motivos navideños; las notas de un villancico flotando en el aire; las tiendas adornadas con bolas de colores y espumillón...

          Al pasar frente a la sastrería de Abilio Sánchez se detuvo. Era el comercio más antiguo del barrio, y su dueño, un anciano chapado a la antigua, siempre adornaba el escaparate de la misma manera: rodeado de telas, con montañas de cheviot castaño y praderas de franela verde, un nacimiento clásico. El niño Jesús en una cuna de paja, la Virgen, San José, el asno y el buey.

          A Julia le entusiasmaba todo lo relacionado con la Navidad; los Papá Noel, las bolas de colores, los árboles ataviados de luces o el muérdago, pero prefería los motivos de siempre, el Belén, los Reyes Magos, con sus pajes y camellos, el acebo, la estrella... Por eso le gustaba tanto aquel escaparate; es cierto que las figuritas estaban desproporcionadas –el niño Jesús era más grande que el buey-, pero eso no importaba, porque ese viejo nacimiento le recordaba a su infancia y primera juventud.

          Tras un melancólico suspiro, Julia echó a andar de nuevo. Cuando llegó a su casa se detuvo un instante y contempló la tienda que había a la derecha del portal, bajo un ajado letrero que rezaba: Carnicería Germán Gutierrez. Una persiana metálica, ahora tiznada de graffitis, sellaba el local desde que, hacía casi ocho años, su marido enfermó demasiado para seguir llevándolo.

          Con un nuevo suspiro, abrió el portal y remontó los dos tramos de escalera que conducían a la primera planta, donde se encontraba su hogar. Era un viejo piso de noventa metros cuadrados, con el suelo de parqué y los techos altos, adornados con frisos de escayola. Todo estaba igual que cuando vivía Germán; de hecho, muy pocas cosas habían cambiado desde que, casi medio siglo atrás, compraron el piso. El comedor de estilo castellano, con la vitrina donde Julia exhibía su colección de figuritas de cristal, los muebles del salón que había heredado de sus padres, la Última Cena de Da Vinci reproducida en plata, el dormitorio, con aquella cama de matrimonio que cada vez parecía más grande y solitaria... Todo igual, menos Germán.

          Julia guardó la compra en la cocina y luego pasó el resto de la mañana ocupada en las tareas del hogar. Aquella noche tenía invitados y quería que la casa estuviera impecable. Comió temprano y ligero, un consomé y una tortilla, pues por la noche cenaría fuerte y no quería hacer excesos. Después, tras fregar los cacharros, comenzó a preparar la cena. Mientras hervía la lombarda, cocinó el relleno de los pimientos y aderezó la salsa de tomate. Luego, guisó la lombarda con trozos de manzana. Un par de horas más tarde ya lo tenía todo listo para darle el último toque y servirlo.

          Aseó la cocina y se dirigió al salón para descansar un ratito. Tomó asiento en un sillón de pana verde, frente a la cómoda donde había instalado el Belén, y paseó la mirada por las montañas de corcho, la estrella de purpurina, la gruta con el nacimiento... Cerró los ojos y a punto estuvo de quedarse dormida, pero entonces recordó que tenía un compromiso y se pellizcó las mejillas para espabilarse. Su vecina del tercero derecha, Marga, se había luxado una muñeca y tenía dificultades para preparar la cena, así que Julia se ofreció a ayudarla. A las cinco en punto, salió de casa y subió al tercero para cumplir su promesa.

          En ocasiones, Julia se preguntaba si su dedicación a los demás no sería más un acto de egoísmo que de altruismo. Cuando falleció Germán, Julia se quedó completamente sola. No habían tenido hijos y carecían de parientes cercanos; tampoco contaban con demasiados amigos. En fin, Julia tenía unos primos en Atarés, el pueblo de Huesca donde nació, pero les había perdido la pista cuando, hacía casi cincuenta años, emigró a Madrid. Por lo demás, era hija única, sus padres habían muerto hacía mucho y no tenía familia política, pues Germán también era hijo único y emigrante. Al morir su marido, Julia se quedó irremediablemente sola.

          Entonces, en vez de encerrarse a rumiar su soledad, comenzó a frecuentar la iglesia y la casa parroquial, las organizaciones vecinales y las entidades caritativas; se abrió al mundo, dispuesta a tenderle la mano a cualquiera que se lo pidiese, y el mundo le devolvió el gesto colmándola de cariño y amistad. Pero Julia, a veces, no podía evitar preguntarse si lo que hacía, ese volcarse en los demás, era fruto de la bondad o de la necesidad de compañía. Aunque, en el fondo, ¿qué importaba?

          Regresó a casa a las siete y media de la tarde, puso la mesa con el mejor mantel, la vajilla buena -la de la Cartuja de Sevilla- y la cubertería de plata, y luego se dirigió al dormitorio para cambiarse de ropa y acicalarse. Quería estar lo más presentable posible para sus invitados.

          Sus invitados... La primera Nochebuena que pasó sola, tras la muerte de Germán, fue terrible. La casa vacía y silenciosa, con el fantasma del recuerdo de su marido impregnando cada rincón del lugar... La segunda Nochebuena fue aún peor, todavía más solitaria. Es cierto que, por entonces, ya tenía muchos amigos, y que varios de ellos la habían invitado a cenar en sus casas, pero Julia no había aceptado, pues pensaba que esas fechas eran para estar en familia, y sabía que se sentiría más una intrusa que una invitada.

          Entonces recordó una campaña muy popular en su juventud, allá por los años 50: Esta Navidad siente a un pobre a su mesa. ¡Sí, esa era la solución!, pensó alborozada. Además, una solución muy a su estilo, pues haría una buena obra y, al tiempo, aliviaría su necesidad de compañía.

          El primer mendigo al que invitó fue una mujer tímida y discreta llamada Rosario. La encontró pidiendo limosna por el barrio. Al año siguiente invitó a Gabriel, un joven que llevaba dos años huido de su casa. Después llegaron Dolores y Arturo, un matrimonio que, tras perder sus trabajos y ser desahuciados de su hogar, dormían en un portal. Por último, el año anterior había cenado con un pobre de edad madura llamado Leoncio, un hombre con cara de tortuga, agradable y educado, pero al que se le iba la cabeza con quizá excesiva frecuencia.

          Y este año Julia había encontrado a Carmen. Tenía treinta y tantos años de edad, aunque aparentaba el doble, y estaba pidiendo limosna en una de las puertas del mercado. Julia le dio unos céntimos y entabló conversación con ella. Parecía agradable, así que la invitó a cenar en Nochebuena. A Carmen se le iluminó la mirada, pero un instante después su rostro se ensombreció.

          --Muchas gracias, señora –dijo-. Pero tengo dos amigos, Braulio y Dimas, y no puedo dejarlos solos esa noche...

          A Julia se le enterneció aún más el corazón. Incluso estando en la miseria aquella mujer albergaba sentimientos tan nobles como la amistad. Preguntó por sus amigos, y Carmen le dijo que estaban a la vuelta de la esquina, en la otra entrada del mercado, así que fueron a reunirse con ellos. Resultaron ser dos hombres correctos y respetuosos; Braulio un cuarentón de aspecto tosco y Dimas más joven, aunque de edad indefinida. Finalmente, Julia los invitó a los tres.

          Más tarde sintió una punzada de arrepentimiento por aquella decisión, pues tres invitados encarecerían la cena y le darían mucho más trabajo, pero luego pensó que ese esfuerzo valía la pena si servía para hacer felices, aunque solo fuera durante una noche, a unos pobres desamparados.

          A las ocho y media, después de que Julia se pusiera su mejor traje de los domingos y justo cuando acaba de darse los últimos toques de maquillaje, sonó el zumbido del portero automático. Eran sus invitados. Les abrió el portal y, cuando llamaron al timbre, la puerta.

          Y ahí, al otro lado del umbral., se encontraban los tres, con aire tímido y apocado. Estaban todo lo aseados que su condición les permitía; Braulio y Dimas se habían rasurado, y Carmen incluso había aplicado algo de colorete a su ajado rostro. Con el corazón enternecido por aquel intento de estar presentables, Julia los invitó a pasar.

          --¿Queréis unas cervecitas? –preguntó una vez que sus invitados estuvieron instalados en el salón.

          Los tres asintieron con aire cohibido. Julia fue a la cocina, puso a calentar la lombarda y regresó al salón con tres botellas de cerveza e igual número de vasos en una bandeja.

          --¿No bebe usted, señora? –preguntó Carmen.

          --Ay no, hija. El médico me lo ha prohibido; pero disfrutaré igual viéndoos a vosotros.

          Durante unos minutos los tres mendigos bebieron en silencio, pausadamente, salvo Carmen, que apuró su cerveza de tres largos tragos.

          --Es una casa muy bonita, señora –dijo Braulio, mirando en derredor-. Se nota que tiene usted posibles.

          --Tenía, hijo, tenía –rió Julia-. Cuando vivía mi difunto Germán nunca nos faltó el dinero. La carnicería iba bien, no podíamos quejarnos. Pero luego la enfermedad de mi marido se llevó por delante nuestro ahorros; y después, cuando falleció, me encontré con una pensión de viudedad miserable. Apenas puedo vivir con lo que me dan; solo os diré que el recibo de la luz supone la mitad de la pensión. –Suspiró-. Después de morir Germán tuve que renunciar a muchas cosas...

          --¿La carnicería de abajo era la de su señor esposo? –preguntó Braulio.

          --Sí.

          --¿Y el local es suyo? En propiedad, quiero decir.

          --Así es; lo heredé.

          --¿Y por qué no lo vende? Así saldría usted de apuros.

          --Ay, no hijo, no podría. Me han hecho ofertas, pero esa tienda es todo lo que me queda de mi Germán. No puedo deshacerme de ella. Hay tantos recuerdos...

          Y Julia comenzó a recordar en voz alta. Les habló de su infancia en el pueblo, de su traslado a Madrid para trabajar como ayudante de enfermería, de cómo conoció a Germán, de su noviazgo... Cuando el carillón que descansaba en la cómoda, junto al Belén, hizo sonar nueve veces sus campanitas, Julia interrumpió el monólogo y les invitó a pasar al comedor para cenar.

          --¿Quiere que la ayude en la cocina, señora? –se ofreció Carmen.

          --No hija, gracias. Puedo hacerlo sola; así siento que aún sirvo para algo.

          Mientras los invitados se acomodaban en torno a la mesa del comedor, Julia fue a la cocina, sacó la lombarda del horno y puso los pimientos a calentar. Acto seguido regresó al comedor y sirvió la lombarda. Luego, tras descorchar una botella de vino, comenzaron a cenar; y Julia prosiguió, entre bocado y bocado, desgranando sus recuerdos.

          Acabado el entrante, Julia recogió los platos sucios y se dirigió a la cocina. Entonces Dimas, que hasta entonces apenas había despegado los labios (aunque, en realidad, nadie salvo Julia lo había hecho), se volvió hacia Braulio y preguntó:

          --¿Ya?

          --Todavía no.

          --No me jodas; si esa vieja sigue contándonos su vida se me va a reventar la cabeza...

          --Tranquilo, hombre. Después de cenar.

          --No le hagáis daño –dijo Carmen. Apuró su copa de un trago y agregó-: Es una buena mujer.

          --No le vamos a hacer daño –replicó Braulio en voz baja-. La ataremos, la amordazaremos, nos llevaremos todo lo que haya de valor y al irnos dejaremos la puerta abierta para que la encuentren los vecinos. No le va a pasar nada.

          --¿Y por qué no lo hacemos ya? –insistió Dimas.

          --Porque quiero acabar de cenar, hostias. Qué pesado eres...

          --No le hagáis daño –repitió Carmen sirviéndose su cuarta copa de vino-. Que os conozco y sois muy bestias.

          --Y tú una borracha –replicó Braulio-. Deja ya de pimplar, que te vas a agarrar un pedo.

          --Que te den por culo –contestó Carmen.

          En ese momento escucharon los pasos de la anciana aproximándose y guardaron silencio.

          --El plato principal –anunció Julia al entrar en el comedor. Dejó sobre la mesa la fuente que sostenía entre las manos y dijo-: Pimientos rellenos.

          --¿De Bacalao? –preguntó Braulio.

          --Uy no, qué va. Siendo mi marido carnicero, siempre los he rellenado de carne. Espero que os gusten.

          Sirvió los pimientos y empezaron a comer.

          --Están cojonu... buenísimos, señora –dijo Carmen con la voz algo enturbiada por el alcohol-. ¿De qué es la carne?

          --De cerdo, hija, de cerdo, que la ternera está por las nubes. –Julia suspiró-. Cuando vivía mi marido comíamos ternera de la mejor siete días a la semana. Pero luego, al enviudar, con la miseria de pensión que me dan, sólo podía comprar carne en ocasiones especiales, como ésta...

          Mientras daban cuenta de los pimientos, Julia se enredó en un largo soliloquio sobre las privaciones que pasaba a causa del escaso montante de su pensión; pero, al terminar, recuperó su habitual buen humor.

          --Basta de tristezas –dijo sonriente-. Es Nochebuena y hay que estar alegres. Voy a por el postre, para que nos endulce la vida.

          Julia recogió los platos y fue a la cocina, para regresar al poco con una bandeja en la que había una botella de sidra El Gaitero, cuatro copas y una fuente con turrón de Jijona y polvorones. Dejó los dulces en el centro de la mesa y sirvió la sidra en las copas; hasta arriba en las de sus invitados y un culín en la suya.

          --Sólo un poquito –dijo-, para mojarme los labios y brindar. –Alzó su copa-. ¡Feliz Navidad, amigos!

          --Feliz Navidad, señora –respondieron los tres mendigos al unísono.

          Y vaciaron sus copas. Luego, mientras Julia las rellenaba de sidra, empezaron a comer el turrón y los polvorones. Diez minutos más tarde, cuando ya no quedaba ningún dulce sobre la mesa, Braulio intercambió una mirada con Dimas y se incorporó.

          --Mire señora... –comenzó a decir.

          Pero enmudeció al instante. De repente, la habitación se había puesto a dar vueltas a su alrededor. Entreabrió los labios, soltó un débil gemido y se derrumbó inconsciente.

          Alarmado, Dimas se puso en pie.

          --Pero qué cojones...

          Sólo pudo dar dos pasos antes de caer al suelo, tan inconsciente como su compañero. Siempre sonriente, Julia volvió la mirada y vio que Carmen yacía sobre la mesa, con la cara incrustada en el plato de postre, profundamente dormida. No era de extrañar; pensó; había disuelto en la sidra somníferos suficientes para tumbar a tres caballos.

          Dejó escapar un largo suspiro, se incorporó, caminó hasta la sala de estar, cogió un cojín y regresó al comedor. Luego, con un nuevo suspiro, puso el cojín sobra la boca y la nariz de Braulio y apretó con fuerza. Unos minutos más tarde, tras debatirse un poco, el hombre dejó de respirar. Repitió la operación con Dimas y finalizó el trabajo asfixiando a Carmen. Curiosamente, fue ella la que más se resistió, tanto, que Julia temió que fuera a despertarse; pero finalmente siguió el mismo camino que sus compañeros sin llegar a recuperar la consciencia.

          Julia contempló los tres cadáveres con una sonrisa beatífica.

          --Ya no sufriréis más –murmuró. Consultó su reloj y añadió-: Uy, qué tarde es. Tengo que darme prisa...

          Abandonó el comedor y regresó al poco empujando la silla de ruedas que usaba su marido cuando se quedó paralítico. Luego volvió a salir y trajo la grúa portátil que utilizaba para mover a Germán. Le puso el arnés al cuerpo de Braulio, lo levantó con la grúa y lo colocó en la silla. Acto seguido, empujó la silla hacia el fondo de la casa.

          Allí, en la habitación contigua a la cocina, había una plataforma elevadora que conducía directamente a la carnicería. Cuando Germán perdió el uso de las piernas, se empeñó en seguir llevando la tienda; pero no podía acceder a ella a causa de las escaleras, así que hizo construir aquella plataforma para poder seguir trabajando. Había costado un montón de dinero, igual que la grúa, las dos sillas de ruedas (la manual y la eléctrica) y los innumerables médicos privados a los que recurrió Germán para intentar ponerle remedio a su dolencia. Eso acabó con los ahorros familiares.

          A veces, Julia pensaba que de haber sabido que iba a producirse ese dispendio, y que el tacaño de su marido pagaba lo mínimo a la Seguridad Social, no habría matado a Germán de la misma manera. Pero fue lo mejor que se le ocurrió para no despertar sospechas.

          La toxina botulínica es el veneno más potente que existe; basta menos de un nanogramo de toxina por kilo de peso corporal para matar a una persona. Y un nanogramo es la milmillonésima parte de un gramo... Pero Julia no quería matar a Germán, al menos no de repente, pues la súbita muerte de un hombre sano podría levantar suspicacias.

          Sin embargo, en dosis más reducidas la toxina botulímica produce, entre otros síntomas, cólicos, nauseas, vómitos, dificultades respiratorias y parálisis de las extremidades inferiores. Pero lo mejor de todo era que los médicos confundían con frecuencia el botulismo -un mal decididamente anticuado, después de todo- con algún tipo de enfermedad autoinmune, como el síndrome de Guillain-Barré o la miastenia gravis. Es decir: una causa natural.

          Gracias a sus conocimientos de enfermería, Julia cultivó botulina en un trozo de jamón cocido en mal estado. Luego diluyó varias veces la toxina hasta conseguir dosis no letales y comenzó a administrárselas a Germán en las comidas. Al cabo de un mes, su marido ya no podía caminar. Un año más tarde, cuando se cansó de cuidarle y ya todo el mundo sabía que estaba muy enfermo, Julia aumentó la dosis y Germán murió sin que nadie sospechase que había sido asesinado. Ni siquiera le hicieron la autopsia.

          Lo gracioso era que Julia ya ni se acordaba de por qué le había matado...

          Espantando los recuerdos con un cabeceo, Julia descendió en la plataforma hasta la carnicería y empujó la silla hacia la trastienda, donde, detrás de una mesa de despiece, había dos grandes cámaras frigoríficas. La de la izquierda era un congelador y la otra un refrigerador. Abrió la de la derecha, entró con la silla y la inclinó hacia delante para dejar caer al suelo el cuerpo de Braulio. Acto seguido, subió al comedor y repitió el mismo proceso con los cadáveres de Dimas y de Carmen.

          Finalmente, Julia contempló los cuerpos que se amontonaban en el suelo de la cámara refrigeradora y se prometió a sí misma que nunca volvería a invitar a más de un pobre. Tres eran demasiado trabajo; tardaría más de una semana en despiezarlos. Además ya tenía suficiente carne.

          Cerró la puerta del refrigerador y echó a andar hacia la plataforma, pero en el último momento recordó algo. Su vecina Marga, agradecida por la ayuda, había insistido en invitarla a comer en su casa el día de Año Nuevo, y Julia aceptó con la condición de preparar ella el plato principal, una de sus especialidades: solomillo al jerez.

          Se dio la vuelta, regresó a la trastienda y abrió la puerta del congelador. Una vaharada de aire helado la rodeó al entrar en la cámara. Se detuvo y paseó la mirada por los anaqueles metálicos donde se amontonaban las piezas de carne. Allí, sobre una balda, había seis piernas –cuatro de hombre y dos de mujer-, junto a cinco brazos masculinos. Más allá, guardados en bolsas de plástico, hígados, riñones, mollejas, corazones y toda suerte de vísceras. En el techo, colgando de unos ganchos, cuatro costillares.

          Y en la balda superior, presidiendo la cámara, cinco cabezas congeladas: la de Rosario, la de Gabriel, la de Dolores, la de Arturo y la de Leoncio, sus invitados durante las cuatro últimas nochebuenas.

          Julia contempló con una cariñosa sonrisa aquellos cráneos decapitados, todos con los ojos cerrados, como si durmieran un plácido sueño helado. Después de tanto tiempo, eran casi su familia. Con un suave suspiro, Julia se aproximó a uno de los anaqueles y cogió un solomillo, rígido por el frío. Leyó la etiqueta que le puso cuatro años atrás: era el solomillo de Rosario, un mujer muy dulce y muy tierna. Ése serviría.

          Lo metió en una bolsa de El Corte Inglés, salió de la cámara, cerró la puerta, subió a su piso en la plataforma y guardó el solomillo en la nevera, para que se descongelara lentamente, como debe hacerse si no quieres estropear la carne. Luego, después de lavarse las manos y retocarse el maquillaje, se puso el abrigo, una bufanda y un pañuelo, cogió el bolso y salió a la calle. Se detuvo un instante frente al portal y consultó su reloj: faltaban siete minutos para que dieran las doce.

Siempre sonriente, Julia echó a andar hacia la iglesia; si se daba prisa, llegaría antes de que diera comienzo la Misa del Gallo.
 

8.10.2016

El perro



          El perro
        Una historia de Carmen Hidalgo

          By César Mallorquí

 

          Me llamo Carmen Hidalgo. Si te dijera a qué me dedico, si te confesara que soy un sabueso de alquiler, probablemente alzarías las cejas y me contemplarías con una mezcla de incredulidad, sorpresa e interés; al menos, eso es lo que la gente suele hacer. La ceja derecha la alzarías a causa de mi trabajo, con escepticismo, porque eso de “detective privado” suena irreal, un oficio literario cuya existencia cotidiana resulta, cuando menos, dudosa. La ceja izquierda la alzarías por mi sexo. ¿Una mujer detective privado? Venga, eso es demasiado; que un hombre se dedique a investigar por cuenta ajena ya es bastante raro, pero ¿una tía?... eso, sencillamente, es pasarse. Por último, superadas la incredulidad y la sorpresa, tu rostro se iluminaría con una expresión de interés; lo cual se debería, no lo dudes, a todas las novelas negras que has leído, a todas las películas policíacas que te has tragado mientras comías palomitas y le dabas sorbos a una Coca Cola mediante una pajita a rayas blancas y rojas. Sam Spade, Philip Marlowe, Lew Harper, Mike Hammer, Easy Rawlins, Charlie Parker, Pepe Carvalho... toda esa literatura, toda esa mitología, ha consolidado en tu mente la idea de que un detective privado debe de tener una vida apasionante, una existencia llena de riesgos, aventuras y emociones.

          Sí, eso pensarías, y te equivocaría por completo, porque, cuando eres un investigador privado, lo más peligroso que puede pasarte es que se te desencaje la mandíbula a causa de un bostezo. Tedio, ese es el riesgo que acecha al detective, y no los balazos, los cuchillos o el veneno. Aunque a veces... Verás, cuando alguien me contrata, siempre es para averiguar algo que permanece oculto, y cuando algo está oculto, simplemente no sabes lo que vas a encontrar. Por lo general es algo relativamente inocente o, cuando menos, no letal; pero en ocasiones, no muchas, tropiezas con sorpresas que hubieses preferido mantener alejadas de ti. Un perro, sin ir más lejos.

          Permíteme que te ponga un ejemplo. Poco antes del comienzo de la historia que voy a contarte, una mujer contrató a Investigaciones Hidalgo para seguirle la pista a su marido. Según la mujer –llamémosla Adela H.-, y aunque no tenía ninguna prueba, su esposo le era infiel; al menos, eso sospechaba, así que deseaba que averiguásemos con quién, cuándo, dónde y, casi, casi, cómo. El marido –Pedro M.-, aparte de estar forrado de pasta, era el presidente de una gran inmobiliaria cuya sede ocupaba dos plantas de la Torre Picasso, uno de los mayores rascacielos de Madrid. Contraté a un par de colaboradores de la agencia para que le siguiesen, pero fue inútil; al cabo de una semana, recibí un informe según el cual Pedro M. llegaba a su despacho todos los días a las ocho y media de la mañana y, salvo que tuviera que acudir a alguna reunión de trabajo, no lo abandonaba hasta las nueve o las diez de la noche para dirigirse directamente a su domicilio. Al parecer, era un alma inocente.

Pero Adela H. no lo veía así e insistió en que su esposo se reunía con alguna “puta de mierda” al menos un par de días a la semana. “Eso es algo que una mujer nota”, dijo, muy segura de sí misma. Bueno, yo era una mujer y no había notado ni remotamente las al parecer repetidas ocasiones en que Gonzalo, mi ex-marido, me había puesto los cuernos. Pero puede que yo no fuese muy intuitiva, o quizá Gonzalo disimulaba especialmente bien. Probablemente ambas cosas. El caso es que Adela H. estaba tan segura de la infidelidad de su marido que decidí ocuparme yo misma del asunto.

De entrada, y tras sobornar a un empleado de la inmobiliaria, descubrí que, en efecto, un par de tardes cada semana, Pedro M. abandonaba la oficina sin decir adónde iba y no regresaba hasta última hora. Pero, evidentemente, no lo hacía ni andando ni en su coche, pues mis colaboradores habían vigilado tanto la salida de la Torre Picasso como el aparcamiento y no le habían visto irse. Por tanto, utilizaba otro vehículo, quizá uno de los de la inmobiliaria, así que, recurriendo de nuevo a mi sobornable amigo, obtuve las matrículas de los coches de la empresa y comencé a hacer guardia, cada tarde, frente al aparcamiento subterráneo del rascacielos, allí en las entrañas del AZCA. No tuve que esperar mucho; el martes, a eso de las cinco de la tarde, Pedro M. cruzó el portalón del aparcamiento conduciendo un Mercedes de la compañía y se dirigió al norte de la ciudad. En la parte trasera del vehículo viajaba una mujer; por desgracia, se cubría la cabeza con un pañuelo y llevaba unas enormes gafas de sol, así que me resultó imposible distinguir sus facciones.

          Les seguí hasta una urbanización de lujo situada a las afueras de Madrid; se trataba de una veintena de chalés individuales, aparentemente recién construidos, pues ninguno de ellos parecía habitado y aún se veían pilas de ladrillos y montones de grava por las aceras. El Mercedes enfiló hacia el chalé piloto, un portalón se abrió lentamente en un costado de la vivienda, el coche entró en el garaje y el portalón volvió a cerrarse. Al cabo de un minuto, vi a través de las rendijas de las persianas cómo una luz se encendía en la planta baja. Aguardé dos aburridas horas y media en aquella urbanización desierta, aterida de frío en el interior de mi viejo Citroën; al cabo de ese tiempo, el portalón se abrió de nuevo, el Mercedes –con Pedro M. al volante y la enigmática pasajera sentada atrás- salió del garaje, abandonó la urbanización y puso rumbo hacia Madrid. Arranqué el motor, giré a tope el mando de la calefacción y les seguí a distancia.

          Albergaba la esperanza de que Pedro M. se dirigiera al domicilio de la mujer, lo que me permitiría identificarla con facilidad, pero no fue así; en vez de ello, regresó a la Torre Picasso y entró en el garaje del edificio. Abandoné los túneles del AZCA a toda velocidad, aparqué en una zona prohibida de la Castellana y eché a correr hacia la plaza de Pablo Ruiz Picasso, donde se encontraba la entrada principal del rascacielos. Permanecí allí alrededor de una hora, buscando a la misteriosa mujer entre la gente que salía del edificio, aunque si se había quitado el pañuelo y las gafas difícilmente la reconocería. No di con ella; poco a poco, el flujo de peatones fue aminorándose hasta que la plaza quedó prácticamente desierta. Entonces, con una cierta sensación de fracaso, regresé taciturna al coche; cuando llegué a su altura fruncí el ceño y mascullé una maldición: me habían puesto una multa.

          Al día siguiente, cuando le confirmé que sus sospechas acerca de la infidelidad de su marido eran ciertas, Adela H. me espetó: “Averigüe quién es esa zorra chupapollas”. La verdad es que, para ser una dama de la alta sociedad, aquella mujer manejaba un léxico de lo más barriobajero; pero la orden estaba clara, así que de nuevo me puse a hacer guardia frente al garaje de la Torre Picasso, y de nuevo no tuve que esperar mucho, pues al siguiente jueves la jugada se repitió punto por punto, sólo que un poquito más tarde. A eso de las seis y media, el portalón del garaje se abrió y Pedro M., conduciendo el Mercedes de la empresa con la misteriosa pasajera a su lado, abandonó los túneles del AZCA en dirección al norte de la ciudad. Igual que la vez anterior, la mujer llevaba gafas de sol y un pañuelo en la cabeza, de modo que era imposible identificarla.

          Llegaron a la urbanización pasadas las siete de la tarde y, como el martes anterior, desaparecieron en el interior del chalé piloto. Aparqué junto a la entrada del complejo, bajé del vehículo y me abotoné el chaquetón; ya era de noche y hacía frío. Entré en la urbanización lo más sigilosamente posible; debía de haber algún vigilante de seguridad, pero, al igual que el martes anterior, no se veía ni rastro de él. Las luces del chalé se encendieron y yo me oculté detrás de una pila de ladrillos situada frente al inmueble. En realidad, tenía la sensación de estar perdiendo el tiempo, pues desde donde estaba jamás iba a averiguar la identidad de la desconocida amante. De hecho, el asunto se me antojaba más problemático de lo que parecía a simple vista. Aquella mujer podía trabajar en la inmobiliaria de Pedro M., o en cualquier oficina de la inmensa Torre Picasso, o entrar y salir del edificio con su coche y encontrarse con su amante en el garaje, o llegar andando, perdida entre la gente... Además, mientras se ocultase tras el pañuelo y las gafas, resultaría irreconocible. La única posibilidad que se me ocurría era seguirles al interior del garaje cuando regresaran, pero a esas horas el lugar estaría desierto y mi presencia allí llamaría forzosamente su atención...

          Entonces, cuando más absorta estaba en mis cavilaciones, advertí algo: una de las persianas de la planta baja del chalé no estaba echada del todo y dejaba una rendija de unos diez centímetros. Un hueco sobradamente amplio para permitir el uso de una cámara fotográfica. No lo pensé mucho, entre otras cosas porque iba a pillar un catarro si me quedaba ahí sin hacer nada, así que saqué del bolso una pequeña Nikon digital, abandoné el parapeto de los ladrillos y me aproximé al chalé. El jardín estaba rodeado por una valla metálica, pero la verja de entrada no se hallaba cerrada; permanecí unos segundos inmóvil, intentando distinguir algún movimiento entre las sombras que me rodeaban, o escuchar algún sonido delator, pero no vi ni oí nada, de modo que abrí la verja y me dirigí al chalé siguiendo, primero, un sendero de grava y luego adentrándome en la hierba.

          La zona estaba a oscuras, pero el resplandor de la farola que iluminaba la entrada de la urbanización me permitía distinguir los arbustos y los árboles que adornaban el jardín. Al llegar a la altura de la ventana iluminada, me agaché y me pegué al muro; luego, alcé poco a poco la cabeza, miré por la rendija de la persiana y vi a Pedro M. en el interior de un salón amueblado. Estaba en mangas de camisa, de pie en medio de la estancia, luchando contra el tapón de una botella de champaña. Finalmente, logró destapar la botella, sirvió el vino en las dos copas que descansaban sobre una mesa, alzó la cabeza y llamó a la mujer en voz alta, pero sin pronunciar su nombre; unos segundos después, oí una voz femenina respondiendo desde la distancia. El hombre sonrió, complacido, y le dio un sorbo a su copa. Conecté la Nikon, desplegué el zoom al máximo, alcé la cámara hasta la altura de mis ojos y aguardé la llegada de la mujer.

          Entonces lo oí. A mi izquierda; cercano, muy cercano. Era un sonido ronco, áspero, cavernoso, esa clase de sonido que te pone los pelos de punta incluso antes de descubrir qué lo produce. Contuve el aliento, giré lentamente la cabeza y ahí estaba, a no más de un metro de distancia, con los ojos inyectados en sangre, mirándome fijamente mientras fruncía el morro mostrando unos dientes que hubieron hecho palidecer de envidia a un tiranosaurio. Era un perro; aunque decir “perro” es poco específico, pues el término abarca desde un caniche hasta un san Bernardo. Aquel perro, en concreto, era un rottweiler; si nunca has visto uno, te diré que es parecido a un doberman, sólo que más grande, más fuerte, más ancho y mucho más irascible, el tipo de perro que bajo ningún concepto quisieras que te mirase como me estaba mirando aquel animal.

          Mi prima Andrea, que es profesora de yoga, me comentó una vez que, ante un shock, la mejor forma de recuperar el control es realizar tres inspiraciones profundas; incluso me enseñó la forma correcta de hacerlo, pero en aquel momento me había olvidado hasta de respirar, de modo que permanecí inmóvil, con el aliento suspendido, contemplando con una mezcla de fascinación y horror a aquella versión culturista del sabueso de Baskerville. ¿Inspirar tres veces? Bastante tenía con no hacerme pis encima.

          El gruñido se volvió más profundo y amenazador, al tiempo que el perro entreabría las fauces, mostrando de paso unos colmillos que parecían exceder el tamaño de la boca. Entonces, el mismo terror que me tenía paralizada activó la producción de adrenalina, permitiéndome recuperar una brizna de autocontrol. Ese perro iba a matarme, razoné, y lo único que tenía a mano era una cámara fotográfica. De repente tuve una idea cinematografica; procurando no hacer el menor movimiento, deslicé el pulgar y conecté el flash; si el perro me atacaba, cosa muy probable, podía disparar el flash y cegarle momentáneamente. No obstante, pese a que aquella estratagema le había dado buenos resultados a James Stewart al enfrentarse a Raymond Burr en La ventana indiscreta, no confiaba mucho en que fuese a suceder lo mismo con esa bestia hipermusculada, así que repasé a toda velocidad mis restantes alternativas.

Y sólo se me ocurrió una: en el bolso tenía un spray de gas lacrimógeno. Lentamente, muy lentamente, deslicé la mano izquierda hacia el bolso. El perro giró levemente la cabeza al tiempo que su gruñido ascendía dos octavas en la escala de la intimidación. Saqué el spray del bolso y, siempre a cámara lenta, lo orienté hacia el animal; éste chasqueó los dientes, erizó el pelo y me miró como si ya no pudiera resistir más el impulso de devorarme las entrañas. Entonces, apreté el pulsador del spray y una nube de gas pimienta envolvió la cabeza de aquella bestia.

          Reaccionó como un resorte. Súbitamente cegado y privado del olfato, con los ojos y el hocico ardiéndole, el perro dio un brinco y, al tiempo que sacudía la cabeza, comenzó a lanzar dentelladas a diestro y siniestro mientras aullaba, ladraba, estornudaba y gemía alternativamente. Casi me dio pena. Casi. Pero no era el momento de acariciarle la cabeza y pedirle la patita, así que me di la vuelta y eché a correr hacia la salida. Por desgracia, correr en la oscuridad es hacer oposiciones a romperte la crisma; no había dado ni tres zancadas cuando tropecé con una manguera y me derrumbé sobre la hierba. Debí de golpearme la cabeza con algo, porque permanecí aturdida en el suelo durante unos segundos, con el jardín, la urbanización y el mundo entero dando vueltas mientras el perro seguía ladrando, aullando y brincando a mi espalda. Me puse de rodillas y vi la Nikon tirada sobre el césped; la recogí, me incorporé trabajosamente y eché a andar vacilante hacia la salida. Entonces, dos o tres metros por delante de mí, la puerta del chalé se abrió.

          Teniendo en cuenta que aún estaba atontada por el golpe, reaccioné con rapidez; a mi derecha había un seto, de modo que di un salto y me zabullí detrás de él justo en el momento en que Pedro M., sin duda alarmado por el escándalo que estaba organizando el perro, hacía acto de presencia en el jardín.

          --¿Roco? –dijo el hombre en voz alta.

          Así que aquella bestia infernal se llamaba Roco, pensé mientras, acuclillada tras el seto, veía cómo Pedro M. se adentraba en el jardín.

          --¿Roco?... –repitió, entornando los ojos para intentar distinguir algo en la oscuridad.

          Entonces, el perro hizo algo curioso; dejó de dar brincos y lanzar dentelladas, plantó las cuatro patas en el suelo, sacudió la cabeza, estornudó tres veces seguidas y profirió un lastimero gemido.

          --¿Qué te pasa, Roco? –preguntó Pedro M., aproximándose.

          Si hubiera podido hablar, Roco le habría contestado: “pues nada, que una hija de puta me ha rociado con gas lacrimógeno”; pero no podía hablar, ni ver, ni oler, aunque sí oír. Es probable que, aturdido por el escozor, no reconociera la voz de Pedro M., o puede que la reconociera pero le importara un bledo; el caso es que, de repente, el animal profirió un gruñido estremecedor, se abalanzó sobre el sorprendido (y un instante después seriamente alarmado) Pedro M., lo derribó al suelo y comenzó a cubrirle de mordiscos. Durante unos segundos me quedé petrificada contemplando aquella dantesca escena; afortunadamente, Roco aún seguía ciego y sus dentelladas se distribuían al azar sin llegar a afectar ninguna zona vital; aunque, teniendo en cuenta los alaridos que profería Pedro M., debían de resultar muy dolorosas.

          Supongo que tendría que haber intentado ayudar a aquel pobre hombre, pero me veía absolutamente incapaz de enfrentarme a ese rottweiler cabreado ni, si vamos a eso, a las embarazosas explicaciones que tendría que dar después, así que abandoné la protección del seto y eché a correr hacia la salida. Justo entonces, atraída sin duda por los gritos de su amante, la misteriosa mujer salió al jardín, tan de improviso que casi tropecé con ella. Frené en seco y durante un instante ambas nos miramos con sorpresa; acto seguido, alcé la cámara que sostenía en la mano izquierda y apreté el botón de disparo. El resplandor del flash deslumbró a la mujer, que dio un paso atrás, parpadeó varias veces y lanzó un grito; yo, por mi parte, eché a correr de nuevo y no me detuve hasta llegar a la cancela. Entonces, mientras la abría, oí que la mujer gritaba de nuevo, así que giré la cabeza y vi que Roco, todo dientes y furia, había abandonado al maltrecho Pedro M. para abalanzarse sobre ella.

          Qué desastre, pensé; luego, respiré hondo tres veces, crucé la cancela, corrí hacia el coche y abandoné la urbanización a toda velocidad. A la tarde siguiente, tras dedicar la mañana a realizar unas cuantas averiguaciones, me reuní con Adela H. en mi despacho y le conté lo que había descubierto. La urbanización de lujo pertenecía a la inmobiliaria que presidía su marido y, al parecer, llevaba varios meses sin poder ser ocupada a causa de no recuerdo qué problemas legales. El caso es que Pedro M. decidió utilizar el chalé piloto como picadero para sus conquistas; había sobornado al vigilante y, cada vez que iba a utilizar el chalé, le llamaba para que se fuera a dar una vuelta y así poder disfrutar del sexo clandestino en intimidad. Supongo que debería haberle pedido que se llevase también al perro. Cuando le enseñé la foto que le había hecho a la mujer en el jardín, Adela H. no mostró la menor sorpresa.

          --Es Lourdes –dijo. Y añadió en tono sarcástico-: Ella y su marido son dos de nuestros mejores amigos. Por cierto, está fatal en esa foto; se le ven todas las arrugas.

          --¿Sospechaba que era ella? –pregunté.

          --No. Pero está ingresada en el mismo hospital que mi marido y a ambos les han puesto la antirrábica. Demasiada casualidad, ¿no es cierto?

          Carraspeé y me removí en el asiento, un tanto incómoda por el tema.

          --Verá, en cuanto a lo del perro...

          --No importa –me interrumpió, agitando una mano con displicencia-; supongo que son gajes del oficio.

          Ignoro si con lo de “oficio” se refería a la investigación privada o al adulterio.

          --¿Cómo se encuentran? –pregunté.

          --Sobrevivirán –respondió ella. Luego, se puso en pie y agregó-: Excelente trabajo, señora Hidalgo; envíeme la minuta cuando quiera.

          --Prepararé el informe –repuse, incorporándome- y en un par de días se lo haré llegar junto con la factura.

          Ella negó con la cabeza.

          --No hace falta que prepare ningún informe.

          --Pero quizá lo necesite para...

          --¿Para el divorcio? –Adela H. sonrió de oreja a oreja-. No me voy a divorciar, señora Hidalgo. Ni siquiera voy a mencionarle esto a mi marido. –Su mirada chispeó de complacencia-. Para serle sincera, con lo que les ha hecho ese perro estoy más que satisfecha.

          Reconozco que no me siento orgullosa de esta historia; entonces, ¿por qué te la he contado? Pues porque en cierto modo reúne todos los elementos propios de mi trabajo: traiciones, bajas pasiones, engaños, fisgoneos, aburrimiento y, en ocasiones, algún que otro perro.

 

12.24.2015

Navidad 2015: Una muñeca para Sofía.




            Una muñeca para Sofía
            By César Mallorquí
 
            El trineo, tirado por nueve renos mágicos, surcó el cielo nocturno, veloz como una centella, se detuvo en el aire y flotó sobre la pequeña aldea a unos mil metros de altura.

            --¡Ho, ho, ho! –exclamó el orondo ocupante del vehículo.

            Le encantaba decir “¡Ho, ho, ho!”, aunque nadie le oyese. Era su signo distintivo, su marca personal, incluso podría decirse que era su grito de guerra, de no ser porque “guerra”, en su caso, resultaba una palabra totalmente inadecuada; pero aquel “¡Ho, ho, ho!” también era una expresión de auténtico júbilo. Nada le gustaba más a Santa Claus que hacer regalos a los niños; aquella tarea le llenaba de optimismo y placer, así que para soltar presión en la caldera de su felicidad, siempre exclamaba “¡Ho, ho, ho!” al principio y al final de cada encargo.

            --Bien hecho, Donner, Blitzen, Vixen y Cupid –dijo, dirigiéndose a los renos que ocupaban el lado izquierdo del tiro-. Buena travesía, Comet, Dasher, Dancer y Prancer –añadió, señalando a los del lado derecho.

            El reno situado en primera posición, un vigoroso macho con la nariz roja, giró la cabeza y le miró con aire compungido. Santa Claus rió suavemente.

            --Estaba bromeando, Rudolph –dijo-. ¿Cómo iba a olvidarme de ti? Has guiado a tus hermanos con maestría, como siempre. Pero basta de alabanzas; tenemos mucho trabajo que hacer.

            Sacó del bolsillo su lista mágica y la consultó.

            --Bueno, amiguitos –dijo sin apartar la mirada de la lista-, el siguiente regalo es para una niña. Se llama Sofía, tiene seis años y se ha portado muy bien, así que le traemos lo que ha pedido: una preciosa muñeca de porcelana. –Miró a los renos de soslayo y aclaró-: Antes tenía una de trapo, pero se le rompió; merece una muñeca nueva. –Consultó de nuevo la lista y dijo en voz alta-: Sofía vive en la tercera casa, por la derecha, de la Calle Mayor de Brzezinka, esa aldea de ahí abajo.

            Santa Claus contempló el poblado y frunció el ceño. Veía la casa de Sofía, pero un sexto sentido le revelaba que ella no estaba allí.

            Como resulta lógico, a poco que reflexionemos sobre ello, Santa Claus poseía poderes mágicos. Por ejemplo, su trineo podía volar más rápido que la luz; algo que, de saberlo, le habría levantado un fuerte dolor de cabeza a Albert Einstein. Pero, de no ser así, ¿cómo podría recorrer tan largas distancias en una noche? También poseía el don de la ubicuidad, estaba en cientos de miles de sitios simultáneamente, pues de otro modo no podría atender a millones de niños. Y también tenía una especie de radar interno que le permitía localizar a cualquier persona destinataria de un regalo.

            Y ahora ese radar le decía que Sofía no estaba en su casa, sino... Volvió la mirada hacia atrás y le fijó en un no muy lejano y oscuro edificio. Allí estaba.

            Santa Claus sonrió. Esas cosas pasaban; los niños se mudaban, o estaban de visita, y los elfos del Polo Norte no incluían el cambio en los archivos. Debía echarles una buena reprimenda a esos elfos, pensó; pero luego recordó el enorme trabajo que tenían para que todo estuviera preparado al llegar la Navidad y su sonrisa se tornó aún más bondadosa. Mejor pensado, decidió, bastaría con una mera advertencia. Cogió las riendas, las sacudió y dijo en voz alta:

            --¡Rudolph, Donner, Blitzen, Vixen, Cupid, Comet, Dasher, Dancer y Prancer: media vuelta! ¡Nos hemos equivocado de dirección!

            Ciertamente, Santa Claus no tenía por qué llamar a los renos por su nombre; pero le gustaba que supieran que cada uno de ellos era importante para él. El trineo giró en redondo y voló raudo hacia el edificio.

            Era una casa de piedra, de una altura, con un par de elevadas chimeneas alzándose sobre un tejado a dos aguas. Guiado por su mágico radar, Santa Claus detuvo el trineo junto a la de la izquierda –la que conducía al hogar de Sofía-, cogió su saco mágico y se dispuso a descender por el cañón de la chimenea.

            El hueco era amplio, pero en apariencia no lo suficiente como para permitir el paso de alguien tan rollizo; mas ya hemos convenido que Santa Claus poseía poderes extraordinarios, así que bajó del trineo, se situó encima de la chimenea y, de pronto, su voluminoso cuerpo adquirió una consistencia viscosa y se deslizó por el tiro como si fuera jarabe de arce.

            Al llegar abajo, Santa Claus sintió al instante que algo iba mal. De entrada, el hogar de aquella chimenea era extraño, demasiado alargado. Pero lo que realmente capturó su atención fueron las vibraciones que desprendía aquel lugar. Santa Claus poseía otro radar interno que le permitía detectar la tristeza y la alegría, y ahora ese radar registraba niveles de desconsuelo nunca antes alcanzados.

            Estremecido, Santa Claus salió de la chimenea. La casa estaba a oscuras, como solían estar todas las casas la noche de Navidad, así que recurrió a otro de sus asombrosos poderes: la visión nocturna. Y sintió que el suelo oscilaba bajo sus pies, que el mundo daba vueltas a su alrededor, que su mágico corazón se detenía un instante, para luego acelerarse locamente, como un juguete al que se le salta la cuerda.  Durante un segundo pensó que se había equivocado de fecha, que no era Navidad, sino Halloween...

            Porque allí, frente a él, desparramados sobre el suelo de cemento, había montones de huesos humanos ennegrecidos por el fuego. Fragmentos de costillas, vértebras, tibias reventadas a causa del calor, tarsos y metatarsos, clavículas, calaveras... ¿Qué lugar era ése?, pensó anonadado, mirando en derredor aquel recinto vació de mobiliario y desnudo de adornos. Su radar de emociones vibraba como una sirena de incendios, captando los ríos de dolor, los mares de desesperación, los océanos de angustia que brotaban de los muros, del suelo, del techo, de todas partes. Era como si el edificio rezumase maldad y horror.

            Santa Claus sentía el imperioso deseo –la asfixiante necesidad, más bien- de huir de ese lugar maldito, de salir al exterior y respirar aire fresco, porque si se quedaba ahí tan solo un minuto más temía volverse loco. Incluso dio un paso atrás en dirección a la chimenea, pero un escalofrío recorriéndole la espalda le detuvo en el último momento. Su radar interno de localización había guiado su mirada hasta centrarla en una pequeña calavera ennegrecida que yacía en el suelo, entre el resto de los huesos. Era todo lo que quedaba de Sofía.

            Con el vello erizado y los ojos muy abiertos, Santa Claus contempló desolado aquel diminuto cráneo. No cabía duda: eran los restos de Sofía Kowalski, nacida en 1937 en Brzezinka, hija de Stanisław y de Miriam.

            Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras contemplaba la calavera, incapaz de apartar la mirada, como sumido en un trance. Hasta que los lejanos ladridos de un perro le sacaron de su estupor. Entonces, Santa Claus metió la manos en su mágico saco, extrajo del interior una delicada muñeca de porcelana y la dejó cuidadosamente junto a lo poco que quedaba de Sofía Kowalski. La palidez del rostro de la muñeca contrastaba dramáticamente con la calcinada negrura de la calavera.

            Santa Claus se enjugó las lágrimas con la manga, entró en la chimenea y ascendió por ella como un líquido impulsado por la capilaridad. Al salir al exterior, subió al trineo, cerró los ojos y aspiró profundamente el frío aire nocturno. Incluso los renos se dieron cuenta de que algo malo le sucedía a su amo, y se agitaron nerviosos, pero sin atreverse a emitir el menor sonido.

            De pronto, Santa Claus abrió los ojos. ¿Qué lugar era ése?, pensó, todavía tembloroso, por segunda vez. Miró hacia abajo y advirtió que la casa de las chimeneas no era un edificio aislado, sino que formaba parte de un complejo mucho más grande compuesto por varias construcciones de piedra y decenas de grandes barracones de madera. Luego vio los muros, las alambradas de espino, las garitas, los soldados, los perros.

            Sus ojos buscaron la entrada del recinto. Sobre el portalón, un rótulo metálico mostraba una frase en alemán: Arbeit macht frei. Y debajo: Auschwitz-Birkenau.

            Santa Claus perdió la mirada y recordó la calavera de la pequeña Sofía.  Tuvo que parpadear varias veces para espantar las lágrimas; en su rostro no quedaba nada de su bondadosa sonrisa, sino tan solo una expresión de infinita tristeza. Tras un largo suspiro, cogió las riendas y, sin pronunciar las habituales frases de ánimo a sus renos, las agitó bruscamente para partir hacia su siguiente destino. Al alejarse no dijo, como siempre solía hacer, “¡Ho, ho, ho!”.

            No volvió a decirlo durante toda la noche.